nesperados acontecimientos
naturales, riadas, terremotos, epidemias o carestías de trigo, a los que habría
que sumar los efectos de las guerras, alteraban con frecuencia el pulso
cotidiano de una ciudad durante el Antiguo Régimen. Entre todos ellos,
sobresale, sin duda, la peste, cuya aparición sumía a la ciudad en el dolor,
el lamento y la desesperación. Entonces, ojos, mentes, bocas y corazones se
volvían hacia dios, como “angustiada manifestación de un pueblo que se
siente impotente ante la desgracias y clama al cielo, en oraciones
multitudinaria, pidiendo la intervención divina para domeñar una naturaleza
adversa”1.
Según K. Helleiner, durante
la Edad Moderna “la peste conservó su rango como peor homicida”2.
Tan poco conocida hoy como tristemente famosa entonces, la peste era la más
virulenta de esas epidemias. En distintas ocasiones sorprendió la peste a España
durante esa centuria, destacando tres epidemias generales : 1598-1602, 1647-1652
y 1676-1685.
Concretamente en la ciudad de
Granda, sus efectos se dejaron sentir hacia 1600-1602, 1647-1649 y 1678-1679.
Sin duda esta última fue la más virulenta, constituyendo Granada una especie
de “epicentro” de la misma. En 1679, por ejemplo, se alcanzó el índice de
entierros más elevado de todo el siglo3. en ella nos detendremos
ahora por guardar tan estrecha relación con la devoción y la Hermanad del Santísimo
Cristo de
San Agustín.
Eran tiempos difíciles para
la monarquía hispana, que acababa de encontrar un leve respiro en el panorama
exterior tras la paz con Francia y la pérdida del Franco Condado (Nimega,
1678), a la vez que el valimiento de don Juan José de Austria se eclipsaba en
medio de una crisis económica que obligó a la drástica reducción del valor
de la moneda de vellón en 1680. Las cosechas conocían grandes mermas, sujetas
a fluctuaciones extremas; la de 1677 fue pésima por exceso de lluvias, la de
1678 aún peor, por falta de las mismas, ya que, según un cronista, “los
campos no criaron más que hierba”4.
En Granada, superados los
graves disturbios de 1648, que tenían en su base la escasez y especulación del
precio del trigo, la ciudad había recuperado la calma y la economía parecía
atisbar mejores perspectivas. En 1679 era corregidor de la ciudad don Pedro de
Torres Maraber y Silva5, presidente de la Chancillería don José
Antonio de la Serna6 y arzobispo de Granada don Alonso Bernardo de
los Ríos y guzmán, granadino de nacimiento, quien sobresalió durante la
epidemia –al año siguiente de su toma de posesión- por “los desvelos con
que procuró por todos los medios imaginables el alivio de sus afligidas
ovejas”7. Todos ellos fueron, por tanto, protagonistas en tan dramático
acontecimiento.
A la cruda realidad de la
ciudad “contagiada” nos acercamos de la mano, o por mejor decir de los
versos, de Felipe Santiago Zamorano8. Con una composición poética
en romance, a veces monótona, nos ha dejado una valiosa descripción de esos
angustiosos momentos. Este “Romance verdadero” no es una joya literaria,
pero sí un testimonio histórico de primera magnitud y por esta razón
despierta nuestro interés. La epidemia llegó a Granada en el mes de mayo de
1678, produciendo una gran mortandad que alcanzó su culmen en agosto de ese año,
rebrotó pasado el mes de septiembre y nuevamente en enero de 1679 y en mayo de
ese año9, con nueva intensidad, para concluir, como indica el poeta
en el mes de octubre.
La obra ha de leerse
atendiendo a una doble clave; dramatismo y providencialismo, dos categorías
que, con perfiles más o menos nítidos, debieron rondar las mentes de los
granadinos en aquellos momentos. Catástrofes colectivas y voluntad divina son
inseparables en la mentalidad española del Antiguo Régimen. La fe es el
refugio en todos los momentos difíciles.
