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a
existencia de los Ángeles Custodios es una verdad, continuamente profesada por
la Iglesia, que forma parte desde siempre del tesoro de piedad y de doctrina del
pueblo cristiano. Estos Ángeles, explica el citado Catecismo, "no han sido
enviados solamente en algún caso particular, sino que han sido designados desde
nuestro nacimiento para nuestro cuidado, y constituidos para defensa de la
salvación de cada uno de los hombres" (n. 6). Jesucristo mismo dijo a sus
discípulos: "Mirad que no despreciéis a alguno de estos pequeñuelos,
porque os hago saber que sus Ángeles en los cielos están siempre viendo el
rostro de mi Padre celestial» (Mat. 18, 10).
Es
preciso invocarlos
A
pesar de la gran perfección de su naturaleza espiritual elevada perfectísimamente
al orden de la gracia, los Ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría
infinita. Como explica Santo Tomás, no pueden leer en el
interior de las conciencias (Summa Theologica, 1, 57, 4 ad 31). Es preciso, por
tanto que les demos a conocer de algún modo nuestras necesidades. Como su
permanencia a nuestro lado es continua y con su inteligencia penetra de modo
agudísimo en lo que expresamos, ni siquiera es preciso articular palabras:
basta que mentalmente le hablemos para que nos entienda, e incluso para que
llegue a deducir de nuestro interior más de lo que nosotros mismos somos
capaces.
Por eso es tan recomendable tener un trato de amistad con el Ángel de la
guarda. "Ten confianza con tu Ángel Custodio.-Trátalo como un entrañable
amigo-lo es- y él sabrá hacerte mil servicios en los asuntos ordinarios cada día".
(Camino, n. 562).
También podemos relacionarnos con los Ángeles Custodios de los demás, para
ayudarles en su tarea de conducir al Cielo a esas almas. "Gánate al Ángel
Custodio de aquel a quien quieras traer a tu apostolado. -Es siempre un gran
"cómplice" (Camino, n. 563).
Esa complicidad-ordenada y querida por Dios-se extiende a todas las acciones con
que hemos de ganar el Cielo para nosotros y para otras almas.
Ángeles
de las comunidades sociales.
«
Dios mandará a sus ángeles, para que protejan al justo en todos sus caminos»,
leemos en el Antiguo Testamento (Ps.90,11) Es opinión común de los teólogos,
sólidamente fundada en Sagrada Escritura, en los escritos de los Santos Padres
y en liturgia de la Iglesia, la creencia de que los Ángeles Custodios no sólo
cuidan de cada alma en particular, sino que extienden su patrocinio a los
cuerpos sociales-países, corporaciones, ciudades, personas morales, etc.-,
velando para que los lazos que unen a sus miembros no les aparten de la
felicidad eterna, y para que los fines corporativos de las distintas comunidades
sociales, aun de aquellas nacidas para la consecución de un bien natural se
encaminen en último término al fin sobrenatural común a todos, que es Dios.
Los Ángeles y la Sagrada Eucaristía. La piedad cristiana considera desde
antiguo que allí donde se encuentra reservada la Santísima Eucaristía hay Ángeles
adorando constantemente a Jesucristo Sacramentado.
La tradición cristiana describe a los Ángeles Custodios como a unos grandes
amigos, puestos por Dios al lado de cada hombre, para que le acompañen en sus
caminos. Y por eso nos invita a tratarlos, a acudir a ellos. Los cristianos
hemos de practicar y difundir la devoción a los Santos Ángeles Custodios, de
tanta raigambre en la Iglesia: para que el Ángel Custodio, que nos acompaña
siempre, contribuya a mantener en todas nuestras acciones la unidad de vida, nos
proteja, interceda por nosotros, y sea siempre el más poderoso aliado en la
tarea de nuestra santificación personal y en el apostolado. Como reza la oración
dirigida a San Miguel, en las fiestas litúrgicas que le dedica el Misal romano,
Santos Ángeles Custodios: defendednos en la batalla, para que no perezcamos en
el tremendo Juicio.
Valiosos
consejeros celestes
Los
Ángeles de la Guarda son nuestros consejeros, inspirándonos santos deseos y
buenos propósitos. Evidentemente, lo hacen en el interior de nuestras almas, si
bien que, como vimos, hayan existido almas santas que merecieron de ellos
recibir visiblemente celestiales consejos.
Cuando Santa Juana De Arco, aún niña, guardaba su rebaño, oyó una voz que la
llamaba: "Jeanne! Jeanne!" ¿Quien podría ser, en aquél lugar tan
yermo? Ella se vio entonces envuelta en una luz brillantísima, en el medio de
la cual estaba un Ángel de trazos nobles y apacibles, rodeado de otros seres
angélicos que miraban a la niña con complacencia. "Jeanne", le dice
al Ángel, "sé buena y piadosa, ama a Dios y visita frecuentemente sus
santuarios". Y desapareció. Juana, inflamada de amor de Dios, hizo
entonces el voto de virginidad perpetua. El Ángel se le apareció otras veces
para aconsejarla, y cuando la dejaba, ella quedaba tan triste que lloraba
.
El desvelo de nuestro Ángel de la Guarda para con nosotros está bien expresado
por el Profeta David en el Salmo 90: "El mal no vendrá sobre ti, y el
flagelo no se aproximará a tu tienda. Porque mandó [Dios] a sus Ángeles en tu
favor, para que te guarden en todos tus caminos. Ellos te elevarán en sus
manos, para que tu pié no tropiece con alguna piedra" (Sl. 90,
10-12).
