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LA EPIDEMIA DE PESTE DE 1679

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MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ

nesperados acontecimientos naturales, riadas, terremotos, epidemias o carestías de trigo, a los que habría que sumar los efectos de las guerras, alteraban con frecuencia el pulso cotidiano de una ciudad durante el Antiguo Régimen. Entre todos ellos, sobresale, sin duda, la peste, cuya aparición sumía a la ciudad en el dolor, el lamento y la desesperación. Entonces, ojos, mentes, bocas y corazones se volvían hacia dios, como “angustiada manifestación de un pueblo que se siente impotente ante la desgracias y clama al cielo, en oraciones multitudinaria, pidiendo la intervención divina para domeñar una naturaleza adversa”1.
Según K. Helleiner, durante la Edad Moderna “la peste conservó su rango como peor homicida”2. Tan poco conocida hoy como tristemente famosa entonces, la peste era la más virulenta de esas epidemias. En distintas ocasiones sorprendió la peste a España durante esa centuria, destacando tres epidemias generales : 1598-1602, 1647-1652 y 1676-1685.
Concretamente en la ciudad de Granda, sus efectos se dejaron sentir hacia 1600-1602, 1647-1649 y 1678-1679. Sin duda esta última fue la más virulenta, constituyendo Granada una especie de “epicentro” de la misma. En 1679, por ejemplo, se alcanzó el índice de entierros más elevado de todo el siglo3. en ella nos detendremos ahora por guardar tan estrecha relación con la devoción y la Hermanad del Santísimo Cristo de San Agustín.
Eran tiempos difíciles para la monarquía hispana, que acababa de encontrar un leve respiro en el panorama exterior tras la paz con Francia y la pérdida del Franco Condado (Nimega, 1678), a la vez que el valimiento de don Juan José de Austria se eclipsaba en medio de una crisis económica que obligó a la drástica reducción del valor de la moneda de vellón en 1680. Las cosechas conocían grandes mermas, sujetas a fluctuaciones extremas; la de 1677 fue pésima por exceso de lluvias, la de 1678 aún peor, por falta de las mismas, ya que, según un cronista, “los campos no criaron más que hierba”4.
En Granada, superados los graves disturbios de 1648, que tenían en su base la escasez y especulación del precio del trigo, la ciudad había recuperado la calma y la economía parecía atisbar mejores perspectivas. En 1679 era corregidor de la ciudad don Pedro de Torres Maraber y Silva5, presidente de la Chancillería don José Antonio de la Serna6 y arzobispo de Granada don Alonso Bernardo de los Ríos y guzmán, granadino de nacimiento, quien sobresalió durante la epidemia –al año siguiente de su toma de posesión- por “los desvelos con que procuró por todos los medios imaginables el alivio de sus afligidas ovejas”7. Todos ellos fueron, por tanto, protagonistas en tan dramático acontecimiento.
A la cruda realidad de la ciudad “contagiada” nos acercamos de la mano, o por mejor decir de los versos, de Felipe Santiago Zamorano8. Con una composición poética en romance, a veces monótona, nos ha dejado una valiosa descripción de esos angustiosos momentos. Este “Romance verdadero” no es una joya literaria, pero sí un testimonio histórico de primera magnitud y por esta razón despierta nuestro interés. La epidemia llegó a Granada en el mes de mayo de 1678, produciendo una gran mortandad que alcanzó su culmen en agosto de ese año, rebrotó pasado el mes de septiembre y nuevamente en enero de 1679 y en mayo de ese año9, con nueva intensidad, para concluir, como indica el poeta en el mes de octubre.
La obra ha de leerse atendiendo a una doble clave; dramatismo y providencialismo, dos categorías que, con perfiles más o menos nítidos, debieron rondar las mentes de los granadinos en aquellos momentos. Catástrofes colectivas y voluntad divina son inseparables en la mentalidad española del Antiguo Régimen. La fe es el refugio en todos los momentos difíciles.
