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EUCARISTÍA Y CARIDAD

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JOSÉ SÁNCHEZ FABA

Agradezco  muy sinceramente a nuestro amigo Miguel, mi compañero desde hace  tantos años en los trabajos apostólicos de Cáritas, la invitación que me ha hecho  para  tratar ante vosotros esta noche de un tema tan actual en este año de la  Eucaristía como la relación entre  Eucaristía y Caridad.

Tema  éste: Eucaristía y Caridad,  de singular importancia para quienes militamos en Cofradías penitenciales, que, para serlo verdaderamente, deben  estar dedicadas  a rememorar la  Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador,  haciendo del  seguimiento  de Jesús  el  eje, no  de una semana  determinada del año litúrgico, sino de toda nuestra  vida.

Por supuesto, mi intervención   no tiene ninguna  pretensión  erudita. No soy  un teólogo ni un sacerdote;   simplemente   un cristiano de a pie que,  al llegar a la edad  adulta, recibió la gracia   de comprender de modo vivencial a Cristo como Camino, Verdad y Vida (Jn. 14,6) y decidió, de una  vez y para siempre, que, con  todas mis debilidades, imperfecciones y caídas, ése  era el Camino que quería  recorrer, la Verdad  que debía  difundir y la Vida  que anhelaba  vivir.

En  las  Cofradías penitenciales del Sur de España,que conozco muy bien, porque yo mismo soy cofrade desde mi adolescencia de una importante cofradía cartagenera, la identificación con la Cruz  se expresa  mediante un culto a Cristo transido de una intuición muy evangélica de la profunda humanidad  del Crucificado,   hecho carne idéntica a nosotros  mismos. Un Jesús doliente en el que el propio pueblo  se ve identificado. Y junto a  El, María, cuyo  protagonismo en las  procesiones es impresionante, y cuyos tronos cuajados  de adornos y flores  son como  un himno a la vida, triunfadora  de  la muerte. De aquí que la Semana Santa sea un acontecimiento  total, una  fiesta multitudinaria que en la recreación minuciosa y detallada de la  Pasión, Muerte y Resurrección del Salvador, celebra de forma unitaria y simultánea la muerte y la vida, la fraternidad  del Dios hecho hombre y la maternidad  dulcísima y consoladora de María.

Siendo como es  todo esto expresivo de una fe cristiana honda y sincera ¿contiene suficientemente la  religiosidad  popular de nuestras cofradías  todos los elementos esenciales del mensaje cristiano?  Porque hoy, desacreditadas   posturas intolerantes  que pretendían desarraigar pura y simplemente la piedad popular, queda  pendiente la interrogante de si, como afirma el obispo Carrera, hay que avanzar de una religiosidad popular a un cristianismo popular

 

LA ESENCIA DEL MENSAJE CRISTIANO

Para contestar a esa pregunta,  empezaré  por recordar que una característica diferencial   del  Cristianismo, comparado  con  las otras  religiones del  mundo, es la  de que la religión cristiana, aunque contiene dogmas, no se limita a un conjunto de dogmas; aunque  posee  una  moral, no se reduce a un compendio de normas morales. Esencialmente, el Cristianismo es  el  seguimiento de una Vida, de  manera  tan auténtica  y profunda que el ideal  de  todo cristiano, por inalcanzable que sea en la realidad, debe ser el  de que llegue el día en que pueda  decir, con San Pablo: Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí ( Gál. 2.20).

No faltará alguien a quien estas palabras de Pablo de Tarso le suenen a alienación. ¿Qué religión es ésta, se dirá, en que la máxima aspiración del creyente es dejar de ser él mismo, perder su propia identidad y convertirse en otro?  Razonar así sería no haber comprendido el Cristianismo. El Hijo de Dios, al encarnarse, asumió totalmente nuestra humanidad, la de todos nosotros, de tal modo que cuando a lo largo de todas las encrucijadas de nuestra vida vamos eligiendo un camino de perfección, sin dejar de ser nosotros mismos nos vamos asemejando cada vez más al ideal de perfección que se manifiesta en Jesucristo.

Nuestro modelo, Jesús, muestra en su persona  tres aspectos que El mismo se encargó de señalar cuando manifestó a los Apóstoles: Yo soy el camino, la verdad y la vida -Jn 4,6-.

La vida de Cristo es la  vida de la gracia, la unión íntima con el Padre; la verdad de Cristo es la Revelación, el camino de Cristo es el  servicio a los  hermanos  llevado hasta el sacrificio. Los tres conceptos, conjuntamente entendidos,  aluden a los tres aspectos en que se condensa  la  misión única  salvífica de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey

Cristo es sacerdote, el único sacerdote, del que los demás sacerdocios son  participación, porque  se ofrece El mismo en sacrificio al Padre para la salvación de los hombres; es  Profeta -   profeta es el que anuncia la verdad presente o futura-  porque El es  la Verdad;  es Rey  porque  el  Padre sometió a Cristo todas las cosas (1ª. Cor. 15, 27) y lo es de manera diferente  a la de  los potentados de este mundo, porque El Hijo  del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por todos (Mt. 20,28)

Nosotros, miembros del Cuerpo Mistico, del que Cristo es cabeza, somos con El sacerdotes, profetas y reyes.

