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UN
CRUCIFICADO ITALIANO EN ESPAÑA
EL CRISTO DE SAN AGUSTÍN DE GRANADA |
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| JUAN JESÚS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ. |
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| Separata de ACADEMIA |
| Boletín de la Real Academia de
Bellas Artes de San Fernando |
| Núm. 84 Primer Semestre de 1997 |
| Madrid 1997 |
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a
imagen del Santísimo Cristo de San Agustín, atribuida a Jacobo
Florentino, constituye un importante hito devocional e iconográfico en el arte
granadino. En el marco de la dotación iconográfica que requiere el proceso de
cristianización de la ciudad, tras la conquista por las tropas castellanas,
esta imagen supone, por una parte, uno de los más importantes núcleos de
devoción de la Granada moderna, en estrecha conexión con la devoción al
Crucificado de la orden agustina (Cristo de Burgos) y, por otra, un
referente plástico a cargo de un artista toscano que posee una sorprendente
adaptación a la sensibilidad hispana. Concretamente, en el caso del tema del
Crucificado, esta imagen representa una de sus primeras plasmaciones en Granada
y apunta el equilibrio y contención clásicos, hondamente sentidos, que
caracterizarán a las imágenes de tema de Pasión en esta es- cuela... En el
marco de la escultura española del Renacimiento esta imagen recrea interesantes
modelos italianos y refuerza los lazos estilísticos con aquel país en el
interesante capítulo de la escultura en madera policromada, que cuenta con un
notabilísimo desarrollo entre nosotros, partiendo en ambos casos de
experiencias plásticas centroeuropeas.
JACOBO
FLORENTINO: ARQUITECTO, PINTOR Y ESCULTOR
Las
escasas noticias que ofrece Vasari constituyen el grueso de lo que conocemos
acerca del discurrir vital de este artista en su Italia natal. Jacopo Torni nació
en Florencia en 1476, hijo de un panadero, llamado Lazaro di Pietro. Su formación
no es del todo conocida, aunque sí sabemos que a finales del siglo XV ya se
encontraba en Roma, trabajando con el Pinturicchio, quizás en los grotescos del
castillo de Sant' Angelo, como apunta Gómez- Moreno (1), pudiendo también
acompañarle en la decoración de los apartamentos Borgia del Vaticano. En el
taller de Domenico Ghirlandaio coincide con Miguel Ángel, quien, más tarde, lo
llamará a colaborar con él en los frescos de la Capilla Sixtina, probablemente
entre 1508 y 1512.
Vasari le atribuye buenas cualidades artísticas como dibujante e incluso
declara poseer dibujos suyos. Insiste en mostramos un hombre de carácter alegre
y abierto pero holgazán y perezoso, que caía en gracia a Buonarroti por sus
continuas ocurrencias ("bastaría decir que fue un charlatán tan agradable
como enemigo de trabajar y de pintar", escribe). Conocemos, además, una
descripción física que hace su hijo, Lázaro de Velasco, en 1563: "hombre
alto, enxuto, cenceño, rubio y blanco" (2). Sin embargo, su amistad con
Buonarroti se vio bruscamente truncada, seguramente por el carácter
temperamental de éste. De cualquier forma, su calidad artística queda probada
en la colaboración en un encargo de tan alto empeño. Por otra parte, el
trabajo con el Pinturicchio y con Miguel Ángel 'explicará algunos rasgos de
las obras hispanas de este artista toscano.
Sobre la producción artística de Jacopo Torni en su tierra natal, a las obras
ya referidas añade Vasari unos frescos en las iglesias romanas de S. Agustín y
la Sta. Trinidad de Roma, más una tabla de altar para la primera, todo ello
perdido. Las atribuciones las completan Venturi, quien apunta la posibilidad de
su intervención en la figura de la «Dialéctica» en los apartamentos Borgia
(3), y Gómez-Moreno que cree Reconocer su mano en los adornos en talla de las
puertas del baptisterio de Pistoia, fechadas en 1513(4).
Según el testimonio de su hijo, Jacobo Torni vino a España en 1520, atraído,
sin duda, por las iniciativas artísticas imperiales; que concentraban a artífices
de toda Europa. Conocida es la trascendental repercusión del programa
conmemorativo de la monarquía imperial que Carlos V dejó comenzado en Granada,
constituyéndose en tomo a él un núcleo de artistas, cuya esencial aportación
supone la revisión desde presupuestos humanistas de la producción artística
española. Para el concreto panorama granadino, produce diversos hitos, como es
la imagen que nos ocupa, que en el futuro constituyen lecciones artísticas de
permanente presencia.
Jacobo llega ya como artista plenamente formado, conocedor de los modelos clásicos
y sus derivaciones en Italia, iniciando en el solar hispano una incesante
actividad –bruscamente interrumpida por su temprana muerte en 1526- que
contradice la despreocupación y haraganería con que le caracteriza Vasari. Sus
labores se aplican tanto al campo de la arquitectura, como de la escultura y la
pintura, siendo mencionado en los documentos con más frecuencia en la condición
de esto último. Su principal sabiduría se desarrolla en el diseño, que
es la fuente de sus conocimientos arquitectónicos, en una generación de
arquitectos que eran ya más artistas que canteros; demostrará sus habilidades
en elegantes labores ornamentales que hacen del decorativismo una de las
constantes de sus proyectos. A ello se añade su instintivo apego a la forma plástica,
como se observa en las esculturas que se le adjudican.
