MIRANDO UN CUADRO
 
 
MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

● “Bodegón” ●

María Teresa Ruiz Morcillo

Un bodegón es una acotación de la naturaleza. Pero no exactamente una naturaleza muerta. Si algo caracteriza a los bodegones de María Teresa Ruiz Morcillo es su vivacidad. Nos sorprende con unas hojas, donde distinguimos el haz del envés, húmedo uno, casi seco el otro. Nos sorprende con unos membrillos, cuya aterciopelada superficie nos despierta sensaciones táctiles tanto como ópticas en los restos de humedad de la fruta recién cortada.

Todo rezuma frescor en este cuadro, “naturaleza viva”, encuadrada por un fondo armonioso que se desdibuja en un horizonte imposible. No es preciso más. Fruta colocada sobre un mantel, ¡ay el mantel!, que se deshace, literalmente, en su caída. La naturaleza ha triunfado sobre la artificiosidad. Recurso de grandes maestros, la tela sólo sirve de fondo. Su tacto de raso se diluye y acaba en manchas en estado puro, por donde se asoma el secreto del pincel de la pintora.

María Teresa nos muestra un apetitoso bodegón y nosotros movemos instintivamente la mano para coger la fruta, siempre tentadora.

 

 

 

“Jesús de la Amargura” 
"Jesús del Rescate"
 “Soledad del Calvario”
“Cristo de la Misericordia”
Rafael López Moya

El recurso tradicional más utilizado para conocer en profundidad una obra escultórica ha sido siempre el de trasladarla al papel, lápiz en mano, porque las dos dimensiones son de suma utilidad para captar la visión que nos transmite una imagen de bulto. Máxime cuando los rostros sufrientes de Jesús y de María nos tocan fibras de nuestra más íntima sensibilidad. En este caso, el rostro recoge toda la tensión interior.

Eso es lo que han captado a la perfección los dibujos de Rafael, esas bocas entreabiertas, jadeante de Jesús camino del calvario en su Amargura, serenamente congelada en el Cristo muerto de la Misericordia; esos labios apretados en el rostro de María en Soledad, mueca de dolor intenso, pero contenido, interiorizado. Estas imágenes nos dicen mucho y estos dibujos lo expresan a la perfección, con el fino equilibrio de sus claroscuros, con trazos precisos y manchas bien matizadas. Justo es reconocer las cualidades pictóricas utilizadas como recurso en la imaginería de Mora.

Esta serie de dibujos es un peculiar homenaje al genio creador de José de Mora, sin cuyas obras la Semana Santa de Granada perdería buena parte de sus esencias.

 

 

 

 “Pasos evocados”

Antonio Hurtado Torres

La Alhambra flota sobre la ciudad, en etérea representación, como lo musulmán flota en nuestro sustrato cultural. Es una ciudad embrujada, evocada en todos su pasos, que son los de siempre, también los nuestros.

Sí, flotan los palacios nazaríes como sobre una nube anaranjada, ¿nuestro atardecer? ¿la calidez de la canícula? En cualquier caso, se eleva, como lo hace nuestra imaginación al evocar. Sobre la tierra, rotunda, cúfica, geométrica, la grafía árabe nos sirve de leyenda. La cenefa evoca la riqueza interior de los palacios, que arriba sólo vemos en su exterior y castrense apariencia. Los caracteres nazaritas nos remiten a paraísos interiores, que no otra cosa es Granada.

Como en todas sus obras, A. Hurtado nos sugiere más, mucho más, de lo que muestra en su aguafuerte, cuya serenidad –como el crisol de culturas que es Granada misma- nos remite a la atmósfera de la idealidad. ¿Quién dice que no es la Alhambra una de las siete maravillas?

