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UNA
OBRA MAESTRA POCO CONOCIDA
EL CRISTO DE SAN AGUSTÍN DE JACOBO FLORENTINO |
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DOMINGO SÁNCHEZ-MESA MARTÍN |
unto a la principalidad que el tema
del Crucificado presenta en el conjunto de la iconografía cristiana, hay que
significar que, por la propia naturaleza de ser representación del desnudo
masculino, ha sido una imagen claramente referencial de los cambios estilísticos
que el arte cristiano ha ofrecido desde sus comienzos hasta hoy. Desde
propuestas claramente simbólicas a las más naturalistas y desde los conceptos
más cercanos a lo apolíneo a los más entregados a la fuerza dramática y
expresiva, discurre todo un largo e ininterrumpido hilo conductor de la historia
total de las artes plásticas cristianas, inspiradas e inspiradoras a su vez de
las más bellas páginas de nuestra literatura religiosa.
Por estas mismas razones, y como consecuencia de la naturaleza del hecho
religioso, las innovaciones y cambios sufridos en la representación del tema
han supuesto expresivos y testimoniales hechos de las tensiones producidas entre
las formas artísticas tradicionales, ya aceptadas casi como inmutables, y las
propias de los nuevos conceptos que los cambios de estilo en sí encierran.
Este hecho se hace aún más destacado en circunstancias y momentos históricos
excepcionales en los que la imagen externa de la religión significa para muchos
de sus consumidores una total novedad respecto a lo anterior por inexistente o
por un cambio radical de credo y ambiente. Esto es, lo que entre otros muchos
casos, ocurrió en la Granada de finales del siglo XV y primeras décadas del
XVI. A un reino, a una ciudad, sin tradición de arte cristiano medieval,
llegan, de manos de los vencedores los signos e imágenes de la nueva religión,
en una época de plena transición
para nuestro país entre la tradición gótica y la novedad del renacimiento.
Tanto para la población de cristianos viejos que ocupaban el nuevo reino, como
para los nuevos cristianos recién convertidos, este cambio significó, sin
lugar a dudas, un hecho de amplias y ricas connotaciones de las que no podemos
abstraernos a la hora de estudiar las nuevas obras de arte religioso que allí
se realizaron y se pusieron al culto.
Pero la obra clave para conocer la principal entrada de la nueva iconografía
cristiana, renovadora incluso antes de que se produjeran la reforma católica en
respuesta a la reforma protestante, es el conjunto de la Capilla Real, y en ella
el gran retablo del altar mayor, centrado por una dominadora y triunfal figura
del Crucificado. Aquí se inicia, ciertamente, todo un discurso iconográfico
cristocéntrico, “al ser las representaciones de Jesucristo primordiales en
función del destino de las imágenes, como fue el de la formación, partiendo
de cero, de la población conversa. Para ello, la representación de la persona
de Cristo era fundamental” 1 . Así el tema del Crucificado y
otras escenas de la Pasión fueron las imágenes que principalmente encarnaron
una interpretación renovadora del dogma de la Redención en la que el
cristocentrismo se centra en la Pasión. Esto es lo que Marcel Bataillon llama
la revolución religiosa del siglo XVI en España 2 .
En Granada esta nueva imagen se encarna también en la nueva estética del
Renacimiento, con la que la Iglesia y la Monarquía e Imperio se presentan con
especial acento por ser la ciudad conquistada al infiel y por ello lugar idóneo
para la renovación reformista. El estudio comparativo, por ejemplo, del
conjunto monumental de la Capilla Mayor y Real de la Cartuja de Miraflores (1486
y 1499) y ésta de Granada puede ser expresivo de este cambio.
