Quince estaciones de
penitencia (algunas en el interior del templo a causa de la lluvia) son una
experiencia más que suficiente para saber la importancia que tiene ese
testimonio cristiano de público apostolado, que es la presencia de los Podría narrar testimonios estremecedores, sacrificios que erizan el vello de la piel para ejemplificar esa pasión nazarena. Puedo hablar de personas que cada año recorren cientos de kilómetros para llegar ese día justo a la hora de salida, que piden sin reserva una tarde libre en su puesto de trabajo, que comunican con tiempo por correo electrónico su deseo de participar en la Estación de Penitencia para no quedarse fuera de ella, que miden y miden sus fuerzas –a veces muy escasas- para acabar peregrinando a la Catedral, porque saben que el mismo Cristo les concederá fuerzas en la flaqueza, que los muchos años no son óbice para estar en la calle junto al Santo Cristo –¡sólo Él sabe como son posibles esos milagros!-, que con todos los achaques imaginables no han faltado ni un sólo año a la cita procesional, hasta la última Semana Santa que han tenido de vida, porque esa cita responde tan sólo al reloj del corazón. Hermano, hermana del Santo Crucifijo de San Agustín, tenemos miles de motivos para vernos en nuestra capilla el Lunes Santo por la noche. Sólo con ver, año atrás año, tantas caras amigas me doy por satisfecho. No sabemos bien el porqué de esa fidelidad, pero sí sabemos que, mientras vivamos y podamos, allí estaremos. Él nos convoca, Él nos trajo a la Hermandad, Él nos pide, a cada uno personalmente, no faltar en ese día. Sé de personas que ni siquiera les consuela ver la procesión por televisión cuando la enfermedad u otro motivo les impide participar; sé de personas que, aunque no puedan estar ese día, nunca renuncian a sacar su papeletea de sitio; sé de personas que dejan correr lágrimas en la noche del Lunes Santo cuando se encuentran fuera de Granada; sé de persona, ausentes –pero tan cercanas en el corazón- que hacen de las nueve de la noche de ese Lunes una auténtica hora santa… porque Cristo bendice a las gentes por las calles de Granada. ¿Hay algo más grande para un cofrade? Sé que llevas años, muchos o pocos, haciendo ese esfuerzo. Ten por seguro que no quedará sin recompensa, que Dios paga ciento por uno. Sé también que tienes tus propias dificultades –quién no las tiene-. Tal vez te veas sin fuerzas, tal vez la enfermedad haya mermado tus ganas, a lo mejor tu estado de ánimo no es el mejor, quizás el trabajo absorbe tu tiempo, quién sabe si la frialdad se ha adueñado de tu compromiso cofrade, el que un día profesaste al recibir la medalla… Todo esto puede pasar, pero te pido que no te dejes vencer, que respondas sólo a los impulsos del corazón. Él sólo manda. Bien sabes, porque lo has experimentado, que la gratificación derivada de la estación de penitencia no tiene precio, que cuando te acercas a realizar el Besapiés de Nazarenos, ya de vuelta en la capilla, aunque afloran rostros doloridos y cuerpos extenuados, parece que el tiempo se ha detenido, que quisieras quedarte junto a Él, que hemos pasado del Calvario al Tabor. Así son las cosas cofrades. Ya lo sé, que el cirio es pesado y el camino largo, que la noche es fría y el capillo incómodo. Es verdad, pero piensa que otros y otras, muchos, lo hacen. Cuando he tenido la tentación de faltar a la estación penitencial, por estar bajo de ánimo o sencillamente porque me gustaría ver algún año la procesión por fuera, me he dicho que no, que mi sitio está en las filas junto a Él, que, como cofrades, hemos hecho una elección inequívoca en nuestras vidas y un día al año la manifestamos públicamente, de forma colectiva. Nuestra fuerza está en la unión de los hermanos. La fe cofrade se comparte, se vive comunitariamente. Cuando crecen las ausencias, la fuerza de la comunidad se resiente. Cuando me puede la comodidad, siento –perdonad mi radicalismo atormentado- que mi hueco en las filas nazarenas es una herida más abierta en el cuerpo santísimo del Crucificado. Sí, la Hermandad es su cuerpo y todos los miembros lo conforman. Todos debemos participar asiduamente de la vida de la hermandad y todos debemos ponernos en camino junto a Él el Lunes Santo. Los gestos son importantes y expresan la riqueza de nuestro corazón. Por eso, deseo proclamar mi deseo de que cada hermano se torne en un nazareno -con cirio, con cruz, con insignia, con vara, con costal, con cirial, ¡qué más da!-. Es la hora de la verdad. Y por eso, te pido que no dejes de retirar tu papeleta de sitio en esta semana. El mismo Jesucristo te llama.
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