RENACIMIENTO E IMPERIO, PASO DE PALIO
PARA LA REINA DE CONSOLACIÓN (I)

 

MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ

n la Semana Santa de 1995 –hace trece años- se incorporaba el último paso a la Semana Santa de Granada (Jesús Despojado) y hay que remontarse a 1989 para recordar la incorporación del último paso de palio de una hermandad granadina (Triunfo), si no contamos las transformaciones en cuanto a imagen y paso operadas por la Cofradía del Vía Crucis. Muchos años, casi veinte, hasta ver hecho realidad el paso de palio de Nuestra Madre y Señora de la Consolación el próximo Lunes Santo.

En palabras del propio diseñador del paso de palio, Antonio Joaquín Dubé de Luque, el paso de palio de Consolación se concibe en estilo Renacimiento e Imperio, ambas tendencias presididas por la mesura y el clasicismo. Estas características no sólo entroncan con el espíritu de la Hermandad del Stmo. Cristo de San Agustín, sino también con su historia.

Ciertamente, como ya quedara patente en el paso de Cristo, las formas renacentistas cuadran con la estética del Santo Crucifijo y con la época en que se ejecutó y que vio nacer, vigorosa, su devoción: el siglo XVI. Por otra parte, el siglo XIX, sobre todo tras la Desamortización, conoce una nueva época dorada de esta corporación, instalada con renovadas ilusiones en el convento del Sto. Ángel Custodio, alentada por la activa asociación de mujeres que tomó la iniciativa en el culto de la venerada imagen, sancionada por la autoridad eclesiástica y real, como lo muestra la especial protección del arzobispo, de la reina e incluso del sumo pontífice.

Si en el paso del Stmo. Cristo se impone la impronta renacentista, éste de la Virgen de la Consolación nos muestra una estética marcadamente decimonónica, sin olvidar –con la mesura indicada- las formas neobarrocas que han contado siempre con el favor del público cofrade. Además, el contenido semántico de las palabras Renacimiento e Imperio refleja bien la trayectoria de la Hermandad y de la devoción hacia sus imágenes titulares: el renacer del fervor en torno al Sagrado Protector de Granada y el imperio de María sobre corazones cofrades que no quisieron verse privados del amor de la Madre.

TESTIGOS DE LA RESURRECCIÓN

A nadie se oculta que las hermandades que tienen como Titular a Cristo Crucificado ofrecen, desde el punto de vista catequético, la esencia del mensaje penitencial y han sido históricamente la sustancia de la Semana Santa. De ahí que se les reservara antaño las jornadas significativas del Jueves y, sobre todo, Viernes Santo.

En el caso concreto de nuestra Hermandad, la Crucifixión no es una escena de la Pasión sino una reflexión, teológica si se quiere, del misterio de la redención. Algunos elementos –sobre todo la cruz de plata y la corona de espinas del mismo noble metal- así lo proclaman. Es lógico, pues, que el paso de palio refuerce ese mensaje catequético de fuerte impacto visual y devocional. La escena representada en el palio es también atemporal, o al menos ambivalente.

Es cierto que las Imágenes Sagradas muestran expresión de dolor, pero son también trasunto del triunfo de Jesús, que es triunfo de la humanidad entera –colocada ahora en trono de gloria y bajo palio-, representada en sus más fieles discípulos, comenzado por su Madre y siguiendo por Juan y Magdalena.

Los colores de los tejidos de las piezas principales del paso son, en este sentido, muy significativos. Burdeos en palio y faldones. Color del vino y de la alegría, de la sangre y de la salvación. El color rojo es símbolo de vida: la vida dispensada en abundancia por Cristo crucificado y resucitado. Negro en el manto de la Virgen, como testimonio de la escena de dolor tras la muerte en la cruz. Por eso, en nuestra tierra, los pasos de palio son expresión de la Resurrección.

