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YO QUIERO SER COSTALERO

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MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ

oy nuestra Semana Santa no podría entenderse sin los costaleros. Cofrades que asumen voluntariamente cada año –en muchos casos hasta que lo permitan sus fuerzas- la responsabilidad de poner en movimiento los pasos procesionales, de peregrinar por las calles de Granada y de contribuir así al público testimonio de fe que se expresa cuando la Hermandad se hace Cofradía.

Digo esto porque son las premisas necesarias que debe conocer –y de hecho conoce- todo costalero. Pasaron los tiempos de los panegíricos grandilocuentes, pero no ha de llegar nunca el momento en que se minusvalore su trabajo. Como todo en la vida, y más en el mundo cofrade, el trabajo costalero debe valorarse desde el término medio, desde la moderada discreción que hoy veteranos costaleros, en su mayoría, deben dar a su trabajo. Renunciar a las alharacas que desvíen la atención sobre el motivo principal de su razón de ser, que es la veneración callejera de las Imágenes Sagradas, pero a la vez no bajar la guardia para que esos divinos objetos de nuestra devoción se presenten con la dignidad necesaria, aún más con el esplendor que merecen.

Se ha dicho hasta la saciedad que el costalero reza con los pies. Si además la estación de penitencia es una catequesis popular, también el costalero “predica” con sus músculos, con su atención, con su corazón… Y este es el meollo de la cuestión: el corazón manda en el mundo de la costalería. Sin él sería imposible su cansancio y sacrificio. Sabemos que los costaleros que no sienten lo que hacen, que vienen sencillamente a probar, no perseveran en tan esforzada tarea, por más que se les repita una y otra vez que ocupan “un lugar de privilegio”, pues ¿quién va más cerca de nuestro Santo Crucifijo que el costalero que se hermana con la trabajadera?

Cuanto más callada sea la labor del costalero mejor. Cuanto más entregada a la Hermandad, mejor. Cuanto más sincera, mejor. Su esfuerzo ha de salir del corazón. Con frecuencia, constatamos la escasa presencia de costaleros en muchas de las convocatorias de la Hermandad. Es cierto, mas ¿no ocurre lo mismo con los nazarenos y penitentes, y tantos y tantos cofrades cuyos rostros apenas conocemos? El mundo del costalero es un mundo elegido voluntariamente y, en general, él sabe bien lo que quiere. Sería bueno que, incluso legalmente, se reconociera esa condición de voluntario que los costaleros han sabido ganarse a pulso, de forma gratuita y generosa, a golpe de tesón y corazón.

El costalero se compromete con su servicio, se prepara para ello y en el momento necesario, pasando casi desapercibido, está ahí. Su faja, su costal y sus zapatillas son el hábito de su anónima penitencia, ni más ni menos que cualquier nazareno. En los últimos años he tenido la ocasión de acercarme a la realidad costalera, que era casi desconocida para mí. He visto sufrir a estos hombres y, a la vez, gozar. He calibrado la magnitud de su trabajo físico y también de su grandeza de ánimo. Creo no equivocarme al definir a los actuales costaleros como costaleros de casta. Pasaron los tiempos –nunca se sabe si por suerte o por desgracia- en que, apenas alcanzada la pubertad, se arracimaban decenas y decenas de jóvenes en torno a los pasos. Esta es la era de los costaleros veteranos, los que saben lo que quieren y hasta dónde pueden llegar, aunque les pueda el corazón.

Hay quienes, casi a hurtadillas y a pesar de los pesares, se "hacen la ropa" y cogen el "palo", aunque sus condiciones físicas no sean las más idóneas. Hay en nuestra ciudad cofrades entregados que no se encuentran en otro sitio que no sea bajo los faldones. Algo debe tener cuando nos sorprenden anécdotas de este tipo. Algo -yo afirmo que mucho- deben sentir cuando testimonian año tras año su fidelidad, cuando las lágrimas surcan sus mejillas, en una mezcla de cansancio y de satisfacción imposible de explicar, pero que ellos, gracias a la complicidad costalera, entienden y, sobre todo comparten, perfectamente.

No es raro observar en nuestra cuadrilla, como en tantas otras, una dilatada experiencia en muchos costaleros. Esto es bueno, aunque se acerque la hora del relevo, pues ni la salud ni la edad engañan. Este año dejarán el palo algunos de los más veteranos –es ley de vida- y nos alegraremos con ellos dando gracias a ese Santo Crucifijo, que nos protege diariamente, por el tiempo compartido y por tantas energías ofrecidas como sacrificio en el ara de la parihuela, ese altar portátil donde Cristo y María lucen con singular belleza. Para ellos, para todos los costaleros que desde 1993 han sido del Cristo de San Agustín, nuestra gratitud.

La Hermandad sigue siendo su casa y la penitencia se expresa de muchas maneras vistiendo la túnica nazarena, con la ofrenda de luz del cirio alzado o con el sacrificio de portar una cruz de madera. Muchos lo hacen, coronando con el mejor sabor cofrade su dilatada experiencia costalera. Es deseable que sea así en todos los casos, máxime cuando el costalero, en su experiencia penitencial personal puede aportar perspectivas más ricas que otros cofrades, merced a esa trayectoria previa.

Para los nuevos, para los que acaban de acercarse al mundo costalero o lo van a hacer este año por primera vez, nuestro ánimo y nuestra esperanza. Estoy seguro de que no se van a ver defraudados y deben saber que su trabajo hace también cado año más grande a nuestra Hermandad. Son, y deben sentirse, eslabones con renovados bríos en una cadena de amor y sacrificio que yo no me atrevería a ponderar, porque sólo Él sabe hacerlo correctamente. Pero sí se sé que una decisión así es el fruto de un corazón generoso.

Tal vez te plantees dar ese paso. Medítalo suficientemente, pero no te rindas ante la primera excusa. Piensa que Él mismo te invita; es Él quien nos congrega en la vida de Hermandad. Hay palabras muy bellas en el mundo de nuestras Hermandades y Cofradías, pero entre todas ellas, me quedo con ese diálogo sencillo y sincero con Cristo y con María: “Jesús, yo quiero ser tu costalero”, “María, yo quiero ser tu costalero”.