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HISTORIA
DE UNA BENDITA REALIDAD III
DATOS PARA
LA HERMANDAD
LA
HERMANDAD DESDE SU FUNDACIÓN HASTA LA INVASIÓN FRANCESA (1680 - 1810) |
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aumento que experimentó la devoción al Santo Cristo por su intervención en el
cese de la epidemia de 1679 cristalizó, amén de en el voto perpetuo de la
ciudad, en la constitución de una hermandad.
En efecto, el 6 de agosto, un grupo de cofrades reunidos en el cenobio agustino
dieron los primeros pasos para hacer realidad el proyecto y pronto redactaron
las pertinentes reglas que fueron aprobadas por el Arzobispo Fray Alonso
Bernardo de los Ríos el 29 de abril de 1681. Casi un siglo después -en 1762-
las reglas fueron impresas para general conocimiento de los hermanos.
Desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros ningún ejemplar de las mismas ni
tampoco el primitivo Libro de Actas y Acuerdos, documentos fundamentales para
conocer el carácter de la Hermandad. De todas formas algunas noticias y
referencias nos permiten aproximarnos a su conocimiento.
Así sabemos, que la Hermandad fue fundada por setenta y dos hermanos "en
memoria de los doce Apóstoles y sesenta discípulos de Nuestro Señor
Jesucristo" según se lee en el Libro de Actas y Acuerdos de la
Asociación de Señoras. Y el padre La Chica agrega que entre esos setenta y dos
hermanos figuraban "los primeros sugetos de este pueblo, de ambos
estados" (el nobiliario y el eclesiástico). Era, por tanto, una
cofradía cerrada respecto al número de miembros pero no según su condición
social a pesar de la apostilla del gacetillero trinitario. No obstante, es
indudable que tanto en estas décadas iniciales como en el siglo XIX tuvo un
carácter eminentemente aristocratizante que hace que los cultos y demás gastos
de la corporación sean sufragados por los mayordomos y donativos de algunos
hermanos, lo que así mismo explica la ausencia de bienes propios que se
contempla en censos e inventarios del siglo XVIII.
También fue cerrada en función de los sexos. Aunque en el Antiguo Régimen
como reflejo de la sociedad del momento la mujer tenía un papel marginal en las
cofradías, de hecho en todas se contemplaba la existencia de "cofradas"
siempre, por supuesto, en tareas secundarias cuando no domésticas. En la
Hermandad del Santo Cristo de San Agustín se irá más lejos por lo que se
aclara tajantemente -como observamos en el mencionado Libro de Actas y Acuerdos-
que entre sus miembros "no se encontraba persona del otro sexo".
Sin embargo bien es verdad que la mujer siempre estuvo presente en la vida de la
Cofradía, a veces de manera relevante como ocurrió durante la ocupación
francesa, comportamiento que sería decisivo para la posterior creación de la
Asociación de Señoras en 1816.
Otro rasgo peculiar, propio de las hermandades que residen en conventos, es la
estrecha unión e, incluso, dependencia con la comunidad de Padres Agustinos que
hace que en la práctica el prior del convento sea el verdadero hermano mayor. Y
de esta manera, por ejemplo, cuando la Ciudad, como ocurrió en 1750, decide
pedir la mediación del Santo Crucifijo se dirige siempre al prior y no al
hermano mayor que será consultado posteriormente a aquél.
La Hermandad tenía como principal objetivo –y nos atreveríamos a afirmar que
casi exclusivo- el culto interno a su Sagrado Titular. Consistía en el
manifiesto de todos los viernes del año, como era usual en las hermandades
similares que existían en todos los cenobios agustinos, pues el Cristo
permanecía el resto de la semana cubierto por unas cortinas, manifiesto que se
acompañaba con misa solemne con sermón a cargo del rector de la comunidad, la
solemne función que la Ciudad ofrecía el 8 de agosto y el triduo preparatorio
para la misma que la Hermandad celebraba durante los días 5, 6 y 7 del mismo
mes, días en que permanecía expuesto el Santísimo Sacramento, pues no hemos
de ignorar que desde sus inicios la Hermandad tuvo una clara vocación
sacramental, circunstancias que sería reconocida por S.S. Pío IX en 1863.
