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Craso error. Ni siquiera podía advertir entonces que en nuestra propia Semana Santa militaban ya jóvenes que comenzaban a madurar su vocación. Ajeno estaba a que bajo las trabajaderas sufrían costaleros que hoy son sacerdotes y lo hacían con el mejor espíritu cofrade, con el más cabal deseo de servicio a su hermandad. Y yo, como tantos otros, inmerso en mis prejuicios. Esta ha sido una realidad palpable casi hasta la fecha. Hoy, sin embargo, hay indicios para creer que la situación está cambiando. Mucho tiene que ver en ello, sin olvidar otros motivos y buenas voluntades, el reforzamiento de la identidad eclesial que, con timidez, se observa en el mundo de nuestras cofradías y hermandades. Creo poder proclamar que los cofrades esperan mucho de los sacerdotes y, en general, de las personas consagradas. También es justo decir que la Iglesia, la jerarquía eclesiástica en concreto, ha dispensado una mirada renovada, y renovadora, a los ámbitos propios de la religiosidad popular. La vida sacerdotal y la vida consagrada no son para nosotros nada añadido. Muchos cofrades sienten, y así lo dicen, en profundidad el efecto espiritual de la comunidad de religiosas que nos acoge. Muchos cofrades sienten asimismo la labor del Director Espiritual, entregada y permanente, como uno de los pilares fundamentales de la vida de Hermandad. Esta conciencia ayuda sin duda a contemplar la vocación religiosa con ojos muy distintos. Ya no hay los abismos que en otras épocas, al menos los abismos que creíamos ver. Es un honor para nuestra Hermandad contar en su nómina de hermanos con un buen número de sacerdotes. Muchos de ellos son jóvenes, es decir, están familiarizados con la vitalidad mostrada por el mundo cofrade en sus últimos años, conocen sus luces y sus sombras, aprecian sus posibilidades y respetan su idiosincrasia. Muchos sacerdotes, también nuestras monjas, aman de veras a la Hermandad. Por eso, nos enorgullecemos. Los notamos cercanos, nos acompañan en nuestro devenir diario, en nuestro caminar. Acuden cuando los necesitamos, se preocupan de nosotros. Un sacerdote incluso ha ostentado el cargo de Herman Mayor. Estamos, en una palabra, en deuda con ellos. Y la mejor forma de saldar esa deuda, como se hace entre hermanos, es preocuparnos de sus inquietudes y trabajos, secundarlos en sus iniciativas, atender sus palabras. A muchos sacerdotes, como gesto de hermandad, los hemos visitado en sus propias parroquias. Queremos que sientan cerca la Hermandad como nosotros los sentimos cercanos a ellos. Por eso, ha llegado el momento de abordar, al menos de planteárnosla, pues el tema requiere una mayor profundidad, una propuesta vocacional. En el pasado Triduo a Nuestra Madre y Señora de la Consolación escuchamos una aseveración más o menos como ésta: la comunidad que no valora a sus sacerdotes, difícilmente puede generar vocaciones. No queremos eso para nuestra Hermandad. Nos sentimos comunidad y, por tanto, queremos que también entre nosotros surjan vocaciones. Poco podemos hacer en este campo, salvo acompañar a los hermanos y hermanas que sientan la llamada y el ansia de responder afirmativamente. Pero podemos ofrecerles cauces de reflexión, estímulos para discernir, basados en la experiencia. Somos sensibles así a las propias iniciativas diocesanas –como los encuentros de verificación vocacional que una vez al mes tiene el señor Arzobispo- o de vida consagrada –como las convivencias vocacionales bajo el carisma franciscano, que se celebrarán en Granada del 24 al 28 de febrero-. Hemos querido dar un paso más, ofreciendo también una propuesta específica, que podrás encontrar en la sección “Formación” de nuestra página web (http://www.cristodesanagustin.com/espiritualidad.htm). Allí, ciertamente, se incluyen dos reflexiones magníficas para jóvenes, tanto varones como mujeres. Son la meditada propuesta redactada por nuestro Hermano D. Francisco Tejerizo, y la sincera y directa invitación de nuestra Comunidad de Religiosas Clarisas. Ambas, insisto, están hechas desde la experiencia o, lo que es lo mismo, desde el corazón. Son dignas, al menos, de merecer nuestra atenta lectura, nuestra meditación y, por qué no, nuestra respuesta. Miguel Luis López-Guadalupe Muñoz
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