Somos sacerdotes, como  subraya San Pedro: Sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa...(1ªPedro 2,9),  cuando ofrecemos nuestras vidas como hostias gratas al Padre por Jesucristo.

Somos  profetas  cuando  anunciamos la Buena Noticia revelada por Jesucristo,  con  nuestra  palabra y, sobre todo, con nuestras vidas.

Y somos reyes cuando ordenamos el mundo conforme al plan de Dios y lo hacemos, a la manera de Cristo, sirviendo a los hermanos.

A  esos  tres aspectos: sacerdocio, profetismo, realeza, corresponden las tres dimensiones de la  pastoral  de  la  Iglesia: Culto, Palabra, Caridad.

Y como el acto eminente de culto es la Eucaristía, en la que Cristo está presente con  presencia  real, la  Palabra  por excelencia es Cristo presente  en el  Evangelio y en la Tradición y el destinatario de nuestro servicio amoroso es el hermano, con el que también Jesús se identifica, la vida del cristiano es cristocéntrica: de Cristo en  la  Eucaristía,  por Cristo en la  Revelación a Cristo en el hermano.  De Cristo, por  Cristo a  Cristo, alfa y omega de la Historia.

La concurrencia de los tres elementos en nuestra vida: culto, palabra, caridad, es indispensable  para que podamos hablar de verdadero cristianismo. Una religión limitada a los actos de culto, sin extraer de ellos la consecuencia necesaria en frutos de amor, sería puro fariseísmo; un  conocimiento teológico sin culto y sin acción sería mera  erudición; y  hasta una acción benefactora del prójimo, desconectada del culto y del conocimiento y acatamiento  de la Palabra de Dios, sería filantropía, no cristianismo. La  religión  de  Cristo  se funda en el difícil  equilibrio de la Cruz, con su pináculo alzado hacia el cielo, su pie sólidamente anclado en la tierra y sus  brazos  abiertos a todos  los hombres

 

EL CULTO

Con  referencia al culto, para el creyente, toda su vida de culto y oración  está presidida por la  Eucaristía.

Todo sacramento  es, como afirma la Teología, un encuentro personal con Cristo como forma plenaria del encuentro religioso con Dios  (.Los sacramentos. Panorama de la Teología actual. Schillebeck. Ediciones Guadarrama, pg. 474. Madrid)

Para subrayar ese encuentro, el Señor ha querido recurrir en su Iglesia a  elementos  terrenos, perceptibles para nosotros: el Niño en el pesebre, un poco de pan y vino, el  agua y el aceite, una mano  paternal  posada  sobre  la  cabeza.....Cristo  hace con estos elementos  eficaz y visible su acción salvadora. Los sacramentos de la Iglesia son así una toma de contacto con el Señor, misteriosa  y  velada, pero  verdadera  y  plenamente humana.

Concretándonos al sacrificio eucarístico, recordaremos que, como declaró el Concilio Vaticano II, la Eucaristía es fuente y cima de toda la vida cristiana   (Sacrosantum Concilium, 47 y Lumen Gentium,11),  hasta  tal  punto que, como afirmó el mismo Concilio, los demás sacramentos,  como  también  todos  los ministerios eclesiales, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual  de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra  Pascua  (Presbiterium ordinis ,5)

A lo largo de los siglos, la Eucaristía ha sido la piedra angular del encuentro de los creyentes con el Señor, la fuente de vida perdurable para el cristiano. De ella han sacado  fuerza heroica los mártires y los santos,  consuelo los sufrientes, alimento  y vida  todos los fieles. Cristo mismo lo ha expresado así: Si no coméis mi carne y no  bebéis mi sangre no tenéis vida en vosotros; el que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna (Jn 6, 54-55) . Como afirma Karl Rahner, la Eucaristía es el sacramento del crecimiento diario de la gracia... el sacramento que debe ...desarrollar en nosotros la vida divina que nos fué infundida en el baño del nacimiento nuevo por el agua y el Espíritu ( Escritos de Teología, t.II, pg. 189. Taurus Ediciones. Madrid). Si  desde el bautismo vivimos de la gracia de Cristo, unidos a El como el injerto en la vid, tenemos que hacernos semejantes a la imagen del Hijo (Rom 8,29), revestirnos cada vez más en Cristo (Gál. 3, 27). Cristo debe formarse cada vez más en nosotros (Gál,4,19)

La Encíclica de Juan Pablo II “Ecclesia de Eucharistia”  comienza  con estas mismas  palabras,  que  encierran  una   afirmación  rotunda:: “Ecclesia de  Eucharistia”, esto es,  la  Iglesia  vive  de  la  Eucaristía. Y en su  Decreto de 25 de diciembre de 2OO4   hecho público el 14 de enero del  presente año, la Santa Sede califica a la Eucaristía como “el  más grande de los milagros”.