El pueblo se dirige a las imágenes sagradas, vehículos de la intersección divina, cuya fama proclamaba la devoción de los fieles y la predicación de los frailes, que tanto abundaron en Granada y que así pregonó el poeta Pedro de Antequera: “Dios te guarde Granada, Religiosos / conventos te autorizan principales, / Que su instituto guardan fervorosos, / Mendicantes, Descalzos, Monacales, / Monasterios de Vírgenes copiosos, / Que en pureza superan las Vestales”10.
Como castigo de “nuestras culpas” entró la epidemia en la ciudad, nos dice el poeta, y como don divino –salud y perdón-, “templado su enojo”, salió de ella. Entretanto un mar de desolación, en nada atemperado por Zamorano; Síntomas como de veneno o ponzoña, quema de ropas, hacinamiento de cadáveres a las puertas de las parroquias, falta de trabajo, colapso del comercio, destrucción de familias, fosas comunes..., son negros presagios que dejan “el alma absorta, aguardando de su vida el fin en funestas sombras”.
Compañera de viaje de la guerra y sobre todo del hambre, la epidemia solía venir acompañada de malas cosechas; “la mala alimentación y ciertas condiciones domésticas de carestía de agua y falta de higiene era el contexto ideal para el contagio”11. La presencia de la peste siempre era más temida por las gentes humildes. El hambre era la “soga” para el pobre ya condenado por la epidemia. La enfermedad no perdonaba a los ricos, pero éstos se retiraban a sus casas de campo, donde los efectos de la epidemia eran más atenuados. El pobre, sin embargo, permanecía inmóvil, sin trabajo que realizar y sin alimento para comer, en el ojo del huracán.
La necesidad le conducía incluso a tomar los tejidos infestados y condenados al fuego, lo que se castigaba con doscientos azotes, pues “aunque conozcan en que está el tomar su daño, se mueren por lo que toman” De hecho, la mortalidad fue mayor en los barrios de población más popular y según un autor contemporáneo el efecto “se experimentó más en hornos y casas de vecindad, en gente pobre y mal alimentada, de los cuales murieron muchos”12. La epidemia afectó a casi una quinta parte de la población de la ciudad.
La sociedad del Antiguo Régimen tenía sus propios mecanismos de defensa en estos casos, tratando de aminorar los efectos de la catástrofe y de paliar las situaciones de injusticia. Tales mecanismos se traducen en el comportamiento caritativo y ejemplar de ciertas autoridades locales y en general de personas nobles, con el rey a la cabeza con un generoso donativo13. Zamorano nos dibuja a los caballeros granadinos pidiendo limosna para los más necesitados y recuerda la actitud decidida del edil don Gabriel Ruiz, que recorría la ciudad recogiendo a los enfermos, o el veinticuatro Salado, o el jurado Conejero o las pródigas limosnas del regidor Salcedo. Mientras el corregidor y el presidente de la Chancillería adoptaban medidas de urgencia, el arzobispo repartía abundantes limosnas entre los pobres. Medidas, por lo general, “ineficaces por su precipitación y la carencia de medios con que se plantean”14.
Un éxito escaso tenían, sin duda, las prevenciones médicas –cordón sanitario, que se describe en distintas obras médicas de la época- , incapaces de erradicar la enfermedad en sí y encaminadas a evitar el contagio y por tanto la expansión de la misma: quema de prendas de ajuar y vestido, purificación del aire con la combustión de maderas olorosas, contrato de médicos y cirujanos y creación de hospitales eventuales, atención a los alimentos, sangrías, separación de los enfermos de sus familias, salida de los cadáveres fuera de la ciudad, aislamiento de la misma, etc...
