TRONO PARA UNA REINA La peana es un elemento tan funcional como bello. Más ancha que de costumbre, para albergar más imágenes, ella es un escabel de santidad. Cincuenta centímetros de altura le bastan. Sobre ella va la escena mal llamada del Duelo, que es anuncio de la Resurrección. El diseño de la peana es sencillo, formado por cinco paños rectangulares: más estrechos los extremos y el central que los intermedios. Estos paños presentan follaje de corte plateresco, con sendos frisos arriba y abajo, y con artísticos remates en el paño central y en los extremos; todo ello en orfebrería. Lo más destacable, empero, es la sobrepeana, un peldaño superpuesto en el centro de la pieza, lugar donde quedará fijada la bendita imagen de la Virgen de Consolación.
Entre respiraderos y palio se abre un espacio muy emotivo, por albergar las imágenes y las ofrendas de los fieles, hermanos y hermanas. Es el lugar para la cera y para la flor; ese homenaje de la naturaleza ya señalado. El interior del paso, cubierto, es una especie de cámara sagrada, un espacio casi doméstico –como ya han señalado algunos estudiosos del paso de palio-, intimista acorde al gusto estético granadino, aunque abierto a la veneración de las fieles. El rectángulo que delimitan los doce varales se constituye en lugar sagrado, en una fiesta para los sentidos, con estímulos visuales –colores, llamas, joyas, objetos y brillos-, auditivos –crepitar de la cera, crujir de la madera, roce del fleco y de la plata- y olfativos –olor de las flores y del incienso-. Los varales acotan el lugar permitiendo, es más invitando, a la contemplación de su interior, indudable foco de atracción de las miradas. Cumplen los varales, salvando las distancias, un papel similar a los pilares y arcos de la girola de la catedral granadina, que invitan a la contemplación y adoración del misterio eucarístico que centra la capilla mayor. Tiene el paso de palio, por tanto, esa disposición de lugar doméstico, dominado por una auténtico horror vacui, pero donde todos los elementos se presentan con equilibrada mesura y aún con naturalidad, reforzando los misterios dolorosos de la Virgen María, sin embarazar la contemplación de las imágenes sagradas. Delante de la peana, agrupadas sus piezas en dos paños separados por el centro, se dispone la candelería plateada. Setenta y cuatro candeleros, alineados en siete tandas, de altura creciente, desde el borde anterior de la mesa hasta la peana, sostienen la ofrenda de cera blanca de la mayor pureza. Los candeleros responden a la estructura tradicional de basa triangular, fuste con nudos y taza con casquillo para sostener el cirio. Sencilla y elegante a la vez, es de impronta barroca, por lo quebrado de su fuste y la decoración de follaje vegetal de su superficie, dominando en la candelería su funcionalidad y buscando, con ciertos aires platerescos en la minuciosidad de formas y acabado, la unidad de estilo con todos los elementos del paso. Catorce candeleros se disponen en la primera fila y seis, cuyas velas ostentarán miniaturas pintadas el óleo -entre ellas las clásicas “marías”- en la séptima y última. Los costados del paso son el lugar propio de las jarras. Son seis y se reparten –tres a cada lado- en los espacios que determinan los cuatro primeros varales. Su tamaño es también creciente desde el primer espacio entre varales hasta el que marca el centro exacto del costero. Dubé de Luque nos ofrece en el dibujo de estas jarras, también plateadas, un diseño solemne, en forma de ánfora, dominado por el estilo Imperio y con inclusión de elementos exóticos, como son el trípode en que se apoya –tres curvados pies, enlazados a modo de haz por un anillo-, las conchas o veneras, las hojas de acanto y las asas circulares, en forma de aldaba de labrada superficie. Ese orientalismo –generalmente de corte egipcio- propio del estilo Imperio queda patente en estas piezas que sostienen el exorno floral del paso. La progenie barroca de su decoración vegetal y los angelillos completamente de bulto, dispuestos en los laterales de cada jarra –que recogen la tradición de los puti de época clásica y renacentista-, introducen un aire más occidental. De este modo, lo oriental y lo accidental –pilares de la historia granadina- se dan simbólicamente la mano en estas