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HISTORIA
DE UNA BENDITA REALIDAD VIII
DATOS PARA
LA HERMANDAD
AÑOS
DE ESPLENDOR (1839-1868) |
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traslado al Convento del Santo Ángel repercutió grandemente en la marcha de la
Hermandad. El binomio Hermandad-Comunidad de religiosas no se había prodigado
en la historia granadina. Tenía ventajas e inconvenientes. Por un lado
reforzaba la vida cultual de las comunidades y mejoraba sus precarias
condiciones económicas. Pero, por otro lado, esos mismos actos y la presencia
de hermanos y fieles perturbaba el régimen de clausura y el estricto
cumplimiento de las obligaciones que prescribían sus constituciones.
Quizás esta circunstancia sirva para explicar el mayor protagonismo que ahora
adquiere la rama femenina de la Hermandad y la presencia habitual –junto con
una representación de las Clarisas- de sacerdotes, canónigos e, incluso, del
propio prelado en juntas, cabildos y actos de todo tipo como fue el caso del
Arzobispo Monseñor Salvador José de Reyes, quien en la práctica presidirá la
Hermandad entre los años 1852 y 1864.
Aunque este hecho era un claro testimonio de la fuerte sujeción de la
corporación a la autoridad diocesana, no cabe duda que el cambio de sede
resultó beneficioso pues desde entonces inició uno de sus períodos más
brillantes y fructíferos. Al depender de la Comunidad de Franciscanas Clarisas
la rama femenina adquirió mayor protagonismo y, como ya vimos, dio nuevo vigor
a una hermandad peligrosamente adormilada; la protección del prelado y del
cabildo catedralicio se tradujo en la obtención de nuevas gracias espirituales
y privilegios; el creciente carácter aristocratizante –recordemos que en su
nómina figuraban la mayoría de los apellidos de la aristocracia y de la gran
burguesía granadinas- le proporcionó un prestigio que culminaría con la
obtención del título de Real, primero, y de la visita de la propia soberana,
después.
En Septiembre de 1842 se institucionalizan los cambios experimentados al
ratificarse, tanto por la jurisdicción eclesiástica como por la civil las
Constituciones de la Hermandad. Poco después, con motivo de la mayoría de edad
de la reina, se solicita el título de Real, merced que sería concedida en 1844
con lo que la corporación pasó a engrosar la exigua nómina de hermandades
granadinas que gozaban de tal privilegio.
Por estos años los cultos adquieren especial brillantez, como puede comprobarse
por las numerosas publicaciones que se conservan pues se solían publicar los
ejercicios cultuales y los sermones de los oradores sagrados. El principal acto
litúrgico coincidía con la celebración del Voto de la Ciudad y el jubileo
circular. Al crearse la rama femenina el tradicional triduo se convirtió en un
quinario en el que la Hermandad se encargaba de sus tres primeros días, el
Ayuntamiento del cuarto, coincidiendo con la Fiesta Municipal, y las hermanas
del quinto. Eran cultos dobles pues por la mañana se adoraban las Cinco Llagas
–devoción genuinamente franciscana- y por las tardes se hacía el ejercicio
propio del quinario con misa y sermón. Algo más tarde, en 1863, se añadieron
nuevos cultos solemnes con un acusado carácter sacramental en las fiestas de la
Invención y la Exaltación de la Cruz del 3 de mayo y 14 de septiembre
respectivamente.
La brillantez y abundancia de los cultos reflejaba fielmente el auge creciente
de la devoción al Santo Crucifijo, como se pudo comprobar el 13 de octubre de
1862 cuando fue la única imagen de la ciudad, junto con su Patrona, ante la que
oró la reina Isabel II durante su estancia en Granada. El acontecimiento fue
aprovechado por la Hermandad para hacer entrega personalmente a la regia
visitante del nombramiento que la acreditaba como Hermana Mayor y Protectora
Perpetua, distinción que Doña Isabel aceptó complacida y posteriormente
sancionó por Real Orden de 31 de diciembre de ese mismo año.
A los honores civiles se unieron diversas gracias espirituales. Don Salvador
José de Reyes, al igual que hicieron sus antecesores como Don Felipe de Tueros
y Huerta (1734-1751) y Don Joaquín Álvarez Palma (1815-1837), lucró a la
Hermandad a la que estaba tan estrechamente ligado, con nuevos beneficios
espirituales al lograr que su Santidad Pío IX concediera el 27 de febrero de
1863 su indulgencia plenaria a todos los hermanos, tanto el día de su ingreso
en la Corporación como en el de su muerte, y a todos los devotos del Santísimo
Cristo diez años de perdón si visitaban su capilla durante las festividades de
la Transfiguración de Jesús (el 6 de agosto), la Invención y la Exaltación
de la Cruz.
Estas gracias, otorgadas expresamente por el propio Vicario de Cristo, lo que,
en otro orden de cosas, justificaría la reivindicación del título de
Pontifica para la Hermandad, fue el origen de los nuevos cultos que engrosaron
sus calendario festivo, cultos que, además, tuvieron un marcado carácter
sacramental al conseguirse, asimismo, que el jubileo circulara nuevamente en su
capilla durante estos días.
La vigorosa y ejemplar trayectoria de la Corporación, reconocida formalmente en
febrero de 1868 por el provisor de la Diócesis Don José Oliver y Hurtado
durante su preceptiva visita, sería truncada bruscamente por la revolución que
estallaría en septiembre de ese mismo año. Aunque no le afectó directamente,
al contrario que a otras cofradías e instituciones religiosas y, sobre todo, a
su regia Hermana y Protectora, a partir de esos momentos entró en un periodo de
atonía del que tardaría en recuperarse.
Autor: José Szmolka
Clares
Título: "Historia de una bendita realidad VIII".
Publicado en: Boletín "El Muñidor" de Enero-Febrero 1995.
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de su fuente de procedencia.
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