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RELIGIOSIDAD
POPULAR Y COFRADÍAS
EN LOS CONVENTOS AGUSTINOS DE GRANADA |
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MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ |
a
presencia de hermandades, cofradías y congregaciones en los conventos agustinos
de la ciudad de Granada nos remite, como punto de partida, a la fundación de
los dos conventos que nos interesan: el de San Agustín y el de Nuestra Señora
de Loreto. Pues, si bien una hermandad celebraba cultos en el de agustinas, no
tenía en él su sede.
El convento de agustinos calzados de S. Agustín se fundó en el año 1513,
estableciéndose en la Alcazaba. Entre 1553 (o tal vez algunos años más tarde)
y 1593 se construyó el edificio en el centro de la ciudad que habrían de
ocupar definitivamente, en la colación de Sta. María de la O (y más tarde en
la de los Stos. Justo y Pastor). Hacia 1768 contaba con un total de cuarenta y
cuatro religiosos. "Llevó a Nuestro Dueño a el nuevo Templo -escribe
Lachica- el Eminentísimo Señor Cardenal Niño de Guevara, Presidente de
esta Audiencia, y fue esta función de las más célebres que admiró
Granada".
Se le añadió la capilla mayor en 1620-30. Dicha capilla mayor fue
enterramiento del genovés Horacio de Levanto. Todo el convento sufrió los
efectos de la invasión francesa y fue destruido tras la exclaustración. En
general, según Henríquez de Jorquera, las hermandades de este convento se
servían "con grande devoción, puntualidad y grandeza". Poseía el
templo tres naves y un total de dieciocho altares.
En cuanto a los agustinos descalzos, la orden se estableció en Granada en 1603
con la concesión de unos terrenos por parte de Felipe III. Pero la oposición,
sobre todo por parte del enérgico arzobispo don Pedro de Castro, fue grande.
Obtuvieron licencia del prelado en 1612, habiéndoles disuadido de hacer la
fundación en la ermita de Ntra. Sra. de las Angustias. Las obras del convento,
en la plaza de Bibalbonud sobre las ruinas del antiguo hospital general de la
Resurrección (colación de San Juan de los Reyes en el siglo XVIII), confiscado
desde la sublevación morisca iniciada en 1568, comenzaron el último día del
año 1613. No concluirían hasta 1694, hallándose la iglesia, inicialmente con
título de San Juan Evangelista y más tarde de Ntra. Sra. de Loreto, bajo el
patronato de don Antonio de Aróstegui, que fue secretario de Felipe III. No era
un lugar especialmente cómodo -"la aspereça de las cuestas es causa de
que no se frequente demasiado"-, pero pronto se ganó el fervor de los
vecinos.
Ello no fue óbice para pensar en un hipotético traslado al centro de la
ciudad, como años atrás habían hecho sus hermanos calzados, intento que se
sostuvo entre 1627 y 1632. Lo que años antes constituían auténticos retos
pastorales, se habían tornado entonces en grandes inconvenientes, "por
razón del sitio: para sustentarse, curar sus enfermos, labrar casa, vacar a la
oración, al estudio de ejercicios espirituales, barrio pobre y pedir limosna en
la ciudad, poca huerta y sin agua en verano, para edificar es menester infinito
gasto de derribar murallas, terraplenar partes hondas y llevar allá los
materiales"; la ciudad temía que su ausencia contribuyera a despoblar el
Albaicín.
Las relaciones con las parroquias del barrio fue desde entonces estrecha; a
pesar de la oposición inicial a la fundación manifestada por la iglesia
colegial del Salvador. La comunidad se componía de casi cincuenta religiosos en
1768 y de treinta y seis en 1787. Sufrió pérdidas durante la dominación
francesa y fue suprimido en 1836. Tenía el templo altar mayor y diez capillas
laterales.
Esta mínima cronología bastará para encuadrar la presencia e intensidad del
fenómeno cofrade en dichos conventos.
CARACTERIZACIÓN DE LAS
COFRADÍAS
Resulta innecesario insistir
en el papel fundamental que las órdenes religiosas jugaron en la promoción de
cofradías y hermandades durante la Edad Moderna. Acercamiento al pueblo,
difusión de los santos/as de la orden respectiva, trasmisión de un talante
específico en materia religiosa, necesidad de solemnizar el culto, propuestas
de santidad en distintos campos de la vida y medio para allegar fondos a las
arcas conventuales son sólo algunos de los factores que se conjugan en esta
amplia estrategia pastoral popular. En este sentido, los agustinos fueron
bastante selectivos con las devociones que impulsaron a través de cofradías y
congregaciones.
En el caso de la orden de San Agustín de Granada, figuran cofradías y
congregaciones en sus distintos conventos. En concreto, en esta simple
aproximación al tema, se contemplarán seis radicadas en el convento de
calzados y cinco en el de descalzos, además de la congregación de plateros de
Granada, que celebraba fiestas en el convento de agustinas del Corpus Christi.
La devoción cofrade se mueve en los parámetros del fomento del culto público
y de la atención solidaria a las necesidades de los hermanos; cultivan así, de
forma sencilla, el amor a Dios y el amor al hermano, las dos caras de una misma
moneda. En este marco general, cada cofradía se distingue de las otras
principalmente por su advocación, es decir, el destinatario del culto y,
consiguientemente, el centro del fervor de los hermanos. En los casos que nos
ocupan hay que referirse al culto a Jesucristo, a la Virgen María y a diversos
santos.