Pudo venir directamente a Granada o pasar antes por Jaén, en donde conoció a
su futuro suegro, el entallador Juan López de Velasco -que había trabajado en
Granada entre 1508 y 1513- y a Pedro Machuca, que pintaba por aquellas fechas el
retablo de la Virgen de la Consolación en la Catedral (5). Jacobo aparece
documentado en la Capilla Real desde el mes de octubre de 1520, iniciando una
frenética actividad. Proporciona muestras para la decoración de las cajas de
órganos (perdidas) y concurre en unión del cantero Sebastián de Alcántara a
la puja por la adjudicación de los antepechos y balaustrada del altar mayor,
realizados a la postre por Francisco Florentín. Ya en 1521 diseñaba los
cajones de la sacristía, con motivos de taracea, una reja igualmente para la
sacristía -reflejo de la de Mino da Fiesole en la Sixtina- y contrata el
retablo de la Santa Cruz -que no nos ha llegado completo-, destinado a albergar
el tríptico del Descendimiento, en e que comparte la tarea pictórica con
Machuca, mientras en la pintura y dorado del retablo intervenían dos habituales
colaboradores de Jacobo: Antonio de Plasencia y Alonso de Salamanca.
Otras obras contemporáneas de la Capilla Real debieron realizarse bajo sus
trazas, aunque no exista constancia documental de ello: adornos para las bóvedas,
la sillería del coro o la decoración de las puertas de la sacristía, muestras
todas ellas, en definitiva, de su gran habilidad para el diseño y del perfecto
conocimiento, e incluso erudición, en el manejo del vocabulario ornamental
italiano.
Se le atribuyen en Granada algunas obras más: según su hijo, retocó la imagen
pictórica de Nuestra Señora de la Antigua de Sevilla, pudiendo haber hecho una
copia con destino a una capilla de la iglesia de S. José (6). El mismo
testimonio indica su autoría sobre el grupo de la Anunciación, en piedra
policromada, sobre la puerta de acceso a la sacristía de la Capilla Real. El
gran jarrón de azucenas que separa ambas figuras impide comprobar la
correspondencia y armonía entre las mismas, de rigurosa corrección y belleza
con marcado acento italiano, pero algo faltas de emoción, sobre todo en la
imagen de la Virgen (7). A esto se añade el grupo del Entierro de Cristo que
perteneció al monasterio de S. Jerónimo (hoy en el Museo Provincial de Bellas
Artes), obra excepcional, no documentada pero indudable a juicio de Gómez-Moreno.
Los contactos que presenta esta obra con trabajos realizados para la Capilla
Real sirvieron para sostener dicha atribución y establecer un grupo de obras
relacionadas con ella, en el que se encuentran el Cristo de San Agustín en
el convento del Ángel Custodio de Granada, otro Crucificado (de las
Misericordias) en el convento de la Concepción de la misma ciudad y el Cristo
del Corpus en la iglesia de la Magdalena de Jaén, este último atribuido
dubitativamente a Jerónimo Quijano.
Existe constancia documental de su presencia en Murcia en 1522. Resulta difícil
que realizara todos estos trabajos en Granada
en sólo dos años, pese al grupo de artistas que dirigía, por lo que es
razonable pensar en sucesivas estancias en esta ciudad, conociéndose al menos
un regreso en 1525 con motivo de las obras de S. Jerónimo. Futuros hallazgos
documentales pueden arrojar luz sobre el asunto.
Su marcha a Murcia supone allí el desarrollo de un discurso arquitectónico
profundamente marcado por la fina sensibilidad ornamental que le caracteriza.
Allí se hace cargo de las obras de la torre de la Catedral. La torre fue
comenzada en 1519 por Francisco Florentino, quien debió tan sólo proceder a la
demolición de la anterior torre-capilla funeraria. Al hacerse cargo de la
dirección de las obras, pudo corresponder a Jacobo su traza o, por lo menos, el
diseño ornamental del primer cuerpo (8). A su muerte, en 1526, le sucedería en
el cargo el montañés Jerónimo Quijano, pero las obras se dilatarían tanto
que la torre no sería rematada sino en gusto neoclásico por Ventura Rodríguez.
El interior de este recinto se vuelve fastuoso de la mano de un espléndido
conjunto mobiliar que lo relaciona con sus diseños para la Capilla Real. Se
trata de las cajoneras y sus remates superiores, en madera de nogal, adosa- dos
al perímetro de la sacristía, que revelan profundas sugerencias italianas
tanto en estructura como en ornamentación. De nuevo plasticidad y decorativismo
marcan este conjunto, no documentado y mucho tiempo atribuido a Jerónimo
Quijano, si bien la talla en su concepción y estilo se debe adjudicar a
Florentino a pesar de que las referencias documentales hablen de Quijano, quien
no debió hacer sino continuar 10 empezado, según las trazas de Jacobo
(9).
Así pues, es este conjunto una de las mejores demostraciones de las cualidades
artísticas de Jacobo, continuado en esta labor por el mencionado Jerónimo
Quijano, con quien se relaciona Florentino a través de su suegro. Quijano (ca.
1495-1563) se formó, al parecer, con Felipe Bigarny en Burgos, durante la
segunda década del siglo, y con éste llegó a Granada en 1521. Tuvo relación
con el suegro de Jacobo, el también escultor Juan López de Velasco, con el que
colaboró en Jaén entre 1524 y 1526, realizando esculturas para el retablo
mayor de la Catedral y para su sillería de coro. De ser de Quijano, y no de
Florentino, correspondería a esta época el citado Cristo del Corpus en
Jaén. La relación entre ambos artistas se mantuvo, pues Quijano sucedió a
Jacobo en la maestría de la Catedral murciana a la muerte de éste, en 1526,
continuando las obras de la torre y la ornamentación de la sacristía. Esto
genera ciertos problemas ala hora de adjudicar algunas piezas (10), 10 que no
viene sino a demostrar que el continuador de Jacobo modificó decisivamente su
rumbo artístico en su relación con el artista florentino.