 

 

 

“Jesús de la Sentencia”

Manuel Prados Guillén

Las obras de Lolo Prados nos sorprenden cada vez que las miramos. Las creemos simples, como la representación de una de nuestras imágenes de devoción. De medio cuerpo, rostro y manos expresivas, carnaciones que contrastan con el rojo de la clámide, con el dorado de la caña y las potencias, símbolo de su realeza, con la morena cabellera. Jesús sufre calladamente al escuchar la Sentencia, imaginamos, enfrente, una muchedumbre que grita ¡Crucifícale! e intuimos la flaqueza de sus fuerzas; aunque a punto de desfallecer, Él permanece erguido.

Y, sin embargo, hay algo más: el cuadro dentro del cuadro. Porque la imagen sufriente se nos presenta como en un fanal, suavizando su dolor el etéreo tacto de una mantilla de dorada blonda, la sedosa textura de morados terciopelos y granates damascos. O, mejor que un fanal, una ventana del Pretorio. La arquitectura se hace marco. Lo pagano y lo cristiano. La belleza decorativa imperial, como sacada de las ruinas de Pompeya, junto al esbelto tabernáculo de la Catedral. Jesús padece bajo el poder romano de Poncio Pilato y su hermandad hace estación anual en la Santa Iglesia Catedral. Todo está ahí resumido, condensado.

Y las tinieblas de la noche –larga noche de dolor-, apenas mitigadas por los reflejos de su divina cabeza. La escena nos conmueve y sólo alivia esta impresión –obtenida con los mejores recursos pictóricos de nuestro Barroco- la diminuta cartela superior, con una radiante y luminosa Carrera del Darro, con la coqueta miniatura de la iglesia de los Stos. Pedro y Pablo. Desigualdad de proporciones que evidencia un audaz desafío del tiempo y del espacio: es más grande el contenido que el continente.

Ese Dios maniatado y coronado de espinas no es otro que el hombre sufriente, la caña quebrada, el pabilo vacilante. Primor en el acabado y fuerza interior. Arte para conmover y concesión a ese naturalismo que representa –capricho del autor- algún insecto que ha posado su frescura, como de soslayo, en la intensidad de la escena. Artificiosamente sencillo, divinamente sublime.

 

 

 

“La puerta de la Virgen”

Juan Carlos García Rodríguez

El coqueto óleo de Juan Carlos García se nos antoja como un homenaje a nuestra Madre de las Angustias. No la vemos –salvo en la pétrea escultura de la fachada de su templo-, pero la sentimos. La puerta abierta nos abre el horizonte imposible de la penumbra de un templo donde adivinamos, a su término, el brillante resplandor de la Señora.

Juan Carlos cultiva las técnicas como los grandes maestros del ayer. ¿Quién diría que este óleo está ejecutado sobre lienzo? La tersura de su terminación, sobre todo en la calidez del ladrillo de la fachada, nos sugiere la lisura de una tabla. Y el color hace el resto, junto a lo calido, la fría superficie grisácea de la portada. La piedra de Sierra Elvira impone un aire otoñal sobre la tonalidad rosada, anaranjada a veces, del ladrillo. ¿Y la luz? No sabemos si es un atardecer; su luz indefinida hace al cuadro intemporal, como intemporal es la devoción granadina hacia una Virgen de Angustias llena.

¡Cuánta belleza, cuánto intimismo, cuánto melancolía! Y todo en el pequeño formato de este cuadro. Es la Granada de siempre; personajes tal vez del siglo XIX, o del XX, o de la actualidad. Quien contempla esta obra ve una bella fachada, tratada con el primor de la miniatura; si además es granadino, ve la puerta que custodia el tesoro mariano de Granada.

 

 

 

“Jesús de la Amargura”
“Misericordia nuestra”

Manuel Prados Guillén

Difícil género el del retrato de imágenes, más aún que el de personas, pues su inmutabilidad no admite titubeos: es o no es la imagen deseada. En los óleos de Manuel Prados siempre lo son y, además, cobran vida propia. ¿Habéis visto  el imponente rostro de Jesús de la Amargura. emergiendo del morado terciopelo de su túnica? ¿Habéis visto la sedosa tez de la Virgen de la Misericordia, imponiéndose a la encrespada marea blanca de su rostrillo? ¡Con qué naturalidad ha pasado a la apariencia humana, viva y sufriente, elevándose sobre la materia inerte de la madera! Las lágrimas ruedan por las mejillas de la Virgen, igual que serpentea la sangre sobre el rostro del Redentor. Ciertamente, Misericordia y Amargura nos transmiten, con serenidad, sus dulces rostros.

