Agradezco muy sinceramente a nuestro amigo Miguel, mi compañero desde hace tantos años en los trabajos apostólicos de Cáritas, la invitación que me ha hecho para tratar ante vosotros esta noche de un tema tan actual en este año de la Eucaristía como la relación entre Eucaristía y Caridad. Tema éste: Eucaristía y Caridad, de singular importancia para quienes militamos en Cofradías penitenciales, que, para serlo verdaderamente, deben estar dedicadas a rememorar la Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador, haciendo del seguimiento de Jesús el eje, no de una semana determinada del año litúrgico, sino de toda nuestra vida. Por supuesto, mi intervención no tiene ninguna pretensión erudita. No soy un teólogo ni un sacerdote; simplemente un cristiano de a pie que, al llegar a la edad adulta, recibió la gracia de comprender de modo vivencial a Cristo como Camino, Verdad y Vida (Jn. 14,6) y decidió, de una vez y para siempre, que, con todas mis debilidades, imperfecciones y caídas, ése era el Camino que quería recorrer, la Verdad que debía difundir y la Vida que anhelaba vivir. En las Cofradías penitenciales del Sur de España,que conozco muy bien, porque yo mismo soy cofrade desde mi adolescencia de una importante cofradía cartagenera, la identificación con la Cruz se expresa mediante un culto a Cristo transido de una intuición muy evangélica de la profunda humanidad del Crucificado, hecho carne idéntica a nosotros mismos. Un Jesús doliente en el que el propio pueblo se ve identificado. Y junto a El, María, cuyo protagonismo en las procesiones es impresionante, y cuyos tronos cuajados de adornos y flores son como un himno a la vida, triunfadora de la muerte. De aquí que la Semana Santa sea un acontecimiento total, una fiesta multitudinaria que en la recreación minuciosa y detallada de la Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador, celebra de forma unitaria y simultánea la muerte y la vida, la fraternidad del Dios hecho hombre y la maternidad dulcísima y consoladora de María. Siendo como es todo esto expresivo de una fe cristiana honda y sincera ¿contiene suficientemente la religiosidad popular de nuestras cofradías todos los elementos esenciales del mensaje cristiano? Porque hoy, desacreditadas posturas intolerantes que pretendían desarraigar pura y simplemente la piedad popular, queda pendiente la interrogante de si, como afirma el obispo Carrera, hay que avanzar de una religiosidad popular a un cristianismo popular
LA ESENCIA DEL MENSAJE CRISTIANO Para contestar a esa pregunta, empezaré por recordar que una característica diferencial del Cristianismo, comparado con las otras religiones del mundo, es la de que la religión cristiana, aunque contiene dogmas, no se limita a un conjunto de dogmas; aunque posee una moral, no se reduce a un compendio de normas morales. Esencialmente, el Cristianismo es el seguimiento de una Vida, de manera tan auténtica y profunda que el ideal de todo cristiano, por inalcanzable que sea en la realidad, debe ser el de que llegue el día en que pueda decir, con San Pablo: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí ( Gál. 2.20). No faltará alguien a quien estas palabras de Pablo de Tarso le suenen a alienación. ¿Qué religión es ésta, se dirá, en que la máxima aspiración del creyente es dejar de ser él mismo, perder su propia identidad y convertirse en otro? Razonar así sería no haber comprendido el Cristianismo. El Hijo de Dios, al encarnarse, asumió totalmente nuestra humanidad, la de todos nosotros, de tal modo que cuando a lo largo de todas las encrucijadas de nuestra vida vamos eligiendo un camino de perfección, sin dejar de ser nosotros mismos nos vamos asemejando cada vez más al ideal de perfección que se manifiesta en Jesucristo. Nuestro modelo, Jesús, muestra en su persona tres aspectos que El mismo se encargó de señalar cuando manifestó a los Apóstoles: Yo soy el camino, la verdad y la vida -Jn 4,6-. La vida de Cristo es la vida de la gracia, la unión íntima con el Padre; la verdad de Cristo es la Revelación, el camino de Cristo es el servicio a los hermanos llevado hasta el sacrificio. Los tres conceptos, conjuntamente entendidos, aluden a los tres aspectos en que se condensa la misión única salvífica de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey Cristo es sacerdote, el único sacerdote, del que los demás sacerdocios son participación, porque se ofrece El mismo en sacrificio al Padre para la salvación de los hombres; es Profeta - profeta es el que anuncia la verdad presente o futura- porque El es la Verdad; es Rey porque el Padre sometió a Cristo todas las cosas (1ª. Cor. 15, 27) y lo es de manera diferente a la de los potentados de este mundo, porque El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por todos (Mt. 20,28) Nosotros, miembros del Cuerpo Mistico, del que Cristo es cabeza, somos con El sacerdotes, profetas y reyes. Somos sacerdotes, como subraya San Pedro: Sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa...(1ªPedro 2,9), cuando ofrecemos nuestras vidas como hostias gratas al Padre por Jesucristo. Somos profetas cuando anunciamos la Buena Noticia revelada por Jesucristo, con nuestra palabra y, sobre todo, con nuestras vidas. Y somos reyes cuando ordenamos el mundo conforme al plan de Dios y lo hacemos, a la manera de Cristo, sirviendo a los hermanos. A esos tres aspectos: sacerdocio, profetismo, realeza, corresponden las tres dimensiones de la pastoral de la Iglesia: Culto, Palabra, Caridad. Y como el acto eminente de culto es la Eucaristía, en la que Cristo está presente con presencia real, la Palabra por excelencia es Cristo presente en el Evangelio y en la Tradición y el destinatario de nuestro servicio amoroso es el hermano, con el que también Jesús se identifica, la vida del cristiano es cristocéntrica: de Cristo en la Eucaristía, por Cristo en la Revelación a Cristo en el hermano. De Cristo, por Cristo a Cristo, alfa y omega de la Historia. La concurrencia de los tres elementos en nuestra vida: culto, palabra, caridad, es indispensable para que podamos hablar de verdadero cristianismo. Una religión limitada a los actos de culto, sin extraer de ellos la consecuencia necesaria en frutos de amor, sería puro fariseísmo; un conocimiento teológico sin culto y sin acción sería mera erudición; y hasta una acción benefactora del prójimo, desconectada del culto y del conocimiento y acatamiento de la Palabra de Dios, sería filantropía, no cristianismo. La religión de Cristo se funda en el difícil equilibrio de la Cruz, con su pináculo alzado hacia el cielo, su pie sólidamente anclado en la tierra y sus brazos abiertos a todos los hombres
EL CULTO Con referencia al culto, para el creyente, toda su vida de culto y oración está presidida por la Eucaristía. Todo sacramento es, como afirma la Teología, un encuentro personal con Cristo como forma plenaria del encuentro religioso con Dios (.Los sacramentos. Panorama de la Teología actual. Schillebeck. Ediciones Guadarrama, pg. 474. Madrid) Para subrayar ese encuentro, el Señor ha querido recurrir en su Iglesia a elementos terrenos, perceptibles para nosotros: el Niño en el pesebre, un poco de pan y vino, el agua y el aceite, una mano paternal posada sobre la cabeza.....Cristo hace con estos elementos eficaz y visible su acción salvadora. Los sacramentos de la Iglesia son así una toma de contacto con el Señor, misteriosa y velada, pero verdadera y plenamente humana. Concretándonos al sacrificio eucarístico, recordaremos que, como declaró el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana (Sacrosantum Concilium, 47 y Lumen Gentium,11), hasta tal punto que, como afirmó el mismo Concilio, los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua (Presbiterium ordinis ,5) A lo largo de los siglos, la Eucaristía ha sido la piedra angular del encuentro de los creyentes con el Señor, la fuente de vida perdurable para el cristiano. De ella han sacado fuerza heroica los mártires y los santos, consuelo los sufrientes, alimento y vida todos los fieles. Cristo mismo lo ha expresado así: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre no tenéis vida en vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna (Jn 6, 54-55) . Como afirma Karl Rahner, la Eucaristía es el sacramento del crecimiento diario de la gracia... el sacramento que debe ...desarrollar en nosotros la vida divina que nos fué infundida en el baño del nacimiento nuevo por el agua y el Espíritu ( Escritos de Teología, t.II, pg. 189. Taurus Ediciones. Madrid). Si desde el bautismo vivimos de la gracia de Cristo, unidos a El como el injerto en la vid, tenemos que hacernos semejantes a la imagen del Hijo (Rom 8,29), revestirnos cada vez más en Cristo (Gál. 3, 27). Cristo debe formarse cada vez más en nosotros (Gál,4,19) La Encíclica de Juan Pablo II “Ecclesia de Eucharistia” comienza con estas mismas palabras, que encierran una afirmación rotunda:: “Ecclesia de Eucharistia”, esto es, la Iglesia vive de la Eucaristía. Y en su Decreto de 25 de diciembre de 2OO4 hecho público el 14 de enero del presente año, la Santa Sede califica a la Eucaristía como “el más grande de los milagros”. La Eucaristía “está en el centro de la vida eclesial” -Euc. 3-.Y tan decisivo es este sacrificio para la salvación del género humano que Jesucristo “lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él” --Euc. . 11- Jesucristo, al ascender a los Cielos, no nos ha abandonado físicamente. Como afirma la Conferencia Episcopal Española, “el Hijo de Dios que se hizo hombre para habita r entre nosotros...cumple la promesa de permanecer como Emmanuel, es decir, Dios con nosotros....todos los días hasta el fin del mundo haciéndose presente de muchos modos y en distintos grados de presencia “ (La Eucaristía, alimento del pueblo cristiano). Entre esos modos, sobresale el que se produce bajo los signo sacramentales de pan y vino, la presencia real, substancial, que hizo exclamar a la santa de Avila: “Hele aquí compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no parece fué en su mano apartarse un momento de nosotros” (Santa Teresa, Vida, 22,6)