El pueblo se dirige a las imágenes
sagradas, vehículos de la intersección divina, cuya fama proclamaba la devoción
de los fieles y la predicación de los frailes, que tanto abundaron en Granada y
que así pregonó el poeta Pedro de Antequera: “Dios te guarde Granada,
Religiosos / conventos te autorizan principales, / Que su instituto guardan
fervorosos, / Mendicantes, Descalzos, Monacales, / Monasterios de Vírgenes
copiosos, / Que en pureza superan las Vestales”10.
Como castigo de “nuestras
culpas” entró la epidemia en la ciudad, nos dice el poeta, y como don divino
–salud y perdón-, “templado su enojo”, salió de ella. Entretanto un mar
de desolación, en nada atemperado por Zamorano; Síntomas como de veneno o
ponzoña, quema de ropas, hacinamiento de cadáveres a las puertas de las
parroquias, falta de trabajo, colapso del comercio, destrucción de familias,
fosas comunes..., son negros presagios que dejan “el alma absorta, aguardando
de su vida el fin en funestas sombras”.
Compañera de viaje de la
guerra y sobre todo del hambre, la epidemia solía venir acompañada de malas
cosechas; “la mala alimentación y ciertas condiciones domésticas de carestía
de agua y falta de higiene era el contexto ideal para el contagio”11.
La presencia de la peste siempre era más temida por las gentes humildes. El
hambre era la “soga” para el pobre ya condenado por la epidemia. La
enfermedad no perdonaba a los ricos, pero éstos se retiraban a sus casas de
campo, donde los efectos de la epidemia eran más atenuados. El pobre, sin
embargo, permanecía inmóvil, sin trabajo que realizar y sin alimento para
comer, en el ojo del huracán.
La necesidad le conducía
incluso a tomar los tejidos infestados y condenados al fuego, lo que se
castigaba con doscientos azotes, pues “aunque conozcan en que está el tomar
su daño, se mueren por lo que toman” De hecho, la mortalidad fue mayor en los
barrios de población más popular y según un autor contemporáneo el efecto
“se experimentó más en hornos y casas de vecindad, en gente pobre y mal
alimentada, de los cuales murieron muchos”12. La epidemia afectó a
casi una quinta parte de la población de la ciudad.
La sociedad del Antiguo Régimen
tenía sus propios mecanismos de defensa en estos casos, tratando de aminorar
los efectos de la catástrofe y de paliar las situaciones de injusticia. Tales
mecanismos se traducen en el comportamiento caritativo y ejemplar de ciertas
autoridades locales y en general de personas nobles, con el rey a la cabeza con
un generoso donativo13. Zamorano nos dibuja a los caballeros
granadinos pidiendo limosna para los más necesitados y recuerda la actitud
decidida del edil don Gabriel Ruiz, que recorría la ciudad
recogiendo a los
enfermos, o el veinticuatro Salado, o el jurado Conejero o las pródigas
limosnas del regidor Salcedo. Mientras el corregidor y el presidente de la
Chancillería adoptaban medidas de urgencia, el arzobispo repartía abundantes
limosnas entre los pobres. Medidas, por lo general, “ineficaces por su
precipitación y la carencia de medios con que se plantean”14.
Un éxito escaso tenían, sin
duda, las prevenciones médicas –cordón sanitario, que se describe en
distintas obras médicas de la época- , incapaces de erradicar la enfermedad en
sí y encaminadas a evitar el contagio y por tanto la expansión de la misma:
quema de prendas de ajuar y vestido, purificación del aire con la combustión
de maderas olorosas, contrato de médicos y cirujanos y creación de hospitales
eventuales, atención a los alimentos, sangrías, separación de los enfermos de
sus familias, salida de los cadáveres fuera de la ciudad, aislamiento de la
misma, etc...
El aislamiento de la ciudad
bajo una estricta vigilancia, la imposición de la cuarentena y la eliminación
de los cadáveres, por el peligro de descomposición –“los muertos se
conducen por la noche a darles sepultura en parajes donde nunca se haya
enterrado y se hacen las sepulturas profundas, echando encima cal”15-
, eran las medidas más urgentes y efectivas. La celeridad en los entierros era
crucial, por lo que se agolpaban los cadáveres a las puertas de los templos.
Todo parece caos y confusión.