El aislamiento de la ciudad bajo una estricta vigilancia, la imposición de la cuarentena y la eliminación de los cadáveres, por el peligro de descomposición –“los muertos se conducen por la noche a darles sepultura en parajes donde nunca se haya enterrado y se hacen las sepulturas profundas, echando encima cal”15- , eran las medidas más urgentes y efectivas. La celeridad en los entierros era crucial, por lo que se agolpaban los cadáveres a las puertas de los templos.
Todo parece caos y confusión. La ciudad es un “laberinto”, en el que se conjuga el tañer de las campanas con las voces pidiendo limosna o los bandos municipales. La actividad era también incesante para clérigos y frailes, los que quedaban en la ciudad, atentos a dispensar la unción de enfermos y a oficiar entierros. Entre tanta desgracia, todavía es capaz el poeta de hacer alguna burla, anécdota curiosa que nace de la conmoción general y de las noticias confusas, como la del aquellos dos varones que, mal informados de la muerte de sus esposas, “antes de estrenar los lutos celebraron nuevas bodas”.
Tres son, pues, en opinión del poeta los medios para combatir la epidemia: la actitud ejemplar de los poderosos, la aplicación de ciertas “medidas sanitarias” y la providencia divina. Para él, las dos primeras auxiliaban y suavizaban la situación, la última era el único medio para atajarla y anularla. Las dos primeras trataban de sofocar los efectos (la enfermedad); la segunda atacaba la supuesta raíz del mal (la culpa del hombre). La “ira divina” fue en ascenso hasta el terremoto del día 24 de julio. Es el momento más dramático; desde entonces los ojos se ponen en dios, hasta hacer conmover su misericordia. Este es el mensaje profundo que se desprende del poema de Zamorano.
Por eso concede gran importancia a la mediación divina, antes, durante y después de la epidemia. Antes, en forma de rogativas implorando la prevención de la epidemia, por la intercesión de las imágenes de Nuestra Señora de la Antigua y San Roque (de la Catedral), de Nuestra Señora de la Soledad (del colegio de San Pablo) o de Nuestra Señora de las angustias (de su iglesia parroquial). Durante, con nuevas procesiones de rogativa que suelen dirigirse al Hospital Real con imágenes como las de Nuestra Señora del Rosario (del convento de Santa Cruz), de San Francisco de Pula (del convento de la Victoria), de San Miguel (de su ermita), del Santo Crucifijo de San Agustín y otras imágenes de Cristo y María, para culminar con la procesión de las reliquias de San Juan de Dios. Tales rogativas públicas llegarían a alcanzar una dimensión multitudinaria. Después, en fin, con actos de acción de gracias como el presidido por el Ayuntamiento en la Catedral o la manifestación del Santísimo en todas las iglesias y conventos.
Finalmente, la ciudad daba por concluida la epidemia y se pregonaba la salud -el siempre esperado “bando de salud”-, se disparaban salvas y se tremolaban blancas banderas, además de concurrir a la pública acción de gracias. Eran las manifestaciones de júbilo colectivo.
Desde el punto de vista de la religiosidad popular, coyunturas como la descrita son oportunas para el incremento del fervor y de la devoción, así como también par ala proliferación de señales sobrenaturales. No faltaron en este caso: la estrella en la frente de la Virgen del Rosario, presagio del final de la epidemia, declarado como hecho milagroso por el arzobispo16, la epístola de San Miguel ofreciendo su intercesión, o la paloma que voló alrededor del Cristo de San Agustín, como anuncio de paz y salud.
La procesión del Cristo de San Agustín durante la epidemia de 1679 tuvo lugar el día 5 de agosto y en vista de su acción benefactora –la epidemia remitió en pocos días-, el Ayuntamiento de la ciudad proclamó el Voto Solemne de Acción de Gracias, que se renueva anualmente.