En la nueva ciudad cristiana se darán cita los más importantes artistas
venidos de Italia y los principales españoles, que también introducen el nuevo
estilo. Hacia 1520 para ella trabajan, entre otros, los italianos Jacobo Torni
l’Indaco, compañero y colaborador de Miguel Ángel, su pariente, Francisco
Florentín, Domenico Alessandro Fancelli, Niccolo da Corte, Niccolo de Longhi,
Giulio Romano y los españoles, Alonso Berruguete, Bartolomé Ordóñez, Diego
de Siloe, Pedro Machuca y otros tantos ayudantes y maestros de fama y gran
prestigio, propio de las “águilas de nuestro Renacimiento”.
De la representación del tema del Crucificado en Granada nada nos queda
anterior a esos años en los que se trabaja en el retablo de la Capilla Real. Sólo
podemos aventurar que algunas de las esculturas que aún hoy reciben culto,
precisamente por la gran devoción popular, fueran posteriormente transformadas,
no sólo en su policromía, sino en sus cuerpos de talla, con reformadas o
nuevas mascarillas, nuevos brazos y añadidos perizomas, tallados o de telas
encoladas. Este es el caso de los existentes en el convento de los Ángeles y en
el de Santiago. Aparte otros góticos de pequeño tamaño como el de la cripta
de la Capilla Real y el del palacio de la Zubia.
SOBRE LOS NUEVOS DATOS DE FELIPE DE
BORGOÑA Y SU CRISTO DE LA CAPILLA REAL
Para trabajar en el retablo de la
Capilla Real la crítica sitúa en Granada a dos maestros principales: Felipe
Bigarny y Alonso Berruguete, con los que ya aparece el maestro italiano Jacobo
Florentino, escultor y pintor insigne, de gran fama como diseñador y como compañero
de Miguel Ángel. Por todo ello, Gómez Moreno llega a pensar que Alonso
Berruguete llevaría consigo a Granada al italiano y a Machuca, para ayudarle en
las pinturas que había tratado para la decoración de la Capilla, viendo también
la posibilidad de que participara en la dirección de la talla decorativa, en el
estofado y en la imitación de brocados y opulencias que ejecutarían Antón de
Plasencia y Alonso de Salamanca en el retablo3 .
Fue Bermudez de Pedraza, en su obra Antigüedad y excelencias de Granada, de
1608 (escrita en 1602), quién ya afirma con total seguridad, que el retablo de
la Capilla Real “de grandísimo valor, assi por la materia como por el
arte; hecho por el maestro Felipe de Borgoña, que basta para encarecer lo que
es”4. Esta afirmación se ha venido repitiendo hasta hoy, sin
que la documentación conocida hasta ahora acreditara la autoría cierta del
retablo; circunstancia que ha motivado múltiples propuestas de posibles autores
y colaboradores junto al citado Felipe de Borgoña, siempre referidas a las
distintas maneras y estilos que en el mismo retablo se aprecian. De ellas han
predominado las que aventuran la posible participación, directa o indirecta, de
Alonso Berruguete y de Jacobo Florentino5.
Como suele ser frecuente, el encuentro un tanto fortuito de documentos viene, de
manera inesperada, a confirmar lo ya sospechado y bien atribuido. Recientemente,
el profesor de Historia Medieval de la vecina Universidad de Málaga, Dr.
Suberbiola Martínez, investigando en el Archivo General de Simancas, encuentra
“casualmente”, -tal como el escribe- en las rentas encabezadas de Málaga de
1519, dadas en receptoría a Alonso Yáñez, la primera y hasta ahora la única
prueba documental directa que señala a Felipe de Borgoña como autor del
retablo de la Capilla Real. La nota que el citado profesor publica dice así:
“A Pedro de Caçalla contador del sueldo çiento e doce mill e quinientos
mrs. Que los ovo de aver por otros tantos quel dio e pago a maestre Felipe de
Borgoña para en quenta de 1.500.000 que ovo de aver por un retablo que hase
para la Capilla Real de Granada por carta dada a XVII de mayo de CXIX”6.
