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COFRADÍAS
Y DEVOCIONES EN EL CONVENTO
AGUSTINO DE GRANADA. SIGLOS XVI-XIX
EL CRISTO DE SAN AGUSTÍN |
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JUAN JESÚS
LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ
MIGUEL LUIS LÓPEZ-GUADALUPE MUÑOZ
JOSÉ SZMOLKA CLARES |
El presente trabajo, fruto de
una investigación conjunta, tanto sobre fuentes documentales (manuscritas e
impresas) como iconográficas, se centra en diversos aspectos de la religiosidad
popular durante la época moderna, centrados en torno al convento de San
Agustín de Granada. Nuestro interés principal es calibrar la impronta de la
orden agustiniana en esos modelos tan populares de asociacionismo que
constituyen las hermandades y cofradías, y hacerlo desde las perspectivas de la
Historia Moderna y de la Historia del Arte. En las páginas que siguen podrán
apreciarse dos niveles: uno general, sobre la diversidad de congregaciones,
imágenes y advocaciones observadas en el convento granadino, y otro particular,
sobre la trayectoria de la Hermandad del Cristo de San Agustín, única
conservada en la actualidad, sostenedora del culto de su antigua y valiosa
imagen.
1. El convento de
San Agustín y sus cofradías
Los agustinos en
Granada
Apenas transcurridos veinte
años desde la entrada en Granada de las tropas de los Reyes Católicos, en 15132, se produce la primera fundación de la orden
agustina en Granada. Como nos
informa Bermúdez de Pedraza, fueron primero a fundar a unas casas de Fernando
Pacheco en la subida a la Alcazaba del Albaicín, en la colación de S. José,
por iniciativa del P. Fernando Pérez.
El 27 de octubre de 1559, siendo prior fray Rodrigo de Solís, se trasladaron a
la ciudad baja, a unas casas de don García Ponce de León, en el lugar que
estuvo ocupado hasta no hace mucho por el Mercado Municipal de S. Agustín. Se
trataba de una ubicación cercana al primer templo de la ciudad y en conexión
con los nuevos circuitos espaciales que la redefinición del poder imponía en
lo urbanístico a la luz de la nueva era de dominación castellana. Se
afianzaba, pues, la fundación agustina en el núcleo fundamental de la Granada
cristiana, "goçando de lo más poblado de la ciudad"3.
En aquellos primeros tiempos de la castellanización, y paralelamente a la
aparición de la red parroquial, se erigieron numerosos conventos y monasterios.
Antes del concilio de Trento, y durante el reinado de Isabel y Fernando, se
fundaron los conventos franciscanos de San Francisco en la Alhambra y San
Francisco Casa Grande, el dominico de Santa Cruz la Real, San Jerónimo y
Nuestra Señora de la Merced en 1492; la Cartuja un año después; Nuestra
Señora de la Victoria de mínimos en 1509 y los de los agustinos calzados y
trinitarios a fines del reinado, mientras que en tiempos del emperador Carlos se
crearon los de San Antonio Abad de terciarios franciscanos, Nuestra Señora de
la Cabeza de carmelitas calzados y el Colegio de la Compañía de Jesús.
Formaban un impresionante conjunto de edificios religiosos -escribe José
Szmolka-4, que al espectador poco avezado podía darle la impresión de
encontrarse en una ciudad levítica, pero no ocultaba el hecho de que la
mayoría de sus moradores profesaban una fe, por lógicos motivos, poco
consolidada. De esto eran conscientes las autoridades granadinas y los mismos
monarcas que, según Andrés Bernáldez, consideraban "que si los padres no
fuesen buenos christianos, que los hijos de sus hijos y viznietos lo
serían"5.
Las primeras
cofradías
El convento granadino de San
Agustín, inscrito también en esa estrategia "evangelizadora", fue,
como tantos otros, semillero de cofradías y hermandades. Es de sobra conocida
la ascendencia de las órdenes religiosas sobre esta modalidad de asociacionismo
de laicos.
Decir que dicho convento albergó al menos a seis cofradías a lo largo de la
época moderna quizás no resulte muy destacable, dado que otros, como el de
franciscanos observantes (Casa Grande), superaron la quincena. Para nuestro
propósito resulta más interesante caracterizar las hermandades fundadas en el
cenobio agustiniano -por desgracia son pocos, en general, los documentos que nos
hablan de ellas-, para resaltar más tarde la impronta que recibieron de la
orden.
En primer lugar, resulta de momento imposible establecer un orden de
antigüedad. Probablemente haya que remontar al siglo XVI un total de tres
hermandades.
La de la Santa Inspiración y S. Nicolás de Tolentino debió fundarse
poco después de 1575. Era una hermandad penitencial, de las llamadas "de
sangre", que tanto abundaron en la segunda mitad del Quinientos. Era
cofradía del Viernes Santo, aunque ya en siglo XVII se encontraba sin actividad
procesional, probablemente desde la suspensión de 1597. A mediados de esa
centuria se veneraban en su capilla las imágenes de Cristo expirante y de Ntra.
Sra. de la Paz6.
La hermandad de la Cuerda o Correa de San Agustín era, sin duda, un
fruto esmerado de la atracción de fieles propiciada por los frailes agustinos.
Son sobradamente conocidas sus características sobre uso de hábito y correa,
sobre su acusada devoción mariana y sobre la frecuente celebración de cultos y
ejercicios piadosos. Estos cofrades granadinos celebraban fiestas y procesión
mensual7.
Los procuradores del número de la Chancillería de Granada veneraban
como titular de su hermandad a la Virgen María, sin que conste
advocación específica. Esta hermandad grupal, cerrada en cuanto a la
adscripción profesional de sus miembros, se esforzaba por realzar la jornada
sabatina, con celebración de la misa, y sobre todo las festividades marianas
del calendario religioso.
Nuevas hermandades
en el siglo XVII
A estas primeras asociaciones
se unieron dos más en el siglo XVII. La primera de ellas, bajo la advocación
de San Roque, aunque anterior en el tiempo, se estableció en el convento
agustino en 1624, procedente de la iglesia parroquial de San Juan de los Reyes,
en donde decían recibir "malos tratamientos" por parte de los
beneficiados. Se trasladó por propia voluntad, contando con la aprobación del
provisor de la diócesis, don Jerónimo de Montoya, al año siguiente. La
devoción a este santo se intensificaba por entonces, al considerarlo protector
contra las epidemias de peste. En este sentido, existen testimonios por todo el
país de cómo fue suplantando el tradicional patronazgo de S. Sebastián en
tales cometidos.
Henríquez de Jorquera la califica como cofradía de "los tratantes de
especiería y frutas secas"8, pero es probable que con el tiempo perdiera
ese carácter exclusivista. De hecho, en el libro de asiento de hermanos que
comienza en 1614, se cuentan personas de oficios muy diversos: zapateros,
sastres, albañiles, buñoleros, cuchilleros, mercaderes, panaderos, cortadores,
ensambladores, peleteros, vigoleros, etc...
Frente a las penurias de aquella centuria, merece la pena destacar el elevado
número de personas que se sientan como hermanos. Se cuentan por decenas en
años como 1649, 1650 y 1651; sobre el centenar en 16559. No es el único índice
de su vitalidad. Los inventarios de bienes de aquellos años muestran el
patrimonio artístico de la corporación: capilla, primera a mano izquierda, con
retablo grande de madera dorada; imagen de S. Roque, con ángel y perro, imagen
de vestir de Ntra. Sra. de la Esperanza, diversos cuadros de la Virgen y de
santos; andas para el santo con armadura y cielo, de color carmín y oro,
además de los ornamentos de culto y otros enseres procesionales. Gozaba
asimismo del rédito de dos censos, que importaban cada año 180 reales10.