   

 

ROMANCE VERDADERO DONDE SE DA CUENTA
DE LOS VARIOS EFECTOS QUE CAUSÓ LA CONTAGIOSA EPIDEMIA
EN LA NOBILÍSIMA CIUDAD DE GRANDA, ESTE AÑO DE 1679.

  COMPUESTO POR FELIPE SANTIAGO ZAMORANO

   

Para copiar los efectos
que acusó al rigurosa
epidemia, en la mejor
Granada que el sol Corona,

  Invoco por mi Talía
a la virgen milagrosa
del Rosario, porque así
sea de cuentas mi obra.

Año de setenta y nueve
en quien se vio España toda
con el llanto hasta los ojos,
y al hambre hasta la boca.

  Viendo la heroyca Granada,
que en la Andaluzía hermosa
del contagioso accidente
muchas Ciudades se tocan,

  Padeciendo la epidemia
Antequera la famosa,
Málaga, Motril y Vélez,
y otros Lugares de Costa,

  Hizo muchas Rogativas,
pidiéndole a dios por oras,
que el rigor de su Justicia
bolviese en misericordia.

  En Procesión General
sacaron con mucha pompa
a la virgen de la Antigua,
y a S. Roque en su custodia.

  Después de la Compañía
de Jesús, N. Señora
de la Soledad fue a Gracia,
lo que en Gracia siempre posa.

  A la Iglesia Mayor fue,
con grandeza magestuosa,
la Virgen de las Angustias
llenado a el alma de glorias.

En diferentes Altares
con veneración devota
rinden víctimas a Dios,
dándole humo de aromas.

  Mas como son nuestras culpas
tan graves, no desenojan
a Dios, que los Sacrificios
sin lágrimas poco importan.

  Y así por castigo entró
el mal en esta famosa
Ciudad, que como Granada
se abrió para su derrota.

  La gente empeçó a turbarse,
viendo que muchas personas
morían con las señales
de enfermedad contagiosa.

   
A unos dan landres, y a otros
granos mortales, de forma
que abrasan como veneno,
y matan como ponçoña.

  La ropa muchos avientan
que en este mar de congojas
es la gula del nadar
no saber guardar la ropa.

  Allí amanecen colchones,
aquí sábanas, y otras
prendas, que con lenguas mudas
fatal contagio pregonan.

  En las puertas de los Templos
amanecen con la Aurora
los muertos de cinco en cinco
y de seys en seys los doblan.

  Todo es clamor de campanas,
todo entierro las Parrochias
y todo una confusión,
que como la muerte asombra.

El forastero escriviendo
tanto horror en su memoria
por tomar la salvadera
pone pies en polvorosa.

  A las quintas se retira
mucha gente poderosa,
y es poner puertas al campo
querer que el mal no les corra.

  Antes la muerte les sigue
con más rigor, y destroza
como ofendida de que
con ella a quintas se ponga.

  Los ricos están absortos,
los jornaleros solloçan,
viendo que para el trabajo
no ay quien los llame ni coja.

  Todo es ansia, es todo pena
y a muchos pobres ahoga
el hambre siendo en su muerte
la necesidad la soga.

  Los Cavalleros, mirando
las aflicciones penosas,
de noche para los pobres
a vozes piden limosna.

  Llevando todos capuchas
y campanillas sonoras,
que tocando se hazen lenguas,
porque a los pobres socorran.

  Todo es llanto, todo es gritos
a media noche, y a todas
las horas, porque la muerte
ejecuta a todas horas.

  A ésta le falta el marido,
aquél se halla sin esposa,
el padre llora a sus hijos,
y el niño sin madre llora.

  Unos huyen de los otros
cargados de juncia, y pomas
de enebro que a los olfatos
darán con vinagre y rosas.

  El que compra lo preciso
con escrúpulo lo toma,
juzgando que está apestado
aquel género que compra.

  Paró el trato, y el comercio
cesó, con que con sus joyas
e vido el Zacatín mudo,
y la Alcaycería sorda.

  Ya no ay quien salga a la Fuente
la Teja, ni Dauro goza
Ninfas, porque en su Carrera
la muerte corre la porta.

  La Dama se está en su casa,
y el Galán no va de ronda,
el noble no anda a cavallo,
ni el Marqués en su carroça.

  El Oficial no trabaja,
ni el Mercader vende cosa,
con que a ser biene el ahogo,
el paratodos sin ojas.

  Y siendo de forasteros
Granada madre amorosa,
ingratos todos se guardan
de sus hijos, con pistolas.

  ¡O Granada, y qué afligida
te miro, Dios te socorra,
pues toda España te cierra
las puertas, siendo una rosa!

  Y teniendo en cada tienda
obeliscos de colonias,
y pirámides de cintas,
con un cordón se acongojan.

  En el Hospital Real
trató la Ciudad heroyca
de curar a los enfermos
con caridad fervorosa.