Sabemos, además, de un último encargo de Jacobo Torni en Granada: la capilla
mayor de la iglesia del monasterio de S. Jerónimo, cedida en 1523 por el
Emperador como enterramiento del Gran Capitán. Formalizado el patronazgo en
1525, el artista toscano recibe en el mes de abril el encargo de continuar unas
obras comenzadas en 1519 y que en la capilla mayor alcanzaban una altura de
cuatro metros. Poco debió hacer en menos de un año que le restaba de vida,
pues murió el 27 de enero de 1526 en Villena (Alicante), en plena actividad,
pero sí cabe achacarle el inteligente y novedoso manejo de pilastras y
traspilastras (11). Esta obra sería continuada por Diego Siloé.
Por 10 tanto, es un artista decisivo en la ruptura con los antiguos lenguajes
arquitectónicos en España y una ventana abierta a los modelos italianos:
"se nos muestra (...) como el eslabón que vincula estas primerísimas
realizaciones renovadoras y sus desarrollos ulteriores, centrados en la capital
andaluza (Granada) en 1526 y ultimados entre Burgos y Toledo, entre 1527 y 1529,
y que definirían a la postre las «nuevas maneras» arquitectónicas españolas
de los años centrales del siglo (...)" (12).
Pero, además, es un personaje de gran competencia en todos los terrenos artísticos,
como lo fueron los artistas de gran envergadura. En su quehacer pictórico y
fundamentalmente escultórico une a los continuos referentes de su Italia natal,
notabilísimo en el caso de su repertorio ornamental, su adaptación a la
sensibilidad religiosa hispana, especialmente en las esculturas exentas,
logrando un arte de una singular calidad y originalidad, siempre comprometido
con las necesidades devocionales del medio en el que nace. De especial interés,
en este sentido, resultan un grupo de Crucificados con él relacionados (siempre
a la espera de confirmación documental), novedosas experiencias plásticas en
su contexto, que permiten estudiar la penetración de los modelos italianos en
el Renacimiento español. A ellas nos vamos a referir a continuación.
LOS
CRUCIFICADOS DE JACOBO FLORENTINO EN ESPAÑA
No
existe constancia documental de las más importantes esculturas exentas del
florentino, que hasta el momento sólo pueden ser atribuidas, aunque con sobrado
s fundamentos. La referencia fundamental para el Cristo de San Agustín es
el grupo del Entierro de Cristo (fig. 1) del Museo Provincial de Bellas
Artes de Granada, que procede del monasterio de S. Jerónimo de esta
ciudad.
La atribución del mismo a Jacopo Torni precede de D. Manuel Gómez- Moreno. El
retablo de la Santa Cruz de la Capilla Real de Granada sería a su juicio el
nexo con el grupo del Entierro de Cristo: "la carnación y estofado
coinciden absolutamente con el retablo de la Capilla, como asimismo sus
grutescos con los del maestre Jacobo" (13), insistiéndose, pues, en su
decorativismo ornamental que en este grupo no distrae en absoluto el decidido
avance hacia la perfección plástica que su obra marca en la escultura
granadina.
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| Fig. 1.- Entierro de
Cristo. Atribuido a Jacobo Florentino. Ha. 1520-25. Granada. Museo de
Bellas Artes. |
En efecto, los valores plásticos del grupo son notables, revelando un artista
de gran calidad a través de la clásica anatomía de Cristo, blanda e
impecable, de los grandes ritmos en los ropajes y de la indudable inspiración
laocoontiana en el rostro de Nicodemo y de S. Juan, este último de apolíneos
trazos. Todo ello delata su clásica sugestión italiana, pero también muy del
gusto hispano en los detalles de su ornato, de pleno naturalismo en los
personajes, y su policromía, con una carnación en pulimento, no excesivo, ni
tampoco muy clara, matizada con algunos toques de color y bellas labores sobre
oro en las vestiduras. Volveremos más adelante sobre el origen de estos
elementos. A esto se añaden los elegantes y florentinos grutescos que se
desarrollan en el sepulcro y que lo emparentan estrechamente con los
desarrollados por nuestro artista en la Capilla Real. Si hemos de creer a Vasary,
no era ésta la primera vez que interpretaba el tema de Cristo yacente, sino que
lo había hecho anteriormente en Italia, para la iglesia de S. Agustín de Roma,
en óleo sobre tabla.
Por todo ello, constituye un grupo de grandísimo interés y base para la
adscripción de otras obras escultóricas al Indaco. Al ser tema pasional
sirve de punto de referencia para un reducido pero notable grupo de
Crucificados. La primera obra atribuida de este grupo fue el Cristo del
Corpus (fig. 2) de la iglesia de la Magdalena de Jaén, igualmente por Gómez-Moreno,
al mismo tiempo que el grupo del Entierro de Cristo que acabamos de
exponer, con el que se relaciona. Pronto, sin embargo, pasó a vincularlo a Jerónimo
Quijano, aunque "bajo la sugestión directa de su maestro" y
"algo inferior en corrección y delicadeza a lo de Jacobo" (14). A éste
se añadían, poco más tarde (1941) otros tres Crucificados: el Cristo de
San Agustín (fig. 3), bellísima talla en madera de nogal de 193 centímetros
de altura,
y el Cristo de las Misericordias (fig. 4), ambos en Granada, Y otro con
pelo postizo, pero muy desfigurado, en la Sala Capitular de la Catedral de
Valladolid (15), al que este estudio no alcanza.
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Fig. 2.- Cristo del Corpus.
Atribuido a Jerónimo Quijano
Primera mitad del siglo XVI. Jaén, Iglesia de la Magdalena. |
Fig. 3.- Cristo de San
Agustín. Atribuido a Jacobo Florentino.