Sin embargo, y en el afán de no atomizar las creencias cristianas, encontramos
diversas cofradías con advocaciones mixtas: penitencial y de santo
(Inspiración de Cristo y S. Nicolás de Tolentino, que sumaba también una
devoción mariana), de María y de santo ("orden tercera" o Correa de
S. Agustín, puesta bajo la devoción de alguna imagen de la Virgen) o
eucarística y mariana (Stmo. Sacramento y Ntra. Sra. de Loreto), sin contar con
la perfecta síntesis que supone el título de Cristo de San Agustín. Conviene,
pues, considerar que el entramado espiritual de las cofradías era, en el fondo,
mucho más complejo de lo que suele pensarse. Otra cosa es que su alcance
catequético resultase a menudo limitado.
Precisamente, algunos de estos santos tienen que ver con la orden agustiniana,
lo que constituye un primer elemento de relación entre comunidad de religiosos
y cofradía. Ese vínculo se acrecienta en los casos en que la orden religiosa
concede carta de hermandad a los miembros de una determinada cofradía. Y, por
supuesto, la vinculación más fuerte deriva de la radicación de cofradías en
el templo conventual (en alguna de sus capillas), celebrando en él sus actos de
culto y recibiendo a un fraile de la orden como director espiritual y a veces
como rector de una congregación de seglares.
Desde el punto de vista artístico, resulta lógico que cada comunidad encargue
esculturas o pinturas de los santos y santas de su orden, ya que son para ellos
los modelos de santidad más próximos a seguir y de un elevado valor
simbólico. Así, por ejemplo, el inventario del convento de agustinos descalzos
poseía, en la época de la exclaustración, cuadros de Sto. Tomás de
Villanueva (dos), de S. Agustín y de siete santos y de una santa de la orden.
Claro que no faltaban pinturas de variados temas religiosos, especialmente de la
Pasión de Cristo.
Ese fomento por parte de la orden y, en general, las atenciones que una
cofradía esperaba recibir, y con frecuencia recibía de los religiosos de una
orden, parecen esenciales a la hora de decidirse a residir en un convento. En
concreto, la cofradía de S. Roque, fundada en una iglesia parroquial decidió
pronto trasladarse al convento de S. Agustín, como así lo hizo; de la misma
forma, establecida en otra parroquial, la de Ntra. Sra. de la Candelaria pasó
al convento de Loreto. Por su parte, la congregación de plateros de S. Eloy,
con sede el granadino convento del Carmen, celebraba en el siglo XVIII diversas
fiestas en el convento de agustinas.
Precisamente, como se ha indicado, la preocupación por las carencias
espirituales del pueblo, en concreto del barrio del Albaicín, se argumentaron
por los frailes agustinos descalzos, en su primer intento de fundación:
"aunque el dicho barrio y población -1.800 vecinos alegan- está inclusa
en esta ciudad, sin embargo está tan apartado que pocas veces pueden los
vecinos de él oir sermones ni frecuentar las devociones, y por ser esta
necesidad tan precisa es forzoso que algunas veces acudan al dicho Albaicín
religiosos de esta ciudad a confesar y predicar a los dichos vecinos".
La abundancia de cofradías podía entenderse como una riqueza, cuando menos
asociativa, pero con frecuencia se consideraba también una pesada carga, ya que
tales asociaciones subsistían gracias a las cuotas y donativos de los hermanos
y a las limosnas que obtenían de devotos y fieles en general. Es significativo
que cuando la citada colegiata del Salvador expuso en 1604 sus razones para no
permitir el establecimiento de los agustinos descalzos, repasase el número de
conventos masculinos y femeninos de Granada, su crecido número de parroquias y
hospitales, "esto sin muchas ermitas y cofradías y gran número de
pobres".
Toda fundación, del talante que fuera, acababa convirtiéndose en una carga y
cundía entre el clero la sensación de que, siendo igual la renta total que de
una forma u otra podían captar todos esos centros, el reparto sería más
limitado. La explicación es, desde luego, simplista, pero hay que reconocer
que, en el campo concreto de las cofradías, éstas ofrecían también un
aliciente económico a los templos que las albergaban: la celebración de las
funciones de culto, las ocasiones de predicaciones masivas, los derechos de
estola y pie de altar (sobre todo en entierros y procesiones), la posibilidad de
legados testamentarios y de encargos de memorias de misas por parte de los
cofrades, las peticiones de entierro en el templo e incluso la dotación de
capillas. Del mismo modo que las cofradías actuaban como resorte amplificador
de la actividad apostólica dirigida al pueblo por parte del clero (sobre todo
regular), también eran un instrumento para generar ingresos suplementarios a
unas arcas no siempre boyantes.
Una última característica definitoria del conjunto de las cofradías y
hermandades sitas en los conventos agustinos de Granada es la de su inclinación
espiritual y social. Frente a los modelos de culto procesional, de
asociacionismo gremial y, en general, de reforzamiento del sentimiento de
fervor, las cofradías que nos ocupan, no excesivas en número, traducen en
términos generales ciertas inquietudes religiosas, encauzadas y alentadas por
los frailes agustinos.