  Mostrando piadosa zafa
el Corregidor que informa
con buen acuerdo al señor
Presidente que le abona.

  Decretando cada día
con tanto acierto las togas,
que pudieran dar lecciones
a los Cónsules de Roma.

Nombran Médicos famosos
y cirujanos, con otras
personas, que a los enfermos
sirvan con almas piadosas.

  Donde ay de todos regalos,
dulces, néctares y pollas,
haziendo a los más valientes
que con las gallinas coman.

  Con túnicas carmesíes
los Doctores pulsos toman,
y otros a las venas pican,
porque la sangre se corra.

  De diferentes Conventos
van Religiosos, con prompta
voluntad, a administrar
los Sacramentos en forma.

  Nuestro Rey (que el Cielo guarde)
dio con mano generosa
treynta mil ducados, para
que al desvalido socorran.

  A D. Gabriel Ruyz, Ilustre
Veinticuatro, a quien corona
Vizcaya de claros timbres,
Toledo de excelsas glorias,

  Míranlo en su generoso
pecho, prendas valerosas,
para que de la Ciudad
sea fiel Argos le nombran.

  Y conduzca a el Hospital
a el que viere que lo postra
el achaque, porque no
inficiones a otras personas.

  A la Ciudad le da bueltas
D. Gabriel a todas horas,
en un Vayo tan ligero
que es onça, con muchas onças.

  Y a cuantos enfermos halla
con caridad prodigiosa
haze que en sillas de manos
en el Hospital los pongan.

  Que como sabe, discreto,
ser de las Bulas preciosas
Tesorero, también Noble
la caridad atesora.

  Llevándose de Granada
por sus acciones de loa
con el popular aplauso
las voluntades que rova.

  El Veinticuatro Salado,
por otra parte, en la propia
diligencia, en un Morcillo
vigilante no reposa.

  El jurado Conejero
les imita, y desta forma
a los malos de los buenos
los aparta, porque importa.

  ¡O esclarecidos varones
el Cielo que mira y nota
vuestro heroyco proceder,
os dé en premio una corona!

  Crece el accidente y viendo
que la muerte a muchos postra
para echarlos a el carnero,
a dos abrieron las bocas.

  Una mañana amanecen
sesenta difuntos y otra
setenta, sin los que tienen
el Sepulcro en las Parrochias.

  Seys Zirujanos fallecen
y un Médico, con que apoyan
que pagaron infinitas
que deven, con una sola.

  Cada uno por instantes
está con el alma absorta,
aguardando de su vida
el fin en funestas sombras.

  A veynte y quatro de Julio,
viendo la tierra angustiosa
enojado a Dios, tembló,
siendo el hombre quien le enoja.

  Enciéndese el mal con ira
porque el ayre a incendios toca,
y en repetidos suspiros
Granada intima congojas.

  Buela el cuidado al remedio
y con diligencia toman
cinco carros, que con ruedas
de mala fortuna rodan.

  En ellos a los enfermos
llevan de sus casas propias
al Hospital, que en la gente
parece una Babilonia.

  Y formando un laverinto,
los que sirven se equivocan,
y a el muerto informan por vivo
y a el vivo por muerto informan.

  Pues saliendo dos mugeres
del Hospital, congojosas
hallaron a sus maridos
desposados ya con otras.

  Pues en fe de averles dicho
que murieron sus esposas,
antes de estrenar los lutos
celebraron nuevas bodas.

  Por allí va un chirrión
de defuntos, otro asoma
por la otra calle que corre
al quemadero con ropa.

  Donde se hazen ceniza,
camas, cogines, alfombras,
puntas, galones, vestidos,
mantos y telas costosas.

  Arde la ropa y más arde
el mal, y de suerte soplan
los dos incendios, que ya
Granada parece Troya.

  Allí arrojan una capa,
aquí un jubón, y a quien toma
algo desto, dan doscientos,
y en tres en tres los açotan.

  Que es tal la necesidad
que tienen, que aunque conozcan
en que está el tomar su daño,
se mueren por lo que toman.