            La vestimenta aquí es accesoria. Sólo una cuerda, la cruz –que es su cetro de rey- o una joya –que significa el amor de sus hijos- nos remiten a la realidad de las imágenes devocionales de vestir. Sin embargo, todo se da al rostro, donde el pincel afina hasta límites increíbles. Por eso, estas divinas cabezas parecen surgidas de la nada, irradiando su luz sobre fondos imprecisos, sintonizando con el mejor gusto cofrade. ¿Imagináis cómo quedarían en las paredes de una Casa de Hermandad, en la penumbra de un despacho o de un salón, en la casa de cualquier devoto de estas bellas imágenes, que se ligan al arte de José de Mora?

Dios nos habla, María nos mira. Cómo no sucumbir ante estos divinos mediadores. Algo nos hace quedar embelesados delante de ellos, que no otra es la finalidad del arte religioso. A mí me invitan a la oración: …Bendito tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús…

 

 

 

“San Bartolomé y Santiago”

Emilio Castillo Sánchez

 Los paisajes de Santiago Castillo tienen la frescura de la acuarela y la grandiosidad de los monumentos, considerados en sí mismos, casi sacados de contexto para mostrarlos sin extravagancias ni adherencias. Nos creemos caminando por la calle de San Jerónimo, pero el pavimento se difumina y la calle, sencillamente, no existe.

Lo que sí existe en esta obra es el color en estado puro, dos masas de color, dos colores solamente. Piedra y corazón, cuerpo y alma. El cálido salmón de la fachada del Colegio Mayor nos remite a la bulliciosa vida estudiantil. El pétreo grisáceo de la colegiata de los Stos. Justo y Pastor tiene ansias de eternidad. Lo divino y lo humano; lo eterno y lo pasajero: la ingenuidad juvenil y la sólida autoridad del magisterio. Gaudeamus igitur.

En lo sencillo está la belleza, en la pulcritud la perfección. No vemos las gentes, nuestros vecinos, pero los intuimos volviendo al colegio después de clase, entrando a la iglesia para la misa de siete. El paisaje, en su pequeño formato, se crece por elevación y la belleza se desprende de sus dos colores. Lo demás… lo añade el contemplador.

 

 

 

“Pescadores”

Serafín Castellano López

En las marinas, el mar nos relaja en sus amplios horizontes. Aquí contrasta con la dureza del trabajo de pescador. Tiene el pescador algo de titán, semidesnudo en un día de verano, intuimos su sudor al sacar las redes. ¿Qué han pescado? ¿Serán tal vez pescadores de hombres?

Sabemos que la red está cargada y que algo se revuelve junto a la barca, sacando abruptos reflejos al  blanco, al verde, al rojo de su casco. Lo demás todos es azul, miles de matices de azul y una nítida línea, que la calima no logra desdibujar, entre el cielo y el mar. Mar de misterio y de captura; cielo de calor y de color. Es la vida misma, la belleza agotadora. Trabajar duro para gozar mejor. Ni siquiera el esfuerzo humano anula la serenidad de la marina. Mírala, una y otra vez. Déjate envolver por su sosiego. La imagino en la pared de una casa junto al mar y unos ojos entornados posándose, ora en el mar infinitamente azul, ora en el azul infinitamente sereno del mar de este cuadro.

El hombre no logra domeñar la naturaleza, pero ésta le ofrece sus frutos y causa nuestro solaz. Vuelve a contemplar sus líneas camufladas, infinitamente horizontales; son los vectores de la calma y de la paz.

