RENACIMIENTO E IMPERIO, PASO DE PALIO
PARA LA REINA DE CONSOLACIÓN (II)

 

MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ

TRASUNTO DE LA GLORIA

La crestería, elemento hoy cada vez más extendido en los pasos de palio, le confiere una elegancia especial. De ahí su notable presencia en hermandades de silencio. Es, desde luego, un elemento funcional: la estructura que sirve de borde al bastidor del techo del palio y desde la que cuelgan las caídas del palio. En este sentido, refuerza ornamentalmente los perfiles del bastidor del palio, con una fuerte impronta arquitectónica.

Ciertamente, la conjunción entre respiraderos, varales y crestería, sobre todo cuando todas estas piezas se presentan en orfebrería, nos remiten a la mejor tradición de la arquitectura efímera, presente en las solemnes funciones religiosas del pasado de nuestro país. En este sentido, un paso –en concreto el paso de palio de la Dolorosa de Consolación- es una especie de retablo con cuatro caras (de bulto redondo), un altar ambulante con estructura arquitectónica. La crestería cobra entonces el valor de remate abovedado.

Se compone de un friso de 12 cm. de grosor, dispuesto en línea recta que se quiebra justo encima del centro de la caída delantera y trasera, formando un semicírculo que se eleva en más de 30 cm. sobre el borde superior del friso. Toda la crestería, labrada con motivos vegetales de progenie plateresca, se presenta en color plateado, con carey como fondo, en el curioso contraste que domina toda la estética de este paso de palio, acentuado la idea de triunfo sobre la muerte.

Superpuestos al friso –dos en la delantera y la trasera, y cinco en cada una de las caídas laterales- aparecen catorce tondos de pequeño tamaño con cabezas alusivas a los hijos de Jacob –Rubén, Simeón, Leví, Judá, Zabulón, Isacar, Dan, Gad, Aser, Neftalí, José y Benjamín-, esto es a las doce tribus de Israel, mientras que los dos restantes –los centrales de ambos costados- presentan las cruces de Jerusalén. Bien es sabido que la simbología más extendida de los varales es la representación del colegio apostólico –que en nuestra Hermandad figura ya, por cierto, en el canastillo del paso del Santo Crucifijo-, síntesis de los seguidores de Jesús que, históricamente, entroncan con las doce tribus del Pueblo Elegido. La Consolación de María es un atributo más de su mediación, pues la auténtica Consolación corresponde a Dios, como reza en el Antiguo Testamento: “Yahveh ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido” (Is 49, 13). En las representaciones de estas cabezas, todas ellas pletóricas de expresión y vigor, se simboliza, pues, ese entronque del Nuevo con el Antiguo Testamento.

Además de los dos semicírculos mencionados y los catorce tondos, la horizontalidad de este friso elevado se ve quebrada por doce artísticos remates o acroteras –en recuerdo de las piezas que ornaban los vértices de los frontones de los templos grecolatinos-, que coronan los varales, y por las airosas figuras animales de las esquinas.

Las cruces de Jerusalén –emblema usado en el escudo de la Hermandad, por corresponder a la provincia franciscana de Granada la custodia de los Santos Lugares- refuerzan asimismo esa relación entre lo viejo y lo nuevo. Roma, y en general la ciudad cristiana (incluida Granada), fueron consideradas como una “Nueva Jerusalén”. Prima lo nuevo, sin olvidar lo antiguo. Así ocurre también con arraigadas devociones a Cristo y a María, en los cuatro escudos heráldicos de las esquinas, correspondientes a un papa, una reina y dos arzobispos. Tales escudos salpican el recuerdo del pueblo judío –las doce tribus de Israel-, pues en Cristo no hay diferencia entre judíos y gentiles, asegurando, en última instancia, la unidad de la historia de la salvación.

Figuras simbólicas, relacionadas con el Apóstol Juan por la elevación de sus escritos, cuatro águilas coronadas en señal de triunfo marcan los cuatro ángulos de la crestería, en un vistoso contraste entre oro y plata. Plata en las figuras aladas, oro en las coronas y en la heráldica. Los elementos heráldicos han quedado minimizados en este paso de palio, para no distraer la atención del fiel; aún así se hacen presentes, como testimonios de la historia de esta centenaria corporación, que tanto ha cultivado en los últimos años el estudio de sus raíces históricas.