La caridad, fruto de la Eucaristía Por la comunión de su Cuerpo y de su Sangre, Cristo nos comunica también su Espíritu. El Papa cita las palabras de San Onofre: “Quien lo come con fe, come fuego y Espíritu” -Euc. 17- .La participación en su Cuerpo y Sangre hace que nos transformemos en lo que recibimos. En efecto, la Eucaristía, presencia y memorial del sacrificio del Hijo de Dios, reclama al mismo tiempo un movimiento de conversión de los participantes hacia el gesto fundamental de amor y entrega de Jesús.. Ahora bien, el glorificado es el mismo crucificado (La eucaristía, visibilización de la caridad. Rovira Belloso. Corintios XIII, enero-marzo 1.975, pg. 152). Cristo resucitado, presente en el Santísimo Sacramento, ha asumido para siempre la historia de su vida, de su pasión y de su muerte. Jesús, en la Eucaristía, sigue siendo el ungido por el Espíritu para liberar a los oprimidos y evangelizar a todos los hombres, nuestros hermanos, mostrando su amor especialmente con los más pobres . Por eso, nuestra identificación con Cristo hace que, al seguirle en todo, nos empeñemos también con El en la construcción del Reino de paz, de amor y de justicia que vino a anunciarnos Un Reino que empieza ya aquí, en la Tierra, aunque tenga su culminación en el Cielo. .Como afirma el Papa, “aunque la visión cristiana fija su mirada en un “cielo nuevo” , eso no debilita sino más bien estimula nuestro sentido de responsabilidad respecto a la tierra presente” -Euc. 19-, y es cometido de los cristianos “contribuir con la luz del Evangelio a la edificación de un mundo habitable y plenamente conforme al designio de Dios” -Ibidem- En el Cuerpo Místico, nosotros somos las manos de Cristo .En su Carta Apostólica “Quédate con nosotros”, el Papa nos recuerda que “entrar en comunión con Cristo en el memorial de la Pascua significa al mismo tiempo experimentar el deber de hacerse misionero en el acontecimiento que aquel rito actualiza “ (loc. cit. 24). Y más adelante afirma que “la Eucaristía no proporciona tan sólo la fuerza interior, sino también-en cierto sentido- el proyecto... la Eucaristía es una forma de ser que Jesús pasa al cristiano y, a través de su testimonio, aspira a irradiarse en la sociedad y en la cultura” (Ibidem, 25) Eucaristía y caridad -ésta en su sentido auténtico de amor, no en el adulterado de beneficencia- son, pues, inseparables. Como ha dicho Juan Pablo II, el sacramento de la Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad.” No se puede recibir el Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros, están encarcelados o se encuentran enfermos” ( Homilía en la misa de clausura del XLV Congreso Internacional de Sevilla, 1.993). De ese modo, como también ha señalado el Pontífice, ” ese fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según el Evangelio hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana” -Euc. 20- En esa vivencia del amor de Cristo, la acción del cristiano tiene unos destinatarios, no únicos, pero sí especialmente privilegiados: los pobres desde el reconocimiento de la igual dignidad entre los que tienen el privilegio de ayudar a sus hermanos y aquéllos en los que, como dice el documento “La Iglesia y los Pobres”, de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, “está Jesús con una presencia dramática y urgente, llamándonos desde lejos para que nos aproximemos, nos hagamos prójimos del Señor , para hacernos la gracia inapreciable de ayudarnos cuando nosotros le ayudamos” (I:P. 22) Por eso, cuando adoramos a Jesús Sacramentado, nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre y, unidos íntimamente a El, atendemos solícitos al mismo Jesús, misteriosamente presente en el hermano necesitado, sólo entonces, vamos cumpliendo paso a paso con nuestra misión de testigos de la Resurrección del Señor, anunciando al mundo que Cristo vive, con nuestras vidas
LA PALABRA Para ser cristiano, también se nos demanda conocer la Buena Noticia. Por supuesto, no se trata de que el creyente tenga que ser un consumado teólogo; en breve conversación consideró Felipe al etíope, ministro de Candace, suficientemente preparado para recibir el bautismo -Hechos, 8, 31-38-; pero no se puede desconocer en el mundo actual, materialista y dominado por falsas doctrinas, lo esencial de la enseñanza del Maestro. Si se me diera a elegir elegir un texto evangélico que fuese el compendio de las enseñanzas de Jesús, yo optaría sin lugar a dudas por el Sermón de la Montaña. Al Norte de Galilea, junto al lago de Genezareth, hay una serie de onduladas colinas que ascienden hasta los Altos del Golán. Una de estas elevaciones del terreno que ni siquiera tenía nombre en tiempo de Jesús es el hoy llamado Monte de las Bienaventuranzas. Desde él se divisan, al Sur, las aguas rizadas del lago de Genzareth o mar de Galilea, al Sudeste, las casitas de la aldea de Cafarnaúm, la