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HISTORIA DE UNA BENDITA REALIDAD I
DATOS PARA
LA HERMANDAD
EL PERIODO DEVOCIONAL (1513 - 1680) |
enérase
en este gran convento un devotísimo Crucifijo en quien los devotos granadinos
tienen puestas sus esperanzas y se manifiesta todos los viernes del año; hase
sacado algunas veces de grande necesidad, por agua u otras rogativas de que su
Divina Majestad ha usado de su grande misericordia
Estas palabras, escritas a mediados del siglo XVII por Francisco Henríquez de la
Jorquera nos introducen en una de las mayores y venerables devociones del pueblo
granadino: la del Santo Cristo que se veneraba en el Convento de Agustinos
Calzados.
Estos llegaron a Granada en 1513 y se establecieron en una casa de la Alcazaba.
Cuarenta años más tarde decidieron construir un nuevo convento más acorde con la
importancia que había adquirido la comunidad en las inmediaciones de la calle
Santa Paula. Las obras concluyeron en 1593, siendo su iglesia de tres naves con
capilla mayor muy suntuosa y rematada por una gran torre achapitelada que, según
Henríquez de la Jorquera "era de las mejores" de la ciudad.
Lo céntrico del lugar, en que se ubicaba y el predicamento que gozaba la Orden
Agustiniana determinó que en sus capillas se enterraran numerosas familias de la
nobleza granadina, como los Levantos, Montesinos de Córdoba, Cepedas de Ayala,
Castillo o Baezas y, al mismo tiempo, albergara importantes Cofradías como la de
la Inspiración de Cristo y San Nicolás de Tolentino, hermandad pasionista de
corta vida que realizaba su estación el Viernes Santo, la de los Procuradores,
la de la Cuerda y Correa de San Agustín o la de San Roque, que cobijaba a los
comerciantes de especias y frutos secos. Y en consecuencia, que su Iglesia se
llenara de abundantes obras de arte desgraciadamente desaparecidas en su mayoría
a causa de la invasión francesa y la posterior exclaustración y destrucción del
Convento.
Como en los demás cenobios agustinos, también en Granada la imagen del Santo
Crucifijo se convirtió en su principal devoción. La imagen atribuida a Jacobo
Florentino, el Indaco, fue encargada cuando todavía los hijos de San Agustín se
encontraban en su primera residencia de la Alcazaba. Es una escultura con la
rigidez propia del primer renacimiento, como puede observarse en lo forzado de
sus articulaciones y especialmente en el cruce de los pies para conseguir la
tipología de los tres clavos. Sin embargo – y seguimos el análisis de Juan Jesús
Muñoz – "se adivina una intención realista en su conmovedor rostro con
cabellera natural, o en la enorme herida del costado de la que mana oscura
sangre, cercana al paño de pureza de tela. Con todo no alcanza la violencia
expresiva del estilo de Siloé, fruto de su sensibilidad italiana. Así, el torso
alcanza gran perfección anatómica, aunque de canon algo alargado, y entonado,
como todo él en una policromía oscura y sin brillo que no escatima sangre en sus
heridas". El carácter arcaico se acentúa con la cabellera natural, corona,
nimbo y enagüilla, enseres que a pesar de ser en su mayoría dieciochescos al
igual que la cruz de plata, son consustanciales desde el principio a este tipo
de crucificados como demuestran los datos que se poseen de su desaparecido
homónimo sevillano.
La devoción al Santo Cristo aumentó en su nueva sede. Aquí gozó de capilla
propia en la nave del Evangelio, figurando junto a Él una imagen de Nuestra
Señora de la Paz. El Crucificado, como en los otros conventos agustinianos y a
pesar de la devoción que inspiraba, permanecía casi todo el año oculto pues sólo
se manifestaba todos los viernes del año, días en que todos los granadinos
acudían a su capilla.
Junto a este culto semanal que en Cuaresma, como sucedía con el Cristo de San
Gil, adquiría carácter penitencial con flagelantes y otras prácticas
disciplinarias, el Santo Crucifijo, solía salir en procesión de rogativas
siempre que la ocasión lo demandaba. Así ocurrió en 1587 para impetrar la lluvia
tras una prolongada sequía. Por iguales motivos se recurrió a Él en 1635. Mas en
esta ocasión, según Henríquez de Jorquera, la imagen no salió. Quien si lo hizo
fue Nuestra Señora de las Angustias, con su hermandad en procesión de sangre la
cuál, tras hacer estación en la Santa Iglesia Catedral, visitó el vecino
convento donde le aguardaba en el crucero de la iglesia el Santo Cristo. Nada
más acercarse la Madre a su Hijo "empezó a llover de suerte que cuando
volvió la imagen a su casa había llovido muy bien, quedando la gente
contentísima por favores tan grandes".
La epidemia de peste de 1679 fue causa de una nueva salida extraordinaria y, lo
más importante, de un cambio de rumbo en la devoción y culto al Crucifijo
agustiniano. En señal de agradecimiento por el fin de la epidemia el Cabildo
Municipal acordó establecer un voto perpetuo con su correspondiente Función
Solemne todos los días 5 de agosto, día en el que cesó la peste, cuya renovación
anual no se ha interrumpido salvo contadas ocasiones hasta hoy. Y un año
después, el 6 de agosto, un grupo de devotos haciéndose eco del sentir de todos
los granadinos, acordó constituirse como Hermandad del Santo Cristo de San
Agustín, decisión que poco después, el 29 de abril de 1681, fue sancionada por
el Arzobispo Fray Alonso Bernardo de los Ríos. Lo mismo que el Voto de la
Ciudad, esa empresa que un grupo de devotos emprendieron una tarde del verano de
1680 también ha llegado hasta nuestros días pese a expolios, exclaustraciones,
traslados y otros avatares que la Hermandad ha tenido que sufrir.
Autor: José Szmolka
Clares
Título: "Historia de una bendita realidad I".
Publicado en: Boletín "El Muñidor" de Julio – Agosto de 1993.
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su fuente de procedencia.
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