La Eucaristía “está en el centro de la vida eclesial” -Euc. 3-.Y tan decisivo es este sacrificio  para la salvación del género humano que Jesucristo “lo  ha realizado y ha vuelto al  Padre     sólo  después  de  habernos  dejado el  medio  para  participar  de  él” --Euc. . 11- Jesucristo, al  ascender a los Cielos, no  nos  ha  abandonado físicamente. Como afirma  la Conferencia  Episcopal  Española, “el Hijo de Dios que se hizo hombre para  habita r entre nosotros...cumple la promesa de permanecer como Emmanuel, es decir, Dios  con  nosotros....todos los días hasta el fin del  mundo  haciéndose  presente de muchos  modos  y en distintos grados de presencia “ (La Eucaristía, alimento del pueblo cristiano). Entre  esos modos, sobresale el que se  produce bajo los signo sacramentales de pan y vino, la  presencia  real, substancial, que  hizo exclamar a  la santa de Avila: “Hele  aquí compañero  nuestro en  el  Santísimo Sacramento, que no  parece  fué en su mano apartarse  un  momento  de  nosotros” (Santa Teresa, Vida, 22,6)

 

La caridad, fruto de la Eucaristía

Por la comunión de su Cuerpo y  de  su  Sangre, Cristo  nos comunica también su  Espíritu. El Papa cita las palabras de San Onofre: “Quien lo come con fe, come fuego y Espíritu” -Euc. 17- .La  participación  en  su Cuerpo y Sangre  hace que nos transformemos en lo que recibimos.

En efecto, la  Eucaristía, presencia y memorial     del sacrificio   del  Hijo de Dios, reclama  al mismo tiempo un movimiento de conversión de los participantes hacia el gesto fundamental de amor y entrega de Jesús.. Ahora bien,  el glorificado es el mismo crucificado  (La eucaristía, visibilización de la caridad. Rovira Belloso. Corintios XIII, enero-marzo 1.975, pg. 152). Cristo resucitado, presente  en el Santísimo Sacramento, ha asumido para siempre la historia de su vida, de su pasión y de su muerte. Jesús, en la Eucaristía, sigue siendo el ungido  por el Espíritu para liberar a los oprimidos  y evangelizar  a todos los hombres, nuestros hermanos,  mostrando su amor especialmente con  los más pobres  . Por eso,  nuestra  identificación  con  Cristo  hace que, al seguirle en todo,  nos empeñemos también con El en la construcción del  Reino de  paz, de amor  y de justicia  que vino a anunciarnos

Un Reino  que empieza ya aquí, en la  Tierra, aunque  tenga  su culminación en el Cielo. .Como  afirma  el Papa, “aunque la visión cristiana fija su mirada en un “cielo nuevo” , eso no debilita sino  más  bien estimula  nuestro sentido de responsabilidad  respecto a la tierra presente   -Euc. 19-,  y  es cometido de los cristianos “contribuir con  la luz del Evangelio a la  edificación de  un mundo habitable y  plenamente conforme al designio de Dios  -Ibidem-

En  el Cuerpo Místico, nosotros somos las manos de Cristo .En  su    Carta Apostólica  “Quédate  con  nosotros”, el  Papa  nos  recuerda  que “entrar en comunión con Cristo en el  memorial de la Pascua  significa  al  mismo tiempo experimentar  el  deber  de hacerse  misionero  en  el  acontecimiento   que  aquel  rito actualiza “ (loc. cit. 24).  Y  más adelante afirma que “la  Eucaristía no proporciona  tan sólo la  fuerza interior, sino  también-en cierto sentido- el proyecto... la  Eucaristía es una  forma de ser que Jesús  pasa al  cristiano y, a  través de su testimonio, aspira  a irradiarse en la sociedad  y  en  la cultura  (Ibidem, 25)

Eucaristía y  caridad -ésta en su sentido auténtico de amor, no en el adulterado de beneficencia- son,  pues,  inseparables. Como ha dicho Juan Pablo II, el sacramento de la  Eucaristía no se puede separar del mandamiento de la caridad.” No se  puede  recibir el  Cuerpo de Cristo y sentirse alejado de los que  tienen hambre y sed, son explotados o extranjeros,  están encarcelados o se encuentran enfermos” ( Homilía en la misa de clausura del XLV Congreso Internacional de Sevilla, 1.993).

De ese modo, como  también  ha señalado el Pontífice, ” ese fruto de transfiguración de la existencia y el compromiso de transformar el mundo según  el Evangelio hacen resplandecer la tensión escatológica de la celebración eucarística y de toda la vida cristiana” -Euc. 20-

En esa vivencia del amor de Cristo, la acción del cristiano tiene unos destinatarios, no únicos, pero sí especialmente privilegiados: los pobres  desde  el  reconocimiento de la igual dignidad  entre los que tienen el privilegio de ayudar a  sus  hermanos  y aquéllos en los que, como dice el  documento “La Iglesia  y  los  Pobres”, de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, “está  Jesús  con  una presencia dramática  y urgente, llamándonos  desde  lejos  para  que  nos  aproximemos, nos  hagamos  prójimos del Señor , para  hacernos  la gracia inapreciable de ayudarnos cuando nosotros  le ayudamos” (I:P. 22)

Por eso, cuando adoramos a Jesús Sacramentado, nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre  y, unidos íntimamente a El, atendemos solícitos  al  mismo  Jesús, misteriosamente  presente  en el   hermano  necesitado, sólo entonces, vamos cumpliendo paso a paso  con nuestra misión de testigos de la Resurrección del Señor, anunciando al mundo que Cristo vive, con nuestras  vidas

 

LA PALABRA

Para ser cristiano, también se nos demanda conocer la Buena Noticia. Por supuesto, no se trata  de   que el creyente tenga que ser un consumado teólogo; en breve conversación consideró Felipe al etíope, ministro de Candace, suficientemente    preparado para recibir el  bautismo -Hechos, 8, 31-38-; pero no  se puede desconocer en el mundo actual, materialista y dominado por falsas doctrinas, lo esencial de la enseñanza del Maestro.