En este caso –heráldica de la crestería- se ha optado por escudos personales, es decir, se recogen las armas de personajes insignes que, por un motivo u otro –todos ellos destacados-, han tenido relación con la Hermandad Sacramental del Stmo. Cristo de San Agustín y, de modo particular, con la devoción a la Virgen de la Consolación.

Las armas de fray Alonso Bernardo de los Ríos y Guzmán, arzobispo de Granada entre 1677 y 1692, nos remiten a la fundación y aprobación de la Hermandad del Cristo de San Agustín en 1680, pero también poco antes de la Cofradía de Nuestra Señora de la Consolación en el convento Casa Grande de los franciscanos observantes de Granada. Con origen en la iniciativa de los gallegos residentes en la ciudad, esta corporación se fundó en 1677 y gozó desde el año siguiente de la aprobación arzobispal. Han pasado, pues, 330 años desde que este arzobispo trinitario, nacido en Córdoba, autorizase esta devoción mariana franciscana, que ha revivido con el tiempo en nuestra Hermandad.

La reina Isabel II de Borbón tuvo una relación estrecha con la Hermandad del Cristo de San Agustín, a la que contó entre sus muchas y arraigadas devociones. Se ha optado por el escudo real simplificado de los Borbones: castillos, leones, la granada y al centro el escudo dinástico, todo ello rodeado por el collar del toisón y timbrado con corona. Asentada ya en el trono de España, esta reina concedió a nuestra corporación el título de Real en 1844 y, años más tarde, tuvo a bien incluir una oración ante el Santo Crucifijo en su visita a Granada. Fue el 13 de octubre de 1862. El día de S. Silvestre de ese mismo año una real orden la proclamaba protectora y hermana mayor perpetua de la Hermandad del Stmo. Cristo de San Agustín.

En aquellos tiempos de auge, y aprovechando el apoyo regio y los contactos en la corte, se elevaron preces a Roma para obtener indulgencias a favor de la Hermandad y de su rama femenina, la Asociación de Señoras del Stmo. Cristo de San Agustín. Las gestiones vieron su fruto en la concesión de sendas bulas, conteniendo ciertas gracias espirituales, promulgadas por S. S. Pío IX en 27 de febrero de 1863 –hace 145 años-. Por este motivo figura el escudo pontificio del célebre Papa “Pío Nono” –centrado por sus apellidos: el león de oro coronado sobre fondo azul de los Mastai y las barras rojas y plateadas de los Ferretti-, a quien debemos también la declaración de la Inmaculada Concepción de María como Dogma de la Iglesia. Por cierto, hace diez años que la entrañable insignia del Simpecado figura en la estación de penitencia de nuestra Hermandad y veinte que se iniciaron cultos marianos, recién revitalizada la Hermandad, precisamente en la festividad de la Inmaculada Concepción, ambos hechos mucho antes, por tanto, de la incorporación al cortejo de nuestra Titular Mariana.

El último de los escudos –a cuyo pie figura el significativo lema Veritas in cartitate, “la verdad en el amor”, tomada de la Carta a los Efesios- nos resulta más cercano en el tiempo y muy familiar en nuestras vivencias. Nos remite concretamente al 19 de enero de 1991, fecha en que la bendita imagen de Ntra. Madre y Señora de la Consolación fue solemnemente bendecida –y colocada sobre sus sienes una corona de Reina- en su sede canónica de la iglesia conventual del Sto. Ángel Custodio. Fue protagonista indiscutible de esta memorable jornada D. Fernando Sebastián Aguilar, entonces Arzobispo Coadjutor de la Diócesis de Granada (lo fue entre 1988 y 1993). Desde 1993 y hasta hace sólo unos meses ha ocupado la sede de Pamplona-Tudela, de la que ahora es Emérito. El profundo marianismo de este claretiano, oriundo de Calatayud, le llevó a dirigir durante algún tiempo la revista Ephemerides Mariologicae.

Un tercer arzobispo, D. Salvador José de Reyes, estuvo tan ligado a la Hermandad, que la presidió durante una docena de años (1852-64). No figura en el paso su heráldica, pero su cruz pectoral –ofrecida al Cristo de San Agustín- forma parte del ajuar de la bendita imagen dolorosa de la Consolación.