CULTO A CRISTO
No es necesario detenerse en
el cristocentrismo como una nota distintiva del agustinismo. Al culto a Cristo,
con carácter penitencial, sacramental o simplemente devocional se dedican
diversas cofradías. En cualquier caso, como se ha indicado, encasillar una
determinada cofradía en una sola tipología advocacional es tarea a veces
difícil.
1. Cofradía de la Santa
Inspiración de Cristo y San Nicolás de Tolentino
(convento de S. Agustín).
La Cofradía de la
Expiración, como también se le llamaba, "salía el viernes sancto y (h)oy
no sale -explica Henríquez de Jorquera- por (h)averse reformado algunas; y en
su capilla se venera otro sancto Cristo de la Espiración, muy devoto, y una
soberana imagen de nuestra Señora de la Paz". Su fundación debió
producirse poco después de 1575. Y seguramente había desaparecido ya en la
segunda mitad del siglo XVII. De hecho, no realizaba estación de penitencia
desde la supresión temporal de finales del siglo XVI. Hasta ese momento salía
esta cofradía el Viernes Santo a las dos de la tarde, con las imágenes del
Crucificado, la Dolorosa y S. Nicolás de Tolentino.
Era una cofradía de penitencia o de disciplina, probablemente abierta, de las
que abundaron en los conventos granadinos en la segunda mitad del Quinientos. Es
evidente que, tal vez reconducida por la comunidad de agustinos, orientó su
culto hacia el santo de Tolentino, cuya fiesta, debido a la gran devoción de
Felipe II, se instituyó por Sixto V en 1588. Con ese motivo, "los frailes
de la dicha orden hicieron grandísimas demostraciones de alegría en su
convento de san Agustín desta ciudad, ayudándoles a la celebración los pechos
cristianos de los granadinos".
Todavía en 1835 se conservaba la imagen de S. Nicolás de Tolentino, y a sus
lados los beatos Antonio Aguilóo y Clemente de Anfimo. También se veneraba una
imagen de S. Nicolás de Tolentino, muy milagrosa -"con quien tienen los
fieles mucha devoción, por los muchos enfermos que Su Magestad ha sido servido
de sanar, mediante su piadosa intercesión"-, en el convento de los
agustinos descalzos. Otra, de tamaño menor, se situaba en una urna sobre el
facistol.
2. Hermandad del
Santísimo Sacramento y Nuestra Señora de Loreto
(convento de Ntra. Sra. de Loreto).
Aunque Henríquez de Jorquera
no menciona la cofradía, sí se detiene en el origen de la imagen, fruto de una
donación: "venérase en este combento una soberana imajen de nuestra
Señora de Loreto, que obra muchos milagros, ofrecida de Pedro Antonio, vecino
desta ciudad, napolitano de nación, por (h)averle librado de una grave
enfermedad esta gran señora".
Lachica informa también respecto al origen de la imagen: "dieron esta
imagen unos devotos genoveses y desde 8 de enero de 1630 tomó este templo aquel
título. Es este simulacro obra de Alonso de Mena, célebre artífice en
la estatuaria"; al día siguiente de su colocación obró su primer
milagro. Presidía el altar mayor ejecutado por Pedro Duque Cornejo. En el
informe sobre cofradías de 1769 aparece con la sola advocación de Ntra. Sra.
de Loreto.
Su origen se remonta, por tanto, en el primer tercio del siglo XVII. Se trata de
una hermandad devocional y abierta, aunque su función cultual sufrió ligeras
variaciones, atendiendo en principio al culto sacramental (solemnizar sobre todo
la festividad del Jueves Santo, con la erección del Monumento, práctica que
escaseaba en el Albaicín de comienzos del Seiscientos) y mariano (rosariano), y
finalmente sólo a éste, quizás ya sin una especialización en el rezo del
rosario.
La imagen se encontraba en el lugar principal del altar mayor, ya que le daba
nombre al templo: "en dicho nicho está la casita de Nuestra Señora de
Loreto y la Imagen con el Niño en los braços sentada encima de su tejado, y
todo el Altar, retablo y credencias está adornado de alhajas muy curiosas,
variedad de ramos y artificiales flores, que parece una alegre y vistosa
Primavera".
La imagen había sido encargada en 1629, como se indicó más arriba, a Alonso
de Mena por unos "devotos genoveses". La acabó a su costa el guantero
Pedro Antonio Zigaut, natural de Niza, encargando la encarnadura y el dorado al
maestro Francisco Ruiz. Permaneció algunos meses en una sala capaz en la casa
de los genoveses Octavio y Julio César Pasage, hasta que en 1630 se trasladó
solemnemente, desde el convento de las capuchinas, al nuevo de los agustinos
descalzos, convirtiéndose en titular del mismo. Por cierto, dicho traslado
contribuyó a reforzar el fervor hacia la imagen, pues la lluvia iba cesando por
las calles por las que pasaba y pareció "la ciudad el día del
Corpus".
Pero lo más curioso es que ese mismo día del traslado, manifestó la imagen su
benignidad con un milagro: "estando ya muerto cierto niños sin baptismo...,
abrió los ojos y vivió, según juraron testigos". Con ocasión de estas
fiestas y su solemne novena, concedió gracias espirituales a los devotos el
cardenal-arzobispo de Granada don Agustín Spínola, genovés de nacimiento.