Ha. 1520-25. Granada. Convento del Ángel Custodio |
En 10 que al conjunto de los Crucificados se refiere, es notoria su comunión en
cuanto al tipo, del que sólo se separa algo el del Corpus de Jaén (de
otra mano): la figura de Cristo se presenta muy vertical, con los brazos casi
perpendiculares al tronco, la cabeza inclinada ligeramente y un tanto girada a
la derecha, mientras las piernas se disponen casi paralelas, salvo el típico
arqueo en la de la izquierda para hacer caer su pie bajo el derecho, a tiempo de
ser traspasados ambos por un mismo clavo. Únicamente se distingue el jiennense
por la apertura del ángulo de los brazos con respecto al tronco y un ligero
balanceo de la cadera que no perjudica al aplomo de la figura.
En suma, se trata de una composición severa, de gran compostura y elegancia,
con una serenidad de tinte ideal relacionada con modelos clásicos, pero también
con sugestiones naturalistas de raigambre medieval. Éste es el tipo de Cristo
que aparece en el Entierro de Cristo del Museo granadino y se repite en
el resto, teniendo entonces ocasión de lucir su valoración plástica de la
figura exenta y su sabiduría en el desnudo, de modo singular- mente pleno y
expresivo en el Cristo de San Agustín. No es en su aspecto en donde más
se estrecha el parecido, sino en su clasicismo y esbeltez de abolengo
italiano.
La observación de las soluciones técnicas en el modelado nos introduce aún más
a fondo en la cuestión. El torso presenta un modelado hermoso y blando, de
correctísimas formas que no se exageran en volumen sino que descienden al
pormenor en tendones, músculos y huesos, perfectamente visibles por lo delgadas
de las capas de aparejo. La llaga de la lanzada se presenta siempre profunda y
abierta, dejando entrever la costilla. Estos datos informan del culmen expresivo
que supone esta imagen dentro de su serie y justifica la calificación de
"salto hacia la perfección plástica" con que juzga Gómez-Moreno la
novedad del modelo creado por Torni (16). Los brazos aparecen nervudos y
fuertes, con los vasos sanguíneos marcados, con manos de complexión recia y
gruesos dedos. Presentan marcadas arrugas en las muñecas que contribuyen al
dramatismo de la representación, al igual que sus manos crispadas. Las piernas
se modelan también bellamente, con una contundente musculatura que no volverá
a aparecer en Granada hasta la serie de Crucificados de Pablo de Rojas.. Es típica
la curvatura de la pierna izquierda y la torsión de ambos píes que se cruzan
violentamente, constituyendo, a un tiempo, motivo dramático y sólida base
sobre la que construir la firme y vertical figura.
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Fig. 4.- Cristo de las
Misericordias. Atribuido a Jacobo Florentino.
Ha. 1520-1525. Granada, Convento de la Concepción |
El rostro supone en todos ellos el elemento de mayor dramatismo dela
representación a través de la boca entreabierta con lengua y dientes tallados,
los pómulos salientes, las cejas enarcadas, ojos hundidos y rasgados, todos
estos signos más acusados y cuidados en el Cristo de San Agustín (fig.
5), de exquisita talla.. La barba aparece bífida y bien peinada en la barbilla,
mientras dibuja cortos rizos en las mejillas. La cabeza aparece siempre
inclinada hacia la derecha; seguramente la más hundida sea1a del Crucificado
del Santo Ángel, seguramente respondiendo a necesidades devocionales y
cultuales. Su dramatismo se acentúa en las arrugas del cuello y en la contracción
de los músculos de esta parte. Con ello culmina la tensión que parece recorrer
tan vertical concepción de la figura.
En cuanto al paño de pureza, el Cristo de San Agustín está tallado
completamente desnudo y sólo posee sudario de tela, mientras que el Cristo
del Corpus de Jaén y el de las Misericordias de la Concepción
presentan sudario breve, ceñido y sencillamente plegado, muy cercano al del
Cristo del Entierro. Este análisis comparativo demuestra que el mayor clímax
dramático de esta serie se alcanza en el Cristo de San Agustín, el más
depurado técnicamente.
EL
CRISTO DE SAN AGUSTIN Y LOS MODELOS ITALIANOS.
No
hay que olvidar las sugestiones italianas en estas esculturas. Si en el grupo
del Entierro de Cristo encontramos claras referencias al Laocoonte, son
los ecos donatellianos los que parecen advertirse en el Calvario del Cristo
del Corpus de Jaén, como señala Hernández Perera (17). El hecho de
levantar la elegante figura del Crucificado sobre el resto, el centurión de
apostura semejante al S. Jorge o la anhelante figura de la Magdalena, que es la
que más destaca en la composición, quizás por ser la titular del templo,
marcan estas huellas italianas.
Por ello, resulta pertinente repasar algunas versiones italianas del Crucificado
que fijan modelos que pudieron revivir en la imaginación del artista. Se
constata así que ni la escultura en madera policromada era des- conocida en
Italia, ni tampoco lo era la expresividad dramática, elección estética
ajustada a la expresión de emociones interiores y a la provocación sensorial
del devoto. Esta línea, de considerable fortuna en la plástica española del
Renacimiento, era también lección bien aprendida en Italia a través del
conocimiento de interesantes experiencias plásticas y expresivas
septentrionales, fundamentalmente centroeuropeas. Su veta dramática penetra en
la Italia septentrional en el último tercio del siglo XIV, a través funda-
mentalmente del quehacer de artistas norteños en el Duomo de Milán,
extendiendo su influencia a la Emilia.
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| Fig. 5.- Cristo de San
Agustín. Detalle. |
Los escultores de terracota policroma reviven estas sugestiones, con variable
calidad, distinguiéndose fundamentalmente Niccolo dell' Arca (ca. 1435-1494)
y Guido Mazzoni (ca. 1450-1518). La escultura religiosa de carácter dramático
del Quattrocento ha sido con frecuencia considerada secundaria y popular por su
expresividad y, sin embargo, fue creada por artistas, de gran talla y apreciada
por sus contemporáneos, como demuestra la trayectoria artística del modenés
Mazzoni, conocido como el Paganino, por toda Italia y aun fuera de ella (18).