La ciudad es un “laberinto”, en el que se conjuga el tañer de las campanas
con las voces pidiendo limosna o los bandos municipales. La actividad era también
incesante para clérigos y frailes, los que quedaban en la ciudad, atentos a
dispensar la unción de enfermos y a oficiar entierros. Entre tanta desgracia,
todavía es capaz el poeta de hacer alguna burla, anécdota curiosa que nace de
la conmoción general y de las noticias confusas, como la del aquellos dos
varones que, mal informados de la muerte de sus esposas, “antes de estrenar
los lutos celebraron nuevas bodas”.
Tres son, pues, en opinión
del poeta los medios para combatir la epidemia: la actitud ejemplar de los
poderosos, la aplicación de ciertas “medidas sanitarias” y la providencia
divina. Para él, las dos primeras auxiliaban y suavizaban la situación, la última
era el único medio para atajarla y anularla. Las dos primeras trataban de
sofocar los efectos (la enfermedad); la segunda atacaba la supuesta raíz del
mal (la culpa del hombre). La “ira divina” fue en ascenso hasta el terremoto
del día 24 de julio. Es el momento más dramático; desde entonces los ojos se
ponen en dios, hasta hacer conmover su misericordia. Este es el mensaje profundo
que se desprende del poema de Zamorano.
Por eso concede gran
importancia a la mediación divina, antes, durante y después de la epidemia.
Antes, en forma de rogativas implorando la prevención de la epidemia, por la
intercesión de las imágenes de Nuestra Señora de la Antigua y San Roque (de
la Catedral), de Nuestra Señora de la Soledad (del colegio de San Pablo) o de
Nuestra Señora de las angustias (de su iglesia parroquial). Durante, con nuevas
procesiones de rogativa que suelen dirigirse al Hospital Real con imágenes como
las de Nuestra Señora del Rosario (del convento de Santa Cruz), de San
Francisco de Pula (del convento de la Victoria), de San Miguel (de su ermita),
del Santo Crucifijo de San Agustín y otras imágenes de Cristo y María, para
culminar con la procesión de las reliquias de San Juan de Dios. Tales rogativas
públicas llegarían a alcanzar una dimensión multitudinaria. Después, en fin,
con actos de acción de gracias como el presidido por el Ayuntamiento en la
Catedral o la manifestación del Santísimo en todas las iglesias y conventos.
Finalmente, la ciudad daba
por concluida la epidemia y se pregonaba la salud -el siempre esperado “bando
de salud”-, se disparaban salvas y se tremolaban blancas banderas, además de
concurrir a la pública acción de gracias. Eran las manifestaciones de júbilo
colectivo.
Desde el punto de vista de la
religiosidad popular, coyunturas como la descrita son oportunas para el
incremento del fervor y de la devoción, así como también par ala proliferación
de señales sobrenaturales. No faltaron en este caso: la estrella en la frente
de la Virgen del Rosario, presagio del final de la epidemia, declarado como
hecho milagroso por el arzobispo16, la epístola de San Miguel
ofreciendo su intercesión, o la paloma que voló alrededor del Cristo de San
Agustín, como anuncio de paz y salud.
La procesión del Cristo de
San Agustín durante la epidemia de 1679 tuvo lugar el día 5 de agosto y en
vista de su acción benefactora –la epidemia remitió en pocos días-, el
Ayuntamiento de la ciudad proclamó el Voto Solemne de Acción de Gracias, que
se renueva anualmente.
ROMANCE VERDADERO DONDE SE DA CUENTA
DE
LOS VARIOS EFECTOS QUE CAUSÓ LA CONTAGIOSA EPIDEMIA
EN
LA NOBILÍSIMA CIUDAD DE GRANDA, ESTE AÑO DE 1679.
COMPUESTO POR
FELIPE SANTIAGO ZAMORANO
Para copiar los
efectos
que acusó al rigurosa
epidemia, en la mejor
Granada que el sol Corona,
Invoco por mi
Talía
a la virgen
milagrosa
del Rosario,
porque así
sea de cuentas
mi obra.
Año de setenta
y nueve
en quien se vio
España toda
con el llanto
hasta los ojos,
y al hambre
hasta la boca.
Viendo la
heroyca Granada,
que en la
Andaluzía hermosa
del
contagioso accidente
muchas
Ciudades se tocan,
Padeciendo la
epidemia
Antequera la
famosa,
Málaga,
Motril y Vélez,
y otros
Lugares de Costa,
Hizo muchas
Rogativas,
pidiéndole a
dios por oras,
que el rigor
de su Justicia
bolviese en
misericordia.