llamada “ciudad de Jesús”, por el tiempo que el Maestro pasó en ella;, al Oeste, la poderosa silueta del monte Carmelo Desde este montículo que ni siquiera tenía nombre de monte, mucho más pequeño que el Sinaí, Jesús va a exponer su mensaje, destinado a grabarse, no en piedra, como los Diez Mandamientos, sino en el corazón de todos los hombres Se hallaba Jesús sentado enmedio de sus discípulos . Le rodeaba una gran multitud. Alguien debió de preguntarle para quién era ese Reino cuya venida anunciaba constantemente y Jesús, levantando sus ojos bajo el sol ardiente de la tarde palestina, desplegando los labios, expuso así el programa de la felicidad: -Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos -Dichosos los que sufren con paciencia, porque poseerán la tierra -Dichosos los afligidos, porque serán consolados -Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados -Dichosos los misericordiosos porque alcanzarán misericordia -Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios -Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios -Dichosos
los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es
el Reino de los Cielos (Mt.5.
3-10-)
Hemos oído tantas veces estas palabras de fuego que dejamos de advertir la fuerza revolucionaria de su mensaje. Peor todavía, no hemos caído en la cuenta de que Jesús no se limita a mostrarlas como ideal de vida, sino que El mismo las vivió. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un perfecto retrato espiritual de Jesús de Nazareth: -El fué el pobre, con pobreza de espíritu y con pobreza material. Siendo de condición divina...se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres.Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Fil.2, 6-8) Nació, no en el pesebre edulcorado de nuestros belenes, sino en un vulgar establo; no tuvo donde reclinar la cabeza, murió en un patíbulo y su cuerpo fué enterrado en un sepulcro prestado -El fué el afligido por los pecados de los hombres, el que lloró ante los pecados de Jerusalén, el que sufrió tormento cruel y hasta se creyó por un momento abandonado de su Padre celestial -El pasó hambre en el desierto, sed en la Cruz y no sólo de agua, sino sed de amor y comprensión de los hombres -El fué la misma misericordia. Los pecadores eran liberados de sus culpas por grandes que hubieran sido sus pecados. Perdonó a la mujer adúltera y a Zaqueo y al buen ladrón y olvidó la negación de Pedro. -El fué el limpio de corazón. Sus enemigos carecían de pruebas para acusarle y el propio Pilatos proclamó su inocencia -El
era la paz. Los angeles anunciaron
su nacimiento invocando la paz sobre los
hombres. La paz
era su consigna: Mi paz os
dejo, mi paz os doy. -El padeció persecución por causa de la justicia y por la justicia murió. Jesucristo nos propone como modelo de vida, con su palabra y con su ejemplo, esa misma vida que, como hombre idéntico a nosotros en todo, excepto en el pecado, El mismo vivió.. Y al vivirla así hasta la muerte, como dice S.Pablo, Dios lo exaltó y le dió el nombre que está por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre (Fil. 2, 9-11)
LA CONSTRUCCION DEL REINO El mandamiento del amor En el amor se halla la fuente inagotable de la puesta en ejercicio de la doctrina del Salvador. En el amor encuentra ayuda y significado definitivo todo el esfuerzo de nuestras vidas para superar las tentaciones del egoísmo, la indiferencia o la pasividad. Pero para seguir los mandatos de ese evangelio se necesita una fuerza espiritual que se encuentra sólo en Aquel que "amó hasta el extremo " (Jn.13,1) Su seguimiento se sitúa plenamente en el horizonte de esa civilización del amor a la que se ha referido frecuentemente Juan Pablo II. Pero ¿cómo es el amor cristiano?. Se ha dicho que lo que distingue al Cristianismo de otras religiones es precisamente el Mandamiento Nuevo del Amor. Tal afirmación debe matizarse, pues hay un punto de vista ético en el que coinciden todas las grandes religiones del mundo. Es el principio llamado "la norma de oro", que se formula diciendo: "Haz a los demás lo que querrías que te hicieran a ti". He aquí algunos textos fundamentales: -En el budismo se nos dice: "No dañes a otro con aquello mismo que te hace sufrir" (Udanavarga, 5,18). -El confucionismo afirma: "Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a otros" (Anacletas, 15, 23). -El hinduísmo enseña: "Las buenas personas actúan pensando que lo que es mejor para los demás, es lo mejor para ellos mismos" (Hitodapesa). -En el Islam se dice: "Ninguno de vosotros es un creyente hasta que quiera para su hermano lo que quiere para él" (Tradiciones). Todas estas máximas coinciden sustancialmente con la afirmación de Jesús, cuando enseña: "Todo lo que queráis que hagan con vosotros los hombres, hacedlo también vosotros con ellos" ( Mt. 7,12). Todavía, sorprendentemente próxima a nuestras propias convicciones, encontramos esta máxima en las escrituras taoístas: "Ama a los que te odian". (Tao-Te King, cit.por” The