También recibió gracias espirituales del arzobispo Carrillo, en 17 de
noviembre de 1642, a las asociaciones devotas del rosario, lo que confirma que
este rezo era una de sus finalidades.
Fue sacada en procesión, con danzas y escolta militar, con motivo de los actos
de desagravio a María en 1638 y 1640. Costumbre de la época, se prestigiaba la
procesión con la presencia nobiliaria. En 1638 "sacó el estandarte el
señor conde de Luque, con don Juan Ponce de León, caballero del (h)ábito de
Santiago, señor de la villa de Çuheros, y don Luis de Córdova y Aiala,
cavallero del (h)ávito de Calatrava, hijo del marqués de Balençuela. Fue
delante de la procesión una compañía de soldados muy lucidos con una esquadra
de mosqueteros". Discurrió la procesión por las principales calles del
Albaicín. La escena se repitió dos años más tarde, después de seis días de
fiesta.
Como puede observarse, la devoción de la comunidad italiana en Granada resulta
esencial en la extensión de esta advocación que, desde luego, les remitía al
recuerdo de su patria. Efectivamente la marca de Ancona albergaba una imagen de
María, "cuyas maravillas son notorias aún a bárbaros y turcos, quanto
más a los fieles que reconocen el portento de la Casa de Nazareth, en que la
Virgen María nació, se crió y concibió al Verbo Eterno, para vida y rescate
de los hombres", trasladada hasta allí por ángeles, según la tradición,
hacia 1295. Incluía este fabuloso traslado, una imagen de María, modelo para
todas las que adoptaron después esa misma advocación, "de quatro palmos
de alto..., con su Niño en los braços, cuya materia es cedro incorruptible o
madera de Setín, toda maciça".
Pero pronto superó ese limitado marco de la devoción de los italianos, para
convertirse en una devoción de todo el barrio. De ahí el gran cuidado que los
frailes pusieron en esta imagen, que llegó a superar en fama y fervor a otra
más propia de la orden, como era la de la Correa.
Muchos fieles entraban de rodillas en la iglesia para dirigirse al altar de la
Virgen de Loreto y el templo se llenó pronto de exvotos, que le tributaban en
testimonio de gratitud. Su devoción se extendió pronto por la ciudad, pueblos
de la Vega y de la Sierra, e incluso por la Alpujarra y la Costa.
3. Hermandad del
Santísimo Cristo de San Agustín
(convento de S. Agustín).
Aún sin hermandad, mereció
la atención de Henríquez de Jorquera: "venérase en este gran convento un
devotísimo crucifijo en quien los devotos granadinos tienen puestas sus
esperanzas y se manifiesta todos los viernes del año; hase sacado algunas veces
de grande necesidad, por agua o otras rogativas de que su divina magestad (h)a
usado de su grande misericordia".
Registra también su benéfica intervención en la sequía de 1635, cuando la
Virgen de las Angustias, acompañada de su cofradía, visitó el templo de San
Agustín y "al santo Cruxificado que le sacaron de su capilla y le pusieron
en el cuerpo de la yglesia, y al tiempo que empeçó a entrar la procesión en
el dicho conbento, empeçó a llover de suerte que quando bolvió la imajen a su
casa (h)avía llovido muy bien, quedando la jente contentísima por favores tan
grandes, dándole gracias a la soberna imajen de las Angustias".
Sobre la institución de la cofradía, en tiempos del arzobispo Ríos, nos
informa el padre Lachica: "se sabe que en el año 1680 fue instituida dicha
congregación por los primeros sugetos de este pueblo, de ambos estados, con
unas serias constituciones, que corren impresas desde 1762". También se
refiere a la milagrosa imagen: "a su mano derecha y en el colateral se
halla la capilla del Santo Christo, que se llama de San Agustín.
Este simulacro es devotísisimo y se lleva las principales atenciones de este
pueblo; el que acude a él en sus mayores necesidades, logrando por este medio
singulares favores, como se experimentó en la gran seca del año 1587".
Con posterioridad recibiría las súplicas de la ciudad, encabezada por sus
cabildos catedral y municipal, con motivo de la sequía de 1750, apareciendo su
hermandad como partícipe del Jubileo Circular en 1746.
Se trata, por tanto, de la cofradía devocional, en torno a la Pasión de
Cristo, concretamente del Crucificado, abierta en cuanto al número de sus
cofrades, si bien debieron dominar los de procedencia nobiliaria, además de los
clérigos.
El centro de devoción fue siempre la venerada imagen del Crucificado, obra del
florentino Jacobo Torni, llamado el Indaco, de hacia 1520-25. En la imagen
conjugó, junto a su imaginación creativa, las influencias italianas y las
exigencias de un modelo preestablecido (el Cristo de Burgos).
Según el inventario de 1835, flanqueaban al Crucificado que tenía una efigie
de San Agustín de medio cuerpo a los pies, las imágenes de vestir de Sta.
Clara de Montefalco -santa agustina en cuyo corazón, una vez muerta, apareció
dibujada la efigie de Jesús Crucificado y alrededor los instrumentos de la
Pasión- y Sta. Mónica -madre de S. Agustín y "verdadero espejo de
viudas"-, encontrándose en un retablo del altar mayor. Dos lámparas
grandes de azófar, propias de la Hermandad, iluminaban la imagen. Pero ésta
también poseía un retablo en el que se veneraba la imagen de S. José con el
Niño, acompañado por S. Joaquín y Sta. Ana.