  Allí están cerrando puertas
con varretas, aquí otras
las abren para sacar
muertos que el ayre inficionan.

  En algunas casas mueren
a tres y  a quatro personas,
y en otras a diez y a doze,
y las que escapan son pocas.

  Muchas familias fallezen
porque la muerte espantosa,
inexorable, a infinitos
rinde a su cuchilla corba.

  Tan hidrópica de vidas
que parece, según corta,
que no ay vidas en Granada
para que en un día sorba.

  Para los huérfanos niños
la ciudad dos casa toma,
y con las Amas les biene
el pecho a pedir de boca.

  A todo convaleciente
visten, y aunque más le adornan,
por estar en villarrasa,
no le biene a pelo cosa.

  D. Fr. Alonso Bernardo
de los Ríos, clara antorcha
de la Iglesia, pues la rige
como su Arçobispo de honras,

  Hizo un regalo a los pobres,
a quien el mal aprisiona,
siendo segundo Abraham
con caridad generosa.

  El Veinticuatro Salcedo
con caridad milagrosa
pródigo de noche y de día,
hace a los pobres limosnas.

  A la Virgen del Rosario,
en Proçesión brilladora,
llevaron al Hospital,
siendo rica y poderosa.

  Porque en su divino rostro
se apareció una graciosa
Estrella, con que el achaque
se turba y también se corta.

  A S. Francisco de Paula
llevaron con rigurosas
penitencias una noche
que el Hospital tuvo glorias.

  Al Arcángel S. Miguel
consagró cultos la honrosa
Ciudad, porque en el Correo
halló una Epístola docta,

  Con la firma del Arcángel,
en que le asegura glorias,
si a él se encomienda, y así
le rindió holocaustos prompta.

  Los muchachos cada día
con luzes y vanderolas
van al Hospital llevando
a Cristo y N. Señora.

  Pidiéndole en altas voces
a la Soberana Aurora
del Patrocinio, que alcance
de Jesús misericordia.

  De San Agustín sacaron
un Cruzifijo con honras,
cantándole el Miserere
con altas vozes sonoras.

  Y en llegando al Hospital,
una cándida paloma
se apareció, y como un ave
la Imagen divina ronda,

  Dando bueltas a la Cruz
siendo la animada pompa
cristalina de las luzes
del agnus dei mariposa.

  Milagro fue y cierto anuncio
de paz, pues desde esta hora
Granada, perdiendo sustos,
gana la salud que cobra.

  Al Patriarca San Juan
de Dios, que ya lo coloca
la Iglesia Canoniçado
por su santidad heroyca,

  Sacaron con mucho aplauso,
música, alboroço y gloria,
porque fue su cuerpo mismo
el que llevavan en forma.

  Iba devaxo de palio
en una caxa a quien forra
el carmesí terciopelo
y galones de oro bordan.

  Toda la Ciudad alegre
como a sagrado le adora,
que aunque en la tierra fue lego,
ya en el Cielo es de corna.

  Iva con el Patriarca
un manto de aquella Aurora
que hace oriente a Monserrate,
dando luz a Barcelona.

  Que D. Pedro de Castilla,
que de timbres se corona,
traxo a Iliberia tal reliquia
con reverencia y custodia.

  Llegó al Hospital S. Juan
y entró, porque como consta,
se entra por los Hospitales
como por su casa propia.

  Con cuyo favor Granada
ánimos y alientos cobra,
mucha es la fe con que mira
al don de Dios, se mejora.

  Viernes a los seys de Octubre
con clarines y con trompas
se publicó la salud
con que Iliberia se alboroça.

  Sábado siguiente puso
tanta artificial antorcha,
que hizieron la noche día
las luminarias vistosas.

  Con alegría la Alhambra,
viendo el triunfo sin discordias,
disparó su artillería,
con estruendo que rimbomba.

  El Domingo la Ciudad
en la Iglesia Mayor postra
en hazimiento de gracias
a Dios, víctima honorosa,

  Celebrando el Arçobispo
en fiesta tan portentosa
Misa de Pontifical
con Divinas Ceremonias.