En Procesión
General
sacaron con
mucha pompa
a la virgen
de la Antigua,
y a S. Roque
en su custodia.
Después de
la Compañía
de Jesús, N.
Señora
de la Soledad
fue a Gracia,
lo que en
Gracia siempre posa.
A la Iglesia
Mayor fue,
con grandeza magestuosa,
la Virgen de
las Angustias
llenado a el
alma de glorias.
En diferentes
Altares
con veneración
devota
rinden víctimas
a Dios,
dándole humo
de aromas.
Mas como son
nuestras culpas
tan graves,
no desenojan
a Dios, que
los Sacrificios
sin lágrimas
poco importan.
Y así por
castigo entró
el mal en
esta famosa
Ciudad, que
como Granada
se abrió
para su derrota.
La gente empeçó
a turbarse,
viendo que
muchas personas
morían con
las señales
de enfermedad
contagiosa.
A unos dan
landres, y a otros
granos
mortales, de forma
que abrasan
como veneno,
y matan como
ponçoña.
La ropa
muchos avientan
que en este
mar de congojas
es la gula
del nadar
no saber
guardar la ropa.
Allí
amanecen colchones,
aquí sábanas,
y otras
prendas, que
con lenguas mudas
fatal
contagio pregonan.
En las
puertas de los Templos
amanecen con
la Aurora
los muertos
de cinco en cinco
y de seys en
seys los doblan.
Todo es
clamor de campanas,
todo entierro
las Parrochias
y todo una
confusión,
que como la
muerte asombra.
El forastero
escriviendo
tanto horror
en su memoria
por tomar la
salvadera
pone pies en
polvorosa.
A las quintas
se retira
mucha gente
poderosa,
y es poner
puertas al campo
querer que el
mal no les corra.
Antes la
muerte les sigue
con más
rigor, y destroza
como ofendida
de que
con ella a
quintas se ponga.
Los ricos están
absortos,
los
jornaleros solloçan,
viendo que
para el trabajo
no ay quien
los llame ni coja.
Todo es
ansia, es todo pena
y a muchos
pobres ahoga
el hambre
siendo en su muerte
la necesidad
la soga.
Los Cavalleros, mirando
las
aflicciones penosas,
de noche para
los pobres
a vozes piden
limosna.
Llevando
todos capuchas
y campanillas
sonoras,
que tocando
se hazen lenguas,
porque a los
pobres socorran.
Todo es
llanto, todo es gritos
a media
noche, y a todas
las horas,
porque la muerte
ejecuta a
todas horas.
A ésta le
falta el marido,
aquél se
halla sin esposa,
el padre
llora a sus hijos,
y el niño
sin madre llora.
Unos huyen de
los otros
cargados de
juncia, y pomas
de enebro que
a los olfatos
darán con
vinagre y rosas.
El que compra
lo preciso
con escrúpulo
lo toma,
juzgando que
está apestado
aquel género
que compra.
Paró el
trato, y el comercio
cesó, con
que con sus joyas
e vido el
Zacatín mudo,
y la Alcaycería
sorda.
Ya no ay
quien salga a la Fuente
la Teja, ni
Dauro goza
Ninfas,
porque en su Carrera
la muerte
corre la porta.
La Dama se
está en su casa,
y el Galán
no va de ronda,
el noble no
anda a cavallo,
ni el Marqués
en su carroça.
El Oficial no
trabaja,
ni el
Mercader vende cosa,
con que a ser
biene el ahogo,
el paratodos
sin ojas.
Y siendo de
forasteros
Granada madre
amorosa,
ingratos
todos se guardan
de sus hijos,
con pistolas.
¡O Granada,
y qué afligida
te miro, Dios
te socorra,
pues toda
España te cierra
las puertas,
siendo una rosa!
Y teniendo en
cada tienda
obeliscos de
colonias,
y pirámides
de cintas,
con un cordón
se acongojan.
En el
Hospital Real
trató la
Ciudad heroyca
de curar a
los enfermos
con caridad
fervorosa.