Como se desprende de lo anterior, celebraban con toda solemnidad la festividad
del santo, el día 16 de agosto, en cada año. Sin duda, con dispendios
excesivos y superfluos, pues el visitador general del arzobispado advertía en
1643 que "de aquí adelante no se gasten maravedís algunos que no sean en
lo tocante al culto divino y sufragio de las ánimas y cumplimiento de
memorias"11. Años más tarde, en 1654, se repetía la advertencia, para
evitar el empeño de la corporación y responsabilizar a los mayordomos de sus
respectivos balances de cuentas negativos.
Su existencia no estuvo exenta de litigios, cosa muy habitual, por otra parte,
en aquellos tiempos. En 1645 pleiteaba con la hermandad de los zurradores por
causa protocolaria, por el lugar que ambas debían ocupar en las procesiones
generales. En 1656 lo hacía con otra hermandad de S. Roque sita en la iglesia
de San Nicolás, en este caso sobre las demandas que ambas hacían y que, al
pedir para el mismo santo, causaban confusión en los bienhechores. Se
perfilaron dos ámbitos de influencia divididos grosso modo por la calle
de Elvira12.
Su organigrama se fue haciendo cada vez más complejo, contando con dos
alcaldes, dos veedores de bienes, dos padres de ánimas (obligados a cumplir con
el alma del cofrade difunto)... y también un enfermero13, lo que atestigua la
presencia de ciertas prácticas asistenciales en favor de los hermanos en sus
necesidades.
Esta hermandad sufrió de forma aguda la crisis epidémica de 1679-80. El
testimonio del visitador general, don Eugenio de Rivadeneira, en 1681 es bien
significativo: "estava al presente sin administración ni gobierno alguno,
por quanto su último mayordomo, que fue Luis de Viana, murió picado del
contajio que padeció esta ciudad"14. Pasado lo peor, comenzó a
recuperarse la hermandad.
Fue justamente en esa coyuntura epidémica cuando surgió una nueva hermandad en
el cenobio agustiniano, la que habría de darle más fama, por la amplio
devoción que su titular suscitó en toda la ciudad: la hermandad del Stmo.
Cristo de San Agustín. El auge de esta imagen, en su cénit tras la
epidemia de 1679, venía a consagrar una devoción típicamente agustiniana: la
del Cristo de Burgos o de San Agustín, alentada en Granada desde los primeros
tiempos de presencia de la orden.
Aunque esta hermandad no era propiamente hablando una hermandad nobiliaria, sí
es cierto que la iniciativa de la fundación surgió de los "primeros
sugetos de este pueblo"15, cuando corría el año 1680. A esta hermandad
dedicaremos buena parte del contenido de este estudio.
El Monte de Piedad
de Santa Rita
La última realidad cofrade
conocida en el granadino convento de San Agustín aparece ya en pleno siglo
XVIII: la congregación de Santa Rita de Casia y su Monte de Piedad
constituye una expresión tardía y actualizada de aquel espíritu social
originario de las cofradías, que interrelacionaba las dos máximas del
cristianismo: amor a Dios y amor al prójimo. La iniciativa devocional de un
clérigo acabó convirtiéndose en una sólida realidad social.
El artífice fue el presbítero Isidro A. Sánchez Jiménez quien primero fundó
una congregación de culto en honor de la santa Agustina (1734) y poco más
tarde, para evitar su decadencia, le agregó un monte de piedad (1740),
"baxo la protección de Santa Rita, Abogada de los imposibles,
...con el fin de socorrer, en quanto pudiese, las necesidades espirituales y
temporales de este Reyno, evitar muchos pecados de usura, sufragar a las
benditas ánimas del purgatorio y de los bienhechores y perpetuar los cultos de
esta santa".16
La labor social se amplió considerablemente: préstamos sin interés, empeño
de alhajas, dotes para huérfanas, etc... No fueron ajenos a esta fundación los
frailes agustinos. El prior, fray Francisco Heredero, cedió una celda del
convento para tal obra y participó en su dirección. El Monte de Piedad contó
con la protección real desde 1743 -dotándolo de jurisdicción real privativa-,
por real cédula de Felipe V. La congregación se convirtió en confraternidad
dos años más tarde por bula de Benedicto XIV.
Su fama y su actividad creció de forma fulgurante. Lachica asegura, no sin
exageración, haber socorrido en 1764 a más de veinte mil personas. En el
aspecto cultual fue célebre el novenario de la santa que se celebraba todos los
años durante el mes de mayo. El auge de la congregación la forzó a buscar una
sede mayor, en casas de la demarcación parroquial de S. Pedro, alrededor de
1770. La congregación y la imagen titular debieron trasladarse allí tras la
exclaustración.
Devociones
agustinianas
De lo expuesto anteriormente
se desprenden diversas características en torno a las cofradías y
congregaciones de seglares relacionadas con el convento de San Agustín de
Granada. En primer lugar, que se inscriben dentro de los parámetros de la
piedad popular de la época, presentando un abanico de devociones que incluye a
Cristo, a María y a diversos santos.
En segundo lugar, que abundan entre los titulares de esas asociaciones, como es
lógico, santos agustinos, como el mismo obispo de Hipona, S. Nicolás de
Tolentino o Sta. Rita de Casia. Tales devociones, y las hermandades a que dieron
lugar, contaron sin duda con un fuerte estímulo de los frailes, que incluso
pueden considerarse fundadores de las mismas, al menos en el caso de la Correa y
de Sta. Rita. No es desdeñable la riqueza que encierran tales advocaciones.
Así, al santo de Tolentino, célebre por sus visiones del Juicio Final, se
asocia la muerte de Jesús, con su caudal de gracias y méritos válidos ante el
Juez Supremo. A Sta. Rita se acude, por su tesón y constancia, con las
"causas imposibles"; además, ante la población femenina, se presenta
como modelo de perfección en los cuatro estados posibles: soltera, casada,
viuda y consagrada.
En el caso de la Inspiración y del Cristo de San Agustín el aliento de la
orden se conjuga con una destacada iniciativa popular. Los agustinos difundieron
las imágenes del Crucificado en todos sus conventos, a veces con la advocación
específica de Cristo de Burgos. Tal devoción casaba bien con el espíritu de
la orden. Su padre fundador es autor de abundantes y exquisitas páginas
dedicadas a Jesús crucificado.
En la hermandad del Cristo de San Agustín resulta claro que el aliento agustino
por difundir esa devoción, encargando en fecha muy temprana el Crucificado, se
suma el apoyo de los fieles, una vez que la imagen se muestra como una
intercesora válida en momentos de necesidad.
De iniciativa más bien particular o popular deben considerarse las otras dos
hermandades -procuradores y S. Roque-, en las que se cuenta también otro
distintivo de las cofradías en la época moderna: el corporativismo de los
oficios, es decir, la influencia de los gremios. En ambos casos, las
advocaciones resultan marcadamente populares.
En tercer lugar, la misma progresión fundacional de cofradías en el convento
de San Agustín deja traslucir la evolución propia del asociacionismo cofrade a
lo largo de los siglos XVI, XVII y XVIII. Así, frente a modelos de cofradía de
oficios (procuradores), de congregación vinculada a la orden religiosa
(Correa), de cofradía de penitencia (Inspiración) o de cofradía popular (S.