Esta prueba documental, aparte de confirmar la autoría de Felipe de Borgoña,
fija el precio total del encargo en 1.500.000 maravedíes y la firma del
contrato antes del 17 de mayo de 1519. Recordemos que hasta ahora se le situaba
ya como vecino de Granada en 1521, y estante en Zaragoza a 7 de enero de 1519,
fecha en la que firma el contrato de compañía con Alonso Berruguete para
llevar a medias las ganancias de los trabajos hechos en común –de pintura,
escultura o mazonería- durante cuatro años7.
Sin embargo, una vez más la documentación, aunque fija y asegura con los datos
algunos aspectos, no resuelve totalmente otros, como son las posibles
intervenciones de otras manos, que el análisis estilístico-formal de la obra
confirma, aunque sí parece ya seguro que es Felipe de Borgoña el primer
responsable del encargo y director de un gran taller de escultura con amplia
proyección por Castilla y Aragón y también por el Sur de España8.
De todo el conjunto del retablo nos interesa aquí referirnos a la pieza central
del Crucifijo, que ciertamente no nos parece la más lograda del conjunto, haciéndose
evidente la participación en todo el Calvario de algún colaborador, que aún
practica un dubitativo arcaísmo gótico, propio según Camón Aznar “del
arte de Andrés de Solórzano, Martín Bello o Bernal Miguel”9,
más tallistas que propiamente escultores de figuras.
Por herencia, pues, de la imaginería gótica, especialmente de la norteña
borgoñona, francesa y flamenca, pervive un acento de dramático realismo, que
aquí sin embargo se atempera, presentándonos más la dignidad del Redentor, ya
no sobre una cruz arbórea, sino plana y lisa, como símbolo de trono de gloria
y no instrumento martirial10. La figura, con un módulo aproximado de
ocho cabezas, nos presenta un modelo plano y de somero estudio anatómico del
torso, con expresiva tersura de tirantez de los brazos, largos y con las manos
totalmente abiertas, que se completa con una recta y paralela composición de
las piernas –que no se superponen- hasta la unión en un solo clavo en los
pies. El perizoma, reducido, se adhiere al cuerpo sin interrumpir los volúmenes
y siluetas del desnudo, aunque después desarrolle, de manera ampulosa y con
gran movimiento, el nudo de su atadura quedando sus extremos agitados, como
flotando, y con minucioso plegado al lado izquierdo de la figura; detalles,
estos, muy frecuentes en el estilo del maestro, como bien se puede comprobar en
la Capilla del Condestable de la Catedral de Burgos e, incluso, en los tableros
del coro de la Catedral de Toledo.
De este Crucificado, que es posiblemente la primera versión del tema que se
realiza en Granada y que preside tan programático e importante conjunto escultórico,
se pasará a la entrada plena y definitiva del arte renacentista florentino con
la obra, entre otros, de Jacobo el Indaco.
SOBRE EL CRISTO DE SAN AGUSTÍN COMO
OBRA MAESTRA
Sobre los italianismos en la obra de Felipe de Borgoña
en su etapa de formación, antes de su estancia en Granada, han escrito, entre
otros, María Isabel del Río de la Hoz y Fernando Marías11, pero es
cierto que en esta ciudad se encontraron, confrontados o en colaboración,
maestros formados en Italia y también otros que en sus obras materializaron
versiones renacentistas españolizadas, principalmente de temas religiosos en
madera policromada.
Entre estos artistas figura el florentino Jacopo Torni, llamado “l´Indaco
vecchio”, según refiere el Vasari, que le dedica una corta biografía12.
Aparece documentado en Granada desde octubre de 1520 y ocupado como responsable
y coordinador de las obras de exorno del templo dando trazas y diseños. En 8 de
febrero de 1521 firmó contrato para el retablo también en madera de la Santa
Cruz de la Capilla Real, para donde esculpió, según testimonio de su hijo, Lázaro
de Velasco, el bello grupo escultórico de la Anunciación en piedra
policromada, que hay sobre la puerta de la sacristía. Murió Jacobo –que
practicó asimismo las artes de la arquitectura y pintura- en Villena en 1526.