Una expresión de la: prolongación de este sentido dramático centroeuropeo del
Spatgothik lo muestra el Crucificado del escultor de Nüremberg
Veit Stoss (1477-1533) en el Germanisches Museum de esa ciudad y la acendrada
expresividad de su rostro, no ajena a la del Cristo de San Agustín. Claro
que también en el Norte de Europa empiezan a alumbrar durante el XVI las nuevas
experiencias italianas (19).
Pero hay que referirse inevitablemente a Donatello (ca. 1386-1466), como
inflexión en la historia de la escultura, quien con su incansable intuición y
mentalidad creadoras sienta nuevos presupuestos estéticos en los que indagarán
en profundidad las sucesivas generaciones de escultores, extendiéndose sus
sugerencias a diversas áreas de influencia y alcanzando también al Cristo
de San Agustín de Granada. La búsqueda de formas de expresión de
Donatello explota igualmente la madera policromada en dos de sus esculturas más
impresionantes y sugestivas, el San Juan Bautista de los Frari en Venecia
y la Santa María Magdalena en el Baptisterio de Florencia.
Como en tantos otros ámbitos, también la sugestión donatelliana está
presente en la conformación de un nuevo concepto escultórico especial- mente
referido a las imágenes de tema de Pasión. Sus obras en Padua, por su propia
naturaleza iconográfica y por la peculiar evolución de su estilo, ofrecen
excelente ocasión de profundizar en esos valores (20). Nos parece que el Cristo
de San Agustín de Granada los resume al advertirse en él ciertas
preocupaciones formales y expresivas en la línea de un «tipo» italiano de
Crucificado, entre cuyos hitos las experiencias plásticas del Donatello
resultan absoluta novedad y excepcional referencia. Se conjugan el intenso
lirismo de sus líneas, armoniosas, con un sentido dramático de intensa animación
vital. Se consigue así la perfecta síntesis de forma y contenido. En sus líneas
y perspectiva frontal, la imagen aparece serena y severa, equilibrada y
heroicamente estática, cuidada y bella en sus formas y proporciones. Los
perfiles se abren ligeramente y enriquecen la expresión dramática de la
escultura, con la cabeza semihundida en el pecho, acuciando la libertad
emocional e intensificando la fuerza nerviosa con respecto a las creaciones
granadinas anteriores, convirtiéndose en permanente referente.
Todos estos valores ya son avanzados por Donatello, del que se conocen varios
relieves florentinos (21), un Crucificado en madera en Santa Croce (22) y un
gran Crucificado exento (ha. 1444) en bronce para la basílica de S. Antonio en
Padua, que hoy preside el altar mayor (fig. 6). Su esquema es bastante vertical,
aunque ganando dinamismo en un cierto balanceo de la cadera que repercute en la
disposición de las piernas, impulsado seguramente por sus anhelos expresivos.
Pese a este dinamismo, los brazos se extienden muy abiertos y casi
perpendiculares al tronco, más en un gesto teológico que acusando la gravedad
física. Su estudio anatómico es exquisito y pormenorizado, más potente y
menos apurado que en el Cristo de San Agustín. El rostro -nariz afilada,
ojos hundidos, prominentes pómulos y boca entreabierta-, acusa ya el tan
avanzado dramatismo que ensayó Donatello en pleno Quattrocento y que llegó a
derivar, en ocasiones; en auténtico «feismo». Por tanto, podemos establecer
un precedente italiano de dramatismo que pudiera haber conocido Torni en los
modelos de otro artista toscano, aunque indudablemente este recuerdo se reavivaría
en el medio devocional y artístico al que accede a su llegada a España.
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Fig. 6.- Cristo
crucificado. Donatello.
Ha. 1444. Padua, Basílica de San Antonio. |
Otra interesante referencia para la definición del «tipo» italiano de
Crucificado que aquí se expone es la obra de Miguel Ángel. A través funda-
mentalmente de sus dibujos, plasmados después en algunas obras escultóricas,
se rastrea de nuevo un concepto formal de gran corrección en el tratamiento
anatómico y de profunda emoción, que enriquece el registro afectivo de la
imagen. En diversos dibujos en el Louvre, en la colección Seilem de Londres (al
parecer copia) y en el British Museum (fig. 7), especialmente en los realizados
para Vittoria Colonna hacia 1540 de ese último museo (fig. 8), se analiza la
composición de una figura del Crucificado con brazos perpendiculares al tronco,
de robusta complexión, contorsionado, laocoontiano, cuando se le representa aún
vivo, sereno y grave cuando ya ,está muerto (23). Copias de estos dibujos
circularon por la España de finales del Quinientos.
En escultura, un Crucificado en madera policromada en el Museo Casa Buonarroti (fig.
9), procedente de la iglesia del Santo Spirito de Florencia, ha querido ser
identificado con el que Miguel Ángel esculpió para esta iglesia hacia 1492 y
que sí pudo conocer directamente Jacobo Florentino. Como germen de alguno de
los dibujos descritos, ensaya aquí un ligero contrapposto de raigambre
clásica, aunque su anatomía resulta más lisa y su modelado más apurado, por
todo 10 cual ha sido objeto de pareceres diversos por parte de los
especialistas.
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Fig. 7.- Crucificado con la
Virgen y San Juan.