 

 

 

“Río de Janeiro”

Francisco Manuel Gaviero Galisteo

Francisco Manuel Gaviero nos presenta una forma muy peculiar de descomponer los planos y las formas de una ciudad. Con una perspectiva muy audaz, la ciudad de Río de Janeiro nos ofrece una visión muy especial.

Arriba, en el fondo, el Pan de Azúcar, al que imaginamos entre las cálidas aguas de Ipanema. Abajo, al pie, el divino Corcovado. Parece como si ascendiera la naturaleza, mientras la divinidad se achicara, o más exactamente se acercara a la realidad cotidiana de aquellas gentes. A la vez, los brazos abiertos de la estatua quiebran, si quiera sea por un instante, el dominio de la verticalidad –tan conseguido con el inusual alargamiento del lienzo-, para fundir en un abrazo la ciudad y el mar, sustituyendo providencialmente al horizonte. El cielo ha perdido su color y es sólo un pretexto, lo que asciende es Río de Janeiro, el Brasil eterno en su especial forma de entender la vida.

Lo demás importa poco, manchas de color, líneas y formas geométricas. Marrón, rojo y negro; tierra, pasión y dolor. Con ello basta. No sabemos la estación del año y nos cuesta recomponer el espacio, pero en sus abigarradas manchas se intuye la vida de una ciudad de fuertes contrastes, como los que se atisban en lo natural y en lo espiritual, que todo aparece aquí confundido, en un mundo al revés, en una verticalidad contradictoria.

 

 

 

“Tauromaquia”

Pedro Castón Boyer

Tienen las tauromaquias algo que nos conmueve, cuando sabemos mirarlas más allá de su tipismo. Son una forma bella de expresar la verdad. Allí están, dándose un beso en cada embroque, la muerte y la vida. Jugársela a una carta y salir indemne. Tan fugaz y perenne a la vez, como nuestra cultura ibérica y meridional. Una obra así rezuma más filosofía que folclorismo.

Para expresar la fuerza de la tauromaquia, Pedro Castón acude a lo esencial. La forma, devanada en ágil movimiento de la bestia; la estatuaria del torero, sólo quebrada por el movimiento, circular y sin estridencias, del capote, enredándose en su talle de avispa. Un eje, el de la fuerza, se mueve en horizontal; el otro, el de la inteligencia, en vertical. Se eleva el hombre y horizontea el animal. Y triunfa aquél en ancestral lidia impregnada de maniqueísmo. La frialdad de los tonos marrones, frente al calor de amarillos y rojizos.

La escena, el encuentro y la etérea inmortalización que le presta la acuarela conforman la intención del autor. Abstrae la escena de cielos y de suelos, de ruedos y de arenas. Enmudece el juego de la vida y la muerte, aguantando eternamente la respiración -mientras se palpa, se siente y se asimila la intensidad suprema de la escena-  a la espera de una resolución que nunca llega. Claro que llega, de la mano de quien contempla esta acuarela. Y, no sé por qué, a mí me suena a canto de libertad.

 

 

 

  “La Casa del Sol Naciente”

Antonio Sánchez Bono

Las hojas violetas salen de la noche y el horizonte reverbera con el día. El amanecer es una segunda Creación. Inunda con su luz la melancolía, apuntala nuestro sosiego. Aprehender la naturaleza en estado puro es muy difícil. Mas Antonio S. Bono lo hace con soltura y precisión: la noche deja de ser noche y el sol empuja, por la parte superior del óleo, a las últimas manchas violáceas en una despedida, que es un “hasta luego”.

La noche y el día no se temen, se buscan. Pero no se encuentran, sino que se respetan, renunciando a la batalla. Un día es una eternidad; una noche también. Pero el amanecer es un instante. Y ese instante lo capta el pintor devolviendo la vida a los campos –ocre, marrón y verde-, con el maná de la luz solar. Y como testigo, una casa que, sin renunciar a la artificial, cobra luz propia, con la que firma el acta de nacimiento de un nuevo día, con sólo dejarse inundar por el anaranjado, el amarillo y el blanco intenso de su luz.