jarras. Seis de ellas, de tamaño minúsculo y acabado de miniatura, se disponen en la delantera del paso para contener un simple manojo de flores que alegre la visión frontal de las imágenes. El argot cofrade les da el delicado nombre de violeteras. Exquisitas rosas, principalmente, exornarán a Nuestra Madre y Señora de la Consolación en su estación de penitencia. Para iluminar la parte trasera del paso y hacer contrastar cromáticamente el brillo metálico de la plata con el asedado tacto del negro terciopelo del manto –de nuevo triunfo sobre muerte- se disponen los faroles de cola. Dos de ellos son monumentales, uno a cada lado, situados en el último espacio entre varales de cada costero. El farol es la iluminación propia de este sector del paso en hermandades de negro, como la del Santo Crucifijo de San Agustín. Además, diversos elementos, como la corona que los remata, los seis ángeles mancebos que rodean el fanal de luz y los dos angelillos alados de su basa, entroncan directamente con la estética del paso de Cristo de la Hermandad. Dos elementos llaman la atención de estos artísticos faroles de orfebrería plateada, dos elementos que, juntos, determinan la presencia de tres puntos de luz en cada pieza. En primer lugar, la clásica concepción del fanal, de seis lados, con esos ángeles mancebos sobre ménsulas en sus seis pilastras de sostén, que rematan en un primoroso friso horizontal, ondulado en su centro, elevándose de forma semicircular, para sostener encima la media naranja calada, para permite la oxigenación del aire del interior del fanal, y timbrada con corona; este bello friso es una réplica a pequeña escala del que se presenta rematando el palio, lo que acentúa su unidad de estilo. En segundo lugar, los dos brazos curvilíneos, de formas vegetales, que parten del fuste del farol y que, casi cerrando el círculo de sus enroscados tallos, sostienen sendas tulipas. Domina en este elemento añadido el recargamiento barroco y son un recuerdo de los brazos de cola, en forma de arbotante de retorcidas formas y acompasado cimbreo, habituales en la mayor parte de los pasos de palio. La decoración vegetal se halla en todo el conjunto del farol. Éste se concibe –por la presencia de ángeles y arcángeles- con una dimensión netamente escultórica. Apoya sobre basa hexagonal –siguiendo la misma traza del fanal- con detallista decoración plateresca.
A ambos lados de cada uno de estos grandes faroles con tulipas se disponen otros dos faroles del mismo diseño pero más pequeños, uno en el espacio entre los varales cuarto y quinto de cada lado y el otro en el extremo trasero, descolgándose, como es habitual en los pasos de palio, desde un tallo sobre la caída del manto, de forma que el andar costalero le imprima un gracioso movimiento. De este modo, la trasera se ilumina mejor, con cinco puntos de luz en cada lado: tres faroles y dos tulipas, formando una composición piramidal de especial belleza. Delimitan el perímetro del paso de palio los doce varales. Son éstos elementos definitorios del conjunto. Los análisis y ensayos sobre esa “máquina de la belleza” (como la definiera nuestro entrañable P. Iniesta) subrayan continuamente el profundo simbolismo de esta pieza y de su número. Me quedo con dos imágenes comparativas, una de corte naturalista, la otra más teológica. Si el paso de palio es un oasis de sosiego donde se manifiesta a María con todas sus virtudes, entre ellas la de Consuelo de los Afligidos, los varales son los troncos de las palmeras cuyas hojas (entrelazadas y cimbreantes) –es decir, el palio- cobijan delicadamente la escena. Si el paso de palio es igualmente una representación de la Iglesia, que entroniza a la Madre de los cristianos, pero también a algunos de de sus “hijos” (Juan, Magdalena), los varales son los pilares que sustentan el edificio de la gran familia cristiana, es decir, el colegio apostólico, fundamento del cristianismo. Ambas figuras, empero, insisten en la misma idea. Tronco y pilar, el varal es un elemento de sustentación, que por milagro del arte se convierte en pieza grácil, casi etérea, pero sin perder su valor sustentante. Éste, en una excelente muestra de la mentalidad barroca, queda como disfrazado por la belleza de las formas. El diseñador ha jugado, en nuestro caso, con esas