Mostrando
piadosa zafa
el Corregidor
que informa
con buen
acuerdo al señor
Presidente
que le abona.
Decretando
cada día
con tanto
acierto las togas,
que pudieran
dar lecciones
a los Cónsules
de Roma.
Nombran Médicos
famosos
y cirujanos,
con otras
personas, que
a los enfermos
sirvan con
almas piadosas.
Donde ay de
todos regalos,
dulces, néctares
y pollas,
haziendo a
los más valientes
que con las
gallinas coman.
Con túnicas
carmesíes
los Doctores
pulsos toman,
y otros a las
venas pican,
porque la
sangre se corra.
De diferentes
Conventos
van
Religiosos, con prompta
voluntad, a
administrar
los
Sacramentos en forma.
Nuestro Rey
(que el Cielo guarde)
dio con mano
generosa
treynta mil
ducados, para
que al
desvalido socorran.
A D. Gabriel
Ruyz, Ilustre
Veinticuatro,
a quien corona
Vizcaya de
claros timbres,
Toledo de
excelsas glorias,
Míranlo en
su generoso
pecho,
prendas valerosas,
para que de
la Ciudad
sea fiel
Argos le nombran.
Y conduzca a
el Hospital
a el que
viere que lo postra
el achaque,
porque no
inficiones a
otras personas.
A la Ciudad
le da bueltas
D. Gabriel a
todas horas,
en un Vayo
tan ligero
que es onça,
con muchas onças.
Y a cuantos
enfermos halla
con caridad
prodigiosa
haze que en
sillas de manos
en el
Hospital los pongan.
Que como
sabe, discreto,
ser de las
Bulas preciosas
Tesorero,
también Noble
la caridad
atesora.
Llevándose
de Granada
por sus
acciones de loa
con el
popular aplauso
las
voluntades que rova.
El
Veinticuatro Salado,
por otra
parte, en la propia
diligencia,
en un Morcillo
vigilante no
reposa.
El jurado
Conejero
les imita, y
desta forma
a los malos
de los buenos
los aparta,
porque importa.
¡O
esclarecidos varones
el Cielo que
mira y nota
vuestro
heroyco proceder,
os dé en
premio una corona!
Crece el
accidente y viendo
que la muerte
a muchos postra
para echarlos
a el carnero,
a dos
abrieron las bocas.
Una mañana
amanecen
sesenta
difuntos y otra
setenta, sin
los que tienen
el Sepulcro
en las Parrochias.
Seys
Zirujanos fallecen
y un Médico,
con que apoyan
que pagaron
infinitas
que deven,
con una sola.
Cada uno por
instantes
está con el
alma absorta,
aguardando de
su vida
el fin en
funestas sombras.
A veynte y
quatro de Julio,
viendo la
tierra angustiosa
enojado a
Dios, tembló,
siendo el
hombre quien le enoja.
Enciéndese
el mal con ira
porque el
ayre a incendios toca,
y en
repetidos suspiros
Granada
intima congojas.
Buela el
cuidado al remedio
y con
diligencia toman
cinco carros,
que con ruedas
de mala
fortuna rodan.
En ellos a
los enfermos
llevan de sus
casas propias
al Hospital,
que en la gente
parece una
Babilonia.
Y formando un laverinto,
los que
sirven se equivocan,
y a el muerto
informan por vivo
y a el vivo
por muerto informan.
Pues saliendo
dos mugeres
del Hospital,
congojosas
hallaron a
sus maridos
desposados ya
con otras.
Pues en fe de
averles dicho
que murieron
sus esposas,
antes de
estrenar los lutos
celebraron
nuevas bodas.
Por allí va
un chirrión
de defuntos,
otro asoma
por la otra
calle que corre
al quemadero
con ropa.
Donde se
hazen ceniza,
camas, cogines, alfombras,
puntas,
galones, vestidos,
mantos y
telas costosas.
Arde la ropa
y más arde
el mal, y de
suerte soplan
los dos
incendios, que ya
Granada
parece Troya.
Allí arrojan
una capa,
aquí un jubón,
y a quien toma
algo desto,
dan doscientos,
y en tres en
tres los açotan.
Que es tal la
necesidad
que tienen,
que aunque conozcan
en que está
el tomar su daño,
se mueren por
lo que toman.