portable World Bible”, Penguin Books, 1978, pg 55) Y en el Antiguo Testamento, ya nos dice Yavé por boca del autor sagrado: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". (Levítico 19, 17-18). La novedad del mandamiento universal del amor, que caracteriza al Cristianismo se encuentra en que es un amor de alianza (hesed) en el que Dios se liga a Sí mismo en amor a su pueblo. Este amor de alianza alcanza su plenitud en el envío de Cristo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). El carácter sacrificial (agapé) del amor divino lo expone claramente Jesús a sus Apóstoles en la Ultima Cena, al decirles: Un mandamiento nuevo os doy: Amaos los unos a los otros. Como Yo os he amado, así también amaos los unos a los otros (Jn, 13, 31-35) No es nuevo el mandamiento en cuanto al amor: ya lo hemos visto en el Levítico; pero Jesús lo llama nuevo porque lo es en cuanto a su suprema exigencia: Amaos como Yo os he amado, es decir, hasta dar la vida. El propio Jesús lo reitera más adelante en el mismo discurso de la Ultima Cena, agregando: Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn.15, 12,13). Desde otro punto de vista, en las religiones no cristianas el amor al prójimo es una simple norma moral o de conducta. En el Cristianismo, es, en cierto modo, un acto de culto. Jesús dice, refiriéndose a las obras de misericordia por las que seremos juzgados: Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt. 25,40)
La opción preferencial Por último, en el amor cristiano hay una gradación en el amor, en la que el más alto peldaño de la escala corresponde a los pobres, los predilectos de Jesús Al principio de su vida pública, en la sinagoga de Nazareth,como refiere S. Lucas (Lc. 4, 16-21) , Jesús dió lectura al pasaje de Isaías donde está escrito: El
Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para
anunciar la Buena Nueva a los pobres, me
ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y
dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos Y al acabar la lectura, dijo: Hoy se ha cumplido ante vosotros esta profecía En este pasaje del Evangelio encontramos claramente expresado lo que hoy llamamos opción preferencial por los pobres. Opción tan decisiva que , como afirma la Conferencia Episcopal Española, podríamos decir que Jesús nos dejó como dos sacramentos de su presencia: uno, sacramental, al interior de la comunidad, la Eucaristía y el otro, existencial, en el barrio y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados, en los enfermos de Sida, en los ancianos abandonados, en los hambrientos, en los drogadictos...Allí está Jesús con una presencia dramática y urgente, llamándonos desde lejos para que nos aproximemos, nos hagamos "prójimos" del Señor, para hacernos la gracia inapreciable de ayudarnos cuando nosotros le ayudemos" ( La Iglesia y los pobres, 22) La expresión opción por los pobres se empieza a utilizar en sectores de las iglesias cristianas iberoamericanas a comienzos de la década de los sesenta y especialmente a partir de 1.972 A ella se ha referido Juan Pablo II con las siguientes palabras: Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios para ser hijos, esta imagen está ensombrecida y aún escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús (Redemptoris missio, 60)
LA TRANSFORMACION DEL MUNDO ¿Cómo vivir el mandamiento del amor? Reflexionemos en que la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo no son sólo acontecimientos del pasado, sino que se continúan en el presente. Porque el Señor ha querido, al asumir nuestra humanidad, identificarse con nosotros . Jesucristo, el Unigénito de Dios encarnado, sigue sufriendo hoy pobreza, hambre, sed, exilio, humillación., discriminación, tortura o persecución cada vez que las sufre un ser humano Si la Semana Santa constituye ser para nosotros, cofrades, más que para otros, el vívido recuerdo de una tragedia, la más grande de la Historia , acaecida hace veinte siglos, debe servir también para que fijemos nuestra atención en la repetición cotidiana de esa misma tragedia en la que Cristo, presente en los pobres, sigue padeciendo y muriendo en las cruces que se alzan por doquier en su camino. Sí, amigos, para los cristianos todo el año es Semana Santa; Cristo sufre, padece y muere cada día en cada uno de nuestros hermanos más necesitados. Con una diferencia: la de que si nada pudimos hacer para aliviar el dolor del Crucificado, porque no existíamos, ahora sí existimos y podemos arrancar la cruz de los hombros doloridos de muchos de nuestros hermanos de peregrinación. Ante la situación de injusticia, de violencia, de opresión, de tremendas desigualdades, que presentan las sociedades contemporáneas, el objetivo final de los cristianos no puede ser otro que la transformación del mundo conforme al proyecto de Jesús. Hoy podríamos decir, con más motivos todavía que lo dijera hace años el Papa Pío XII, que nuestra misión consiste en transformar el mundo de salvaje en humano y de humano en divino.