Roque), en el Setecientos contamos con una asociación (Sta. Rita) consagrada a
la acción social, no de forma restringida (mutualismo entre cofrades) sino
dirigida a paliar las necesidades de la colectividad ciudadana. Entre unas y
otra, la de Cristo de San Agustín representa el interés de las devociones
pasionistas -al margen de los moldes penitenciales de la Semana Santa-, tan de
moda en la segunda mitad del siglo XVII.
Un panorama similar ofrece el otro convento agustino de la ciudad, en este caso
de descalzos, Ntra. Sra. de Loreto, situado en el Albaicín, que contó al menos
con cinco asociaciones cofrades, de cronología algo más tardía (siglos XVII y
XVIII): Virgen de Loreto, Ntra. Sra. de la Candelaria (ésta se estableció en
el convento procedente de la vecina parroquia de San Nicolás), Ntra. Sra. de la
Caridad, S. Guillermo y Sto. Tomás de Villanueva.
2. La peste de 1679
y el fervor religioso
Inesperados acontecimientos
naturales, riadas, terremotos, epidemias o carestías de trigo, a los que
habría que sumar los efectos de las guerras, alteraban con frecuencia el pulso
cotidiano de una ciudad durante el Antiguo Régimen. Entre todos ellos,
sobresale, sin duda, la peste, cuya aparición sumía a la ciudad en el dolor,
el llanto y la desesperación. Entonces, ojos, mentes, bocas y corazones se
volvían hacia Dios, como "angustiada manifestación de un pueblo que se
siente impotente ante la desgracia y clama al cielo, en oración multitudinaria,
pidiendo la intervención divina para domeñar una naturaleza adversa". 17
Concretamente en la ciudad de Granada, los efectos de la peste se dejaron sentir
hacia 1600-1602, 1647-1649 y 1678-1679. Sin duda esta última fue la más
virulenta, constituyendo Granada una especie de "epicentro" de la
misma. En 1679, por ejemplo, se alcanzó el índice de entierros más elevado de
todo el siglo.
Como era habitual llegaba precedida de crisis agrarias. La cosecha de 1677 fue
pésima por exceso de lluvias, la de 1678 aún peor, por falta de las mismas, ya
que, según un cronista, "los campos no criaron más que hierba".
A la cruda realidad de la ciudad contagiada nos acercamos gracias a los versos
de Felipe Santiago Zamorano. La epidemia llegó a Granada -como castigo por las
culpas de los granadinos, según el poeta- en el mes de mayo de 1678,
produciendo una gran mortandad que alcanzó su culmen en agosto de ese año,
rebrotó pasado el mes de septiembre y nuevamente en enero de 1679 y en mayo de
ese año, con nueva intensidad, para concluir en el mes de octubre.
Todo se tornó en desolación: síntomas como de veneno o ponzoña, quema de
ropas, hacinamiento de cadáveres a las puertas de las parroquias, falta de
trabajo, colapso del comercio, destrucción de familias, fosas comunes..., son
negros presagios que dejan "el alma absorta, aguardando de su vida el fin
en funestas sombras". La epidemia afectó a casi una quinta parte de la
población de la ciudad.
Compañera de viaje de la guerra y sobre todo del hambre, la epidemia solía
venir acompañada de malas cosechas: "la mala alimentación y ciertas
condiciones domésticas de carestía de agua y falta de higiene era el contexto
ideal para el contagio"22. La presencia de la peste siempre era más temida
por las gentes humildes.
Un éxito escaso tenían, sin duda, las prevenciones médicas -cordón
sanitario, que se describe en distintas obras médicas de la época-, incapaces
de erradicar la enfermedad en sí y encaminadas a evitar el contagio y por tanto
la expansión de la misma: quema de prendas de ajuar y vestido, purificación
del aire con la combustión de maderas olorosas, contrato de médicos y
cirujanos y creación de hospitales eventuales, atención a los alimentos,
sangrías, separación de los enfermos de sus familias, salida de los cadáveres
fuera de la ciudad, aislamiento de la misma, etc...
El aislamiento de la ciudad bajo una estricta vigilancia, la imposición de la
cuarentena y la eliminación de los cadáveres, por el peligro de
descomposición -"los muertos se conducen por la noche a darles sepultura
en parajes donde nunca se haya enterrado y se hacen las sepulturas profundas,
echando encima cal"23-, eran las medidas más urgentes y efectivas. La
celeridad en los entierros era crucial, por lo que se agolpaban los cadáveres a
las puertas de los templos.
En aquel "laberinto", la "ira divina" fue en ascenso hasta
el terremoto del día 24 de julio. Es el momento más dramático; desde entonces
los ojos se ponen en Dios, hasta hacer conmover su misericordia. Este es el
mensaje profundo que se desprende del poema de Zamorano.
La propia iconografía del Cristo de Burgos o de S. Agustín casaba bien con el
misticismo exarcerbado que se apoderaba de una ciudad angustiada. Sus
representaciones escultóricas fueron, en general, distantes, incluso
tremendistas, veladas en su visión al común de los fieles. Así describía a
la imagen del cenobio burgalés, que según la tradición sudaba todos
los viernes, una ilustre visitante francesa del siglo XVII:
"El Santo Crucifijo está puesto sobre el altar y es de tamaño natural;
está cubierto por tres cortinas, una sobre la otra, todas bordadas de perlas y
de pedrerías; cuando las abren, lo que no se hace sino después de muchísimas
ceremonias y para personas distinguidas, tocan varias campanas, todo el mundo
está prosternado de rodillas, y el preciso convenir en que ese lugar y esa
vista inspiran un grandísimo respeto".
Ese mismo halo se recreaba entorno a las imágenes del Cristo de San Agustín en
Sevilla o en Granada, con una teatralidad -"aparatos bien inventados para
provocar la devoción del vulgo", escribiría Jovellanos respectos a la
imagen de Burgos24 - muy efectiva en la mentalidad religiosa de la época, que
necesitaba en momentos de naufragio unas tablas seguras a las que agarrarse,
entre las que se contaban las imágenes de devoción, incluso en la centuria
dieciochesca, en que el tremendismo iconográfico medieval, comenzaba a
separarse del gusto artístico, claro está, de las elites.
Antes de la epidemia de peste, la imagen granadina (como la de Sevilla) ya
había "probado" su poder intercesor, sobre todo en momentos de
sequía -"hase sacado algunas veces de grande necesidad, por agua o otras
rogativas, de que su divina magestad (h)a usado de su grande
misericordia"25 -. En los momentos de rogativa, despojada la imagen de todos
los obstáculos que impiden ordinariamente su visión, se presenta en toda su
dimensión, desempeñando el papel de vehículo de la comunidad ante la
divinidad. Canaliza los deseos colectivos, como se manifiesta por la masiva
participación de personas, presididas por sus autoridades políticas y
religiosas.
Sin embargo, en los tiempos de la peste (1679), la imagen granadina mudó el
tradicional escenario de los campos (circundantes del templo de las Angustias),
para implorar la lluvia. En este caso, su presencia se exigía con vehemencia en
el lugar donde se sufrían las secuelas más duras de la epidemia, donde
convivían enfermos, moribundos y ya difuntos: el Hospital Real de la ciudad.
No fue la única imagen en acudir en rogativa hasta aquel lugar, pero sí la que
se consideró más efectiva, como escribe Zamorano:
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"De San
Agustín Sacaron
un Cruzifijo con honras,
cantándole el Miserere
con altas vozes sonoras.
Y en llegando al Hospital,
una cándida paloma
se apareció, y como un ave
la Imagen divina ronda,
Dando bueltas a la Cruz,
siendo la animada pompa
cristalina de las luzes,
del agnus dei mariposa.