El frío de la helada nos ha dejado su reliquia en el tocón de un árbol. Nos recuerda que no todo es perfecto. Pero aún esto es asumible, como la milagrosa, a la vez que mecánica, sucesión de días y de noches. Y aún así, parece en este cuadro que algo sólo es inexorable: la levedad de una casa construida por el hombre.

 

 

 

“Bodegón”

Marietta Torné

El natural como excusa; el arte por el arte. El que tenga ojos que vea y que disfrute. Ahí está el agresivo puntillismo, dominado, en un fundido, por la labor paciente de la retina. Ahí están los vasos de vino y las jarras de cristal, confundidas en armoniosas manchas de color. Hay cuadros que son una lección esencial de dibujo, que nos revelan técnicas –mixtas, y por tanto, infinitas y novedosas- y perspectivas –desafiando las distancias del espectador-. Este es uno de ellos.

Materia y naturaleza se dan la mano en una atmósfera imposible. ¿Imposible? No, porque las formas nos burlan de nuevo como en un juego de sombras chinescas, en el que danzan en singular maridaje –juntos pero no revueltos, como dice el aserto popular- los celestes y los naranjas, los blancos y los amarillos.

Y en la superposición de puntos y colores, se adivina toda la riqueza cromática de una paleta sin fin, en ingrávidos volúmenes. No nos lo pone fácil Marietta Torné. Pura pedagogía, como su afán diario. El espectador ¡a trabajar! A componer las formas hasta ver lo que se ve y lo que no se ve. Pues mucho es lo que se sugiere y sólo depende de miradas personales. Una síntesis de vitalismo en euforia de sencillez. ¿No es acaso el arte la más alta cualidad inmaterial del hombre? Que así sea, por los siglos de los siglos.

 

 

 

“Semana Santa en Granada”

Allan Dorian Clark

La figura de la Virgen Dolorosa se agiganta entre propios y extraños, entre penitentes y vecinos, asombrados en la penumbra de la acera y de los balcones. Adivinamos la expresión de sus caras, como el mismo autor, un británico que acaba de descubrir el microclima de nuestra Semana Santa.

Sólo la rica textura del pastel le permite transformar en calidez la frialdad de la noche de luna llena y recoger todas las sensaciones de nuestras procesiones: el tacto de rasos y damascos, el olor a clavel y a flor del pato, la vista de colores sorprendentes, vivos y agresivos gracias a la luz crepitante de los cirios y a los brillos dorados de la corona, el sonido de la saeta y el gusto, también intuido, de manjares de cuaresma tras los cristales.

La Virgen lo llena todo, sus Penas inundan un fantasmagórico barrio de San Matías y se palpa hasta el aire de Granada, que corta, airosa, la Torre de la Vela. Calidad artística y valor histórico se dan la mano en esta obra irrepetible.

En su séptima salida procesional por las calles de Granada la Virgen de las Penas se encuentra con la mirada atónita de un inglés. Y Allan no se resiste a tomar un apunte, a colorearlo, a terminar al pastel esta obra de juventud. Cuarenta años han pasado por ella, pero conserva la frescura de la “Semana Santa de Granada”.

 

 

 

“Buen Pastor de Pasión”

Manuel Prados Guillén

Como sacado de una obra del siglo XVIII, el Niño Pastor emerge sobre el lienzo con la fuerza del naturalismo y la ternura. Dulce artificiosidad la de este cuadro, en su ingenua sencillez. Las rosas de Belén se tornarán en las espinas de Jerusalén. Pese a ello, Jesús sigue subiendo a la Ciudad Santa. Lo sorprendemos sobre una peña y Él nos sorprende a nosotros, pues no hace otra cosa que guiarnos.