La justicia Esto exige en primer lugar un compromiso con la justicia. Como dijo el Sínodo de los Obispos en 1.971, "la acción en favor de la justicia y la participación en la transformación de la sociedad se nos muestra como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio" (Sínodo de 1.971 sobre la justicia en el mundo) Tengamos en cuenta que el concepto de justicia para nosotros, cristianos, es mucho más amplio que el raquítico “dar a cada uno lo suyo”, -suum quique tribuere- del Derecho romano. La justicia, en la tradición judeocristiana no es la mera aplicación de unas normas de Derecho que pueden ser ellas mismas opresoras o inhumanas. Como ha dicho Juan Pablo II, la justicia, según la ley de Israel, consistía sobre todo en la protección de los débiles, debiendo el rey distinguirse en ello, como afirma el salmista: Porque él librará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara; se apiadará del débil y del pobre, el alma de los pobres salvará -Sal- 72/73, 12-13- (Tertio millennio adveniente, 13) Esta lucha por la justicia cobra todo su sentido en nuestros días, en que campean la violencia, la tremenda desigualdad y la opresión injusticia. No sólo subsisten regímenes políticos dictatoriales en muchos países sino que el mundo entero es presa, a escala universal, de manera cada vez más globalizada, de sistemas de vida que tienen como único dios el dinero, como códigos de conducta el hedonismo y la supervivencia del más fuerte, como examen de conciencia la cuenta de resultados, y como único horizonte el enriquecimiento sin reparar en los medios para conseguirlo. Un sistema del que ha dicho Juan Pablo II que "Si por capitalismo se entiende un sistema en el cual la libertad en el ámbito económico no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa" (Centessimus annus, 42). Hasta tal punto llega la identificación del Pontífice con la causa de los pobres, que en una entrevista periodística llegará a decir: “He entendido lo que es la explotación y me he puesto de parte del pobre, del desheredado, del oprimido, del marginado y del indefenso. El poderoso de este mundo no siempre mira de manera favorable a un papa como éste” (Entrevista con Jan Gavfrowski, cit. por A.Urdaci, en “ Benedicto XVI y el últmio Cónclave”, editorial Planeta, pg. 174) Trabajar por la construcción de un mundo más justo será, así, elemento esencial de una actuación encaminada a conseguir la vivencia del amor cristiano. La promoción de la justicia y el amor efectivo, de obras, en favor de los más débiles: los pobres, los necesitados, los excluídos, será el signo distintivo de que hemos captado y compartido el mensaje de amor de Jesús expresado en la Eucaristía. Actuar de ese modo es tan esencial que, como ha dicho la Conferencia Episcopal, “el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento” ( IP, 10) No quiero repetir estadísticas bien conocidas sobre los millones de seres humanos que paden en el mundo la violencia o la injusticia. Las estadísticas llegan a embotar nuestra sensibilidad, a convertirse en meros números vacíos carentes de sentido. Pero yo tengo el triste privilegio de haber visto muy de cerca el sufrimiento. He tenido en mis brazos a un hombre de un suburbio musulmán de Ceuta, que murió de inanición, esto es, de HAMBRE, según certificó el médico del hospital de la Cruz Roja donde lo llevamos y que nada pudo hacer para salvar su vida; he visto en una capital de Sudán del Sur la larga fila de madres con sus hijos pequeños en los brazos, totalmente desnutridos,porque las madres no tenían leche en sus pechos resecos ni animales domésticos para suplir la leche materna, y mientras el director del centro me señalaba con frialdad profesional los niños que, por su avanzado deterioro físico, , estaban condenados a morir sin remedio, las madres fijaban en mí sus ojos extraviados, con un terrible ¿por qué? de imposible respuesta en su mirada;; he visto en Cuba y en Kenia los niños enfermos de Sida a quienes la carestía de los medicamentos retrovirales impide poner alivio; he escuchado en Ruanda, en la unidad de urgencias del hospital de Nemba, de labios de un adolescente de la etnia hutu, de catorce años, el relato de cómo los soldados tutsis ametrallaron a toda su familia, de la que él sólo sobrevivió, con los pies acribillados a balazos, arrastrándose siete días por el campo hasta que lo encontró y llevó al hospital de Nemba un misionero, porque ningún indígena hutu se atrevía a socorrerle; he visto los niños y niñas de Camboya con las piernas destrozadas por las minas antipersonas; he visto a familias de Calcuta que viven en las calles, a la intemperie, abrir bolsas de basura y comer los restos de comida que contenían; he visto suburbios de Bombay, de chabolas mínimas en las que habitan familias sin otro ingreso que el salario de un dólar que gana el padre cuando trabaja, y por cuyas calles estrechas discurren las aguas negras, mientras a poca distancia se divisan las espléndidas urbanizaciones de los potentados ; he visto...