Milagro fue y cierto anuncio
de paz, pues desde esta hora
Granada, perdiendo sustos,
gana la salud que cobra". |
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La procesión del Cristo de
San Agustín durante la epidemia de 1679 tuvo lugar el día 5 de agosto y en
vista de su acción benefactora -la epidemia remitió en pocos días-, el
Ayuntamiento de la ciudad proclamó el Voto Solemne de Acción de Gracias, que
se renueva anualmente.
Ciertamente, no puede concebirse la hermandad sin la fama que alcanzó la imagen
tras esta espantosa epidemia. Su fundación en 168026 fue consecuencia directa de
si intervención benéfica. El arzobispo Ríos y Guzmán, que la aprobó en
1681, se sentía orgulloso de tal fundación, como se desprende de la
comunicación de tal noticia al Papa en su relación ad limina de 168527.
Pero, sin duda, la primera consecuencia de esa mediación de la imagen, la que
más ha contribuido a perpetuar su culto y devoción en el tiempo, ha sido el
voto de acción de gracias de la ciudad de Granada. Porque los votos públicos
venían a perpetuar la memoria de rogativas devotas que habían logrado los
frutos para los que se hicieron.
Por eso, tal "intervención" de 1679 era recordada por los hermanos en
todos los actos, especialmente a través de los programas de sus funciones, que
se acostumbraban a imprimir durante el siglo XIX:
"Afligidos los
habitantes de la Ciudad de Granada en el año de 1679 por los estragos de la
más espantosa y desoladora epidemia; y teniendo aquellos presente que en
una larga y ruinosa sequedad acaecida pocos años antes, habían conseguido
lluvias copiosas por medio de rogativas públicas y secretas, dirigidas al
Todo-poderoso ante la respetable y sagrada Imagen del Santísimo Cristo, que
con el título de San Agustín, se veneraba en el convento de Religiosos
Agustinos calzados de esta propia Ciudad, determinaron sacar en procesión
tan venerable Efigie, y puéstose al efecto la Comunidad de acuerdo con el
Excmo. Ayuntamiento, se ejecutó con tan feliz éxito, que la enfermedad
empezó visiblemente a ser más benigna desde aquel momento, desapareciendo
totalmente en breves días"28.
Como toda función votiva, se
adornó de un ritual bien establecido y delimitado por escrito, como lo dejó el
veinticuatro Juan de Morales Hondonero:
"DIA OCHO DE AGOSTO.
Este día asiste la
Ciudad a la Fiesta del SANTÍSIMO CHRISTO DE SAN AGUSTÍN, en su Convento, a
la Misa y Sermón, y va la Ciudad a pie; y antes de la Fiesta, convida el M.
R. P. Prior a la Ciudad en su Cabildo, y se le da el asiento después del
Cavallero Decano; y al entrar y salir en la Sala, se pone la Ciudad en pie y
van los Porteros a despedirlo hasta la puerta de la calle"29.
Gastaba el cabildo al inicio
del siglo XIX 250 reales en la función30. Los ediles acudían con traje negro y
sombrero. Desde finales del siglo XVII se solemnizaba con el disparo de salvas
por la artillería de la Alhambra desde 169531.
Era la culminación de un proceso. En Granada se había implorado también al
Cristo de San Agustín con motivo de las sequías de 1587 y 1635 y más tarde se
hizo durante la de 1750 y la epidemia de cólera de 1834, cuyas rogativas se
resumen a continuación:
Año Motivo Procesión
1587 Sequía ?
1635 Sequía. Ntra. Sra. de las Angustias al Convento de S. Agustín
1679 Peste. Cristo de S. Agustín al Hospital Real
1750 Sequía. Cristo de S. Agustín a la Parroquia de las Angustias
1757 Langosta. Cristo de S. Agustín a la Parroquia de las Angustias
1834 Cólera. Cristo de S. Agustín al Hospital de S. Juan de Dios
Las rogativas de los siglos
XVIII y XIX sirvieron para reforzar el Voto de la Ciudad. Desde 1679, el
Cristo de San Agustín se convirtió en Protector de la Ciudad. El Ayuntamiento
adquiría así el compromiso moral de acudir a él en necesidades futuras.
3. La hermandad
desde su fundación hasta la exclaustración de la comunidad agustina
El nacimiento de la
hermandad
El aumento que experimentó
la devoción al Santo Crucificado por su intercesión en el cese de la epidemia
de 1769 cristalizó, amen del voto perpetuo de la ciudad, en la constitución de
una hermandad. Circunstancia en la que también influyó -como apunta M.L.
López Muñoz32- "un deseo de la comunidad agustina por reafirmar su prerrogativa
sobre dicha advocación y devoción, frente a la ya firmemente establecida en
áreas rurales, emanada de la localidad de Cabra del Santo Cristo, que se
plasmaba en cofradías de pastores y ganaderos, bajo el control del clero
parroquial".
En efecto, el 6 de agosto, un grupo de devotos reunidos en el cenobio agustino
dieron los primeros pasos para hacer realidad el proyecto y pronto redactaron
las pertinentes reglas que fueron aprobadas por el arzobispo fray Alonso
Bernardo de los Ríos el 29 de abril de 168133. Casi un siglo después -en 1762-
las reglas fueron impresas para general conocimiento de los hermanos34.
Desgraciadamente no ha llegado hasta nosotros ningún ejemplar de las mismas ni
tampoco el primitivo Libro de Actas y Acuerdos, documentos fundamentales para
conocer el carácter de la hermandad primitiva. De todas formas algunas
noticias y referencias nos permiten aproximarnos a su conocimiento.
Fines y organización
La corporación fue fundada
por setenta y dos hermanos "en memoria de los doze Apostoles y sesenta
Discipulos de Nuestro Señor Jesucristo" según se lee en el Libro de Actas
y Acuerdos de la Asociación de Señoras35. Y el padre La Chica agrega que entre
estos setenta y dos hermanos figuraban "los primeros sugetos de este
pueblo, de ambos estados" (el nobiliario y el eclesiástico)36. Era, por
tanto, una cofradía cerrada respecto al número de miembros pero no según su
condición social a pesar de la apostilla del gacetillero trinitario. No
obstante, es indudable que tanto en estas décadas iniciales como en el siglo
XIX tuvo un carácter claramente aristocratizante por lo que los cultos y
demás gastos de la corporación fueron sufragados por los mayordomos y
donativos de algunos hermanos, lo que así mismo explica la ausencia de bienes
propios que se contempla en censos e inventarios del siglo XVIII37.
También fue cerrada en función de los sexos. Aunque en el Antiguo Régimen
como reflejo de la sociedad del momento la mujer tenía un papel marginal en las
cofradías, de hecho en todas se contemplaba la existencia de
"cofradas" siempre, por supuesto, en tareas secundarias cuando no
domésticas. En la hermandad del Santo Cristo de San Agustín se irá más lejos
por lo que se declara tajantemente -como observamos en el Libro de Actas y
Acuerdos- que entre sus miembros "no se encontrava persona del otro
sexo"38. Empero bien es verdad que la mujer siempre estuvo presente en la
vida de la cofradía, a veces de manera relevante como ocurriría durante la
ocupación francesa, comportamiento que sería decisivo para la posterior
creación de la Asociación de Señoras en 1816.
Otro rasgo peculiar, propio de las hermandades residentes en conventos, es la
estrecha unión e, incluso, dependencia de la comunidad de Padres Agustinos que
hace que en la práctica el prior del convento sea el verdadero hermano mayor. Y
de esta manera, por ejemplo, cuando la Ciudad, como ocurrió en 1750, decide
pedir la mediación del Santo Crucifijo se dirige al prior y no al hermano mayor
que será consultado posteriormente por aquél39.
