El viernes 22 de febrero, se presentaba la Imagen de Santa María Magdalena, destinada a acompañar en Capilla y en su paso a Nuestra Madre y Señora de la Consolación, y al Discípulo y Evangelista San Juan. Las anteriores imágenes, a nuestro juicio, una de las dolorosas más personales de la producción basta y extendida del prolífico Antonio Joaquín Dubé de Luque (del año 1991) y la de San Juan, blanda e intimista, ejecutada una década después, reciben ahora la presencia de una pieza con una rotundidad en sus formas, trazos de boceto y firmeza en la gubia, todo ello firmado por un imaginero y escultor onubense que se ha abierto un formidable hueco en el panorama estético y cualitativo de Andalucía. No es esta la primera vez que Elías Rodríguez Picón, el artista al que hacemos referencia, se enfrenta a la temática iconográfica de la Santa María, la de Magdala. El primero de sus encuentros con la representación de esta hagiografía, la lleva a cabo en 2004, con destino a la Hermandad de la Fe de Huelva. La joven cofradía, que procesiona el Viernes Santo, escenifica en el Paso de Misterio el momento posterior a la muerte de Cristo, siendo en la actualidad sólo dos las imágenes que presenta: un José de Nicodemo, en la trasera del paso, y la Santa María Magdalena de Elías Rodríguez Picón. Al ver el centurión cuanto sucedía, glorificaba a Dios diciendo: "Verdaderamente que este hombre era justo". Y todo el gentío que se había congregado para este espectáculo, a vista de tales sucesos se volvió dándose golpes de pecho" (Lc. 23, 47-8).
La imagen de la santa, levanta su mirada hacia el crucificado que tiene enfrente. Suaves lágrimas sobrepuestas acentúan el drama de la talla. El modelado de la cara es rotundo, con carnosos labios, cejas delimitadas, suaves cuencas orbitales, profundidad en el plano tallado de las mejillas, suave hoyuelo en la barbilla, pelo liberado en sugerentes y serpenteantes pulseras y una aplicación polícroma suave, a medio camino entre la calidez, y la aplicación ex profeso de ensorojecimientos orbitales, de las aletas nasales y con mayor brevedad si cabe, de las mejillas. Genuflexa, se relaciona con la iconografía de la Magdalena al pie de la cruz, la más extendida de las representaciones. Un año después, en 2005, recibía un encargo particular de otra efigie a tamaño natural, postura erguida y de nuevo incidiendo en al característica del candelero y artificios, de Santa María Magdalena. En esta ocasión, el modelo que escoge es posiblemente le más afortunado de toda la escultura religiosa española: se inspira en la Magdalena Penitente de Pedro de Mena, que gubiara en 1646 y conserva el Museo Nacional de Escultura en Valladolid. La mirada se conduce hacia abajo, y los golpes sueltos de gubia en la cabellera, afirman el descuido y dejadez de la obra. Claro que podemos entenderla en el episodio de la penitencia de esta mujer, toda vez que Cristo ya ha Resucitado. El pronunciamiento de las cuencas orbitales y la delicadeza de la nariz, es todo uno, un sugerente juego de volúmenes que además, quedan acentuados por el empleo de una correcta y limpia policromía. Acude de nuevo al empleo del postizo en las dos lágrimas, una por mejilla que surcan el rostro de la santa, de cabizbaja y ausente expresión, mayor juventud gestual pero de absoluto dominio plástico.
La siguiente y tercera pieza de este tipo, hasta la llegada de la Magdalena que flanqueará a la Virgen granadina de Consolación, de nuevo queda en Huelva, en concreto en la Hermandad que primero confió en el autor, para que realizara todo su programa iconográfico, sus Titulares y la línea definida de la Cofradía, en concreto la de la Redención, del Domingo de Ramos onubense. En esta Magdalena Elías Rodríguez Picón se ve obligado a conjugar su nueva obra, que termina en 2006, y adaptarla a un conjunto grupal formado por su particular Virgen del Dulce Nombre y el San Juan Evangelista, pues en la mente de los hermanos está, como en el caso de los de San Agustín, que se adelantan a los onubenses, sacar a la calle una Sacra Conversación bajo palio.
La Imagen que nos ocupa, proverbial, marca la línea de trabajo que realiza en la granadina, cerca de dos años después. Erguida, de suave inclinación por aquello de conjugar en el “misterio mariano” escenifica otra versión si cabe distinta a las anteriores, pues al portar en su mano derecha, algo más baja que la otra, (que asciende en actitud contrita y crea un clima de hondo sentimiento) un frasco que se identifica con su labor en el transporte y aplicación de los ungüentos que dictaba la ley mosaica, la señalamos como Magdalena mirrófora. En el rostro, suave indicación del arco supracilar, una adusta madurez, algo mayor que en los dos casos anteriores, que se aprecia a través del Surco nasolabial o nasogeniano. La policromía encandila por la cuidada aplicación. De abundancia nacarada, concentra sonrojos en los cercos orbitales, con mayor timidez tonal en las mejillas, y algo en las aletas nasales. El resultado es conmovedor. Al fin, esta es la cuarta talla de este tipo que realiza el onubense. Sus precedentes incidían en el acierto a la hora de escogerlo. Su firmeza en el manejo de la gubia y su sabia aplicación del sustrato pictórico no tiene contestación. Si a ello sumamos lo novedoso del tema, la posibilidad espiritual y cultual que aporta a la Hermandad y a Granada, y que ello marcará un inequívoco sello a la hora de identificar el Misterio Mariano alojado bajo palio, ya de por sí novedoso en general por su diseño renacentista, estamos, sin duda, ante la conjunción más renovadora de los últimos años en Granada.
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