CULTO A LA VIRGEN MARÍA
Quizás con menor número de
asociaciones de seglares que en otros conventos de la ciudad de Granada, los de
agustinos fomentaron también la devoción mariana y, fruto de ello, es la
presencia de hermandades dedicadas al culto de María, entre las que se incluyen
las de la Correa o de los terceros. Habría que añadir también la ya citada
del Stmo. Sacramento y Virgen de Loreto.
4. Hermandad de la Cuerda
o Correa de San Agustín
(convento de S. Agustín).
En realidad equivalía a una
orden tercera con advocación de santo, destinada al progreso espiritual de sus
miembros, bajo la dirección y modo de vida de la orden agustina, incluso con el
uso de hábito y cinturón en las funciones. Según Henríquez de Jorquera,
celebraban "fiesta y procesión cada mes". No se conoce las fechas de
su fundación ni de su extinción.
Ahora bien, en la práctica puede asimilarse a una congregación mariana, pues
la imagen a la que daban culto era la de Ntra. Sra. de la Consolación. También
esta advocación era cara a los frailes agustinos descalzos. En todo caso,
primaba en esta congregación lo espiritual sobre lo cultual, al trasladar a los
seglares, de forma más atemperada, las pautas de vida de la orden agustiniana.
Era, pues, hermandad abierta, espiritual y mariana.
5. Hermandad de los
Procuradores del Número
(convento de S. Agustín).
La única referencia la proporciona una vez más
Henríquez de Jorquera: "celebran la misa de nuestra Señora los sávados y
otras muchas fiestas". No hemos encontrado referencia en ninguna otra
fuente posterior. Puede caracterizarse como una cofradía mariana, de carácter
cultual y grupal, por cuanto la integraba un colectivo profesional; era también
cerrada. Por el inventario de 1835 se sabe de la existencia en dicho conventos
de diversas imágenes marianas (la Encarnación, Ntra. Sra. de los Desamparados,
la Virgen de los Dolores...), sin poder determinar cúal era la receptora del
culto promovido por los procuradores.
6. Hermandad de Nuestra
Señora de la Caridad (convento
de Ntra. Sra. de Loreto).
Debió ser la hermandad más antigua del
convento de descalzos, pues éstos debieron fomentar, en primer lugar, la
devoción a la Correa. Además, los donantes de la imagen de Ntra. Sra. de
Loreto al convento pertenecían a dicha hermandad de la Correa. Tuvo comienzo
desde los mismos orígenes de la comunidad, en una época en que se produce en
la ciudad una profusión de nuevas advocaciones de María. Su carácter es de
hermandad mariana con fines de culto y asistencia.
Desde luego, esta congregación se benefició también del "arrastre"
devocional de la Virgen de Loreto, como reconocía el albañil Juan de Escobar,
mayordomo de la Cinta y hermano mayor de la cofradía de Ntra. Sra. de la
Caridad: "en muchos días no había persona alguna a las misas mayores y a
las procesiones de la Cinta; muchas veces no hallaba a quien dar la cera ni
quien llevase el santo; y después de que se trajo la dicha imagen -de Ntra.
Sra. de Loreto- ha visto mucha frecuencia tarde y mañana, y que muchas personas
vienen a sus novenas y a traer a la dicha imagen cera y otras cosas que han
prometido". Aquello era bueno para el convento y para las hermandades en
él radicadas.
Era imagen de gran devoción, ubicada sobre el sagrario del templo: "en el
lado de la Epístola está el Sagrario para el Comulgatorio, y el nicho ocupado
con la Imagen milagrosa de Nuestra Señora de la Caridad, que es de la Cofradía
de la Correa". El altar, con adornos florales y pedrería, era obra de fray
José de la Concepción.
7. Hermandad de Nuestra
Señora de la Candelaria
(convento de Ntra. Sra. de Loreto).
Según informó el párroco
de S. Nicolás en 1769, "se (h)alla en San Agustín de los Descalzos una
hermandad de nuestra Señora que en dicha mi parroquia estava con la adbocazión
de Candelaria, la que se pasó a dicho convento por no sé qué desazones que
huvo". Debió ser la hermandad mariana que indica Henríquez de Jorquera
unida a la de San Nicolás de esa parroquia y, en ese caso, su origen podría
remontarse a la segunda mitad del siglo XVI. Era una cofradía mariana con fines
cultuales.
La festividad de la Candelaria, dentro de la liturgia, concedía una especial
significación al pueblo creyente, ya que los seglares participaban ese día
portando las velas propias de la festividad de la Purificación. En muchos
casos, para autoridades y cofradías, se consideraba esa participación como un
privilegio.
CULTO A SANTAS Y SANTOS
El tercer apartado incluye un
amplio elenco de advocaciones, entre las que destacan las relativas a santos de
la orden de S. Agustín. A las tres que se citan a continuación, habría que
añadir las ya mencionadas de la Inspiración de Cristo y S. Nicolás de
Tolentino y, por supuesto, la "orden tercera" que giraba en torno al
carisma del santo fundador. Hay también una con advocación de en santo
popular, ajeno a la orden agustiniana, como es S. Roque.