Hermandad esencialmente cultual, bajo la tutela del rector de la comunidad
agustina y mantenida por sus dos mayordomos anuales, la corporación celebraba
muy pocos cabildos. En el siglo XIX -y no hay razón para pensar que en estos
años fuera distinto- sólo se celebraba uno a primeros de agosto para preparar
el triduo y sortear a los nuevos comisarios o mayordomos, so pena que alguna
circunstancia imprevista exigiera la convocatoria de un cabildo extraordinario.
A ellos eran llamados particularmente todos los cofrades por carta que se
entregaba en mano por el muñidor de la hermandad.
Los cultos
La hermandad tenía como
principal objetivo -y nos atreveríamos a afirmar que casi exclusivo- el culto
interno a su Sagrado Titular. Consistía en el manifiesto de todos los viernes
del año, como era usual en las hermandades similares que existían en todos los
conventos agustinos, pues el Cristo permanecía el resto de la semana oculto por
unas cortinas, manifiesto que se acompañaba de misa solemne con sermón a cargo
del rector de la comunidad, la conmemoración de la Invención y Exaltación de
la Santa Cruz, la fiesta que la Ciudad ofrecía el 8 de agosto y el triduo
preparatorio para la misma que la corporación celebraba durante los días 5, 6
y 7 del mismo mes, días en que permanecía expuesto el Santísimo Sacramento,
pues no hemos de ignorar que la hermandad tuvo una clara vocación sacramental
desde que don Martín de Ascargorta introdujo en la diócesis granadina el
Jubileo Circular de las XL Horas reservándose, consiguientemente, un turno de
ocho días en el mes de agosto coincidiendo, por tanto, con la fiesta del Voto,
circunstancia que sería reconocida solemnemente por S.S. Pío IX en 1863.
Las rogativas de 1750 y
1757
Escribía el padre La Chica
que el Santo Crucifijo era devotísimo y se llevaba las principales atenciones
del pueblo granadino, acudiendo a El en sus mayores necesidades40. Y, en efecto,
como ya sucedió en la centuria anterior, los granadinos a través de sus
regidores volvieron a impetrar su Divina Misericordia con motivo de la sequía
de 1750. Dejemos que sea el propio maestro de ceremonias del consistorio
municipal, Juan de Morales Hondonero, quien narre los pormenores de la función
y procesión de rogativas que se efectuó: "En el año de mil setecientos y
cincuenta determinó la Ciudad por la escasez de agua que se experimentaba en
los campos, hazer Rogativa y Procesion al Santísimo Christo de San Agustin;
para cuyo intento acordó, según práctica, que el Cavallero Maestro de
Ceremonias passase a estar con el Rdo. P. Prior y le noticiara el deseo que
tenía de implorar la Divina Clemencia, por medio del Milagroso Simulacro de
Jesus Crucificado, que se venera en su convento; y aviendo executado la
expressada Visita, le respondió el Rdo. P. Prior, daría cuenta a la Hermandad,
y avisaría de su determinacion, como lo hizo, manifestando la complacencia que
la Hermandad y su Religiosissima Comunidad avía tenido de lo resuelto por la
Ciudad, y que en su consequencia determinara el dia y Funcion que tuviera por
conveniente en cuya vista se acordó se celebrara una Missa Cantada, y Sermon,
que se encargó al Rdo. P. Prior, y assistir a la mencionada Función, como a la
tarde a la Procession General, llevando al Santissimo Christo a la Parroquial
donde se venera la Milagrosa Imagen de Nra. Señora de las Angustias; alumbrando
la Ciudad con Achas de a dos libras, y la Comunidad de dicho Convento de Señor
San Agustin con velas de a media libra, excepto el Rdo. P. Prior, que se le dio
de a libra; y aviendo vuelto a dicho Convento, se despidió, dexando toda la
cera a la Hermandad, y todos los gastos que se hizieron en esta Función fueron
de cuenta de la Ciudad"41.
Pocos años después, en 1757, los granadinos volvieron a impetrar la mediación
de su Sagrado Protector ahora con motivo de una plaga de langosta. La rogativa,
como nos refiere el padre Hitos, se hizo conjuntamente con la otra gran
devoción granadina, la Virgen de las Angustias: "En 16 de Mayo de 1757
acordó la Real Hermandad recibir a la efigie del Cristo de San Agustín. A este
efecto, se había ya puesto en andas y estaba expuesta a la veneración de los
fieles desde el 13 la imagen de Nuestra Señora de las Angustias. Pesaba sobre
los campos otra vez la terrible plaga de langosta, los lamentos de los
labradores que veían sus campos amenazados de tan terrible azote habían
llegado hasta la Real Hermandad, como se había dejado oir en todos los ángulos
de la población. Habían tomado la determinación de llevar en rogativa la
efigie del Cristo de San Agustín, y la Ciudad entera pedía se asociara Nuestra
Señora de las Angustias a la rogativa que hacía para alcanzar del cielo
alejase de nosotros el castigo42".
Como ocurrió en 1679, estas nuevas salidas incrementaron la devoción al Santo
Cristo y consolidaron la hermandad. Aumentó el número de hermanos pues se
rompió la barrera estatutaria de los setenta y dos, como hace pensar la
publicación de sus reglas, y se acrecentó su patrimonio ya que a estos años
mediales de la centuria corresponden la cruz y el nimbo de plata que otorgaron
una nueva y definitiva configuración a su Titular.
Sin embargo, ya en estos años surgen algunos signos sombríos precursores de
más graves problemas. Los ilustrados nunca vieron con complacencia a estas
corporaciones y sus manifestaciones públicas de fe. Hubo una clara hostilidad
hacia la denominada despectivamente religiosidad popular, especialmente contra
las hermandades residentes en templos conventuales. Pensemos en las duras
invectivas de Jovellanos contra el Cristo de San Agustín de Madrid43 y la
supresión de numerosas cofradías que no lograron la obligada licencia regia.
Pero en Granada ese movimiento tuvo menor virulencia que en otras partes y la
crisis apenas si se sintió si exceptuamos la supresión de la cofradía de San
Miguel.
La hermandad sin bienes rústicos ni urbanos, como se observa en los catastros
dieciochescos, e informada favorablemente en el proceso general que monseñor
Barroeta y Angel abrió a las hermandades de la diócesis44, continuó su
trayectoria sin especiales sobresaltos y problemas. La invasión del país por
Francia y la entrada de sus tropas en Granada en enero de 1810 quebrará
bruscamente esa trayectoria ejemplar.
Los difíciles
comienzos del Ochocientos
Más que las ideas ilustradas
serán las repercusiones de la revolución liberal iniciadas a fines del siglo
XVIII las que incidirán negativa y gravemente en la vida de cofradías y otras
asociaciones religiosas. La hermandad agustiniana no fue una excepción y desde
1810, año en que la ciudad fue ocupada por las tropas francesas, entró en una
larga etapa de crisis que no concluyó hasta 1839 con la destrucción de su sede
tradicional: el convento de san Agustín45.
Exclaustrada la comunidad agustina y ocupado por los franceses convento e
iglesia, la hermandad hubo de refugiarse en la cercana colegiata de El Salvador
donde permaneció por espacio de tres años. Pese a todo, estos años no fueron
totalmente negativos pues se mantuvo la devoción al Santo Cristo gracias,
especialmente, a la entrega de sus devotas, como reconocería la hermandad poco
después, que incluso proporcionaron -con el beneplácito de las autoridades
francesas lo que demuestra el peso y el respeto que la devoción tenía en la
ciudad- un nuevo retablo procedente del convento del Carmen Descalzo46.