Miguel Ángel Buonarroti. Ha.1556. Londres. British Museum. |
Fig. 8.- Crucificado para
Vittoria Colonna
Miguel Ángel Buonarroti. Ha. 1540. Londres. British
Museum. |
A España llegó un modelo de Crucificado a él atribuido, más cercano al tipo
que suscribe el Cristo de San Agustín de Granada. Según el testimonio
de Francisco Pacheco, fue traído en 1597 por el platero Franconio desde Roma a
Sevilla, en donde fue vaciado. Un ejemplar en plata de este modelo se conserva
en el Museo Gómez-Moreno de Granada (fig. 10), en pequeño formato y velada su
desnudez con un sudario de cobre dorado añadido. Este modelo miguelangelesco
presenta al Crucificado con cuatro clavos, sobreponiéndose la pierna izquierda
a la derecha, conforme a las revelaciones de Santa Brígida de Suecia. Para lo
que a nosotros interesa, hay que destacar su vertical y aplomada figura, de
correctísimas formas, brazos tensos hasta exaltar las arterias y magro y bien
modelado torso, con el tórax hinchado y el vientre hundido, lo que no
apreciamos en el Cristo de San Agustín. Se trata, en suma, de un canon
ideal de. serena belleza en sus plenas y monumentales formas; "sin embargo,
aún vence la emoción contemplándolo, desde el doble punto de vista de
realidad fisiológica y de concepto religioso, en grado sorprendente: su autor
era un sabio y un pensador exquisito, sin duda" (24). Otros ejemplares del
mismo modelo se conocen en nuestro país destacando el del Palacio Real. De
pareja filiación es el Crucificado de un relieve del Calvario en un
ciborio en bronce que se conserva en el Museo Nazionale de Nápoles, atribuido a
Jacopo del Duca sobre modelo buonarrotesco.
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Fig. 9.- Cristo
crucificado. Atribuido a Miguel Ángel.
Ha. 1492. Florencia, Casa Buonarroti. |
Fig. 10.- Cristo
Crucificado. Sobre modelo atribuido a
Miguel Ángel. Fines del s. XVI. Granada, Museo Gómez Moreno |
Esta serena belleza en la muerte del Crucificado de Miguel Ángel no vuelve a
aparecer en Granada hasta el Cristo de la Misericordia de José de Mora (fig.
11), cuya aplomada figura tiene mucho que ver con este modelo y con un esquicio
de Buonarroti que se conserva en el Teyler Museum de Haarlem (25). Por eso, esta
imagen ha sido justamente vinculada por Sánchez-Mesa con el Cristo de San
Agustín (26), en el que también es posible rastrear lo miguelangelesco, a
través de este modelo, ratificando una vez más el influjo del «tipo»
italiano y la importancia del Crucificado de Florentino. En esta línea se
encuentra el clasicismo de los Crucificados de Martínez Montañés en su Cristo
de la Clemencia deja catedral hispalense y de Alonso Cano en diversas
versiones pictóricas y la sola escultórica de Lecaroz.
Abundando en esta relación, el Crucificado de Cellini en El Escorial (fig.12),
realizado entre 1559 y 1562 {en el monasterio jerónimo desde 1576 emparenta
mucho con la limpieza de perfiles y el hermoso tratamiento de ambos crucificados
granadinos. Sin duda subyace un modelo plástico y un concepto escultórico
comunes. El caso del Cristo de San Agustín de Granada supone, sin duda, un
modelo singular en la plástica granadina que, aunque bebiendo de otras fuentes,
conserva este referente en su desarrollo; Pablo de Rojas y José de Mora serán
sus exponentes cualificados. Por otra parte, el desnudo en el Crucificado,
controversias teológicas aparte, es un elemento muy italiano que veremos
practicar a Brunelleschi, Miguel Ángel o Benvenuto Cellini en este mismo
Crucificado. Justamente esta desnudez distingue al Cristo de San Agustín del
resto de Crucificados atribuidos a Jacobo, lo que podemos interpretar como otra
pervivencia de modelos italianos.
Resulta interesante el examen de una obra contemporánea del Cristo de San
Agustín, el Cristo yacente que figura en el retablo de la capilla
Carracciolo de Vico en San Giovanni a Carbonara de Nápoles (fig. 13). Aunque no
es un Crucificado, interesa esta obra en su medio, formando parte de un retablo
que realizaron Bartolomé Ordóñez y Diego Siloé hacia 1516-1517. Al último
adjudica Gómez-Moreno este relieve, cuya figura resulta, efectivamente,
"envarada, sin elegancia ni postración de muerto" (27), pero cuyo
rostro es de una intensidad dramática comparable a la del Crucificado
granadino, de acusados rasgos faciales, especialmente los pómulos.
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Fig. 11.- Cristo de la
Misericordia. José de Mora.
Ha. 1695. Granada, Iglesia de San José. |
Fig. 12.- Cristo
crucificado. Benvenuto Cellini.
1559-1562. El Escorial, Real Monasterio de San Lorenzo. |
A su vuelta a España, Siloé ni sabe ni puede imponer un sentimiento de la
forma no acorde al del medio en que labora, lo que le obliga a abandonar otros
modelos y cánones. Lo desgarradoras que resultan algunas figuras con él
relacionadas (Cristos a la columna de San José de Granada y del Museo de
la Catedral de Burgos) informan de un concepto distinto, de una acción de
autoridad y violencia sobre el ánimo de los espectadores. Pero su cruento
realismo no es sólo un resabio medieval hispano; en Italia, e incluso en la
propia Nápoles, pudo Siloé conocer los dramáticos grupos de terracota de
Mazzoni (Entierro" de Cristo en la iglesia de Monteolivetto, de,
hacia 1492) (28). Para esta misma iglesia el escultor napolitano Giovanni da
Nola (ha.1488-1558) realizó un Crucificado de madera, hoy desaparecido, entre
1520-1524, imagen que bien pudiera haber ilustrado la evolución del Crucificado
en la Italia meridional a comienzos del Quinientos. Se constata, pues, de nuevo
esta veta de dramatismo en Italia, cuyas raíces septentrionales ya definimos más
arriba.
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Fig. 13.- Cristo yacente.
Detalle del retablo de la Epifanía.