8. Cofradía de San Roque
(convento de S. Agustín).
Se fundó en la iglesia
parroquial de S. Juan de los Reyes, probablemente a fines del siglo XVI, aunque
se trasladó muy tempranamente al convento de San Agustín, por el deseo de los
cofrades de "sacar della las insignias de la dicha cofradía y demás
bienes della que están en dicha iglesia y llebarla donde quisieren los dichos
cofrades por hacerles, como les hacen, los dichos beneficiados malos
tratamientos". En 1624 dictó el provisor la sentencia que autorizaba el
traslado al citado convento.
Henríquez de Jorquera la sitúa ya en el convento de S. Agustín, integrada por
"los tratantes de especería y frutas secas", sin embargo, entre los
numerosos hermanos que ingresaron hacia mediados de esa centuria se encontraban
personas de muy distintos oficios (zapateros, sastres, albañiles, cuchilleros,
mercaderes, panaderos, cortadores, colgadores, etc.). Sufrió sus altibajos
durante el siglo XVII, a tenor de las circunstancias, constando su
participación en distintos pleitos, siempre incómodos y, sobre todo, costosos.
Alrededor de 1680 se encontraba en decadencia y sin cargos directivos, por haber
fallecido el mayordomo en la epidemia de 1679.
Era cofradía de santo, con fines cultuales, si bien en un momento inicial pudo
ser cerrada en función de la actividad laboral de sus miembros, condición que
debió relajarse con el paso del tiempo, por exigencia de su propia
supervivencia.
9. Congregación de San
Guillermo (convento de Ntra. Sra.
de Loreto).
Es ésta una cofradía
devocional con advocación de santo, fin cultual y contenido espiritual. Se cita
en el informe de 1769 y su origen corresponde a la segunda mitad del siglo XVII.
En su culto se afanaban religiosos y seglares: "al lado de la Epístola
está en la primera Capilla el asombro de la penitencia San Guillermo, Duque de
Aquitania y Conde de Pictavia, de quien de(s)cienden nuestros Cathólicos Reyes.
Fue Religioso Lego, y le asisten en dicha su Capilla los Religiosos Legos sus
hermanos, solemniçando con mucha devoción y grandeza sus fiestas, con la
asistencia de otros hermanos Cofrades seculares, cuya devoción sigue las
vanderas de su Patrocinio".
10. Congregación de Santo
Tomás de Villanueva (convento de
Ntra. Sra. de Loreto).
Era congregación espiritual
con advocación de santo y seguramente carácter abierto, con origen en el mismo
siglo XVII. Destacó este santo, agustino ermitaño y arzobispo de Valencia, por
la virtud de la caridad.
Se veneraba el santo en una pintura: "en la capilla primera del lado del
Evangelio, en el cuerpo de la Iglesia, está de pintura muy devota el amoroso
Padre de los pobres Santo Thomás de Villanueva, y como el santo fue tan amante
de la pobreça, son pobres los que sirven su Cofradía, como vezinos de este
barrio, donde todo es suma necesidad, aunque en medio de sus trabajos se
alientan todo lo posible en su veneración y culto". Tal vez con el tiempo
esta humilde congregación contara con una talla del santo titular.
11. Monte de Piedad y
Congregación de Santa Rita de Casia
(convento de S. Agustín).
Su fundación corresponde al
siglo XVIII, siendo arzobispo de Granada don Felipe de los Tueros. "En 1734
-escribe el padre Lachica- D. Isidro Antonio Sánchez Ximénez,
presbytero y especial devoto de dicha Santa Rita, instituyó una
Congregación de hermanos para darla culto, estableciendo una Novena Misión
para el provecho espiritual. De este modo se continuó hasta el año de 1740 en
el que, persuadiéndose el piadoso fundador a que tendría notable decadencia y
tal vez su entera ruina, faltando los devotos de esta santa o por su
fallecimiento o por otra causa, ideó fundar un Monte de Piedad, baxo de
la protección de Santa Rita, Abogada de los imposibles, agregándolo a
aquella Congregación, con el fin de socorrer, en quanto se pudiese, las
necesidades espirituales y temporales de este Reyno, evitar muchos pecados de
usura, sufragar a las benditas ánimas del purgatorio y de los bienhechores, y
perpetuar los cultos de esta santa".
Añadió la intención de obtener dotes para huérfanas, ya para ingresar en un
convento, ya para el matrimonio. Comenzada la obra, requirió la colaboración
del oidor Simón de Baños como juez protector, de don Pedro Jáuregui como
benefactor y del prior de los agustinos, fray Francisco Heredero, quien cedió
una celda del convento. Hicieron constituciones y allegaron de sus caudales,
bien a título de préstamo o de donación, la cantidad de 16.000 reales.
Obtuvieron la protección del rey Felipe V por real cédula de 4 de julio de
1743 y la agregación al Monte de Piedad de Roma por bula de Benedicto XIV de 5
de junio de 1745 (como se había pedido en enero de ese año), que la hizo
"archiconfraternidad" y le granjeó abundantes indulgencias.