Si se me diera a elegir elegir un texto evangélico que fuese el compendio de las enseñanzas de Jesús, yo optaría  sin lugar a dudas por el Sermón de la Montaña.

Al  Norte  de Galilea, junto al lago de Genezareth,  hay una  serie de  onduladas colinas que ascienden hasta los Altos del Golán. Una de estas elevaciones del terreno que ni siquiera tenía nombre en tiempo  de Jesús es el  hoy llamado  Monte  de  las Bienaventuranzas. Desde él se divisan, al Sur, las aguas rizadas del lago de Genzareth o mar de Galilea, al Sudeste, las casitas de la aldea  de  Cafarnaúm, la  llamada “ciudad de Jesús”, por el tiempo que el Maestro pasó en ella;, al Oeste, la poderosa silueta del monte Carmelo

Desde este montículo  que ni siquiera tenía nombre de monte, mucho más pequeño que el Sinaí, Jesús  va a exponer su mensaje, destinado a grabarse, no en piedra, como los Diez Mandamientos, sino en el corazón de todos los hombres

Se hallaba Jesús sentado enmedio de sus discípulos . Le rodeaba una gran multitud. Alguien debió  de  preguntarle  para quién era ese Reino cuya venida anunciaba constantemente y Jesús, levantando sus ojos bajo el sol ardiente de la tarde palestina, desplegando los labios, expuso así el programa de la felicidad:

-Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos

-Dichosos los que sufren con paciencia, porque poseerán la tierra

-Dichosos los afligidos, porque serán consolados

-Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados

-Dichosos los misericordiosos porque alcanzarán misericordia

-Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios

-Dichosos los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios

-Dichosos  los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos

(Mt.5. 3-10-)

 

Hemos oído tantas  veces  estas palabras de fuego que dejamos de advertir la fuerza revolucionaria de su mensaje. Peor todavía, no hemos caído en la cuenta de que Jesús no se limita a mostrarlas como ideal de vida, sino que El mismo las vivió. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un perfecto retrato espiritual de Jesús de Nazareth:

-El fué el pobre, con pobreza de espíritu y con pobreza material. Siendo de condición divina...se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo y se hizo semejante a los hombres.Y en su condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz (Fil.2, 6-8)  Nació, no en el pesebre edulcorado de nuestros belenes, sino  en un vulgar establo; no  tuvo donde  reclinar  la cabeza, murió en un patíbulo y su cuerpo fué enterrado en un sepulcro prestado

-El fué  el afligido por los pecados de los hombres, el que lloró ante los pecados de Jerusalén, el que sufrió tormento cruel y hasta se creyó por un momento abandonado de su Padre celestial

-El pasó hambre en el desierto, sed en la Cruz y no sólo de agua, sino sed de amor y comprensión de los hombres

-El fué la misma misericordia. Los pecadores  eran liberados de sus culpas  por grandes  que hubieran sido sus pecados. Perdonó a la mujer adúltera y a Zaqueo y al buen ladrón y olvidó la negación de Pedro.

-El fué el limpio de corazón. Sus enemigos carecían de pruebas para acusarle y el propio  Pilatos  proclamó  su inocencia

-El era la  paz. Los angeles anunciaron su nacimiento invocando la paz sobre  los hombres. La  paz  era  su consigna: Mi paz os dejo, mi paz os doy.

-El  padeció  persecución por causa  de la justicia y por la justicia murió.

Jesucristo  nos  propone  como modelo de vida, con su palabra y con su ejemplo,  esa  misma  vida que,  como hombre idéntico a nosotros en todo,  excepto en el pecado, El  mismo vivió.. Y al vivirla así hasta la muerte, como dice S.Pablo,  Dios lo exaltó y le dió el nombre que está por encima de todo nombre, para que ante el nombre de Jesús doble la rodilla todo lo que hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua proclame que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre (Fil. 2, 9-11)

 

LA CONSTRUCCION DEL REINO

El mandamiento del amor

En  el  amor se halla la fuente inagotable de la puesta en ejercicio  de la doctrina del Salvador. En el amor encuentra ayuda y significado definitivo todo el esfuerzo  de nuestras vidas para superar las tentaciones del egoísmo, la indiferencia o la pasividad. Pero para seguir los mandatos  de  ese evangelio  se necesita una fuerza espiritual que se encuentra sólo en Aquel que "amó hasta el extremo " (Jn.13,1)  Su seguimiento se sitúa plenamente en el horizonte de esa civilización del amor  a la que se ha referido frecuentemente  Juan Pablo II.

Pero ¿cómo es el amor cristiano?.

