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LUIS RECUERDA HERRERA
HERMANO OFICIAL (1990-1995)

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Publicado en la Revista Gólgota de 1996

respones negros lucirán la próxima Semana Santa los pasos de algunas de nuestras Hermandades en recuerdo de un cofrade de cuerpo entero que se nos fue, cuando menos lo esperábamos, el pasado verano.

Sí, crespones negros en los varales del afecto cofrade granadino. Crespones negros patentizando nuestro dolor y, a la vez, perpetuando el recuerdo y el ejemplo de un hermano que, porque vivió bajo la trabajadera de la fe, la esperanza y la caridad, cuando la voz del supremo Capataz le llamó, estuvo presto y puesto para la última y más alta "levantá".

De voz en voz corrió la triste noticia: Luis Recuerda Herrera, mi buen amigo, uno de los mejores cofrades granadinos, por no decir el mejor, había fallecido. Con la misma callada modestia que presidió su vida, salió de ella.

El día 26 de Julio, inolvidable para quién escribe porque le ha supuesto una de las más graves separaciones que hasta hoy le ha impuesto la muerte, abandonó Luis la vida que tan intensamente supo llenar de bondad, de amistad y, sobretodo, de verdad. Y ese día, sus amigos, que eran la mayoría de los miembros de las Cofradías de Granada, sus íntimos, que, día a día, veníamos sufriendo con la trágica andadura de su enfermedad, sentimos doblar la estremecida campana de nuestro corazón y confirmamos con rúbrica de lágrimas la certeza de los malos presagios que, sin querer acabar de creerlos, teníamos desde hacía unos meses.

Fue el pasado Lunes Santo la última vez que se vistió de nazareno. Su cuerpo ya estaba tronchado porque ya el ángel negro había besado su frente, pero su pecho, carcomido por el mal, aún acunaba el sentido de la responsabilidad que fue norma en su vida y puntualmente se presentó a hacer la salida desde el recoleto Monasterio del Santo Ángel Custodio. Junto a sus hermanos del Santísimo Cristo de San Agustín, en absoluto silencio, vistiendo el austero hábito que ellos vestían, sosteniendo la vara que le acreditaba su cargo de Consiliario, hacía su última y mejor Estación de Penitencia, aunque ya las piernas apenas le sostenían, aunque cada paso le significara una lucha consigo mismo. Hermosa lección de un cofrade que siempre presumió de serlo, en la mejor cátedra que puede existir, en la Estación de Penitencia de su Hermandad, delante de su Cristo amado.

Yo viví aquellas importantes horas. Mi imposibilidad física de vestir hábito, que me hace desempeñar el cargo de Diputado de calle, me proporcionó la oportunidad de estar directamente lo más cerca posible de él, de preocuparme de su esfuerzo, de sentir, y también, por qué no decirlo, saborear la hermosa y fenomenal lección que iba impartiendo durante todo el recorrido por las calles de Granada. Y al final, cuando la vetusta campana del Convento Franciscano daba los solemnes e íntimos toques acostumbrados, anunciando el regreso a su sede de nuestro Santísimo Cristo, Sagrado Protector de la Ciudad, nos fundimos en un silencioso y apretado abrazo que lo expresaba todo, nuestra eterna amistad y la enorme satisfacción que los dos sentíamos en ese momento, por haber conseguido realizar la Estación de Penitencia.

Ha sido un buen amigo, un buen cofrade, un hombre bueno, inmejorable, el que se nos ha ido, lo mismo que se apaga la luz de un cirio al soplo mortal de los puñales del viento. Su amistad, sincera y fiel, ha de ser permanente recuerdo y ejemplo para cuantos gozamos de ella. Sí, un hombre bueno ha dejado de hacemos compañía en este horrible mundo en el que actualmente vivimos. Y lo ha hecho inesperadamente, sin molestias, como había pasado por la vida, sembrando amistades a través de buenas obras, cosecha profunda de buenos recuerdos hasta la eternidad.

Cofrade desde su infancia, enamorado de nuestras mejores tradiciones, ferviente católico, fue su vida un dechado de caballerosidad, granjeándose la amistad y el afecto de cuantos le trataron. Incluso agobiado ya por esas dolencias que habían de llevarle a la muerte, su presencia entre nosotros era siempre efectiva.

Durante su vida figuró en el cuadrante de varias hermandades. Para él sus cofradías, así las llamaba a todas, eran algo que llevaba dentro del alma. De forma activa perteneció a la Real Hermandad del Santo Vía-Crucis, en la que ostentó durante muchos años el cargo de Hermano Mayor; a la Imperial y Venerable Hermandad Sacramental del Apóstol San Matías, Nuestro Padre Jesús de la Paciencia y María Santísima de las Penas, de la que fue Vice Hermano Mayor; a la Sacramental de Nuestra Señora de la Paz, Santísimo Cristo de los Favores y María Santísima de la Misericordia, de la que fue nombrado Mayordomo Sacramental; y últimamente, como colofón a su quehacer cofradiero, colaboró activamente en la reorganización de la Muy Antigua Real e Ilustre Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo de San Agustín, Jesús Nazareno de las Penas, Nuestra Madre y Señora de la Consolación y Santo Ángel Custodio, de la que era Consiliario Segundo.

Su fervor, a más de las citadas, se expandió al resto de las hermandades granadinas y a todo aquello que encerrara religiosidad popular, siendo Caballero Horquillero de Nuestra Patrona la Santísima Virgen de las Angustias, así como hermano entusiasta y devotísimo de la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío.

Su personalidad y calidad humana impulsó a los máximos rectores cofrades a llevarle a la Real Federación de Hermandades y Cofradías de Semana Santa de Granada, en la que ejerció, con la eficacia acostumbrada, un puesto tan difícil de desempeñar como es Delegado de Protocolo.

En resumen, una vida plenamente dedicada a las advocaciones de su devoción, siempre en cargos de responsabilidad que aceptaba con el mayor agrado para atender y no para brillar.

En estos días que se avecinan, en los que sentiremos dolorosamente el hueco irrellenable que Luis ha dejado, que meditaremos en su marcha repentina, que valoraremos en su inmensa medida su estimada amistad, llegaremos a la conclusión de que Dios se lo llevó en la equidistancia de una a otra Semana de Pasión, porque morir en nuestra ciudad en Primavera es siempre para un buen cofrade una muerte amarga.

Por último, permitidme, que me dirija a Luis con un ruego personal: Cuando en esta Semana Santa que se aproxima, ofrezcas a nuestro Santísimo Cristo de San Agustín la ofrenda de tu amor eterno ante un paisaje celestial de nubes y estrellas, rodeado de toda esa legión de amigos que están allí contigo, que seguro te acompañarán en ese momento, pídele que me reserve un puesto para ir contigo de pareja, cuando mi nombre sea citado.

A su viuda Carmen, compañera ejemplar e inseparable, a sus benditos hijos tan queridos por mí, la expresión de nuestro dolor y el de todos los cofrades de Granada, reflejado en estas líneas.

Francisco Gómez Montalvo

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