Se abrió la oficina del Monte el día 16 de abril de 1741, funcionando desde
entonces todos los domingos. Hasta 1763 se habían socorrido ya más de 132.000
personas con un capital cercano a los 23 millones de reales de vellón. El
trinitario ofrece el balance económico de su labor en 1763 (14.978 socorridos
con un total de 2.006.589 reales) y 1764 (20.608 personas socorridas con
2.659.721 reales). Desde 1 de septiembre de 1763 la oficina abrió diariamente,
lo que aprobó el rey por real cédula de 20 de junio de 1763. "Últimamemnte
-concluye Lachica- todos experimentan la piedad y pureza con que se obra, como
también la caución de tener porteros que contengan a la multitud en las
turbaciones y alborotos que se puedan ocasionar".
Su hermandad celebraba solemne novenario en el mes de mayo. La institución
benéfica se impuso sobre la congregación y fue necesario buscar capilla
propia, lo que se logró hacia 1770, en unas casas de la parroquia de los Stos.
Pedro y Pablo. La imagen y la congregación, no debieron trasladarse a esa
parroquia sino después de la exclaustración. En 1835 todavía se encontraba en
el convento en su nicho con cristal y retablo.
Es una congregación espiritual con advocación de una santa y funciones
cultuales y sobre todo benéficas, al hallarse unida al Monte de Piedad.
Practica una caridad "externa" -no limitada a los hermanos miembros
como ocurría en la mayoría de las hermandades- y muy especializada: empeño de
alhajas con el fin de evitar préstamos usurarios. En relación con los
cofrades, parece completamente abierta.
También se veneraba una imagen de Sta. Rita en el convento de los agustinos
descalzos, en la tercera capilla del lado de la Epístola, con especial
veneración de los fieles, pues "mucho... interesa su devoción para el
remedio de sus necesidades".
12. Congregación de San
Eloy (convento de Ntra. Sra. del
Carmen).
"Sus hermanos y cofrades
son los del arte de la platería, donde le hacen grandiosa fiesta", según
Henríquez de Jorquera. Lachica únicamente menciona la celebración de
distintas fiestas por esta congregación en el convento de Agustinas (sito en la
calle de Gracia desde 1671): "están situadas en este convento las fiestas
que hace el distinguido Colegio de Platería en el año. La primera en 25 de
junio a el glorioso obispo San Eloy, su patrono. Dedica este culto el hermano
mayor que se nombra, que viene a ser anualmente, como superior del referido
colegio. Nómbranse también dos mayordomos y pertenece a éstos el hacer fiesta
allí a María Stma. todos los días de la Asunción de esta Reyna".
Debía existir, al menos como colegio profesional, desde la primera mitad del
siglo XVI, fechándose sus primeras ordenanzas, aprobadas por la autoridad
civil, en 1569, cuando regía la archidiócesis don Pedro Guerrero; las segundas
ordenanzas se redactaron en 1735 y fueron confirmadas por rel cédula de 19 de
febrero de ese año.
Era cofradía grupal de carácter profesional; de hecho, cofradía y colegio son
las misma cosa, englobándose bajo el término de "congregación". Su
carácter era cerrado y sus funciones cultuales, mutuales (en caso de muerte y
más escasamente de enfermedad) y laborales.
A MODO DE CONCLUSIÓN
El repaso breve al origen y
vicisitudes de las cofradías radicadas en conventos agustinos de Granada ha
permitido observar la diversidad interna entre ellas e incluso la
especialización en algunos campos, como el de la caridad. Ello nos remite a la
necesidad de analizar, sin ideas preconcebidas ni tópicos, la historia de las
cofradías desde una óptica a la vez religiosa y social. Con su concurso los
frailes esparcieron por el pueblo el espíritu del agustinismo, que centraba
lógicamente sus afanes de apostolado.
Se ha podido comprobar que las dos comunidades, calzados y decalzos, fomentaron
devociones comunes, sin que ello supusiera roces ni tensiones. De hecho, es
posible que el número de cofradías fuese mayor, aunque tal vez sin la
formalidad de erección. Fr. Teodoro Calvo se refiere, en relación con el
convento de Loreto, a otras hermandades relacionadas con S. Agustín (una bella
imagen sedente ofreciendo a Dios su corazón con la mano), Sta. Mónica, Sta.
Rita, S. Nicolás de Tolentino o Ntra. Sra. de la Consolación.
Por su propia naturaleza y composición, se encontraban a medio camino entre lo
divino y lo humano, representaban intereses espirituales a la vez que grupales,
fomentaban actos de culto y también momentos de ocio y esparcimiento. Incluso
se cuenta una (S. Guillermo) de hermanos legos y seglares, y otras donde
debieron existir eclesiásticos (Cristo de S. Agustín y Sta. Rita).
Cronológicamente las cofradías comienzan a aparecer en el mismo momento en que
se fundan los conventos y, aumentando su número a lo largo del tiempo,
desaparecen, la mayoría, en la época de la exclaustración, lo que muestra
aún más la estrecha vinculación con la comunidad que, salvo excepciones
(Monte de Piedad, Cristo de San Agustín), les resultó imposible sobrevivir al
margen de la misma.
Del siglo XVI datan las primeras, sitas lógicamente en el convento de agustinos
calzados. A lo largo del siglo XVII afloran las establecidas en el de descalzos,
además de alguna otra (Cristo de San Agustín) en el de calzados. Los ámbitos
de influencia están bien delimitados: los calzados se ubican en el mismo
corazón de la ciudad baja, los descalzos en la ciudad alta, reanimando en el
terreno pastoral, si hacemos caso a las expectativas creadas, un barrio que se
hallaba aletargado, en una suerte de nueva colonización, sobre todo religiosa.