¿a qué seguir? escenas a cuál más desgarradora. Por eso, para mí, las estadísticas del sufrimiento humano no son meros datos contables sino la suma interminable de tragedias con rostros humanos, de hombres, mujeres y niños concretos, Cristos de nuestro tiempo, que sufren y mueren injustamente, por obra de unos y ante la indiferencia de otros, de muchos de nosotros
La accion caritativo social Además de trabajar por la justicia y la paz, procurando los cambios estructurales necesarios y la promoción social de los excluídos, el cristiano ha de esforzarse en aliviar el dolor diario de los que sufren. No podemos dejar de atender los lamentos de los pobres con el argumento de que estamos trabajando para construirles un mnndo mejor o con el sofisma de que si atendemos sus necesidades actuales estamos parcheando el sistema injusto que padecen. Recordemos la parábola del Buen Samaritano. El samaritano, al encontrarse con el herido por los bandoleros, no siguió su camino, diciéndose a sí mismo: Voy a denunciar a las autoridades la inseguridad de los caminos. Lo que hizo fué curar y vendar al herido, llevarlo al mesón, cuidarlo en él y pagar al mesonero su asistencia. Pues nosotros todos somos ese Buen Samaritano que Cristo mismo nos pone como ejemplo a seguir, dicièndonos: "Ve y haz tú lo mismo" (Lc. 7, 37) Ni nos puede servir tampoco de excusa la pequeñez de nuestras fuerzas frente a la enormidad de los problemas sociales. A la Madre Teresa de Calcuta le dijeron una vez: "Madre, ¿no se da Vd. cuenta de que lo que hace es una gota de agua y que haría falta un océano para colmar las necesidades del mundo?" Y ella contestó: "No quiero que falte mi gota a ese océano"
LA UNIVERSALIDAD DE LA RESPUESTA CRISTIANA La opción preferencial en favor de los pobres tampoco puede limitarse a los de nuestro entorno próximo: parroquia, pueblo o nación. El amor de Cristo no tiene fronteras. Esto
es así: 1º.-Por exigencia del amor. El Concilio Vaticano II ya nos decía que "la mayor parte de la Humanidad sufre todavía tan grandes necesidades que con razón puede decirse que es el propio Cristo que levanta su voz para despertar la caridad de sus discípulos con los pobres. Que no sirva de escándalo a la Humanidad el que algunos países...disfruten de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias" (Gaudium et Spes, 88). Y la Conferencia Episcopal Española afirma que "la pastoral de la caridad tiene que ser universal como el amor cristiano que la inspira. Una Iglesia que se encerrara en los límites estrechos de la propia diócesis, región o nación, no sería la Iglesia de Jesucristo" (La caridad en la vida de la Iglesia, 1ª parte) 2º.-Por exigencias de la justicia. Como proclamó el Concilio, "Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano. En consecuencia, los bienes deben llegar a todos en forma justa, bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad...ayudando principalmente a los pobres, tanto individuos o pueblos, a que puedan ayudarse por sí mismos y desarrollarse posteriormente" (GS, 59). Y Pablo VI añadirá: "La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres" (Populorum progressio, 76) 3ª. Por exigencias de la solidaridad. Juan Pablo II lo expresa así: "La solidaridad universal requiere...disponibilidad para aceptar los sacrificios necesarios por el bien de la comunidad mundial" (Sollicitudo rei socialis, 45)
LA ACCION COMUNITARIA Ese compromiso por la justicia y la caridad reviste una doble dimensión, individual y comunitaria. Nos obliga a todos en nuestra vida particular; pero debe también llevarnos a reforzar con la presencia y la acción el entramado de organizaciones altruístas que tratan, mediante su actuación desinteresada y organizada, de influir de manera positiva en la modificación de las estructuras políticas o sociales injustas. Acción comunitaria que es importante que la realicemos en el seno de organizaciones confesionales por el testimonio de Iglesia que comporta. Entre esas organizacions ,permitidme que dedique mis últimas palabras a subrayar el papel de Cáritas, instrumento de la propia Iglesia -ministerio pastoral lo llama la Conferencia Episcopal- para actuar en el campo de la acción caritativo social ejercitando la opción preferencial por los pobres Por supuesto, que nunca rechazaremos la cooperación de hombres y mujeres de buena voluntad, sean o no creyentes, pues, como dijo el Concilio, "los valores comunes exigen también no rara vez una cooperación semejante de los cristianos que persiguen fines apostólicos con quienes no llevan el nombre de cristianos pero reconocen esos valores" (Apostolicam Actuositatem, 27)