Se ha dicho que lo que distingue al Cristianismo de otras religiones es precisamente  el Mandamiento Nuevo del Amor. Tal afirmación debe matizarse, pues hay un punto de vista ético en el que coinciden todas las grandes religiones del mundo. Es el principio llamado "la norma de oro", que se formula diciendo: "Haz a los demás lo que querrías que te hicieran a ti". He aquí algunos textos fundamentales:

-En el  budismo se nos dice: "No dañes a otro con aquello mismo que te hace sufrir" (Udanavarga, 5,18).

-El confucionismo afirma: "Lo que no quieres que te hagan, no se lo hagas a otros" (Anacletas, 15, 23).

-El hinduísmo enseña: "Las buenas personas actúan pensando que lo que es mejor para los demás, es lo mejor para ellos mismos" (Hitodapesa).

-En el Islam se dice: "Ninguno de vosotros es un creyente hasta que quiera para su hermano lo que quiere para él" (Tradiciones).

Todas estas máximas coinciden sustancialmente con la afirmación de Jesús, cuando enseña: "Todo lo que queráis que hagan con vosotros los hombres, hacedlo también vosotros con ellos" ( Mt. 7,12).

Todavía, sorprendentemente  próxima a  nuestras  propias  convicciones, encontramos esta máxima en las escrituras taoístas: "Ama a los que te odian". (Tao-Te King, cit.por” The  portable  World Bible”, Penguin Books, 1978, pg 55)

Y en el Antiguo Testamento, ya nos dice Yavé por boca del autor sagrado: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo". (Levítico 19, 17-18).

La novedad  del mandamiento universal del amor, que caracteriza al Cristianismo se encuentra en que es un amor de alianza (hesed) en el que Dios se liga a Sí mismo en amor a su pueblo. Este amor de alianza alcanza su plenitud en el envío de Cristo: Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna (Jn 3, 16). El carácter sacrificial (agapé) del amor divino lo expone claramente Jesús a sus Apóstoles en la Ultima Cena, al decirles: Un mandamiento nuevo os doy: Amaos los unos a los otros. Como Yo os he amado, así también amaos los unos a los otros (Jn, 13, 31-35) No es nuevo el  mandamiento  en cuanto al amor: ya lo hemos visto en el Levítico; pero Jesús lo llama nuevo porque lo es en cuanto a su suprema exigencia: Amaos como Yo os he amado, es decir, hasta dar la vida.

El propio  Jesús lo reitera  más adelante  en el mismo discurso de la Ultima Cena, agregando: Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos (Jn.15, 12,13).

Desde otro punto de vista, en las religiones no cristianas el amor al prójimo es una simple norma  moral o de conducta. En el Cristianismo, es, en cierto modo, un  acto de culto. Jesús dice, refiriéndose a las obras de misericordia por las que seremos juzgados: Os aseguro que cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis (Mt. 25,40)

 

La opción preferencial

Por último, en el amor cristiano hay una gradación en el amor, en la que el más alto peldaño de la escala corresponde a los pobres, los predilectos de Jesús

Al principio de su vida pública, en la sinagoga de Nazareth,como  refiere S. Lucas  (Lc. 4, 16-21) , Jesús dió lectura al pasaje de Isaías donde está escrito:

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido

para anunciar la Buena Nueva a los pobres,

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos

y dar vista a los ciegos, a libertar a los oprimidos

                      Y a proclamar un año de gracia del Señor

Y al acabar la lectura, dijo: Hoy se ha cumplido ante vosotros esta profecía

En este  pasaje  del  Evangelio encontramos   claramente expresado lo que hoy  llamamos opción preferencial por los pobres. Opción  tan decisiva que , como afirma la Conferencia Episcopal Española,  podríamos decir que Jesús nos dejó como dos sacramentos de su presencia: uno, sacramental, al interior de la comunidad, la Eucaristía y el otro, existencial, en el barrio y en el pueblo, en la chabola del suburbio, en los marginados, en los enfermos de Sida, en los ancianos abandonados, en los hambrientos, en los drogadictos...Allí está Jesús con una presencia dramática y urgente, llamándonos desde lejos para que nos aproximemos, nos hagamos "prójimos" del Señor, para hacernos la gracia inapreciable de ayudarnos cuando nosotros le ayudemos" ( La Iglesia y los pobres, 22)

La expresión opción por los pobres se empieza a utilizar en sectores de las iglesias cristianas iberoamericanas  a comienzos de la década de los sesenta y especialmente a partir de 1.972

A  ella  se ha referido Juan Pablo II con las siguientes palabras: Los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren. Hechos a imagen y semejanza de Dios para ser hijos, esta imagen está ensombrecida y aún escarnecida. Por eso, Dios toma su defensa y los ama. Es así como los pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por excelencia señal y prueba de la misión de Jesús  (Redemptoris missio, 60)

 

LA TRANSFORMACION DEL MUNDO

¿Cómo vivir el mandamiento del amor?

Reflexionemos en que la vida, pasión, muerte y resurrección de Jesucristo  no son sólo acontecimientos del pasado, sino que se continúan en el  presente. Porque el Señor  ha querido, al asumir nuestra humanidad, identificarse con nosotros .