La finitud de este óleo parece una lección de Teología. La cruz es el tema central: Camino seguro, árbol de Vida, testimonio de la Verdad. La cruz es el tema central en la misma niñez de Jesús, en su firme caminar, en la explosión de su vitalidad, en la expresión de su verdad. Y la verdad de este cuadro es su invitación. Aunque enfurruñado –como el niño que no sabe disimular sus sentimientos-, nos invita, nos mira a nosotros, nos indica la senda desconocida, pero gratificante.

El fondo neblinoso ya no importa, pues Él va con nosotros, nos conduce por cañadas oscuras, mientras el viento ondea en sus cabellos y al cordero le cuesta seguir su paso. La cruz leñosa, la lana blanca y la túnica verde ponen contrapunto a la vida gris de los hombres. Aquí está la pasión, la paz y la esperanza. Los pinceles de Lolo Prados las han hecho posibles.

 

 

 

“El mito de Narciso”

Sandra Martín López

La recreación de temas clásicos es siempre como una pirueta en el vacío: pasar de la clásica monumentalidad del mármol a una sencilla y alcanzable realidad. Sandra Martín lo hace sobre un escenario bucólico, con pincelada suelta y manchas de color, que animan el paisaje nemoroso. El milagro del pincel ha convertido las estatuas en figuras de carne y hueso, que nada disienten de ese paisaje.

Hombre y naturaleza se dan la mano. Mujer y naturaleza se abrazan, más exactamente, mientras Narciso, incapacitado para apreciar la serena belleza, se mueve en su propia agitación. Busca un espejo en movimiento, distorsionante, para mirarse a sí mismo, para quererse a sí mismo y aumenta así su tensión interior. Sí, sólo sus músculos están en tensión. Toda mirada –el bosque, la mujer, el espectador- se dirige a él, pero él sólo se aprecia a sí mismo. Es el tema central: su búsqueda eterna de la belleza en un lugar en que no está.

El mito de Narciso parece una denuncia de la ingratitud. Denuncia a la que se ofrecen otras alternativas, como la de contemplar serenamente la belleza equilibrada y sosegada que le rodea, la que todos ven salvo el propios Narciso. Él mismo se ha autoexcluido del cuadro.

 

 

 

“Nazarenos”

Emilio Castillo Sánchez

Dos hileras de negra penitencia, cirios en alto, Catedral. La cofradía –todas las cofradías- peregrina hacia la iglesia matriz. Lo que antaño fuera una ilusión inalcanzable, hoy es una realidad. A la penumbra de la calle le espera el brillo del interior catedralicio, en un cambio de papeles a lo divino.

Emilio Castillo ha recogido con la sencillez de la acuarela la esencia de nuestras corporaciones nazarenas: anónima penitencia, uniformada fraternidad, eterno peregrinar. La cofradía pasa. La Catedral permanece. Pero el autor prefiere el instante a la eternidad, la persona a la piedra, la penumbra a la luz. Emilio ha tomado para ello la perspectiva del mismo Cristo sobre su paso –Jesús Crucificado, cualquiera de los que enriquecen nuestra Semana Mayor, un Lunes Santo, un Viernes Santo… ¡qué más da!-. Notamos ciertamente su mirada amorosa al verlos, ordenados y penitentes, caminar ante su paso.

Todo resumido en un trozo de papel granulado. Perdón, Señor, pequé y no me atrevo ni a mirar tu rostro divino.

 

 

 

 

“Bodegón sobre cristal”

José Alcaraz Ávila

El bodegón es expresión de la verdad. Su grandeza está en la sencillez, su belleza en la sinceridad. Precisamente sencillez y sinceridad, sin artificios, se desprenden del óleo de Pepe Ávila. El bodegón en sí mismo. Lo mismo que vemos nos lo devuelve el cristal sobre el que se asienta. Es la sencillez sin doblez de la cerámica y de la fruta.

Se adivina la mano del hombre y el milagro de la naturaleza en íntimo maridaje. Frutos y productos conforman nuestra propia vida cotidiana. Y se presentan en su verdad inmutable. Miras y observas el brillo en los objetos de cerámica; te acercas y aprecias la apetitosa invitación de la fruta, y hasta notas en el paladar el sabor ácido de la naranja.