Atribuido a Diego Siloé. Ha. 1516-17. Nápoles, S. Giovanni a Carbonara. |
De igual manera, en el Cristo de San Agustín de Granada se respira
cierta tensión dramática que agita la clásica figura. La cuestión de fondo
que ofrece el estudio de este conjunto de obras es la vigencia más o menos
afortunada de los modelos clásicos en España. "La piedad española
–afirma Checa Cremades- se sentía reflejada más bien a través de estas vías
sensuales y decorativas y (...) por el sentido dramático de la figura. Lo que,
sin lugar a dudas, rechazaba era cualquier intelectualización de la religión y
la idea de su inserción en grandes ciclos de carácter filosófico y
cultural" (29). De este modo, aun en la época de mayor impacto clásico,
que es en estos comienzos del XVI, en la figuración religiosa existe una tensión
entre emoción y clasicismo o intelectualización en la elección de los
sistemas plásticos de representación (30). En focos artísticos de reciente
creación, o sea, sin tradición, bajo mecenazgo real y abundante presencia de
artistas extranjeros, como en la Capilla Real de Granada, el terreno está
abonado para ello y lo vemos también, quizá en tono menor, en Felipe Bigarny,
de origen francés, aunque con conocimiento de lo italiano (31).
EL
INFLUJO CASTELLANO: EL CRISTO DE BURGOS. PRECISIONES ICONOGRÁFICAS
Igualmente,
los influjos castellanos se dejan sentir en Jacobo Florentino. Los postizos del Cristo
de San Agustín, la articulación de los brazos en el de las
Misericordias del convento granadino dela Concepción o la dramática
expresión de estas imágenes, aun recordando experiencias plásticas
septentrionales bien conocidas en Italia constituyen también, sin duda,
exigencias del ambiente, cargado de la tradición devocional castellana. Torni
demuestra ser el artista más ambientado, extendiendo su influencia en forma de
técnica y canon en la escuela granadina. Se trata de demostrar más angustia
que dolor físico. Es una imagen conceptual, aun dentro de su expresividad
humana, que sin alcanzar la extraordinaria rotundidad plástica de Miguel Ángel
en su periodo heroico, posee los valores volumétricos suficientes como para
reconocer en ella el triunfo de la escultura exenta, como demuestra la nitidez
de sus perfiles, dando paso a lo largo del Quinientos al género procesional.
Además, se advierte en estas obras el componente pictórico, fundamental en la
formación y personalidad artística de Torni, quien vuelca en ellas su
sapiencia en el diseño, añadiéndole, desde luego, un vigor escultórico
conocido en Italia, sobre poderosos tipos humanos ya vindicados por Masaccio o
della Quercia. Así construye un Cristo apolíneo, sereno y equilibrado en la línea
de los planteamientos humanistas italianos, pero también sin ahorrar detalle de
lo lacerante de las huellas del martirio.
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| Fig. 14.- Cristo de
Burgos. Anónimo. Siglo XIV. Burgos, catedral. |
Por otra parte, también debió influir en la configuración de la representación
el ser un encargo de la orden agustina. La gran devoción de esta orden es el Cristo
de Burgos (fig. 14). Ésta tiene su origen en el fervor despertado en tomo a
un Crucificado en el convento de agustinos de dicha capital castellana. pasando
a su Catedral en 1836. Su origen se pierde en el tiempo, sazonado con aires de
leyenda. Lo cierto es que se trata de una imagen gótica de fuerte impronta
naturalista, como refleja la siguiente descripción del padre Flórez: "El
primor de la Imagen es lo bien que representa lo imaginado. La figura, los
nervios, y llagado, todo está muy al vivo" (32).
Naturalismo y majestad, unidos a su carácter milagroso, son los caracteres de
una imagen difundida por toda España, en copias pictóricas en su mayoría. La
más famosa y venerada de sus representaciones es la de Cabra del Santo Cristo,
en Jaén, que tuvo numerosas hermandades filiales, funda- mentalmente en la Alta
Andalucía. Se representa al Cristo de Burgos con faldilla o tonelete
blanco hasta más allá de las rodillas y a los pies los tradicionales huevos de
avestruz -símbolo cristiano de la Resurrección-, al parecer donación de un
peregrino al de Burgos y que el castellano presenta en número de cinco,
mientras en el de Cabra se reducen a tres, formando un triángulo. Esta última
es la versión más difundida.
Por lo tanto, el Cristo de Burgos o Cristo de San Agustín constituía
una devoción castellana de gran prestigio y el contexto en el que se realiza la
imagen granadina, en pleno proceso de cristianización de la ciudad y afirmación
del nuevo poder político castellano, sin duda debió influir decisivamente a la
hora de formalizar el encargo, por otra parte temprano, pues la orden agustina
se estableció en Granada en 1513 y la imagen debió realizarse en tomo a una década
después. Quizás el trabajo de Florentino para la iglesia de los agustinos en
Roma (S. Agostino in Campo Marzio, en donde aún existe un Crucificado tardogótico
en madera policromada) (33) le facilitó la obtención de este encargo. Es
razonable pensar que quisieran poseer en el convento una representación de tan
antigua y propia devoción, que pronto surtiría su efecto y calaría
profundamente en la piedad de los granadinos. Esto, además, pudo ser excusa
para algunos de los detalles más realistas, que llegan a pormenores increíbles,
como las arrugas en diversas partes del cuerpo, la melena natural y otros
elementos de profundo dramatismo, el rostro especialmente, más notable si cabe
en el caso de un artista florentino.
Por otra parte, Torni debió conocer, asimismo, la veneración romana al Santo
Crucifijo de la iglesia de San Marcelo, milagrosamente salvado del incendio
de esta iglesia en 1519 y cuya devoción poseía parecidos caracteres al de
Burgos. Andando el tiempo, el hermano de Jacobo, Francisco, ingresaría en la
cofradía que daba culto a esta imagen de madera policromada (34).