Convento y cofradías se implicaron en ese mismo esfuerzo. La misma ubicación
determinaba también, en cierta medida, la diversa composicón social de unas y
otras hermandades. En el siglo XVIII se añadió el último fruto cofrade, con
un marcado carácter social: el Monte de Piedad de Sta. Rita de Casia.
Se puede observar, al hilo del transcurrir del tiempo y de las modificaciones
introducidas en la sensibilidad religiosa, que si en un principio (siglo XVI)
dominaron devociones penitenciales y grupales, desde mediados del siglo XVII en
adelante, en declive algunas de las hermandades antiguas (como la de la
Inspiración de Cristo), destacan las preocupaciones asistenciales y
espirituales (congregaciones). Esos aires de renovación quedaron truncados por
la desamortización.
El fomento de cofradías y hermandades por parte de la orden agustiniana no es
lógicamente un fenómeno exclusivo de Granada. Basta acercarnos a nuestro
entorno más inmediato, el andaluz, para comprobar la fuerte presencia de
cofradías en los cenobios agustinos.
Tan sólo en el terreno de las hermandades de penitencia, pueden mencionarse las
de Málaga y Sevilla. En la capital hispalense, el convento de San Agustín
albergó a las cofradías del Cristo de San Agustín -al que estableció fiesta
votiva la ciudad en 1649- y del Despedimiento, Cristo de las Virtudes y Dulce
Nombre de María, siendo muy destacada también la hermandad de la Correa, que
celebraba cultos los primeros domingos de mes. En el de descalzos residía la de
Ntra. Sra. del Pópulo, imagen de gran veneración, sobre todo tras la riada de
1626.
En la ciudad de Málaga la cofradía de Ntra. Sra. de las Angustias, sita en el
convento de San Agustín, protagonizaba los desfiles procesionales del Viernes
Santo desde finales del Quinientos. En la centuria siguiente su estación se
enriqueció con la formalización de diversas hermandades filiales (entre 1640 y
1648): Compañía de las Lanzas, Sto. Sudario, Triunfo sobre la Muerte,
Descendimiento y Entierro de Cristo.
Participaron las comunidades de agustinos de Granada, por tanto, de los
parámetros propios de la religiosidad popular, que se manifestaba también en
las asistencia a las procesiones generales y de rogativas, y, por supuesto, a la
solemnidad del Corpus Christi. No fueron ajenas a algunas de las devociones más
populares, como la de Ntra. Sra. de las Angustias, que ya se consideraba, de
forma oficiosa y popular, patrona de la ciudad.
No olvidemos que los frailes agustinos descalzos había intentado fundar su
convento en 1604 en la ermita de dicha imagen, que "estaría con más
decencia y Nuestro Señor sería más servido estando en ella religiosos de
buena vida y ejemplo". La fundación, como se ha indicado, no fue posible
por la firme oposición del arzobispo, pero también por la propia resistencia
de los cofrades de las Angustias.
Por su parte, la devoción al Cristo de San Agustín se encontró muy ligada a
la imagen de Ntra. Sra. de las Angustias. En circunstancias difíciles ambas
imágenes coincidían, bien porque la Virgen de las Angustias se llevara al
convento agustino (sequía de 1635), bien porque fuese el Crucificado el que
visitase el templo mariano (sequía de 1750, langosta de 1757).
Además, el hospital del Albaicín donde se erigió el convento de agustinos descalzos
había sido administrado en tiempos de los moriscos por una cofradía bajo el
título de la Resurrección. Aunque mal conocida, es indudable la implicación
de dicha cofradía en la sublevación de 1569-71.
Por otro lado, la implantación social de estas cofradías conforma un amplio
abanico. En su mayoría son abiertas, salvo las que corresponden a grupos
preestablecidos (como los procuradores del número, los tratantes de especiería
o los plateros). Pero, en cualquier caso, en determinadas cofradías dominan
ciertos grupos sociales, como probablemente los italianos en la cofradía de
Ntra. Sra. de Loreto, por no mencionar el carácter bastante elitista que de
advierte en las congregaciones del Cristo de San Agustín y de Santa Rita de
Casia.
Cabe preguntarse, para terminar, por la suerte de esas devociones. Ciertamente
desaparecidos los dos conventos masculinos, la mayoría de las cofradías se
deshicieron. No obstante, las dos devociones citadas han permanecido. La de Sta.
Rita, a través del Monte de Piedad, que andando el tiempo daría lugar a la
Caja de Ahorros de Granada. La devoción popular a Sta. Rita permanece firme en
el templo de los agustinos recoletos (Hospitalicos) y en la parroquia de
los Stos. Pedro y Pablo.
El Cristo de San Agustín ha conservado, con lógicos altibajos, su hermandad,
revitalizada desde 1988 con carácter penitencial. Reside actualmente en el
convento de franciscanas clarisas del Sto. Ángel Custodio de Granada. Cada año
la ciudad de Granada renueva el voto a esta imagen, ceremonia que data de 1679.
Y desde hace varios años la sagrada imagen recorre las calles de Granada en
estación de penitencia en la noche del Lunes Santo.
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