Allí están
cerrando puertas
con varretas,
aquí otras
las abren
para sacar
muertos que
el ayre inficionan.
En algunas
casas mueren
a tres y
a quatro personas,
y en otras a
diez y a doze,
y las que
escapan son pocas.
Muchas
familias fallezen
porque la
muerte espantosa,
inexorable, a
infinitos
rinde a su
cuchilla corba.
Tan hidrópica
de vidas
que parece,
según corta,
que no ay
vidas en Granada
para que en
un día sorba.
Para los huérfanos
niños
la ciudad dos
casa toma,
y con las
Amas les biene
el pecho a
pedir de boca.
A todo
convaleciente
visten, y
aunque más le adornan,
por estar en villarrasa,
no le biene a
pelo cosa.
D. Fr. Alonso
Bernardo
de los Ríos,
clara antorcha
de la
Iglesia, pues la rige
como su Arçobispo
de honras,
Hizo un
regalo a los pobres,
a quien el
mal aprisiona,
siendo
segundo Abraham
con caridad
generosa.
El
Veinticuatro Salcedo
con caridad
milagrosa
pródigo de
noche y de día,
hace a los
pobres limosnas.
A la Virgen
del Rosario,
en Proçesión
brilladora,
llevaron al
Hospital,
siendo rica y
poderosa.
Porque en su
divino rostro
se apareció
una graciosa
Estrella, con
que el achaque
se turba y
también se corta.
A S.
Francisco de Paula
llevaron con
rigurosas
penitencias
una noche
que el
Hospital tuvo glorias.
Al Arcángel
S. Miguel
consagró
cultos la honrosa
Ciudad,
porque en el Correo
halló una Epístola
docta,
Con la firma
del Arcángel,
en que le
asegura glorias,
si a él se
encomienda, y así
le rindió
holocaustos prompta.
Los muchachos
cada día
con luzes y
vanderolas
van al
Hospital llevando
a Cristo y N.
Señora.
Pidiéndole
en altas voces
a la Soberana
Aurora
del
Patrocinio, que alcance
de Jesús
misericordia.
De San Agustín
sacaron
un Cruzifijo
con honras,
cantándole
el Miserere
con altas
vozes sonoras.
Y en llegando
al Hospital,
una cándida
paloma
se apareció,
y como un ave
la Imagen
divina ronda,
Dando bueltas
a la Cruz
siendo la
animada pompa
cristalina de
las luzes
del agnus dei
mariposa.
Milagro fue y
cierto anuncio
de paz, pues
desde esta hora
Granada,
perdiendo sustos,
gana la salud que cobra.
Al Patriarca
San Juan
de Dios, que
ya lo coloca
la Iglesia
Canoniçado
por su
santidad heroyca,
Sacaron con
mucho aplauso,
música,
alboroço y gloria,
porque fue su
cuerpo mismo
el que
llevavan en forma.
Iba devaxo de
palio
en una caxa a
quien forra
el carmesí
terciopelo
y galones de
oro bordan.
Toda la
Ciudad alegre
como a
sagrado le adora,
que aunque en
la tierra fue lego,
ya en el
Cielo es de corna.
Iva con el
Patriarca
un manto de
aquella Aurora
que hace
oriente a Monserrate,
dando luz a
Barcelona.
Que D. Pedro
de Castilla,
que de
timbres se corona,
traxo a
Iliberia tal reliquia
con
reverencia y custodia.
Llegó al
Hospital S. Juan
y entró,
porque como consta,
se entra por
los Hospitales
como por su
casa propia.
Con cuyo
favor Granada
ánimos y
alientos cobra,
mucha es la
fe con que mira
al don de
Dios, se mejora.
Viernes a los
seys de Octubre
con clarines
y con trompas
se publicó
la salud
con que
Iliberia se alboroça.
Sábado
siguiente puso
tanta
artificial antorcha,
que hizieron
la noche día
las
luminarias vistosas.
Con alegría
la Alhambra,
viendo el
triunfo sin discordias,
disparó su
artillería,
con estruendo
que rimbomba.
El Domingo la
Ciudad
en la Iglesia
Mayor postra
en hazimiento
de gracias
a Dios, víctima
honorosa,
Celebrando el
Arçobispo
en fiesta tan
portentosa
Misa de
Pontifical
con Divinas
Ceremonias.