Jesucristo, el Unigénito de Dios encarnado, sigue sufriendo hoy pobreza, hambre, sed, exilio, humillación., discriminación, tortura o persecución cada vez que las sufre  un ser humano

Si la Semana Santa constituye ser para nosotros, cofrades, más que para otros,  el vívido recuerdo de una tragedia, la más grande de la Historia , acaecida hace veinte siglos, debe servir también para que fijemos nuestra atención en la repetición cotidiana de esa misma tragedia en la que Cristo, presente en los pobres, sigue padeciendo y muriendo en las cruces que se alzan por doquier en su camino.

Sí, amigos, para  los cristianos todo el año es Semana Santa;  Cristo sufre, padece y muere cada día en cada uno de nuestros hermanos más necesitados. Con una diferencia: la de que si nada pudimos hacer para aliviar el dolor del Crucificado, porque no existíamos, ahora sí  existimos y podemos arrancar la cruz de los hombros doloridos  de muchos de nuestros hermanos de peregrinación.

Ante la situación de injusticia, de violencia, de opresión, de tremendas desigualdades, que presentan las sociedades contemporáneas, el  objetivo final de los cristianos no puede ser otro que la transformación del mundo conforme al proyecto de Jesús. Hoy podríamos decir, con   más  motivos todavía  que lo dijera hace años el  Papa  Pío  XII, que nuestra  misión consiste en transformar el mundo de salvaje en humano y de humano en divino.

 

La justicia

Esto exige en primer lugar un compromiso con la justicia. Como dijo el Sínodo de los Obispos en 1.971, "la acción en favor de la justicia y la participación en la transformación de la sociedad se nos muestra como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio" (Sínodo de 1.971 sobre la justicia en el mundo)

Tengamos en cuenta que el concepto de justicia para nosotros, cristianos, es mucho más amplio que el raquítico “dar a cada uno lo suyo”, -suum quique tribuere-  del Derecho romano. La justicia, en la tradición judeocristiana no es la mera aplicación de unas normas de Derecho que pueden ser ellas mismas  opresoras o inhumanas. Como ha dicho Juan Pablo II, la justicia, según la ley de Israel, consistía sobre todo en la protección de los débiles, debiendo el rey distinguirse en ello, como afirma el salmista: Porque él librará al pobre suplicante, al desdichado y al que nadie ampara; se apiadará del  débil y del pobre, el alma de los pobres salvará -Sal- 72/73, 12-13- (Tertio millennio adveniente, 13)

Esta  lucha por la justicia cobra todo su sentido en  nuestros días, en  que campean  la  violencia, la tremenda desigualdad y la opresión injusticia. No sólo subsisten  regímenes políticos dictatoriales en muchos países sino que el mundo entero  es presa, a escala universal,  de manera cada vez más globalizada, de sistemas de vida  que tienen como único dios el dinero, como códigos de conducta el hedonismo y la supervivencia del más fuerte,  como examen de conciencia la cuenta de resultados, y como  único horizonte el  enriquecimiento sin reparar en los medios para conseguirlo.

Un sistema del que ha dicho Juan Pablo II que  "Si por capitalismo se entiende un sistema en el cual la libertad en el ámbito económico no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa" (Centessimus annus, 42).

Hasta tal punto  llega la identificación  del  Pontífice con  la causa de los pobres,  que en una entrevista  periodística llegará a decir: “He entendido lo que es la explotación y me he puesto de  parte  del  pobre, del  desheredado, del oprimido, del  marginado y del indefenso. El poderoso de este mundo no siempre mira de manera favorable a un papa como éste” (Entrevista con Jan Gavfrowski, cit. por A.Urdaci, en “ Benedicto  XVI  y el últmio Cónclave”, editorial  Planeta, pg. 174)

Trabajar por la construcción de un mundo más justo será, así, elemento esencial de una actuación encaminada a conseguir la vivencia del amor cristiano. La promoción de la justicia y el amor efectivo, de obras, en favor de los más débiles: los pobres, los necesitados, los excluídos, será el signo distintivo de que hemos captado y compartido el mensaje de amor de Jesús expresado en la Eucaristía.

Actuar de ese modo es tan esencial que, como ha dicho la  Conferencia  Episcopal, “el ser y el actuar de la Iglesia se juegan en el mundo de la pobreza y del dolor, de la marginación y de la opresión, de la debilidad y del sufrimiento” ( IP, 10)