CONCLUSION Cuando adoramos a Jesús Sacramentado, nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre, escuchamos su palabra y, con plena coherencia entre la fe y la vida, atendemos solícitos al mismo Jesús, misteriosamente presente en el hermano necesitado, vamos cumpliendo paso a paso con nuestra misión de testigos de la Resurrección del Señor y extendiendo su Reino Es cierto que en estos años iniciales del milenio muchas son las nubes que obscurecen el horizonte de la Humanidad y que padecemos con frecuencia la tentación de la desesperanza, de creer inalcanzables la justicia, la paz, el amor entre los hombres. A veces incluso nos parece como si algo nos susurrara ante las dificultades crecientes: No sueñes con imposibles utopías de amor universal, no sueñes, no sueñes... Pero nosotros, cristianos, queremos soñar con la utopía. Con la utopía del carpintero de Nazareth y de aquellos pescadores de Galilea que, siguiéndole, transformaron el mundo. El Papa Juan Pablo II, al comparecer por primera vez en el balcón de la basílica de San Pedro, en lugar de limitarse a bendecir a la multitud, como era lo acostumbrado, rompiendo el protocolo, pronunció unas breves palabras, en las que repitió esta frase: No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo. Veintiséis años más tarde, resonaba en la plaza de S. Pedro la voz de un nuevo Pastor .Benedicto XVI se dirigía por primera vez a la ciudad y al mundo, con palabras que eran como un eco de las que su glorioso antecesor Juan Pablo el Grande había pronunciado en igual ocasión: “Sabemos que el hombre está abierto a Dios y Dios se hace presente. La Iglesia, como en el pasado, deberá soportar muchas tentaciones, sufrimientos, persecuciones. Siempre habrá de todas formas una fuente de vida, de alegría, una razón de esperanza” Esperanza, la cenicienta de las virtudes cristianas, la que tantas veces nos falta ante las dificultades. Y sin embargo, nosotros, cristianos, tenemos en Cristo la fuente inagotable de la esperanza , la esperanza de Abraham que se pone en marcha hacia el país desconocido que Dios le indicará, la esperanza de María, que acepta sin dudarlo un destino que traspasará su corazón. Se ha calificado al mundo como "valle de lágrimas". Y ello es lamentablemente cierto para nuestro tiempo. Nunca se han derramado tantas lágrimas de hambrientos de pan y de justicia, de refugiados, de huérfanos de todas las guerras, de marginados y excluídos de toda condición. Pero desde el fondo de ese valle tenebroso, diremos con San Pablo: La noche está muy avanzada y el día se acerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las obras de la luz (Rom.13,11 . Venciendo las dificultades, caminaremos con paso firme hacia la Jerusalén iluminada por el amor de Cristo. En la etapa renovadora de la Iglesia que arranca del Concilio Vaticano II, las Cofradías tienen ante sí la gran responsabilidad de, sin perder un ápice de sus tradiciones y de su religiosidad popular, utilizar las posibilidades que les ofrecen su arraigo en la sociedad, la amplitud de su base social y el fervor de sus cofrades para, partiendo de las estructuras cofradieras actualmente existentes, irse comprometiendo más y más en la frecuencia de la práctica sacramental y, como directa consecuencia de ella, en la acción caritativo social, tan necesaria y múltiple, a que acabo de referirme. Al mismo tiempo, y sin negar el legítimo derecho de las cofradías de honrar a sus titulares mediante esos desfiles procesionales de gran riqueza que son norma común en gran parte de España y, de manera destacada, en Andalucía, deberemos ponderar cada vez más, de cara al futuro, el equilibrio que debiera existir entre lo que invertimos en ricos tronos, espléndidos adornos y bellas imágenes de madera y lo que necesitan desesperadamente esas otras imágenes de Cristo, hechas, no de madera sino de carne sufriente, que son los excluídos y perseguidos de todo el mundo. Al obrar así, enraizaremos además con la gran tradición cofrade de practicar obras de misericordia. Y cuando nos sumerjamos en la magia de la Semana Santa, sobre el bello conjunto inigualable de tronos y de imágenes, de mantos y de luces, brillará con luz esplendorosa la conformidad de nuestras vidas con las enseñanzas de Jesús José
Sánchez Faba
|