Evacuada Granada por los franceses en 1812, la cofradía y la comunidad
regresaron a San Agustín y con ellas el nuevo retablo -adquirido ya
definitivamente por mil cuatrocientos reales que pagaron sus hermanos- pues la
capilla primitiva había sufrido numerosos e importantes destrozos.
El año 1816 será trascendente para la historia de la corporación pues se
funda la Asociación de Señoras. La creación de esta rama femenina obedece a
un doble motivo. Uno, premiar la dedicación de sus devotas a lo largo de toda
su historia y, sobre todo, durante los años difíciles de la ocupación
francesa. Otro, superar la tajante prohibición que en sus reglas se contenía
acerca de la presencia de mujeres. La Asociación de Señoras es, por
consiguiente, una forma de integrar a la mujer en la hermandad sin quebrantar
las constituciones, otorgándole una importancia legal que ya tenía de hecho.
La normalidad no duró mucho pues en 1820, tras el pronunciamiento del coronel
Riego, se reinstauró el gobierno liberal y con él se retomaron los propósitos
desamortizadores acordados en las Cortes de Cádiz en 1812. Empero, la inmediata
exclaustración de la comunidad no afectó al culto en la iglesia conventual ni
a la cofradía. En estos años, como ya ocurriera entre 1810 y 1812, el
protagonismo de las hermanas volvió a ser decisivo. Se enriquecieron los cultos
al Santo Cristo, con una nueva función el 4 de agosto, día anterior al triduo
que precedía a la Fiesta del Voto, se recuperaron las misas cantadas de los
viernes y, asimismo, se amplió el ajuar de la hermandad con diversos enseres
entre los que destacaban dos lámparas de plata y dos arañas de cristal. Las
primeras, que se colocaron en el arco toral de la capilla mayor, fueron donadas
por Encarnación Rocaful, María Teresa López de Ayala, María Josefa Méndez y
el secretario de la hermandad Juan José Méndez. Las segundas, nueva donación
de María Teresa López de Ayala, se situaron en la media naranja de la iglesia
y en uno de sus laterales47.
Tras la caída del gobierno progresista en 1824, la comunidad agustina regresó a
su convento. En 1830 Juan José Méndez, verdadera alma de la cofradía desde
los primeros años de la centuria, cesó como secretario. Fue sustituido por
José María Palomo y Mateos que permaneció también un largo periodo en el
cargo, cuarenta y cuatro años48.
La epidemia de cólera morbo que estalló en 1832 hizo que los granadinos
volvieran a impetrar la intercesión de su Sagrado Protector. Así, el 9 de
agosto, un día después del Voto de la Ciudad, el prior de la comunidad ordenó
que se celebraran tres días de rogativas, acordando la hermandad y su rama
filial correr con todos los gastos49.
Como la epidemia no remitía, dos años más tarde, en cabildo extraordinario de
18 de febrero, se decidió sacar en procesión de rogativas al Santo Crucifijo.
Sin embargo, por la oposición del gobernador militar y de algunos sectores
ciudadanos, la procesión no se celebraría hasta meses después según acuerdo
de 13 de julio. En los carteles que se fijaron y repartieron por la ciudad se
podía leer: "La hermandad deseosa hoy está de aplacar la ira e invocar
la misericordia del Todopoderoso para que consigan la apetecida salud esta
Ciudad y sus contornos, cruelmente afligidos muchos meses hace por una
enfermedad desoladora, ha dispuesto, después de la práctica de ejercicios
devotos y novena del Santísimo Cristo, sacar su Sacrosanta Efigie en rogativa
pública el viernes 18 del corriente julio, a las cinco de su tarde,
conduciéndola desde la iglesia de su convento de San Agustín a la del de San
Juan de Dios, sitio que se ha elegido por hallarse en él el mayor número de
enfermos. En esta última iglesia permanecerá la Soberana Imagen todo el tiempo
necesario para dirigirle en público las preces que se han señalado, y
concluidas, será devuelta en los mismos términos a su iglesia. El Excmo.
Ayuntamiento de Granada ha condescendido gustoso en acompañar y presidir esta
devota procesión de rogativa, a la cual asistirán todas las comunidades
religiosas y el clero secular, invitados uno y otro para este efecto"50.
Sería ésta la última vez que el Santo Cristo saliera a la calle acompañado
por los hijos de San Agustín. Un año después, el 23 de septiembre, a
consecuencia de los decretos desamortizadores del gobierno, la hermandad se
veía obligada a buscar cobijo entre las monjas clarisas del Santo Ángel. En el
Libro de Actas se consignó escuetamente esta circunstancia: "Con motivo de
la supresión de los Conventos de Regulares y por consiguiente del de San
Agustín, y como el Gobierno dispusiese no continuase abierto el Templo al
culto, determinó el Excmo. e Ilmo. Sr. Arzobispo (don Blas Joaquín de Palma)
que se trasladase la sagrada efigie del Stmo. Cristo a la inmediata Iglesia de
Religiosas del Santo Ángel Custodio, y el día 23 de Septiembre de 1835 fue
trasladado al expresado convento"51.
No sería, sin embargo, un punto final. Sería un punto y aparte que daría paso
a un nuevo e inmediato periodo de esplendor acorde con la devoción que exigía
su Titular.
4. La hermandad fuera
del ámbito agustiniano
A pesar de esas dificultades,
la corporación a lo largo de la decimonovena centuria se consolidará y
adquirirá el perfil característico que ha conservado hasta tiempos muy
recientes.
Vivirá, por tanto, una época de esplendor tanto en la vida de la hermandad
como en la devoción a su imagen titular pues -como ha señalado M.L. López
Muñoz52- "en medio de los vaivenes políticos de esta centuria, reforzó su
protagonismo, sobre todo cuando tras la exclaustración, perdió la tutela que
siempre había mantenido sobre la imagen la orden agustiniana".
Y es que ese acontecimiento marcará un antes y un después en su discurrir por
la centuria. Hasta 1835 su prestigio se basa en la devoción al Santo Cristo y
en su carácter taumatúrgico que dará lugar a nuevas procesiones de rogativas
en medio del clamor y fervor populares. Posteriormente, ya en su nueva sede del
Santo Angel Custodio, se potencia el culto interno y se entra en una nueva
época caracterizada por el fortalecimiento institucional y un culto cada vez
más oficializado fuertemente controlado por el clero secular.
La nueva sede
y el protagonismo creciente de
la rama femenina
El traslado al convento del
Santo Ángel Custodio repercutió grandemente en la marcha de la corporación. El
binomio hermandad-comunidad de religiosas no se había prodigado en la historia
granadina. Tenía ventajas e inconvenientes. Por un lado reforzaba la vida
cultual de las comunidades y mejoraba sus precarias condiciones económicas.
Mas, por otro lado, esos mismos actos y la presencia de hermanos y fieles
perturbaba el régimen de clausura y el estricto cumplimiento de las
obligaciones que prescribían sus constituciones.
Quizás esta circunstancia sirva para explicar el mayor protagonismo que ahora
adquiere la Asociación de Señoras y la presencia habitual -junto con una
representación de las clarisas- de sacerdotes, canónigos e, incluso, del
propio prelado en juntas, cabildos y actos de todo tipo como fue el caso de
monseñor Salvador José de Reyes, quien en la práctica rigió la hermandad
entre 1852 y 1864.
Como ya se ha visto, la hermandad fue en sus inicios y por imposición reglada
una corporación cerrada tanto respecto al número de hermanos como al sexo de
los mismos. Precisamente esa norma fue causa de la creación en agosto de 1816
de la Asociación de Señoras de la Ilustre Hermandad del Santo Crucifijo de San
Agustín.