Las imágenes del Cristo de Burgos, por otra parte, han gozado de gran prestigio
y servido de inspiración por doquier. Así, la imagen del Cristo de San
Agustín de Sevilla le fue impuesta como modelo al escultor Gaspar del Águila
para la realización del Cristo de la Sangre de la iglesia de Santa Cruz
de Écija en 1567. Poco más tarde, en 1573, Juan Bautista Vázquez el Viejo recibió
el encargo de realizar una imagen inspirada en el Cristo de Burgos, que
bajo esta advocación se venera todavía en la parroquia sevillana de San Pedro,
aunque profundamente reformada en el XIX. Y eso sólo en Andalucía.
CONCLUSIÓN
Partiendo
de todos estos modelos, nos encontramos ante una imagen impresionante que
compendia el saber artístico de su autor al lograr fijar en él un tipo de
origen italiano, siendo el escultor que en mejor disposición se encontraba para
interpretarlo en la Granada del momento. Con ello se ratifica, una vez más, la
importancia de los modelos italianos en los decisivos años del inicio del
Renacimiento español, así como la notable incidencia que en el proceso
tuvieron el mecenazgo real y su captación de artistas foráneos para las
importantes obras que el programa de conmemoratividad monárquica ideado
determinaba. Por último, es de notar la repercusión de este modelo de
Crucificado italiano en la escultura granadina, siendo el Crucificado de, Mora
un cualificado exponente en la plenitud corporal del desnudo. De este modo,
Jacobo Florentino logra en esta imagen una de las mejores esculturas del
Crucificado de nuestro país, cuya solvencia demuestran el prestigio y la devoción
que goza desde hace siglos (35).
NOTAS
(1)
GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Sobre el Renacimiento, 99. También MARÍAS
FRANCO, El largo siglo XVI, 213.
(2) SÁNCHEZ CANTÓN, Fuentes literarias, L I, 207.
(3) VENTURI, Storia dell'arte italiana, t. VII, 617.
(4) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Sobre el Renacimiento, 99.
(5) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Las águilas del Renacimiento Español, 100.
(6) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Sobre el Renacimiento, 101.
(7) CAMÓN le atribuye un grupo de igual tema en la Catedral de Toledo ("La
escultura y la rejería españolas", 29).
(8) La participación de Francisco Florentino en la: torre de la Catedral de
Murcia debe reducirse, por tanto, a la demolición de lo antiguo y cimentación
de lo nuevo (GÓMEZ PIÑOL, "Jacobo Florentino", 11).
(9) GÓMEZ PIÑOL, "Jacobo Florentino", 47 y ss.
(10) Sobre Quijano y esta capilla vid. GUTIÉRREZ-CORTINES CORRAL,
"Jerónimo Quijano", 4-5. La confusión con obras de Florentino se
extiende a otros casos que sería prolijo enumerar.
(11) MARÍAS FRANCO, El largo siglo XVI, 262.
(12) MARÍAS FRANCO, El largo siglo XVI, 367.
(13) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Sobre el Renacimiento, 102.
(14) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, La escultura del Renacimiento, 56. También
a Quijano adjudican algunos el Entierro de Cristo del museo granadino.
Versión más tosca del Crucificado es la que se le atribuye en el convento de
San Zoilo de Antequera, con el título de Santo Cristo Verde, al parecer
proveniente de Granada.
(15) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Las águilas, 92 y 166, Y también AZCÁRATE
RISTORI, "Escultura del siglo XVI", 32.
(16) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Las águilas, 92.
(17) HERNÁNDEZ PERERA, Escultores florentinos, 29.
(18) VENTURI, Storia dell'arte italiana, t. VI, 753-784.
(19) WEISE, "Die spatgothische Stilstromung",
99-116.
(20)
POPE-HENNESSY, La escultura italiana en el Renacimiento, 27 y ss.
(21) POPE-HENNESSY,"The Medici Crucifixion of
Donatello", 82-87.
(22)
BALDINI, "Il «Cristo» contadino di Donatello", 20-22.
(23) SÁNCHEZ-MESA MARTÍN, "Una obra maestra poco conocida", 439-445.
(24) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, "Obras de Miguel Ángel en España",
195-196. Complétese con "El Crucifijo de Miguel Ángel", 81-84. Vid.
también AZCÁRATE RISTORI, "La influencia miguelangelesca",
109.
(25) TOLNA Y, Corpus dei disegni, t. 11, 65.
(26) SÁNCHEZ-MESA MARTÍN, "El arte del Barroco", 241.
(27) GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Las águilas, 43.
(28) PANE, Il Rinascimento nell'Italia meridionale, vol. 11, 75 y ss.
(29) CHECA CREMADES, Pintura y escultura del Renacimiento, 132. Ya apunta
la cuestión OROZCO DÍAZ, "Reflexiones", 34-35.
(30) MARTÍN GONZÁLEZ, "El manierismo", 301-312.
(31) PROSKE, Castillian Sculpture Gothic, 221 y
ss. DEL
RIO DE LA HOZ, "Felipe Bigarny", 89-92.
(32) FLÓREZ, España Sagrada, t. XXVII, 495-496. Vid. más por
extenso en LOVIANO, Historia y milagros, especialmente 68-72.
(33) BRECCIA FRATADOCCHI, S. Agostino in Roma.
(34) VANNUGLI, "L' Arciconfraternita del SS. Crocifisso",
429-443.
(35) Vid. LÓPEZ MUÑOZ et alii, Granada y el Cristo de San Agustín. Recientemente
hemos localizado una versión pictórica del XVIII que reproduce al propio Cristo
de San Agustín, con un busto de San Agustín a los pies, tal como se
veneraba en el convento de agustinos calzados de Granada, en la parroquial de
Alfacar (Granada).
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