Además de las obras documentadas, se le han venido atribuyendo, con discutible
criterio, partes importantes del retablo del altar mayor, como el martirio de
San Juan Evangelista o, incluso, la propia idea arquitectónica del mismo13.
La presencia documentada en Granada, en la primera mitad del siglo XVI, de los
referidos artistas italianos y españoles y la existencia de obras de
indiscutible calidad y de claros rasgos italianos, ha hecho que la crítica, por
deducción estilística, otorgue autorías razonables que siempre quedan a la
espera de datos documentales que puedan corroborarlas. Entre ellas destacan las
atribuciones hechas por Gómez-Moreno Martínez, que dio como obras de Jacobo
Florentino el bello grupo escultórico del Santo Entierro, hoy en el Mueso de
Bellas Artes del Palacio de Carlos V en la Alhambra, y los Crucificados de San
Agustín, hoy en el Convento del Ángel, y el de la iglesia de la Concepción
del Albaicín, también en Granada.
Bien conocido y estudiado el grupo del Santo Entierro –recientemente sometido
a una excesiva limpieza en su bella policromía-, quedan sólo con breves
consideraciones los dos crucificados, siendo, según nuestro criterio,
especialmente el de San Agustín, obra clave de nuestro Renacimiento en la plástica
escultórica del tema. Aparte queda su intervención en la cabecera de la
iglesia de San Jerónimo, donde, en contra de lo que se afirma, apreciamos también
su arte en los grupos escultóricos de tenantes de los grandes escudos, con
expresiones atormentadas no lejanas del recuerdo del Laoconte, influencias que
él pudo introducir en España como primicias y en todo muy diferentes a lo que
después haría Diego de Siloe.
Sobre el Crucificado, en concreto, hay que señalar el gran cambio de concepto
plástico que significa la versión del de San Agustín a él atribuido,
respecto al comentado del retablo mayor de la Capilla Real. Por otra parte, este
Crucificado de San Agustín es obra históricamente enraizada en la devoción
popular de Granda desde el mismo siglo XVI y recibió culto en la iglesia del
antiguo convento de Agustinos Calzados, hoy desaparecido y que fue fundado en
1513 con sede en la Alcazaba, hasta que en 1553 se comenzaron a edificar las
nuevas dependencias en la ciudadela baja, terminadas en 1593. De allí se
trasladó, -tras la exclaustración- a la iglesia del Convento del Santo Ángel
en su primer emplazamiento en la calle de Elvira, junto al Pilar del toro, obra
trazada por Alonso Cano en 1653-1661. Destruida ésta por los franceses en 1810,
se reedificó pobremente entre 1819 y 1830. Ya en el siglo XX fueron enajenados
y vendidos iglesia y convento y en 1941 se trasladó a su actual emplazamiento,
conjunto vulgar de mediados del XIX. Finalmente, hacia 1970 se le colocó en un
correcto y moderno retablo en el altar mayor de la iglesia que hoy preside,
despojándosele entonces de un amplio sudario acampanado que tradicionalmente
tenía y que lo ocultaba en gran parte, sustituido por uno más reducido de
tela.
En la iglesia del primitivo convento de Agustinos Calzados, que tuvo una alta
torre rematada por chapitel, se enterraban los más destacados personajes de la
nobleza y de la administración de justicia de Granada, tal y como recoge
Henriquez de Jorquera en sus Anales, quien al describir a principios del XVII el
monumento, precisa: “Venérase en este gran convento un devotísimo
crucifijo en quien los devotos granadinos tienen puestas sus esperanzas y se
manifiesta todos los viernes del año; hase sacado algunas veces de grande
necesidad, por agua o otras rogativas de que su divina majestad a usado de su
grande misericordia...”14 aún se mantiene en nuestros días el
voto de la ciudad que ante él acude todos los años el día 8 de agosto.