  Brillando en trono de luzes
el Verbum caro en Custodia,
manifiesto en la Matriz,
en Conventos y Parrochias.

  ¡O Granada, ya conozco
qué felicidades gozas,
pues tus llantos y pesares
en risa y plazer transformas!

  Pues Dios, templando su enojo,
te da salud y perdona,
por los ruegos de la Virgen
y Santos a quien adoras.

  Tus hijos se alegran viendo
que, triunfante y vencedora,
en Torres y Chapiteles
Vanderas blancas tremolas.

  Alégrate, pues, Granada,
y de cándidas garçotas
puebla la región del viento,
publicando tus victorias.

  Y pues eres centro noble
de Ingenios que se remontan,
tan piadosa como ilustre
y tan sabia como heroyca.

  De Felipe Santiago
los muchos yerros persona,
suponiendo que no llega
donde el deseo la obra.

 

 

NOTAS

1 AGUILAR PIÑAL, Francisco: Historia de Sevilla. Siglo XVIII. Sevilla, 1982 (2". ed.), p. 298. 
2 Cit. en SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, Francisco: La pobla- ción granadina del siglo XVII. Granada, 1989, p. 194. 
3 Más ampliamente en SÁNCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, F., op. cit., pp. 237-242. 
4 DOMÍNGUEZ ORTÍZ, Antonio: El Antiguo Régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias. Madrid, 1981 (8". ed.), p. 409. Ya en 1677, como premonición de nuevas desgracias se vio sudar a la imagen de Ntra. Sra. del Rosario (en SZMOLKA CLARES, José: "Historia de una bendita realidad. Datos para la hermandad", El Muñidor. Boletín de la Muy Antigua, Real e Ilustre Hermandad Sacramental del Santísimo Cristo de San Agustín, n°. 6, 1993). 
5 GARZÓN PAREJA, Manuel: Historia de Granada. Granada, 1980, vol. 1, p. 211. Según este autor, al "contagio que sobrevino el año 1679... acudió con gran desvelo". 
6 GAN GlMÉNEZ, Pedro: La Real Chancillería de Granada (1505- 1834). Granada, 1988, p. 337. 
7 ECHEVERRÍA, Juan de: Paseos por Granada y sus contornos... Granada, 1814, vol. D, p. 412. 
8 Algunas estrofas, aproximadamente un tercio del poema que se inserta al final de este capítulo, fueron publicadas ya en SANZ SAMPELA YO, Juan: Granada en el siglo XVIII. Granada, 1980, pp. 247-250, especialmente las relativas a los efectos de la epidemia ya los medios para combatirla. 
9 RABASCO V ALDÉS, José M.: "Un caso de aplicación de los registros parroquiales: Granada y la epidemia, 1640-1700", en Actas de las 1 Jornadas de Metodología Aplicada de las Ciencias Históricas. Santiago de Compostela, 1975, vol. 111, pp. 301 Y 308. 
10 En OROZCO PARDO, José Luis: Christianópolis: Urbanismo y Contrarreforma en la Granada del Seiscientos. Granada, 1985, p. 165. 
11 KAMEN, Henry: La España de Carlos 11. Barcelona, 1981, p. 91. 
12 Citado en RABASCO V ALDÉS, J. M., op. cit., p. 308.
13 Fue de 30.000 ducados, entregados a la Junta de Salud en 1679 (SANCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, F., op. cit.,p. 235). - 
14 SANZ SAMPELAYO, J., op. cit., p. 250. 
15 Según testimonio citado por SANZ SAMPELA YO, J., op. cit., p. 250. 16 CRESPO, Manuel: La Virgen de Lepanto. Granada, 1970, p. 40. Vid. detenidamente en SANCHEZ-MONTES GONZÁLEZ, Francisco: "El milagro de la: Virgen de la Estrella: un apunte sobre la devoción granadina en el siglo XVD", en Gremios, hermandades y cofradías. Una aproximación científica al asociacionismo profesional y religioso en la Historia de Andalucía. San Fernando, 1992, vol. 1, pp. 171-177.    

 

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