María, preocupada, dice a su esposo: José, anoche tuve
un sueño que no acierto a comprender. Se trata del nacimiento de nuestro hijo.
He visto a la gente haciendo los preparativos con semanas de anticipación;
decoraban las casas, salían de compras, traían Con trajes y vestidos de fiesta celebraban un gran acontecimiento. Vi una mesa espléndidamente servida, con platos exquisitos, vino abundante, turrones y mazapanes. La familia estaba al completo. Todos habían acudido a la cita. Parecían muy felices. Pero mira, José, advertí algo muy extraño que me llenó de tristeza: entre los invitados no estábamos nosotros, siendo así que se decían entre besos y abrazos ¡Feliz Navidad!, a causa de la Natividad de Jesús, nuestro hijo. Advertí que no había ni un solo regalo para nuestro Niño; hasta me daba la impresión de que nadie lo conocía: nadie pronunció su nombre. Tuve la extraña impresión de que si Jesús llega y toca a la puerta, lo habrían considerado un intruso. Y mira, José. Sólo pensar que no cuenten con Él en la fiesta de su Nacimiento, me hiela el corazón. Pero no, no es posible, José, ha debido ser un mal sueño. Sería terrible que no hubiera un asiento en la mesa para el Hijo de Dios. No es posible que la gente sea tan insensata y que las familias cierren la puerta a la Alegría Verdadera. ¡Sería terrible!, ¿verdad, José? Si. No es posible, María. Ha debido ser un mal sueño.
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