Sin embargo y pese al respeto escrupuloso que desde siempre se había tenido por
esa cláusula fundacional, la mujer nunca había faltado en sus cultos y
mantenimiento. Es más, en algunos momentos, como ocurrió durante la
ocupación de la ciudad por los franceses, su contribución fue decisiva como se
reconoce explícitamente en el acta fundacional de la Asociación: "en
consideración a los ardientes deseos de dichas señoras, y que su Divina
Majestad en el tiempo de la Invasión Enemiga había recibido culto de éstas,
con otras muchas atenciones que en la memoria se tuvieron presentes"53.
Por ello cuando el 6 de agosto, en el cabildo general que precedía a la
función del Voto, las devotas del Santo Cristo expusieron su deseo de ingresar
en la cofradía, se planteó un largo debate entre los partidarios de no
quebrantar las reglas y los que creían de justicia aceptar la petición de las
señoras. El cabildo se suspendió sin adoptar ninguna decisión con el pretexto
de que no existían suficientes ejemplares de las reglas y, por el tiempo que
transcurrió hasta su reanudación, todo parece indicar que continuó la
discusión hasta encontrar una solución salomónica: "admitir a las
señoras en clase de hermandad haciéndoles extensivas las gracias y demás de
esta Ilustre Hermandad"54.
Por tanto las devotas alcanzaron lo que pretendían pero sin pertenecer
formalmente a la corporación que continuaba siendo cerrada en función del
sexo, como se expresaba claramente en el acta fundacional en un breve
articulado que, en el fondo, constituía un verdadero reglamento por el que
habría de regirse la rama femenina:
"1. Que se formare un Libro separado en que poníéndose por cabeza
Certificación de este Acuerdo, subscribieren todas las señoras que gustosas
forman este cuerpo sin necesidad de recibirles el juramento prevenido por
nuestras constituciones y prescribe el Artículo 2. de ellas.
2. Que sus Juntas hubiesen de ser presididas por el Padre Prior de este Convento
y autorizadas por el Secretario de esta Ilustre Hermandad, quedando su elección
en caso de vacante o cumplido el tiempo de oficio reservado a nuestra Hermandad
de Caballeros según lo previene el artículo 5. de dicha constitución,
debiendo siempre estar en poder del dicho Secretario el Libro de Entradas y
Acuerdos correspondientes a las señoras para la extensión debida a las
resoluciones que en la materia se vieren.
3. Que será obligación de la Congregación de Señoras costear una Función a
el Santísimo Cristo en el día antes que principien las tres de nuestra
Hermandad, que en todo tiempo será el día 4 de Agosto de cada año, a cuya
función debería concurrir nuestra Congregación de Hombres, ocupando los
bancos del Aprisco, presididos del Padre Prior, como es costumbre en las otras
funciones de los días cinco, seis y siete.
4. Que para que estos gastos sean menos gravosos, del número que compongan la
Congregación de Señoras se nombrarán anualmente dos por suerte de bolilla,
según la práctica que hasta el día hemos observado"55.
Los apellidos de las treinta y dos hermanas fundadoras muestran claramente el
carácter aristocrático que tenía no sólo la rama femenina sino la cofradía
en general pues, siguiendo la costumbre tradicional de las hermandades del
Antiguo Régimen, la mayoría cuando no todas, eran esposas o hijas de los
hermanos. Así nos encontramos con marquesas como las de Vera y Lugros, condesas
como las de La Puebla de Portugal y Pino Hermoso o apellidos tan significativos
en la sociedad granadina del Ochocientos como Velluti, Pérez de Ayala, Méndez,
Díez de Rivera y Muro, García de Tejada, Herrazti, Henríquez de Navarra etc.
La actuación de la rama femenina en estos años será decisiva. Más aún. Si a
ello unimos el amparo y dedicación que la corporación encuentra entre las
madres clarisas y la protección y honores que le otorgó la reina Isabel II,
forzosamente hay que convenir en la importancia que el componente femenino tuvo
en el mantenimiento y expansión de la devoción al Santo Cristo de San
Agustín.
Años de esplendor
El cambio de sede, pese a la
fuerte sujeción a la autoridad diocesana, resultó beneficioso y la
corporación entró en uno de sus periodos más brillantes y fructíferos. Al
depender de la comunidad de franciscanas clarisas la rama femenina adquirió
mayor protagonismo y dio nuevo vigor a una hermandad peligrosamente adormilada;
la protección del prelado y del cabildo catedralicio se tradujo en la
obtención de nuevas gracias espirituales y privilegios; el creciente carácter
aristocratizante le proporcionó un prestigio que culminaría en la obtención
del título de Real, primero, y la visita de la propia soberana, después.
En septiembre de 1842 se institucionalizan los cambios experimentados al
ratificarse, tanto por la autoridad eclesiástica como por la civil, sus
constituciones56. Poco después, con motivo de la mayoría de edad de la reina, se
solicita el título de Real, merced que sería concedida en 1844 con lo que la
corporación pasó a engrosar la exigua nómina de hermandades granadinas que
gozaban de tal privilegio57.
Por estos años los cultos adquieren gran brillantez, como puede comprobarse por
las numerosas publicaciones que se conservan pues se solían editar los
ejercicios cultuales y los sermones de los oradores sagrados58. El principal acto
litúrgico coincidía con la celebración del Voto de la Ciudad y el jubileo
circular. Al crearse la rama femenina el tradicional triduo se convirtió en un
quinario en el que la hermandad se encargaba de sus tres primeros días, el
ayuntamiento del cuarto coincidiendo con la Fiesta Principal y las hermanas del
quinto. Eran cultos dobles pues por las mañanas se adoraban las Cinco Llagas
-devoción genuinamente franciscana- y por las tardes se hacía el ejercicio
propio del quinario con misa y sermón. Algo después, en 1863, se añadieron
nuevos cultos solemnes con un acusado carácter sacramental en las fiestas de la
Invención y la Exaltación de la Cruz del 3 de mayo y 14 de septiembre
respectivamente.
La brillantez y abundancia de los cultos reflejaba fielmente el auge creciente
de la devoción al titular, como se pudo comprobar el 13 de octubre de 1862
cuando fue la única imagen de Granada, junto con su Patrona, ante la que oró
la reina durante su estancia en la ciudad. El acontecimiento fue aprovechado por
la hermandad para hacerle entrega personalmente del nombramiento que la
acreditaba como Hermana Mayor y Protectora Perpetua, distinción que la soberana
aceptó complacida y posteriormente sancionó por R.O. de 31 de diciembre de ese
mismo año59.
A los honores civiles se unieron diversas gracias espirituales. Don Salvador
José de Reyes, al igual que hicieron sus antecesores como don Felipe de Tueros
y Huerta y don Joaquín Alvarez Palma, lucró a la hermandad con nuevos
beneficios espirituales al lograr que el pontífice Pío IX concediera el 27 de
febrero de 1863 indulgencia plenaria a todas las hermanas, tanto el día de su
ingreso en la corporación como en el de su muerte, y a todos los devotos diez
años de perdón si visitaban su capilla durante las festividades de la
Transfiguración de Jesús, la Invención y la Exaltación de la Cruz60.
Estas gracias fueron el origen de los nuevos cultos que engrosaron su calendario
festivo, cultos que, además, tuvieron un marcado carácter sacramental al
conseguirse, asimismo, que el jubileo circulara nuevamente en su capilla durante
esos días.
La trayectoria de la corporación, reconocida formalmente en febrero de 1868 por
el provisor de la diócesis don José Oliver durante su visita, sería truncada
bruscamente por la revolución que estallaría en septiembre de ese mismo año.