No quiero repetir estadísticas bien conocidas sobre los millones de seres humanos que paden en el mundo la violencia o la injusticia. Las estadísticas llegan a embotar nuestra sensibilidad, a convertirse en meros números vacíos carentes de sentido. Pero yo tengo el triste privilegio de haber visto muy de cerca el sufrimiento. He tenido en mis brazos a un hombre  de un suburbio musulmán de Ceuta, que murió de inanición, esto es, de HAMBRE, según certificó el médico del  hospital de la Cruz Roja donde lo llevamos y que nada pudo hacer para salvar su vida; he visto en una capital de Sudán del Sur  la larga fila de madres con sus hijos pequeños en los brazos, totalmente desnutridos,porque las madres no tenían leche en sus pechos resecos ni animales domésticos para suplir la leche materna,  y  mientras el director del centro me señalaba con frialdad  profesional  los niños  que, por su avanzado deterioro físico, , estaban condenados a morir sin remedio, las  madres  fijaban en mí sus ojos extraviados, con un terrible ¿por qué? de imposible  respuesta  en su  mirada;; he  visto en Cuba y en Kenia los niños enfermos de Sida a quienes la carestía de los medicamentos retrovirales impide poner alivio; he escuchado  en Ruanda, en la unidad de urgencias del hospital de Nemba,  de labios de un adolescente de la etnia hutu,  de catorce años, el relato de cómo los soldados tutsis ametrallaron a toda su familia, de la que él sólo sobrevivió, con los pies acribillados a  balazos, arrastrándose siete días por el campo hasta que lo encontró y  llevó  al  hospital de Nemba un misionero, porque ningún indígena hutu se atrevía a socorrerle; he visto los niños y niñas de Camboya con las piernas destrozadas  por las minas antipersonas; he visto a familias de Calcuta que viven en las calles, a la intemperie, abrir  bolsas de basura y comer los restos de comida que contenían; he visto   suburbios de Bombay, de chabolas mínimas en las que habitan familias sin otro ingreso que el salario de un dólar que gana el padre cuando trabaja, y por cuyas calles estrechas discurren las aguas negras, mientras a  poca distancia se divisan las espléndidas  urbanizaciones de los potentados ; he visto...¿a qué seguir? escenas a cuál más desgarradora. Por eso, para mí, las estadísticas  del  sufrimiento humano no son meros datos contables sino la suma interminable  de tragedias con rostros humanos, de hombres, mujeres y niños concretos, Cristos de nuestro tiempo, que  sufren y mueren injustamente, por obra de unos y ante la indiferencia de otros, de muchos de nosotros

 

La accion caritativo social

Además de trabajar por la justicia y la paz, procurando los cambios estructurales necesarios y la promoción social de los excluídos, el cristiano ha de esforzarse en aliviar el dolor diario de los que sufren. No podemos dejar de atender los lamentos de los pobres con el argumento de que estamos trabajando para  construirles un mnndo mejor o con el sofisma de que si atendemos sus necesidades actuales estamos parcheando el sistema injusto que padecen. Recordemos la parábola del Buen Samaritano. El samaritano, al encontrarse con el herido por los bandoleros, no siguió su camino, diciéndose a sí mismo: Voy a denunciar a las autoridades la inseguridad de los caminos. Lo que hizo fué curar y vendar al herido, llevarlo al mesón, cuidarlo en él y pagar al mesonero su asistencia. Pues nosotros todos somos ese Buen Samaritano que Cristo mismo nos pone como ejemplo a seguir, dicièndonos: "Ve y haz tú lo mismo"  (Lc. 7, 37)

Ni nos puede servir tampoco de excusa la pequeñez de nuestras fuerzas frente a la enormidad de los problemas sociales. A la Madre Teresa de Calcuta le dijeron una vez: "Madre, ¿no se da Vd. cuenta de que lo que hace es una gota de agua y que haría falta un océano para colmar las necesidades del mundo?" Y ella contestó: "No quiero que falte mi gota a ese océano"

 

LA UNIVERSALIDAD DE LA RESPUESTA CRISTIANA

La opción preferencial en favor de los pobres tampoco puede limitarse a los de nuestro entorno próximo: parroquia, pueblo o nación. El amor de Cristo no tiene fronteras.

Esto es así:

1º.-Por exigencia del amor. El  Concilio Vaticano II ya nos decía que "la mayor parte de la Humanidad sufre todavía tan grandes necesidades que con razón puede decirse que es el propio Cristo que levanta su voz para despertar la caridad de sus discípulos con los pobres. Que no sirva de escándalo a la Humanidad el que algunos países...disfruten de la opulencia, mientras otros se ven privados de lo necesario para la vida y viven atormentados por el hambre, las enfermedades y toda clase de miserias" (Gaudium et Spes, 88).

Y  la  Conferencia  Episcopal  Española afirma que "la pastoral de la caridad tiene que  ser universal como el amor cristiano que la inspira. Una Iglesia que se encerrara en los  límites estrechos de la propia diócesis, región o nación, no sería la Iglesia de Jesucristo" (La caridad en la vida de la Iglesia, 1ª parte)

2º.-Por exigencias de la justicia. Como proclamó el Concilio, "Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todo el género humano. En consecuencia, los bienes deben llegar a todos en forma justa, bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad...ayudando principalmente a los pobres, tanto individuos o pueblos, a que puedan ayudarse por sí mismos y desarrollarse posteriormente" (GS, 59). Y Pablo VI añadirá: "La paz se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres" (Populorum progressio, 76)

3ª. Por exigencias de la solidaridad. Juan Pablo II lo expresa así: "La solidaridad universal requiere...disponibilidad para aceptar los sacrificios necesarios por el bien de la comunidad mundial"  (Sollicitudo rei socialis, 45)

 

LA ACCION COMUNITARIA

Ese compromiso por la justicia y la caridad reviste una doble dimensión, individual y comunitaria. Nos obliga a todos en nuestra vida particular; pero debe también  llevarnos a reforzar con la presencia y la acción el entramado de organizaciones altruístas que tratan, mediante su actuación  desinteresada  y organizada, de influir de manera positiva  en la modificación de las estructuras políticas o sociales injustas.