Circunscrita casi exclusivamente a estos cultos, bajo la tutela del rector de la
Comunidad Agustina y mantenida por sus dos mayordomos anuales, la corporación
celebraba muy pocos cabildos. En el siglo XIX -y no es razón para pensar que en
estos años fuera distinto- sólo se celebraba uno a primeros de agosto para
preparar el triduo y sortear a los nuevos comisarios o mayordomos, so pena que
alguna circunstancia imprevista exigiera la convocatoria de un cabildo
extraordinario. A ellos eran llamados particularmente todos los cofrades por
carta que se entregaba en mano por el Muñidor de la Hermandad.
Escribía el padre La Chica que el Santo Crucifijo era devotísimo y se llevaba
las principales atenciones de este pueblo, acudiendo a Él en sus mayores
necesidades. Y, en efecto, como ya sucedió en la centuria anterior, los
granadinos a través de su Ayuntamiento volvieron a impetrar su Divina
Misericordia con motivo de la sequía de 1750. Dejemos que sea el propio maestro
de ceremonias del consistorio municipal, Juan de Morales Hondero, quien narre
los pormenores de la función y procesión de rogativa que se efectuó. "En
el año de mil setecientos cincuenta determinó la Ciudad por la escasez de agua
que se experimentaba en los campos, hazer Rogativa y Procesión al Santísimo
Christo de San Agustín; para cuyo intento acordó, según práctica, que el
Cavallero Maestro de Ceremonias passase a estar con el Rdo. P. Prior y le
noticiara el deseo que tenía de implorar la Divina Clemencia, por medio del
Milagroso simulacro de Jesús Crucificado, que se venera en su Convento; y
aviendo executado la expressada visita, la respondió el Rdo. P. Prior, daría
cuenta a la Hermandad, y avisaría de su determinación, como lo hizo,
manifestando la complacencia que la Hermandad y su Religiosissima Comunidad
avía tenido de lo resuelto por la Ciudad, y que en su consequencia determinará
el día y Función que tuviera por conveniente en cuya vista se acordó se
celebrara una Missa Cantada y Sermón, que se encargó al Rdo. P. Prior, y
assistir a la mencionada Función, como a la tarde a la Processión General,
llevando al Santíssimo Christo a la Parroquial donde se venera la Milagrosa
Imagen de Ntra. Señora de las Angustias; alumbrando la Ciudad con achas de a
dos libras, y la Comunidad de cicho Convento de Señor San Austín con velas de
a media libra, excepto al Rdo. P. Prior, que se le dio de a libra; y aviendo
vuelto a dicho convento, se despidió, dexando toda la cera a la Hermandad, y
todos los gastos que se hizieron en esta Función fueron de cuenta de la Ciudad".
Como ocurrió tras la salida de 1679, la de 1750 también supuso un nuevo
impulso a la Hermandad, aumentaron los hermanos rompiendo la barrera estatutaria
de los setenta y dos, como hace pensar la decisión de publicar las Reglas, y se
acrecentó su patrimonio pues a estos años mediales del siglo corresponden la
cruz y el nimbo de plata que otorgaron una nueva y definitiva configuración a
su Sagrado Titular.
Por estos años, empero, se abaten algunos signos sombríos precursores de más
graves problemas. Los ilustrados nunca vieron con complacencia a estas
instituciones y sus manifestaciones de fe. Hubo una clara hostilidad hacia la
denominada despectivamente religiosidad popular, especialmente contra las
hermandades residentes en templos conventuales. Pensamos en las duras invectivas
del padre Feijoo contra el Cristo de San Agustín de Madrid y la supresión de
numerosas cofradías que no lograron la obligada licencia regia. Pero en Granada
ese movimiento alcanzó menor virulencia que en otras partes y la crisis apenas
se sintió si exceptuamos la supresión de la cofradía de San Miguel.
Nuestra Hermandad, sin bienes rústicos ni urbanos, como se observa en los
catastros dieciochescos, e informada favorablemente en el proceso general que
Monseñor Barroeta y Ángel abrió a las hermandades de la diócesis, continuó
su trayectoria sin especiales sobresaltos ni problemas. La invasión del país
por Francia y la entrada de sus tropas en Granada en enero de 1810 quebrará
bruscamente esa trayectoria brillante y ejemplar.
Autor: José Szmolka
Clares
Título: "Historia de una bendita realidad III".
Publicado en: Boletín "El Muñidor" de Noviembre-Diciembre 1993.
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de su fuente de procedencia.
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