El fondo es sólo un pretexto para que las formas se recorten mejor; es negro, como el abismo, plano como la nada. Pero gracias a él, las formas se descubren en plenitud, como en un altorrelieve mimado por el vigor del óleo para llamar nuestra atención.

 

 

 

“Paño de la Verónica”

Israel Cornejo Sánchez

Desaparecieron las manos de la Verónica y la escena de la calle de la amargura para convertir este lienzo en intemporal. Faltan también las puntillas que lo sujetaran sobre una pared imposible. Inmaculado lienzo, como el vientre de la Virgen, como un paño de altar, para recoger la ofrenda de su amor.

La nueva alianza está ya sellada con su sangre y el paño de la Verónica es el documento que da fe, lacrado son su divino rostro, sin condiciones. Sobre el blanco, tan sólo el rojo de la sangre y el ocre del sudor. Pero es mucho más que una rúbrica; es Dios humanizado, ¿acaso no es el rostro del hombre que sufre el que aparece sobre el paño de la Verónica?

El “evangelio” de la Verónica es de ayer, de hoy y de siempre. Todos los fieles lo entienden: el sublime sacrificio del amor, tremendamente humano, marcado a fuego sobre la tela. Ahí está, sencillamente resumida, toda la vida del Maestro. Ahí está la predicación en Galilea, la pasión y muerte del Mesías… y su gloriosa Resurrección. ¿A dónde fue tu luz, y tu belleza?, / ¿dónde están tus palabras mensajeras?

 

 

 

“Stabat Mater”  
“Madre de Consolación”

Sonia Morente Pérez

Mujer madura, Madre amorosa, Virgen dolorosa. Te llamas Consolación y consuelas nuestras vidas.

La Virgen da la espalda a la escena del calvario. Ya no importa, porque todo está consumado. No siente compasión hacia Él sino hacia nosotros. Por eso, el Santo Crucifijo se reduce ahora a una simple referencia, la única que puede ofrecer como modelo la discípula más fiel: Haced lo que Él os diga. La figura de María se agiganta y se acerca hacia nosotros, mientras el primor de su rostrillo acaricia su cuello y sus mejillas temblorosas. Así es la acuarela, subraya unos elementos y posterga otros, para guiar nuestra vista a lo que importa.

La realidad misma de estas acuarelas somos nosotros. Al contemplarla, a Ella, le damos vida. El dolor y el sufrimiento han quedado congelados y ahora solamente Ella se nos ofrece como modelo. Su presencia es apacible porque, como Madre amorosa, no quiere que se repita el dolor y el sufrimiento en ninguno de nosotros. Dios te salve, Madre y Señora.

 

 

 

“Jesús flagelado”

Juan Carlos García Rodríguez

Tiene esta aguada, en su minúsculo formato, la grandiosidad de nuestro Barroco más clásico. Dios es un hombre con la fuerza de un héroe. El arte de Diego Velásquez o de Alonso Cano se rastrea tras esta obra que parece, sencillamente, sacada de un anticuario.

Jesús flagelado se nos aparece con toda su dignidad, tan divina como humana. Recoge sus vestiduras, como ajeno al dolor causado por los azotes. Valiente la torsión del cuerpo y la pétrea posición de las piernas, sobre el difuminado fondo de la aguada. Columna baja y sereno flagelo son las pruebas del castigo. Mas no hay tremendismo en la escena, porque Jesús vino a padecer. Así parece leerse en la serenidad de su semblante.

La belleza de esta obra está quizá en la huída de la violencia gratuita y del efectismo que pudiera rebajar, siquiera un ápice, su condición divina sin dejar de mostrar su naturaleza más humana. Y todo conseguido con trazos certeros y claroscuros magistrales por el fino pincel de Juan Carlos García.

 

   

 

 

 

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