Acción  comunitaria  que es importante que  la  realicemos  en el seno de organizaciones confesionales  por el testimonio de Iglesia que comporta. Entre esas organizacions ,permitidme que dedique mis últimas  palabras  a subrayar el papel de Cáritas, instrumento de la propia Iglesia -ministerio  pastoral lo  llama la Conferencia Episcopal- para actuar en el campo de la  acción caritativo social ejercitando la opción  preferencial por los  pobres

Por supuesto, que  nunca rechazaremos la cooperación de hombres y mujeres de buena voluntad, sean o no creyentes, pues, como dijo el Concilio, "los valores comunes exigen también no rara vez una cooperación semejante de los cristianos que persiguen fines apostólicos con quienes no llevan el nombre de cristianos pero reconocen esos valores" (Apostolicam Actuositatem, 27)

 

CONCLUSION

Cuando  adoramos a Jesús Sacramentado, nos alimentamos con su Cuerpo y su Sangre, escuchamos su palabra  y, con plena coherencia entre la fe y la vida, atendemos  solícitos al mismo  Jesús, misteriosamente   presente en el hermano necesitado, vamos  cumpliendo paso a paso con nuestra misión de testigos de la Resurrección del Señor y extendiendo su Reino

Es cierto que en estos años iniciales  del  milenio  muchas son las nubes que obscurecen el horizonte de la Humanidad y que padecemos con frecuencia la tentación de la desesperanza, de creer inalcanzables la justicia, la paz, el amor entre los hombres. A veces incluso nos parece como si algo nos susurrara  ante las dificultades crecientes: No sueñes con imposibles utopías de amor universal, no sueñes, no sueñes...

Pero nosotros, cristianos, queremos soñar  con la utopía.  Con la utopía del carpintero de Nazareth y de aquellos pescadores de Galilea que, siguiéndole, transformaron el mundo. El Papa Juan Pablo II, al comparecer por primera vez en el balcón de la basílica de San Pedro, en lugar de limitarse  a bendecir a la multitud, como era lo acostumbrado, rompiendo el protocolo, pronunció unas breves palabras, en las que repitió esta frase: No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo.

Veintiséis años más tarde, resonaba  en la plaza de  S. Pedro la voz de un nuevo  Pastor .Benedicto XVI  se dirigía por primera vez  a la ciudad y al mundo, con palabras que eran como un eco de las que su glorioso  antecesor Juan Pablo el Grande había pronunciado en igual ocasión: “Sabemos que el hombre está abierto a Dios y Dios se hace presente. La  Iglesia, como en el pasado, deberá soportar muchas tentaciones, sufrimientos, persecuciones. Siempre habrá de todas formas  una fuente de vida, de alegría, una razón de esperanza”

Esperanza, la cenicienta de las virtudes cristianas, la que tantas veces nos falta ante las dificultades. Y sin embargo, nosotros, cristianos, tenemos en  Cristo la fuente inagotable de la esperanza , la esperanza de Abraham que se pone en marcha  hacia  el país desconocido  que Dios le indicará, la  esperanza de María, que acepta sin dudarlo un destino que traspasará su corazón. Se ha calificado al mundo  como "valle de lágrimas". Y ello  es  lamentablemente cierto para nuestro tiempo. Nunca se han derramado  tantas lágrimas de hambrientos de pan y de justicia, de refugiados, de huérfanos de todas las guerras, de marginados y excluídos de toda condición. Pero desde el fondo de ese valle tenebroso, diremos con San Pablo: La noche está muy avanzada y el día se acerca; despojémonos de las obras de las tinieblas y revistámonos de las obras de la luz (Rom.13,11 . Venciendo las dificultades, caminaremos con paso firme hacia la Jerusalén iluminada por el amor de Cristo.

En  la  etapa  renovadora de  la  Iglesia  que arranca  del   Concilio  Vaticano II, las  Cofradías tienen  ante sí la gran responsabilidad de, sin perder un ápice de sus tradiciones y de su religiosidad  popular, utilizar  las posibilidades que les ofrecen su arraigo en la sociedad, la amplitud de su base social y el fervor de sus cofrades para, partiendo de las estructuras  cofradieras   actualmente existentes, irse comprometiendo  más y más  en la frecuencia  de la práctica sacramental y, como directa consecuencia de ella, en la acción caritativo social, tan necesaria y múltiple, a que acabo de referirme. Al mismo tiempo, y sin negar el legítimo derecho de las cofradías de honrar a sus titulares  mediante  esos  desfiles  procesionales de gran riqueza que son norma común en gran parte de España y, de  manera  destacada, en Andalucía, deberemos ponderar cada vez más, de cara al futuro,  el  equilibrio que debiera existir entre lo que invertimos en ricos tronos, espléndidos adornos  y  bellas  imágenes  de madera y lo que necesitan desesperadamente esas otras imágenes  de Cristo, hechas, no de madera sino de carne sufriente, que son los excluídos y perseguidos de todo el mundo.

Al obrar así, enraizaremos además con la gran tradición cofrade de practicar obras de misericordia. Y cuando nos sumerjamos en la magia de la Semana Santa, sobre el   bello conjunto inigualable de tronos y de  imágenes, de mantos y de luces, brillará con luz esplendorosa la conformidad de nuestras vidas con las enseñanzas de Jesús

José Sánchez Faba
Del  Pontificio  Consejo  Cor  Unum