Recientemente se ha reanudado la actividad de culto de la Hermandad de Pasión
que tiene por titular a esta venerada imagen.
La escultura está tallada en madera de nogal, en tamaño de 1,90 m.,
policromada en tonos de carnaciones muy oscurecidas, con abundantes cardenales y
sangre en las heridas de manos, pies y costado, repintadas posteriormente: las
capas de aparejo, de muy poco grosor, dejan a la vista los detalles de la fina
talla, tanto en la anatomía del desnudo –músculos, tendones y venas-, como
en el patético rostro, en el que las gubias, como si de un fino cincelado sobre
metal se tratara, dejan de manifiesto la perfección técnica del autor en el
corte de la madera, en especial en el tratamiento de los detalles de la barba,
boca y ojos, así como en las manos, agarrotadas y tensas, y en los pies de
expresivo y cuidado estudio anatómico.
El desnudo total de la figura, sin sudario y sólo abocetados los órganos
genitales, se ofrece con una impresionante interpretación de plenitud corpórea
del cuerpo masculino, a la manera más puramente renacentista italiana. Sobre
cruz lisa y plana, enchapada en plata con los símbolos de la Pasión repujados
con tres clavos, se compone la figura en un claro plano frontal, con un leve
giro del torso y del eje de los hombres hacia la derecha, con los brazos casi en
la horizontal y sin superponer las piernas que, de manera también frontal y
paralela, se enlazan bellamente con el bajo tronco, caderas y abdomen. Todo de
una gran elegancias plástica y de acentuada valoración de la belleza del
poderoso desnudo de tensa masa muscular y expresivo y minucioso tratamiento de
la epidermis, con emocionantes detalles en el robusto torso, pectorales, cuello
y brazos.
La cabeza, con sentida y dramática inclinación sobre el pecho, concentra en el
trágico rostro –con la boca ya desmayada y abierta y los ojos (no de cristal
sino pintado) ya inertes, entreabiertos y desgajados en pronunciado ángulo-
todo el contenido lacerante y al mismo tiempo bellamente equilibrado del
misterio de la Cruz. Contemplado como experiencia de estudio, sin la peluca
postiza, con el cráneo rapado, profundiza más aún su imagen en el dramático
tema de la muerte resignada del reo y del justo desde los planteamientos estéticos
e iconográficos del más puro humanismo renacentista, tan distinto y opuesto a
lo medieval y gotizante. Es la auténtica versión del redentor, del Cristo apolíneo,
sereno, equilibrado, sin cruencias, como símbolo dogmático que en la belleza
corporal del desnudo total encierra la imagen de lo divino. Ciertamente esta
escultura es algo nuevo y distinto para nuestro arte, cargado de credo estético
y teológico y de claros y ciertos rasgos formales de indudable origen italiano.
Una vez más, para la historia del arte español, tal como ya hemos recordado,
es la aguda visión crítica de D. Manuel Gómez-Moreno Martínez, la que nos
brinda la mejor propuesta y más posible atribución. Hablando sobre la
iconografía del Crucificado en Granada dice: “... es muy notable porque
alcanza al ciclo de Alonso Cano, incluyendo a Martínez Montañés, y arranca
del de Bigarny en el retablo de la Capilla Real, seco y de anatomía
rudimentaria, como los de Balmaseda que de él se derivan. El salto hacia la
perfección plástica lo dio Jacobo Florentino, cuya excelencia como escultor
bien merece exaltarse, y al él se puede atribuir el importante Crucifijo,
llamado de San Agustín, en Granada, sin sudario ni cabellera, tras del que va
otro conservado en el Convento de la Concepción, que lleva ambos aditamentos y
articulados los brazos para convertirlo en yacente”15.