El efecto de aliviar la dureza de líneas y perfiles, en fin, se consigue en la crestería con los variados remates del friso –ya aludidos- y el discretamente curvo recorte de las caídas. Aunque el efecto visual pueda parecer otro, se trata de un palio de cajón, cuyo movimiento queda muy atenuado por la presencia de “corbatas”, aunque suavemente ondulado por el corte de las caídas. Un efecto plástico que, sin duda, transmitirá en la calle los valores propios de la idiosincrasia de nuestra Hermandad. El palio es siempre uno de los fundamentos para la personalidad de un paso de Virgen.

PAÑO HERÁLDICO

Se mencionaba antes la estructura marcadamente arquitectónica de los pasos de palio rematados por crestería. Pues bien, Dubé de Luque ha querido quebrar esa rotundidad de líneas, mediante la introducción de corbatas superpuestas a cada uno de los doce varales, además de otras cuatro en delantera y trasera. Estas piezas parcamente bordadas –en concreto con flores de lis, símbolo heráldico característico de hermandades tildadas de reales- enmascaran el tramo superior de cada varal, en un juego muy barroco que busca dotar de mayor etereidad el conjunto del palio, como símbolo de la gloria celestial. De este modo, las corbatas, a la par que imprimen mayor seriedad a un palio de cajón- como éste- contribuyen a reforzar esa división de planos –celestial, eclesial y terrenal-, que se desprende del concepto y diseño del paso de palio de Consolación. Las flores de lis –en este caso logradas a base de la yuxtaposición de pequeñas y primorosas piezas vegetales, nos remiten al lirio, con su doble significación regia y pasionista, muy del gusto de la Hermandad del Cristo de San Agustín. El lirio es flor de Pasión y la flor de lis es signo de realeza. Por este motivo, entre otros, la Hermandad ha optado por un techo de palio exornado también con flores de lis. Ciento veintiséis en total: 62 en el paño central y las restantes en la cenefa.

En el año 1626 se fundaba en Granada el convento del Santo Ángel Custodio que, con pasajera vocación realejeña y albaicinera (pues se ubicó muy provisionalmente en el Campo del Príncipe y en la cuesta del Chapiz), acabó radicando en pleno centro de la ciudad (donde hoy se encuentra el edificio que hasta hace poco ha sido delegación del Banco de España) con entrada por la calle Cárcel Baja. Pasados algo más de doscientos años desde la fundación, en 1836, la imagen y hermandad del Cristo de San Agustín, tras la Desamortización de Mendizábal, llegaba a ese convento de clarisas franciscanas. Hoy continúa residiendo en él, si bien en su sede más moderna de la calle San Antón.La vinculación con estas religiosas es, pues, antigua, entrañable y estrecha. Así se explica la decisión de ostentarla en pieza tan destacada como es el techo del palio de la Virgen de la Consolación. Ciertamente, se trata de la restauración y pasado de un paño heráldico del siglo XVII, que utiliza la Hermandad desde hace años, y que nos remite a los orígenes fundacionales del convento de nuestras queridas clarisas.

Fue la fundadora, sor María de las Llagas, hija del marqués de Camarasa y nieta del marqués de Estepa, esto es, pertenecía a la poderosa nobleza castellana. Su paño heráldico, empero, no recoge los motivos propios del escudo de armas de los Cobos, ya que nuestra religiosa era descendiente del célebre secretario de Carlos V, don Francisco de los Cobos, sino las llagas que tomó por nombre en su profesión religiosa. La monja se llamó en el siglo María de los Cobos y Centurión y había nacido el Miércoles de Ceniza de 1606. Transcurrió su vida religiosa entre Estepa, donde profesó en el convento protegido por su familia materna, y Granada, a donde llegó en 1626 para fundar el convento del Sto. Ángel Custodio. Fue superiora desde 1630 hasta su muerte en 1675, tras vivir en clausura desde los diez años.