Innumerables son los ejemplos del poderoso auxilio de los Ángeles en la vida de
los Santos. Santa Hildegonde, alemana (+ 1186), habiendo ido en peregrinación a
Jerusalén con su padre y falleciendo éste en el camino, fue frecuentemente
socorrida por su Ángel. Cierto día, cuando viajaba camino a Roma, fue asaltada
y abandonada como muerta. Apenas pudo lograr levantarse, y vio surgir a su Ángel
en un caballo blanco. Éste ayudó cuidadosamente a su protegida a montar, y la
condujo hasta Verona. Allá, se despidió de ella diciendo: "Yo seré tu
defensor donde quiera que vayas".
Santa Hildegonde podría aplicar a sí misma el siguiente comentario de San
Bernardo al Salmo arriba citado: "¡Cuán gran reverencia, devoción y
confianza deben causar en tu pecho las palabras del profeta real! La reverencia
por la presencia de los Ángeles, la devoción por su benevolencia, y la
confianza por la guarda que tienen de ti. Mira vivir con recato donde están
presentes los Ángeles, porque Dios los mandó para que te acompañen y asistan
en todos tus caminos; en cualquier posada y en cualquier rincón, ten reverencia
y respeto a tu Ángel, y no cometas delante de él lo que no osarías hacer
estando yo en tu presencia". San Buenaventura afirma: "El santo Ángel
es un fiel paraninfo conocedor del amor recíproco existente entre Dios y el
alma, y no tiene envidia, porque no busca su gloria, sino la de su Señor".
Agrega que la cosa más importante y principal "es la obediencia que
debemos tener a nuestros santos Ángeles, oyendo sus voces interiores y
saludables consejos, como de tutores, curadores, maestros, guías, defensores y
mediadores nuestros, así en el huir de la culpa del pecado, como en el abrazar
la virtud y crecer en toda perfección y en el amor santo del Señor".
Bienaventurado Agustín escribe: "Los Ángeles con gran dedicación y
diligencia, permanecen con nosotros a toda hora y en todo lugar, nos ayudan,
piensan en nuestras necesidades, sirven de intermediarios entre nosotros y Dios,
elevando a El nuestras quejas y suspiros... Nos acompañan en todos nuestros
caminos, entran y salen con nosotros, observando como nos comportamos entre ese
genero engañoso y con que empeño deseamos y buscamos al Reino de Dios."
Un pensamiento semejante tiene San Basilio el Grande: "Con cada fiel hay un
Ángel, quien como niñera o pastor dirige su vida" y para demostración
cita las palabras de David, el cantor de los Salmos: "A sus Ángeles dirá
sobre ti - que te protegen en todos caminos tuyos..." "Ángel del Señor
hará guardia alrededor de los que Le temen y los ayudará" (Sal. 90:11,
33:8).
El Obispo Feofan el Ermitaño enseña: "Hay que recordar, que tenemos a un Ángel
Guardián y dirigirse a El con pensamiento y corazón - en nuestra vida normal y
especialmente cuando ésta se agita. Si no nos dirigimos a El, el Ángel no
puede aconsejarnos. Cuando alguien se dirige a un abismo ó pantano con ojos
cerrados y los oídos tapados - como es posible de ayudarle?"
Así el cristiano debe recordar a su buen Ángel, que durante toda su vida se
preocupa por él, se regocija con sus éxitos espirituales, se acongoja con sus
caídas. Cuando el hombre muere, el Ángel lleva su alma a Dios. Según muchos
testimonios, el Alma reconoce a su Ángel Guardián, cuando llega al mundo
espiritual.
San Bernardo explicó durante una Cuaresma, en 17 sermones, el salmo 90. Ya en
la Introducción nos dice que hace la explicación de este salmo, "de donde
el enemigo tomó ocasión para tentar al Señor, a fin de que sean quebrantadas
y deshechas las armas del Maligno con lo mismo que él maliciosamente quería
formarlas" (cf. BAC Obras selectas p.358). Damos la síntesis del sermón
12, en el que el Santo explica el versículo 11 aducido por el tentador en el
desierto: Porque El mandó a sus ángeles cuidasen de ti y te guardasen en todos
tus caminos (cf. Serm. 12 sobre el salmo 90 en Obras selectas p.413 ss. [BAC,
Madrid I947]. El texto latino puede verse en PL 183,221 ss).
Bondad
de Dios en enviar a sus ángeles como custodios
"¡Qué
lección, hermanos, qué amonestación, qué consolación tan grande nos ofrecen
estas palabras de la Escritura! ¿Qué salmo, entre todos los demás, esfuerza
tan magníficamente a los pusilánimes, despierta a los negligentes, enseña a
los ignorantes? Por eso dispuso la Providencia divina que especialmente en este
tiempo de la Cuaresma tuviesen sus fieles de continuo en su boca los versículos
de este salmo. No parece haberse tomado pie para ello sino del abuso que de este
salmo hizo el diablo, para que en esto mismo aquel malicioso siervo sirva a los
hijos de Dios, aunque a pesar suyo"...
Esta preocupación de Dios por el hombre manifiesta de modo extraordinario su
misericordia. San Bernardo habla así a Dios: "Aplicas a él (al hombre) tu
corazón y solícito lo cuidas. En fin, le envías tu Unigénito, diriges a él
tu Espíritu, le prometes tu gloria. Y para que nada haya en el cielo que deje
participar en nuestro cuidado, envías a aquellos bienaventurados espíritus a
ejercer su ministerio para bien nuestro, los destinas a nuestra guarda, les
mandas sean nuestros ayos. Poco era para ti haber hecho ángeles tuyos a los espíritus;
hazlos también ángeles de los pequeñuelos, pues escrito está: Los ángeles
de éstos están viendo siempre la cara del Padre (Mt 18,10). A estos espíritus
tan bienaventurados hazlos ángeles tuyos para con nosotros y nuestros para
contigo".
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