La representación de la Virgen María con San Juan es ya habitual en nuestra Hermandad desde hace casi siete años, y desde que se incluyó a María como Titular ya se pensó en proporcionarle la compañía del Hijo de Zebedeo. Iconográficamente esta asociación de imágenes se entiende posterior a la escena del calvario –esa palabra en la que Cristo entrega a Juan por hijo a María y a María por madre del discípulo (Jn 19, 26-27)-, al descendimiento y al entierro en el sepulcro y se suele denominar la “sagrada conversación”, entendiendo por ella el diálogo entre María y Juan –madre e hijo ya- a modo de mutua consolación.

Cuando a esta asociación de imágenes se añaden otras, como las Santas Mujeres (en nuestro caso concretamente María Magdalena), suele llamarse a la escena el Duelo, es decir, el acompañamiento lloroso del cortejo fúnebre. De esto ha quedado el manto negro –de momento liso- que cubre a la Virgen; color, por otro lado, propio de la Hermandad al ser negra la indumentaria nazarena y ser práctica muy común que las imágenes de vestir luzcan en su ajuar alguna prenda del color del hábito de los hermanos.

Ahora bien, la presencia de Juan y Magdalena, preferidos del Maestro y testigos excepcionales de la Resurrección –signo asimismo de la transmisión de la Buena Noticia a todos, hombres y mujeres-, nos permite acentuar el simbolismo de triunfo y de testimonio, tan acorde con ese carácter más festivo y desbordante que tienen en nuestra tierra andaluza los pasos de palio, incluso los denominados de silencio. No se olvide que el verbo consolatus sum implica ahuyentar la soledad, con un abanico semántico que incluye consolar, reconfortar y alegrar.

Esta ambivalencia –derrota y triunfo, muerte y vida- es propia del kerygma (por extenso en Hch 2, 14-39):

“A Jesús Nazareno, hombre a quien Dios acreditó entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, a éste, que fue entregado según el determinado designio y previo conocimiento de Dios, vosotros lo matasteis clavándole en cruz. A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos. Y, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo prometido… Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de los pecados”.

Juan es un testigo cualificado y su Evangelio, como los otros tres, se escriben desde el final, desde la Resurrección, que da sentido pleno a la vida de Jesús. Es el testigo de la muerte en cruz del Maestro. Así se expresa ante la escena de la lanzada: “El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19, 35). Y, ya en los relatos de la Resurrección –el fue el primero de los Apóstoles en llegar al sepulcro vacío-, lo repite en otras dos ocasiones: “Éstas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 31) y “Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero” (Jn 21, 24).

El mismo “Hijo del Trueno” cuenta a Magdalena entre los seguidores de Cristo que se mantuvieron firmes en primera línea: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su maría, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 19, 25) y relata cómo reconoció a Jesús Resucitado cuando Él la llamó por su nombre y le encargó: “ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn 20, 17). Ella recibió el primer encargo de anunciar la Resurrección. Cristo crucificado es ahora Cristo resucitado. Ya no sangran sus llagas; Magdalena es testigo –primer y cualificado testigo- y completa, con el encargo de Jesús, el contenido del kerygma. Ella, siempre fiel en el grupo de discípulas, junto a Juan, está presente desde la vida pública del Maestro hasta las primeras comunidades cristianas. Ella también significa el engarce entre muerte y resurrección.

Estamos, consiguientemente, ante la última etapa de la representación dolorosa de María, posterior incluso a su soledad. Por eso, las tres imágenes en la calle nos interpelan; su mensaje es una invitación, como ellos, a seguirle, una invitación a que, sin reservas, tomemos a María como Madre, una invitación al anuncio de la Buena Noticia. Por eso también, se presentan en paso de palio, que es un trasunto de la gloria. En este sentido, con una fuerte carga catequética y una interpelación directa a los fieles, podemos hablar en este paso, no del duelo ni del pésame, sino del Testimonio.

OFRENDA DE LA NATURALEZA

Un paso de palio presenta numerosos elementos que realzan la figura de María. Son ingredientes de una devoción que se tornan ofrendas. Ofrendas directas, a menudo sencillas y perecederas. Ofrendas renovables, de un año a otro, como son las joyas y, más genuinamente, las flores y la cera. Lo mejor de la naturaleza se ofrece a la Madre. ¿Acaso no se busca la cera más pura y las flores más frescas y fragantes? Es como si la Naturaleza entera –lo vivo y lo inerte-, en sus reinos animal y vegetal, pero también mineral, se pusiera a sus plantas para rendirle pleitesía.