Brillando en
trono de luzes
el Verbum
caro en Custodia,
manifiesto en
la Matriz,
en Conventos
y Parrochias.
¡O Granada,
ya conozco
qué
felicidades gozas,
pues tus
llantos y pesares
en risa y
plazer transformas!
Pues Dios,
templando su enojo,
te da salud y
perdona,
por los
ruegos de la Virgen
y Santos a
quien adoras.
Tus hijos se
alegran viendo
que,
triunfante y vencedora,
en Torres y
Chapiteles
Vanderas
blancas tremolas.
Alégrate,
pues, Granada,
y de cándidas
garçotas
puebla la
región del viento,
publicando
tus victorias.
Y pues eres
centro noble
de Ingenios
que se remontan,
tan piadosa
como ilustre
y tan sabia
como heroyca.
De Felipe
Santiago
los muchos
yerros persona,
suponiendo
que no llega
donde el
deseo la obra.
NOTAS
1 AGUILAR PIÑAL, Francisco: Historia
de Sevilla. Siglo XVIII. Sevilla, 1982 (2". ed.), p.
298.
2
Cit. en SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ,
Francisco: La pobla- ción granadina del siglo XVII. Granada, 1989, p.
194.
3 Más ampliamente en SÁNCHEZ-MONTES
GONZÁLEZ, F., op. cit., pp.
237-242.
4
DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Antonio: El
Antiguo Régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias. Madrid,
1981 (8". ed.), p. 409. Ya en 1677, como premonición de nuevas desgracias
se vio sudar a la imagen de Ntra. Sra. del Rosario (en SZMOLKA CLARES, José:
"Historia de una bendita realidad. Datos para la hermandad", El Muñidor.
Boletín de la Muy Antigua, Real e Ilustre Hermandad Sacramental del Santísimo
Cristo de San Agustín, n°. 6, 1993).
5 GARZÓN PAREJA, Manuel: Historia
de Granada. Granada, 1980, vol. 1, p. 211. Según este autor, al
"contagio que sobrevino el año 1679... acudió con gran
desvelo".
6
GAN GlMÉNEZ, Pedro: La Real
Chancillería de Granada (1505-
1834). Granada,
1988, p. 337.
7 ECHEVERRÍA, Juan de: Paseos
por Granada y sus contornos... Granada, 1814, vol. D, p. 412.
8
Algunas estrofas, aproximadamente
un tercio del poema que se inserta al final de este capítulo, fueron publicadas
ya en SANZ SAMPELA YO, Juan: Granada en el siglo XVIII. Granada, 1980,
pp. 247-250, especialmente las relativas a los efectos de la epidemia ya los
medios para combatirla.
9 RABASCO V ALDÉS, José M.:
"Un caso de aplicación de los registros parroquiales: Granada y la
epidemia, 1640-1700", en Actas de las 1 Jornadas de Metodología
Aplicada de las Ciencias Históricas. Santiago de Compostela, 1975, vol.
111, pp. 301 Y 308.
10 En OROZCO PARDO, José Luis: Christianópolis:
Urbanismo y Contrarreforma en la Granada del Seiscientos. Granada,
1985, p. 165.
11 KAMEN, Henry: La España de
Carlos 11. Barcelona, 1981, p. 91.
12
Citado en RABASCO V ALDÉS, J.
M., op. cit., p. 308. .
13
Fue de 30.000 ducados, entregados
a la Junta de Salud en 1679 (SANCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, F., op. cit.,p. 235).
-
14
SANZ SAMPELAYO, J., op. cit., p.
250.
15 Según testimonio citado por SANZ
SAMPELA YO, J., op. cit., p. 250. 16 CRESPO,
Manuel: La Virgen de Lepanto. Granada, 1970, p. 40. Vid. detenidamente
en SANCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, Francisco: "El milagro de la: Virgen de la
Estrella: un apunte sobre la devoción granadina en el siglo XVD", en Gremios,
hermandades y cofradías. Una aproximación científica al asociacionismo
profesional y religioso en la Historia de Andalucía. San Fernando,
1992, vol. 1, pp. 171-177.