significaciones y con la tensión –nada violenta- entre mundo y cielo, muerte y gloria, que domina el paso de palio en su conjunto. Por eso, el tramo inferior del varal, más cerca de lo mundano, combina carey y plata, mientras que ésta domina en su sector superior, como tránsito hacia la gloria. Lo que en origen podía equivaler a una columna, se ha convertido prácticamente en un balaustre, donde la pericia del orfebre juega con tramos troncocónicos, con nudos poligonales, segmentos cilíndricos y formas más complejas. Estos esbeltos varales, que alcanzan los 2,80 m. de altura, son una sucesión de piezas en las que el Renacimiento y el Imperio –muy apropiadas sus formas rococó, clásicas y orientales a las arquitectura efímera y al mobiliario-, siempre con un toque neobarroco, han dejado su huella: basa cuadrangular con aristas achaflanadas, fuste troncocónico invertido, nudo con asas y macolla de líneas rectas y planta octogonal (hasta aquí llega la presencia del carey); candelieri de flamígero perfil, con base de follaje y fuste acanalado, nudo y segmento cilíndrico (enmascarado por las corbatas de bordado terciopelo), con un capitel ligeramente insinuado y, ya sobre el friso, remate de formas curvas y rectilíneas. La mezcla de estas dos variedades de trazo en todo el varal le confiere un carácter ecléctico, preciosista y elegante a la vez. Nada, a excepción de la cola del manto –sobre el pollero- sobresale al perímetro del paso-. Carece, por tanto, de maniguetas, pero en su lugar, como forma de resaltar las dos esquinas de la delantera del paso, en bella armonía con el conjunto y como elemento habitual en pasos de palio de silencio se encuentran dos cráteras: pequeñas jarras sostenidas, cada una, por dos ángeles mancebos recostados sobre un frontón curvo partido por su centro. Cada jarra –crátera propiamente dicha- luce las azucenas alusivas a la pureza de María, muy representativas también de la Iglesia de Granada. Estas flores serán naturales para resaltar en el conjunto de estas minúsculas y delicadas piezas trabajadas en orfebrería plateada. EL MUNDO DE LOS VIVOS Desde la “mesa” del paso hacia abajo es el dominio de los costaleros, el claustro humano que hace andar los pasos, su fuerza, su vigor; siete trabajaderas transversales se disponen en el interior de la parihuela. Cúbrese la zona inferior del paso con los faldones, que en el caso de Consolación se presentan en terciopelo del mismo color que el palio. Se sobreponen a los faldones los respiraderos, pieza esencial en esa concepción de altar ambulante, al conformar ellos el exorno principal de esa mesa, que como las mesas de altar, suele llevar también en su parte delantera alguna reliquia. El respiradero, elemento funcional necesario para airear convenientemente el interior de la parihuela, llevando aire a los costaleros, suele definir también el carácter de un paso de palio. En el caso de Consolación se trata de respiraderos de líneas rectas, en consonancia con los estilos Renacimiento e Imperio, sobrios en su concepción y medidos en su ornamentación. Como ocurriera en el paso del Cristo, sus elementos decorativos tratan de pasar desapercibidos para no distraer la contemplación de la escena sagrada. Es un recurso habitual en pasos de silencio, donde las artes se alían para crear esa característica atmósfera contemplativa. Sólo se quiebra la línea recta mediante pulidas cartelas elípticas y en la parte inferior del respiradero con piezas curvas de decoración vegetal, que se recortan sobre el faldón, suavizando las formas y marcando el movimiento con el ondular de su dorado fleco. Tradición y renovación se dan de nuevo la mano, como en todo el conjunto de enseres de este paso, como en las imágenes que ostenta, dentro siempre de una estética clásica, renovada por tallistas e imagineros contemporáneos. Un paso de palio siempre presenta, además del lugar que ocupa la Bendita Imagen de María, varios espacios privilegiados. En este caso, se reservan a nuestra tradición y a nuestra historia. Así ocurre con la cartela central del respiradero delantero, con la representación del entrecalle y con la gloria del techo del palio. En la cartela central figura el escudo de la Hermandad, como centro aglutinador de la devoción a María de la Consolación y expresión de identidad