También el arte se funda en la Naturaleza, y no sólo en sus formas. El arte obra el milagro de transformar materiales naturales en caprichosos artificios. Incluso el Barroco, con toda su pompa y teatralidad, se inspira en la Naturaleza, la busca, la moldea, la somete a sus gustos y obsesiones… y la ofrece transmutada para deleite de las gentes. Un paso de palio, no hace falta decirlo, es una construcción barroca, construcción en el sentido más estricto de templo, una arquitectura, efímera si se quiere, funcional y móvil, al servicio de un discurso religioso, cuyo lenguaje todos –emisores y receptores- entienden.

Pos más enmascarados que estén, los materiales son también esa ofrenda de la Naturaleza, una loa de la Creación. Materia mineral –el metal-, animal –el carey- y vegetal –la madera- unen sus cualidades en aras de la belleza. Madera de pino en las estructuras de las piezas, metal plateado y veteado carey en los revestimientos. Para los detalles más delicados de la estructura se usa, en cambio, la madera de cedro, el noble material en el que también está tallada la bendita imagen de la Consolación.

Los materiales son, por tanto, una ofrenda para la Madre de Dios. Lo distintivo de este paso de palio es la utilización del carey, pieza que raramente se observa en la estética cofrade. Y, cuando aparece suele ocurrir en pasos de Cristo, particularmente en elementos muy señalados, como puede ser la cruz de una Nazareno o la urna de un Yacente. Históricamente, el uso del carey –considerado un material noble, de gran plasticidad y belleza- se inscribe en el preciosismo que se fue adueñado de la iconografía relativa a la Pasión de Cristo. Aparece casi en términos de joya, lo que imprime un carácter muy especial a las piezas antiguas que presentan este material.

En similares términos irrumpe complementando la orfebrería del paso de Nuestra Madre y Señora de la Consolación, lo que refuerza más, si cabe, su carácter de joyero para contener a la Madre de Dios. En este sentido, su uso aquí denota un estrecho paralelismo con su presencia en urnas funerarias. Pero aún hay más, las cualidades intrínsecas de este material –caparazón de un quelonio- acentúan ciertas características presentes ya en la concepción de este paso de palio: la firmeza subrayada por la dureza del material, la irradiación de luz que propicia todo material traslúcido, el contraste de colores –especialmente negruzcos y rojizos en caprichoso veteado- propio de los colores de las piezas textiles de este paso y, en general, su maleabilidad y suavidad de su tacto.

El uso del carey es todo un acierto en el diseño de Dubé de Luque. Ya lo anticipó, pasando prácticamente inadvertido entonces para los hermanos, en el diseño de los ciriales del Santo Crucifijo. Hoy esas seis joyas de la orfebrería ceriferaria pasarán, con buen criterio, al cortejo litúrgico de la Reina de Consolación. Por otra parte, el contraste en el paso de palio entre el carey y la plata –dolor y gloria- encaja perfectamente con la línea seguida, bajo diseño del mismo artista, en el paso de Cristo, en ese caso entre la caoba y la plata –muerte y vida-. Simbólicamente representan también el carey y la plata lo masculino y lo femenino, que se funden en el pueblo de Dios, en el seguimiento de Cristo, tal y como se representa en este paso.

El movimiento propio del paso de palio, junto a la profusión de luces, arrancará al carey, a buen seguro, destellos vivos pero matizados, contrastando con los más fulgurantes que despedirá la plata con la que se abraza. Y un detalle más no debe pasar inadvertido. El carey natural, a causa de la protección especial de diversas especies de tortugas, no existe hoy en el mercado. A nadie se le oculta esta realidad. Sin embargo, se ha elegido para la ocasión el carey vegetal de mayor calidad, como bien se puede apreciar en su textura y maleabilidad. Ahora bien, por donación generosa de uno de los artistas que participa en la confección de las piezas del paso, un trozo de carey natural, antiguo, figurará en él y lo hará seguramente en la pieza que tenga un contacto directo con la Bendita Imagen de María.