Un año antes de ser publicada esta atribución, en 1940, se montó una gran
exposición de Escultura religiosa granadina desde la Reconquista hasta Alonso
Cano en la iglesia de San Jerónimo de Granada, organizada por el Ayuntamiento y
la Comisaría de Defensa del Patrimonio Artístico Nacional de Andalucía
Oriental. En el Catálogo de dicha exposición, preparado por los profesores
Antonio Gallego Burín, Emilio Orozco Díaz y Jesús Bermúdez pareja, se
recogen un total de 275 esculturas, correspondiendo el número 26 a este
Crucificado de San Agustín, que es catalogado todavía como obra castellana de
mediados del siglo XVI16, que era la clasificación tradicional.
Y tal como recordábamos, ya en 1926 Gómez-Moreno Martínez había atribuido
definitivamente a Jacobo Florentino como su obra escultórica maestra el grupo
escultórico del Entierro de Cristo, desechando los nombres de Bigarny y de
Berruguete. También entonces atribuyó al florentino el grupo de la Crucifixión
de la iglesia de la Magdalena de Jaén, aunque después lo considerará como
obra de su discípulo Jerónimo Quijano, a quien otros hacen también autor del
grupo del Santo Entierro granadino.
De todas estas obras la menos reproducida y estudiada es la del Cristo de San
Agustín, a pesar de haber figurado en la gran exposición sobre Carlos V y
su ambiente, celebrada en Toledo en 1958 con motivo del IV centenario de la
muerte del emperador. En el catálogo figuro ya como obra de Jacobo Florentino
con el número 243 y fue considerada como “una de las más impresionantes
imágenes del Crucificado existentes en España”17. Como tal la recoge en 1957 Hernández Perera en su trabajo
sobre Escultores florentinos en España, quien, aunque no la reproduce señala
“la fuerza dramática de su rostro y su clásico modelado y estudiada
anatomía”18. De los escritos posteriores, sólo merecen ser
recordados los breves pero elogiosos calificativos que le dedica Camón Aznar,
quien dice que es obra “importante, de solemne hermosura y una de las más
bellas imágenes de Cristo de todo el Renacimiento”19
A principios de los setenta, tal y como ya hemos recordado, y para colocar
el nuevo retablo que las religiosas franciscanas le dedicaron, tuvimos la ocasión
de estudiarlo detenidamente y tomar algunas de las fotos aquí reproducidas.
Posteriormente, estudios comparativos con las otras esculturas atribuidas al
mismo autor, nos permitieron valorar la aguda sagacidad de D. Manuel al dar
solución a este conjunto de obras de nuestro Renacimiento, con mucho en común
y, por supuesto, con claros rasgos y testimonios del arte italiano, en todo
distintos a lo que aquí se hacía antes y después, aunque en el caso concreto
del Cristo de San Agustín se nos presenten también otros aspectos no siempre fácilmente
acoplables a la cronología límite de estancias en España del que consideramos
su autor, muerto en Villena el 27 de enero de 1526 y documentado ya en Granada
en 1520.
Aún partiendo de su formación florentina no se nos hacen extraños algunos
rasgos claramente presente en esta talla, de rostro trágico en tono y grado
parecidos al desgarro expresivo de los grupos del Santo Entierro de Niccolo dell´Arca
de Santa María della Vita de Bolonia, de la segunda mitad del siglo XV. Pero,
junto a esos arcaísmos del rostro, la plenitud corporal del desnudo, su canon
de proporción de siete cabezas y media y las soluciones globales compositivas
de brazos y piernas nos llevan a detectar experiencias y rasgos claramente
cercanos al Miguel Ángel escultor y dibujante, aún incluso el de los años 60.
Nos referimos a los dibujos-estudios para un Crucifijo de hacia 1562, de la
Colección del Conde Antoine Seilern en Londres, o del pequeño modelo
incompleto y tallado en madera, hoy en el Museo de la Casa Buonarroti en
Florencia.