de cuantos integramos la corporación. En el entrecalle figura la imagen –casi miniatura- de otro de los Titulares de la Hermandad: el Santo Ángel Custodio. Es más que un guiño a la historia, pues hoy subyace a esta devoción la atención particular a las más jóvenes de la Hermandad, que alcanzan un protagonismo especial en la función anual en honor del Ángel Custodio; su insignia –en forma de banderín- figurará también tras el paso del Sagrado Procetor. Finalmente la “gloria” del palio –como se ha indicado ya por extenso-es el lugar desde donde se pregona nuestra vocación franciscana, al contener el escudo de la religiosa fundadora del convento, que ostenta las cinco llagas de Cristo que quedaron impresas en las manos, pies y costado del “poverello” de Asís. Volvamos al respiradero delantero. Los elementos simbólicos más destacados son los tres escudos, al centro y a ambos extremos. Como se ha indicado, el escudo central hace mención a la fundación de la Hermandad, acaecida en el año 1680, en concreto el 28 de julio, fecha de redacción de sus constituciones. La heráldica que ostenta es la actual de la Hermandad que incluye, entre otros, el motivo mariano del jarrón de azucenas, añadido tras la incorporación de la Virgen María como Imagen Titular, lo que aconteció por aclamación en el Cabildo General de Hermanos celebrado el 13 de mayo de 1989. Su nombre: Consolación. Ya el año anterior, justamente el de la revitalización de la Hermandad, ésta acordó celebrar un triduo y función religiosa en honor de la Virgen María, coincidiendo con la festividad de la Inmaculada Concepción. Hace ya casi veinte años de aquel despertar mariano. A ambos extremos del respiradero delantero, también en metal dorado como el central, se presentan los escudos de la Ciudad y de la Iglesia de Granada. Es otra mención histórica a la fundación de la Hermandad, operada, según el trinitario Lachica Benavides, en forma de congregación, “por los primeros sujetos de este pueblo, de ambos estados, con unas serias constituciones”. Al pie de las mismas figuran apellidos ilustres como Afán de Ribera Henestrosa, Velasco Marañón, De la Torre Ponce de León, Abellán y Córdoba, Rojas Sandoval, etc. Fueron los fundadores y primeros en ingresar en el número de 72 congregantes, miembros de ambos cabildos, municipal y eclesiástico. Se han escogido dos primorosas representaciones heráldicas que se remontan al siglo XVIII: el escudo de la ciudad de Granada –más simplificado que el actual- que aparece en la Gazetilla curiosa del mencionado Lachica, con las representaciones de Isabel y Fernando, castillos, leones y la granada; el del cabildo catedralicio, con artístico jarrón de azucenas. Este último procede de un escudo de gusto decimonónico, que se hallaba rodeado por la frase “El servir a Dios florece, todo lo demás perece”, recreación del refrán popular “Todo perece y sólo el bien hacer permanece”. Ayuntamiento y Cabildo Eclesiástico se encuentran muy ligados a nuestra historia. Baste señalar el Voto de la Ciudad a favor del Cristo de San Agustín, con ocasión de la peste de 1679, fecha desde la que se le reconoce como Sagrado Protector. Entre los hermanos mayores o presidentes de la Hermandad se han contado a lo largo del tiempo personajes nobiliarios y eclesiásticos, incluidos destacados canónigos e incluso el mismo arzobispo. También antes ambos cabildos, eclesiástico y municipal, autorizaron, venciendo los recelos iniciales, la fundación del convento del Ángel Custodio, en 10 de julio de 1626. En el respiradero trasero, muy reducido y partido, como corresponde a los pasos de palio, la heráldica se sitúa solamente en los extremos y reproduce otras dos realidades institucionales: los emblemas de las órdenes franciscana y agustiniana, respectivamente. Ambos aluden a las sedes canónicas que ha tenido la hermandad a lo largo del tiempo. Estas son el convento de agustinos calzados, ubicado en el lugar donde hoy se levanta el Mercado de San Agustín, y el convento del Santo Ángel Custodio. En el cenobio agustino permaneció la hermandad por espacio de más de siglo y medio, mientras que sus aproximadamente últimos ciento setenta años de vida están ligados al monasterio de clarisas. Además, ambas órdenes, agustina y franciscana, se destacaron en el pasado de Granada