Imbuida de la mentalidad nobiliaria –y la fascinación que de ella se derivaba en aquella época-, sor María de las Llagas traía a Granada un paño a modo de tapiz o repostero, pues en la restauración se ha apreciado que el bordado estuvo originariamente sobre una tela de color granate, antes de ser pasada a la negra que se mantuvo, aunque muy deteriorada, hasta nuestros días. El paño contaba con emblemas caballerescos, sí, pero primaba el emblema ligado a su profesión religiosa. Ciertamente, el motivo central es un jeroglífico “a lo divino” con su nombre de profesión: corazón doloroso de María y llagas de Nuestro Señor. Corazón y llagas seguramente las hicieron las monjas para añadirlo, ya con más propiedad y sentido religioso, al paño heráldico que trajo la fundadora.

Y es que su vocación religiosa se impuso a la fuerza del linaje, incluso cuando, tras la muerte de sus dos hermanos varones (Francisco y Juan), sor María quedaba heredera del marquesado de Camarasa y del mayorazgo familiar. De nada sirvió el deseo de su padre, Diego de los Cobos Guzmán y Luna, tercer marqués de Camarasa, de que abandonase la vida consagrada (incluso con permiso papal que obtuvo hacia 1643), acabando por dejar su herencia para el convento. No extraña, por tanto, que en su biografía se le dé a nuestra monja el título de marquesa de Camarasa. Le correspondía el título a la muerte de su padre (1645), aunque finalmente, mediando pleito, marquesado y herencia pasaron a un primo segundo suyo, que ya era conde de Rivadavia, de nombre Manuel de los Cobos Manrique de Mendoza Sarmiento y Luna. Éste y sor María eran ambos bisnietos del primer marqués de Camarasa, Diego de los Cobos Mendoza y Sarmiento, quien realmente había obtenido el título sobre el señorío de su esposa, Francisca Luisa de Luna.

Más comprensiva había sido con sor María de las Llagas su madre, Ana Fernández de Córdoba y Centurión, hija del marqués de Estepa. Mas Ana había muerto en 1620, justamente el día que profesaba su hija, que entonces contaba tan sólo 14 años. Influyó en su vocación el fervor de su devota tía, sor María de Santa Clara, veintitrés años mayor que ella. Fue ésta la primera abadesa del Ángel Custodio de Granada, al no reunir su sobrina la edad necesaria para serlo; a la muerte de sor María de Santa Clara ocupó el cargo, todavía pese a su juventud, su sobrina sor María de las Llagas, a la que, sin embargo, hay que considerar la fundadora, pues, pese a la aversión paterna hacia su vocación, el marqués se declaró patrón del convento y allegó los medios que necesitaba la fundación granadina, para que su hija “gozase las prerrogativas de Madre y no se quedase con sólo el título de hija”. Fueron decisivos los veinte mil ducados de juro procedentes de la legítima de su difunta madre.

Cuenta la crónica que el marqués vivió “siempre muy retirado de su hija”. No extraña que entre esto y la firme e irreductible vocación de la religiosa, “haciendo más aprecio de los timbres de su profesión religiosa, que de los clarísimos blasones de su sangre, dispuso se colocasen en los escudos que adornan las entradas del templo las armas de la Religión Seráfica, excluyendo las de su excelentísimo linaje”. Y con estoica paciencia –según el cronista- aceptó la pérdida de la herencia a favor de su primo: “En buena hora posean sus terrenos bienes y sean Grandes, que yo nada soy, y menos que la escoria de la tierra; y como no me falte Dios, todo me sobra”. Aún así, concluye la crónica, “conservó siempre una nativa majestad, desnuda de elevación, y aun en los ejercicios más humildes resplandecía aquel oculto señorío”. Justo es que se conserve su memoria en el palio de la Virgen de Consolación, advocación mariana que las monjas tuvieron siempre como “abadesa”; máxime cuando las religiosas del Ángel Custodio son desde el 26 de octubre de 1990 –justamente un mes antes de que la sagrada imagen de Consolación llegase a Granada- su camareras perpetuas, figurando asimismo como sus madrinas de bendición.