Pero estos ideales plásticos que el Miguel Ángel místico y anciano concibe
como expresión del sentimiento del alma humana ante el drama de la Cruz, los
representa, salvo las dos últimas piedades, en dibujos de hacia 1550-56, pero
encarnados en los poderosos tipos humanos que en su estilo personal arrancan por
su monumentalidad de los ya anunciados en Masaccio y en el mismo Jacopo della
Quercia, fuentes ambas de donde también tomaría nuestro Jacobo Florentino, ya
que el taller del Ghirlandaio o del mismo Miguel Ángel, su compañero, a quien
sabemos ayudó en las pinturas de la Sixtina. Por ello nos parecen válidos y
bien traídos aquí estos dibujos como referencias hacia lo florentino y
miguelangelesco aún antes del 1520. Para los artistas de aquel entorno, y también
para los españoles que por allí pasaron, Miguel Ángel y el Loaoconte fueron,
ciertamente, fuente común ya desde las primeras dos décadas del XVI20.
Ambas influencias bien las trajo como primicias hasta Granada
este Jacobo Torni, el Indaco, proyectándolas después con su magisterio
y con sus obras a sus seguidores, como el citado Jerónimo Quijano, activo hasta
1563.
Y estos modelos y modos personales quedan bien repetidos en rasgos concretos,
como podemos apreciar en un detenido estudio comparativo entre los rostros del
Cristo de San Agustín , el del Santo Entierro y el Cristo del Monasterio de la
Concepción, si bien el primero parece ser cabeza de serie, pudiéndose apreciar
en el del grupo de la Crucifixión de Jaén datos y detalles que lo hacen
consecuencia derivada de la obra maestra y ejecutada por su discípulo.
La fama y fortuna de este Cristo de San Agustín sobrevivió a las generaciones
siguientes y así comprobamos que su influencia directa queda patente en obras
consideradas como únicas e insólitas ya en la segunda mitad del siglo XVII,
como es el caso del Cristo de la Misericordia de José de Mora, que aquí tiene
precisamente su inspiración y modelo21. No olvidemos que el de San
Agustín fue obra famosa y popular, según las crónicas, desde el mismo siglo
XVI. Incluso la singularidad de ser un desnudo completo acentuaría el interés
por su estudio y conocimiento de los escultores imagineros posteriores. Por otra
parte, la presencia del postizo de la peluca, más frecuente en los cristos góticos,
se justifica más por exigencias del encargo, que así pretendería acercarlo a
la devoción tradicional y popular, que a un recurso libre del autor.
La obra así, una vez conocida en su totalidad y mejor reproducida en su
conjunto y detalle, se nos revela ciertamente como una de las esculturas del
Crucificado que con mayor categoría artística representa en nuestro país la
versión renacentista de tan importante tema.
1.- Un especializado
estudio sobre los significados iconológicos e iconoteológicos de este arte
cristiano renacentista en Granada se hace en la obra de Francisco Javier MARTÍNEZ
MEDINA, Cultura religiosa en la Granada renacentista y barroca. (Estudio
iconológico). Universidad de Granada, 1989, p.225.
2.- MARCEL BATAILLON, Erasmo
y España. Estudios sobre la Historia Espiritual del siglo XVI. Madrid,
1979, p. 347. M. ANDRÉS MARTÍN, Pensamiento teológico y vivencia religiosa
en la Reforma española (1400-1600) en Historia de la Iglesia en España,
III/2ª (BAC Maior 21). Madrid, 1980 y en Historia de la Teología española,
vol. II, Madrid 1987, p. 153. Sobre estos temas véase obra nota 1.
3.- M. GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ,
Sobre el Renacimiento en Castilla. Granada, edic. de 1991, p. 91.
4.- F. BERMUDEZ DE
PEDRAZA, Antigüedad y Excelencias de Granada. Granada, 1981 (edición
facsímil de la de 1608), fol. 82 vuelto.