por fomentar la devoción a la advocación mariana de Consolación, a través de imágenes y cofradías, de las que la nuestra se siente legítima y orgullosamente heredera. En ambos emblemas domina la simplicidad. El escudo seráfico reproduce el llamado “abrazo franciscano”, esto es, los brazos cruzados en aspa de Cristo (brazo desnudo) y de San Francisco (brazo con manga del hábito de su orden), cuyas respectivas manos ostentan una llaga. Esta iconografía nos remite a la fiel imitación de Cristo, propia del santo de Asís, que en vida recibió la estigmatización de las llagas como señal del favor y predilección divinos. Sobre los brazos emerge una sencilla cruz leñosa. El escudo agustiniano hace referencia a la triple condición de pastor, fundador y “padre” de la Iglesia que concurre en el santo obispo de Hipona. De ahí los típicos símbolos de su iconografía: libro sagrado y pluma, corazón ardiente en llamas de fe y caridad (amor al prójimo y amor a Dios), cruz mitra y báculo episcopal, junto al lema Anima una et cor unum in Dei, que recrea la frase “un solo corazón y una sola alma” que caracterizaba a la primera comunidad cristiana (Hch 4, 32). La representación de María, Juan y Magdalena en este paso de palio es igualmente una imagen de la Iglesia, una Iglesia firme sobre el misterio de la Resurrección, consolada por la acción del Espíritu, una Iglesia como la descrita en el Libro de los Hechos de los Apóstoles, justo tras la conversión de Saulo: “Las Iglesias por entonces gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaria; se edificaban y progresaban en el temor del Señor y estaban llenas de la consolación del Espíritu Santo” (Hch 9, 31). Desde un punto de vista histórico, la figura de María de Magdala nos recuerda el seguimiento de Jesús de tantas y tantas mujeres a lo largo del tiempo, y en concreto de la Asociación de Mujeres del Santo Cristo de San Agustín, nacida en 1816 y que perduró hasta finales de esa centuria. Tiene, en fin, el paso de palio, en su conjunto, sabor a Iglesia, porque es trono para su Madre. María, Madre de Dios y Madre nuestra, puente entre la iglesia celestial y la iglesia terrenal. Esta última es peregrina, a veces titubeante, busca la luz. Esta Iglesia se alza hasta donde llega la estatura humana. Hasta el nivel de los respiradores nos movemos todos nosotros, con nuestros méritos y también con nuestras miserias. Nuestra aspiración es alta, pero no inalcanzable. La meta es el cielo prometido. Su trasunto es el palio, que se alza por encima de los esbeltos varales. Por eso, a la toldilla le llamamos cielo y a su centro, gloria. Su simbolismo es profundo; se eleva sobre nuestras cabezas, también sobre la de María, aunque Ella lo tiene más cerca, al alcance de la mano. Ciertamente entre cielo y tierra, María hace de puente. María representa entonces a la Iglesia. No está sola. El género humano, el pueblo cristiano, se encuentra plenamente representado en San Juan y en Sta. María Magdalena. María, también humana, se distancia algo de ellos, se eleva, como Madre de todos, como Reina de la Creación entera. Durante mucho tiempo se creyó que todo lo que existe podía, en suma, reducirse a cuatro elementos básicos: la tierra, el fuego, el agua y el aire. La ciencia ha demostrado la complejidad de la materia, pero en la mentalidad popular y en la iconografía artística esta tetra-composición de lo creado ha tenido siempre un gran arraigo. Algo parecido podemos decir, en sentido simbólico y para concluir, de nuestro paso de palio. La tierra es el carey, por su color y procedencia; el agua, por fluidez y agitado brillo, es la plata; el oro, además de la cera ardiendo –claro está-, es el fuego, y el aire…, ¿podría moverse un paso de palio sin aire? No vemos este cuarto elemento, pero es fácilmente reconocible, cuando se muevan los flecos de las bambalinas y se agiten las llamas en los cirios, cuando el ambiente se impregne del olor a incienso y a flor temprana, cuando le acompañe la música vocal y de capilla (su capilla musical data de 1994), cuando en la calle todo cobre vida. El palio de Nuestra Madre y Señora de la Consolación no será tal hasta que lo bese el aire de Granada. La cita es ya bien conocida: 17 de marzo de 2008. Lunes Santo.
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