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HISTORIA DE UNA BENDITA REALIDAD II
DATOS PARA LA HERMANDAD
LA ROGATIVA Y EL VOTO DE LA CIUDAD POR LA EPIDEMIA DE 1679

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JOSÉ SZMOLKA CLARES

uando estas líneas lleguen al lector, la Hermandad se aprestará junto a todos los granadinos representados por su Ayuntamiento, a renovar el voto que la Ciudad instituyó en 1680 en acción de gracias por la intercesión del Santo Crucifijo en la epidemia de 1679.
Para una sociedad tan sacralizada como era la española del siglo XVII, las epidemias constituían el castigo divino por excelencia, que varias veces a lo largo de su existencia recordaba a sus miembros la obligación de realizar un sincero acto de contrición y prepararse ejemplarmente para su muerte. Por esto los predicadores no dejarán pasar la ocasión para obtener consecuencias de tales calamidades. Es el caso de un canónigo sacromontano, D. José de Barcia y Zambrana, que publicó años más tarde un "compendio del despertador christiano", en el que a través de dieciocho sermones sigue la trayectoria de la epidemia de 1677 –1679, desde las sospechas de peste en 1677 hasta las acciones de gracias tres años después.
En la cuaresma de 1677, comenzaron los temores y premoniciones. Así una tradición oral de la comunidad dominica perpetuada en el antecamarín de la Virgen del Rosario, cuenta "cómo se vio sudar a esta Señora corriendo por su divino rostro como menudo aljófar y derramar lágrimas por espacio de 32 horas", prodigio que los granadinos consideraron un inequívoco presagio de la inminencia de la epidemia. En esta ocasión se trataba de la peste bubónica que, aunque de menos morbilidad que la forma pulmonar endémica por entonces, era capaz de llevarse a los enfermos en una semana. Éstos, alcanzados de temblores y vómitos en un primer momento, pronto se cubrían de tumores y pupas antes de fallecer entre atroces sufrimientos. Sólo en dieciséis parroquias, dos tercios de la ciudad, fueron enterrados 5.735 personas, por lo que se puede estimar que la epidemia afectó a un quince o un veinte por ciento de la población granadina.
Ante la precariedad e impotencia de los medios sanitarios se recurrió a los sobrenaturales y entre la cantidad de actos religiosos destacaron las funciones de rogativas a las imágenes más veneradas como Nuestra Señora del Rosario y el Santo Cristo de San Agustín. El 26 de julio de 1679 comenzó en su iglesia una novena a la Virgen del Rosario, cuando la Señora se disponía a salir en procesión, "se le apareció en el entrecejo una estrella de superior hermosura, con los tres colores del arco iris que duró cincuenta días y con ello dio vista a una ciega, salud a varios enfermos".
Unas semanas después los "afligidos habitantes de esta ciudad de Granada por los estragos de la más espantosa epidemia y teniendo en cuenta, que en la larga y ruidosa sequía acaecida en 1587 se habían obtenido lluvias copiosas por medio de rogativas dirigidas al Todopoderoso ante la venerada Imagen del Santo Cristo de San Agustín, que se hallaba en el convento de religiosos Agustinos Calzados de esta ciudad, determinaron sacar en procesión a tan milagrosa efigie. Al efecto, puestos de acuerdo con el Excelentísimo Ayuntamiento se ejecutó con tan feliz éxito que en breves días desapareció por completo tan terrible azote. Reconocido el municipio a la Providencia Divina por tan prodigioso suceso, hizo voto de tributar anualmente Voto de gracias ante la referida Santísima Imagen dedicándole una devota función el día 6 de agosto de todos los años.
Por un ceremonial que el Cabildo Municipal publicó en 1762 se puede hacer una idea de la forma en que se realizaron esos actos. Así, con respecto a la procesión de rogativas, el maestro de ceremonias de la Ciudad visitaba al superior de la comunidad agustiniana para comunicarle el deseo que el municipio tenía de "implorar la Divina Clemencia, por medio del Milagroso Simulacro de Jesús Crucificado". Seguidamente el Superior del convento lo hacía saber a la Hermandad y decidían la procedencia o no de la solicitud de la Ciudad. En caso de aceptación, como ocurrió en esta ocasión, la Función consistía en misa solemne con sermón a cargo del Superior de la comunidad y procesión por la tarde.
Tanto a un acto como a otro acudía la Corporación Municipal a pie vestidos con traje "entero negro", "sombrero sin galón", sin capas ni guantes acompañada por los porteros y ministriles. En la puerta del convento eran recibidos por la Comunidad Agustina y la Hermandad quienes los acompañaban hasta el presbiterio donde ocupaban un lugar destacado. Terminada la ceremonia se los despedía con igual protocolo y nuevamente a pie regresaban al Ayuntamiento. Por la tarde se repetía idéntico ceremonial.
En la procesión alumbrada la Ciudad "con hachas de a dos libras, y la Comunidad de dicho Convento de Señor San Agustín de velas de a media libra, excepto al Rdo. P. Prior, que se le dio de a libra". Terminada la rogativa los capitulares dejaban toda la cera para la comunidad y regresaban a la casa consistorial tras ser despedidos por los religiosos y la Hermandad. Todos los gastos originados por la función y rogativa eran sufragados por la Ciudad.
La Función del Voto, que se celebraba todos los años el 8 de agosto, era idéntica a la que precedía a la procesión de rogativa acudiendo el cabildo municipal de igual forma siendo recibido y despedido con el mismo protocolo y corriendo todos los gastos por su cuenta. La única diferencia se encontraba en los preliminares pues en esta ocasión era el superior agustino quien invitaba a la Ciudad. Estando ésta reunida en cabildo, los porteros introducían al Prior agustino mientras los capitulares se ponía de pie, se le cedía un asiento a la derecha del caballero veinticuatro que hacía de decano y, una vez expuesta la petición que era aceptada de inmediato, se le despedía de la misma forma. Este ceremonial era idéntico para todos los conventos de religiosos, mientras que para los cenobios femeninos se sustituía la visita por una invitación escrita de la madre abadesa como era el caso de las Capuchinas para la fiesta de la Presentación de Nuestra Señora.

Autor: José Szmolka Clares
Título: "Historia de una bendita realidad II".
Publicado en: Boletín "El Muñidor" de Septiembre-octubre 1993.
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