5.- J. Mª. AZCÁRATE
RISTORI, Escultura del siglo XVI. Madrid Ed. Plus Ultra, Col. “Ars
Hispaniae”, t. XIII, 1958, p. 42. J. CAMÓN AZNAR, La escultura y la
rejería españolas del siglo XVI. Madrid, Ed. Espasa Calpe, Col. “Summa
Artis”, t. XVIII, 1961, p. 29. M. GÓMEZ-MORENO, La gran época de la
escultura española. Barcelona, ed. Noguer, S.A., 1964, p.12.
6.- J. SUBERBIOLA MARTÍNEZ,
“Felipe de Borgoña, autor del retablo mayor de la Capilla Real de Granada.
Prueba documental”. Boletín de Arte; Málaga, 13-14 (1992-1993), pp.
391-393. El documento referido; Archivo General de Simancas. Contaduría Mayor,
1ª Ep. Leg. 25.
7.- AINZANDA, Documentos
para la historia artística y literaria de Aragón. T. II, p. 253. Cita
tomada de M. GÓMEZ-MORENO MARTÍNEZ, Sobre el Renacimiento..., p. 89.
8.- P. GALERA ANDREU,
“Jerónimo Quijano en Jaén y la proyección de Felipe Bigarny en el Sur”.
Homenaje al Prof. Hernández Perera. Universidad de Madrid, 1992.
9.- J. CAMÓN AZNAR, op.
cit., p. 101.
10.- Ampliamente
significativo es el acoplamiento de la altura de esta cruz sobre la estructura
arquitectónica del retablo, superando la altura de cornisas y materializando así
la imagen de triunfo. Este acoplamiento se hace de manera forzada, como puede
comprobarse en los extremos de los brazos horizontales de la cruz, que fueron
cortados en ángulo para que encajara en el frontón arqueado.
11.- Mª. I. RÍO DE LA
GOZ, “Felipe Bigarny: origen y formación”. Archivo Español de Arte,
225 (1984), pp. 89-92. F. MARÍAS, El largo siglo XVI. Madrid, 1989, pp.
149-151.
12.- M. GÓMEZ-MORENO
MARTÍNEZ, Sobre el Renacimiento..., pp. 98-103. Las Águilas del
Renacimiento Español. Madrid, 1941, p. 95. J. HERNÁNDEZ PERERA, Escultores
Florentinos en España. Madrid, 1957, pp. 28-32. E. GÓMEZ PIÑOL, Jacobo
Florentino y la obra de talla de la Sacristía de la Catedral de Murcia.
Universidad de Murcia, 1970.
13.- J. CAMÓN AZNAR,
op. cit., p. 101.
14.- F. HENRIQUEZ DE LA
JORQUERA, Anales de Granada. Universidad de Granada. Edición de 1987, p.
234.
15.- M. GÓMEZ-MORENO
MARTÍNEZ, Las Águilas... p. 95. Reproduce en la lámina 274 un detalle
de la cabeza de este Cristo.
16.- Catálogo.
Escultura religiosa granadina desde la Reconquista hasta Alonso Cano.
Exposición celebrada en Granada en las fiestas del Santísimo Corpus Christi.
Mayo-junio, MCMXL.
17.- Catálogo de la
Exposición Carlos V y su ambiente. IV centenario de la muerte del Emperador
(1558-1958). Toledo, octubre-noviembre, 1958, p. 149. Reproduce el mismo
cliché de las Águilas del Renacimiento Español.
18.- J. HERNÁNDEZ
PEREDA, op. cit., pp. 29-30.
19.- J. CAMÓN AZNAR, op.
cit., p. 30.
20.- J.J. MARTÍN GONZÁLEZ,
“El Manierismos en la escultura española. Revista de Ideas Estéticas,
72, (1960), p. 308.
21.-
D. SÁNCHEZ-MESA MARTÍN, El Arte del Barroco. La escultura, pintura y artes
decorativas. Tomo VII de la Historia del Arte en Andalucía. Sevilla,
Ed. Gever, 1991, pp. 240-241.
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