Este es el centro del techo de palio: sobre tisú de plata se recortan las cinco llagas bordadas en seda y orladas por el cordón franciscano, en este caso dorado, con cuatro nudos y flecos. Los tres nudos habituales en el cordón franciscano simbolizan los votos de pobreza, obediencia y castidad; cuando son cuatro, como observamos en las imágenes de S. Francisco y Sta. Clara del presbiterio de la iglesia conventual del Ángel Custodio, el cuarto denota jerarquía. Es una exaltación de la piedad personal de la religiosa y de la orden franciscana en la que profesó, dado el profundo significado que para ésta tiene la representación de las cinco llagas de Jesucristo, compartidas por S. Francisco en el episodio de la estigmatización. Sobre las llagas, el corazón de María –rojo y oro-, con su anagrama mariano en cordón de plata; salen del corazón, en abanico, siete puñales dorados, en recuerdo de los dolores de María. Esa evidente que Sor María de las Llagas profesaba una arraigada devoción a la pasión de Jesús y a la con-pasión de María, como lo revelan los motivos de las llagas sangrantes y del corazón traspasado. Remata el conjunto una corona real, bordada en oro y sedas. Ahora bien, alrededor de este centro se sitúan diversos elementos decorativos, piezas en oro y plata en forma de media luna, de flores o de otros motivos vegetales.

Dos motivos heráldicos, nos remiten al prestigio social de su linaje. Uno de ellos, que se repite en dos ocasiones, es la mitra y el báculo, atributos episcopales, en los que aparecen dos lunas entrelazadas (en alusión al apellido Luna, propio de la familia y origen del marquesado de Camarasa), que deben relacionarse con la presencia de dignatarios eclesiásticos en la familia. El otro elemento, repetido hasta ocho veces, es de carácter militar, la primigenia función de la nobleza. Se trata de artísticas panoplias, trofeos bordados en oro y sedas, que se encuentran distribuidos por la cenefa del techo de palio, contenidos en sencillas mandorlas, cuatro en las esquinas y las otras cuatro en el centro de cada uno de los lados del rectángulo del palio.

Cuatro de estos trofeos están centrados por leones y los otros cuatro, por castillos. Es una alusión a los reinos de Castilla y de León, a cuya Corona sirvió durante siglos la familia de los marqueses de Camarasa y sus antepasados. Leones y castillos, sin embargo, se hallan enmascarados por diversidad de elementos superpuestos, relativos todos ellos a la vida de las armas: cañones, escudos, alabardas, banderas… un elenco de motivos característicos de esa exaltación militar tan propia en la nobleza castellana de la época.

De cada uno de los lados del bastidor, y formando ángulo recto, cuelgan las originales caídas de este palio. Lo son por varios motivos. El primero de ellos es sin duda la parquedad de medidas. Las caídas de Consolación están concebidas a modo de dosel o baldaquino, lo que imprime al conjunto un sabor de palio antiguo, pues así se nos aparecen en dibujos y noticias históricas, palios fijos como los de la granadina Virgen de la Concepción, o la del Rosario; en el caso de la Consolación –del convento de franciscanos Casa Grande-, para su procesión de Semana Santa, se constata un palio de terciopelo negro, sostenido por ocho varas que portan otros tantos hermanos, hace al menos 325 años.

No mucho más que un dosel, por tanto, el palio actual, que rodea el rectángulo del paso, como símbolo de majestad, que en nuestro caso, por el color, tiene también connotaciones eucarísticas. Es un testimonio sencillo de la condición Sacramental de la Hermandad del Stmo. Cristo de San Agustín, sin olvidar, por otro lado, que el origen de este enser, que es el palio, se liga al Santísimo Sacramento, que por su altísima dignidad requiere en procesiones –tanto claustrales como callejeras- de la presencia de este signo de distinción.

Las sencillas caídas del palio, por tanto, cuelgan del friso de la crestería, como si de un dosel se tratase. Su bordado en oro, barroco, es sencillo, de corte vegetal con caprichosos roleos, flores y hojas de acanto, que guardan simetría en el marco de cada paño bordado. Se remata por abajo el dosel, con apariencia de dieciséis caídas por el ya indicado recorte ondulado del borde inferior de este palio de cajón, por una franja de encaje de la que pende el fleco de canutillo en todo su perímetro. Un fleco sencillo, con escasamente diez centímetros de vuelo, orlado de trecho en trecho (dos en cada falsa caída; treinta y dos en total) por borlones de camaraña de tipo catedralicio, también en oro, que le dan originalidad y movimiento. Sin duda que estos elementos ornamentales se realzarán en la calle con el andar del costalero.