Aunque no la afectó directamente como a otras cofradías e instituciones
religiosas, a partir de esos momentos entró en un periodo de atonía del que
tardaría en recuperarse.
Una lenta decadencia
La caída de la Monarquía y
la subsiguiente apertura de un periodo revolucionario incidió negativamente en
una corporación que en los últimos años se había alineado de forma clara con
el viejo Régimen. Aunque la hermandad, al contrario que otras instituciones
religiosas que padecieron expolios, atentados en su patrimonio e, incluso,
traslados forzosos, no sufrió ningún ataque directo en los años que van desde
la "Gloriosa" a la Restauración monárquica, no cabe duda que los
cambios políticos y sociales perturbaron su marcha y sentaron las bases de una
crisis de la que no se saldría hasta pasado más de un siglo.
El periodo va a estar marcado por los agobios económicos. Sus hermanas no eran
muchas; algo más de cuarenta según una nómina de 187161. Los hermanos, otros
tantos pues, salvo excepciones, la Asociación de Señoras se nutría de las
esposas de éstos.
En 1874, recuperada la normalidad en el país con el retorno de los Borbones, la
cofradía acordó, con la adhesión de la rama femenina, editar una lamina de su
titular. Aunque en sus actas nada se dice, es fácil intuir las razones de tal
medida: levantar la devoción al Santo Cristo, muy apagada durante los años
revolucionarios, y conseguir unos ingresos extraordinarios de los que tan
necesitada estaba la corporación. Y, en efecto, en la Junta anual de 1876 se
reconoce el estado delicado de la tesorería, lo que va a obligar en lo sucesivo
a comisarios y comisarias a sufragar los gastos, especialmente los más urgentes62.
En realidad la cofradía no había sabido liberarse de una tendencia que venía
gestándose a lo largo de la centuria y que ahora, durante la Restauración, se
impone claramente afectando a todas las corporaciones religiosas. Un fuerte
elitismo y oficialismo que provoca la pérdida de participación popular y que
se refleja claramente en la procesión del Santo Entierro del viernes santo que
se convierte en un simple cortejo oficial en detrimento de las hermandades que
aún persistían63. De ahí la creciente importancia de comisiones y mayordomos en
detrimento de los órganos propios de aquellas.
Quizás esta circunstancia explique la disolución de la Asociación de Señoras
y el pase de sus miembros a la hermandad, hecho que se produce en julio de 1890,
y la inmediata reorganización de la misma, lo que obliga a redactar nuevas
reglas que serán aprobadas por las autoridades eclesiástica y civil en 190264.
La reorganización no surtió los efectos deseados por lo que la corporación
continuará aletargada durante las primeras décadas del nuevo siglo. En estos
años, por tanto, sólo cabe señalar dos hechos de distinta índole. Uno
negativo; el robo de unas planchas de la base de la Cruz de plata del Santo
Cristo en 191665. El otro, de distinto carácter y significación, en 1929: la
salida procesional del Santo Cristo incorporado a la cofradía de la Soledad
del monasterio de Santa Paula en la procesión del viernes santo. Creemos que en
ese intento hubo algo más que el deseo de resaltar la procesión con la
inclusión de una de las imágenes más devotas de la ciudad; el propósito de
devolver a la veneración del Santo Cristo la base popular que había perdido
por el elitismo e inoperancia de sus rectores.
Finalmente, otro acontecimiento de mayor trascendencia va a marcar el fin de
este periodo: la compra en 1931 por el gobierno del convento del Santo Ángel con
el fin de construir en su solar el nuevo edificio del Banco de España. Mientras
duraron las obras de la nueva sede que se ubicaría en el anterior solar
bancario (marzo de 1942), la corporación y la comunidad de clarisas
franciscanas permanecerían en el monasterio hermano de la Encarnación.
Pese a que tras la contienda civil se produjo un vigoroso despertar de la
religiosidad en todas sus manifestaciones, la cofradía siguió en el mismo
estado de postración que padecía desde principios de la centuria. Por el
contrario, la crisis de los años setenta sí tuvo, desgraciadamente, mucha
mayor repercusión hasta el extremo de estar a punto de acabar con la
corporación. En estos años su actividad se reduce -como puede comprobarse en
las Actas del periodo- a la celebración humilde y rutinaria de los cultos
cuaresmales e, incluso, desde 1984 únicamente la función del Voto de la
Ciudad.
Cuando todo parecía indicar que la disolución de la hermandad era inevitable,
en la primavera de 1988 un grupo de devotos junto a las religiosas del Santo Ángel crearon una comisión gestora, primer paso para la reorganización de la
misma e inicio de una nueva etapa de esplendor.
2
Esa
es la fecha que refieren BERMÚDEZ DE PEDRAZA en la Historia eclesiástica de
Granada (Granada, 1638; ed. facsimil en Granada, Universidad-D. Quijote,
1989), fol. 208 recto y el P. LACHICA BENAVIDES en su Gazetilla curiosa, o
semanero granadino, noticioso, y útil para el bien común (Granada, 1764;
ed. facsimil en Granada, Albaida, 1986), papel XVIII, y siguen GÓMEZ-MORENO en Guía
de Granada (Granada, Imp. Indalecio Ventura, 1892; ed. facsimil en Granada,
Universidad-Fund. Rodríguez-Acosta, 1982), p. 323 y GALLEGO BURÍN en Granada.
Guía artística e histórica de la ciudad (ed. de Granada, Comares, 1989),
p. 274. LAFUENTE ALCÁNTARA la retrasa equivocadamente hasta 1525 en El libro
del viagero en Granada (Granada, Imp. y Lib. de Sanz, 1843), p. 263, al que
sigue Pascual MADOZ en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de
Andalucía. Granada (Salamanca, Eds. Ambito-Eds. Andaluzas Unidas, 1987;
extraído del Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de España y
sus posesiones de ultramar. Madrid, 1845-1850), pág. 149.
3 Cfr.
HENRÍQUEZ DE JORQUERA: Anales de Granada. Granada, Fac. de Letras, 1934
(ed. preparada sobre el manuscrito original por Antonio Marín Ocete; ed.
facsimil en Granada, Universidad, 1987), p. 234.
4 SZMOLKA CLARES, J.: "La recristianización de Granada y las primeras hermandades de
penitencia", en Granada... op. cit., pp. 24-25.
5 BERNALDEZ,
A.: Memoria del reinado de los Reyes Católicos, Madrid, 1962 (ed. J. M.
Carriazo y M. Gómez Moreno), cap. CXCVI.
6 HENRÍQUEZ
DE JORQUERA, Francisco, vol. I, pp. 234-235.
7Ibidem,
vol. I, p. 235.
8Ibidem,
vol. I, p. 235.
9 A.H.N.,
Clero, lib. 3495.
10 A.H.N.,
Clero, lib. 3493.
11 A.H.N.,
lib. 3493, visita de 6 de julio de 1643.
12 A.E.C.G., leg. 26F,
pza. 12.
13 A.H.N.,
Clero, lib. 3494; elecciones del año 1627.
14 A.H.N.,
Clero, lib. 3494, visita de 1 de marzo de 1681.
15 LACHICA
BENAVIDES, Antonio de: Gazetilla curiosa o semanero granadino. Granada,
1764, papel XVIII, h. 1 v.
16 LACHICA
BENAVIDES, A. de, op. cit., papel VI, h. 1?
17 AGUILAR
PIÑAL, Francisco: Historia de Sevilla. Siglo XVIII. Sevilla, 1982 (2.
ed.), p. 298.
18 Más
ampliamente en SANCHEZ-MONTES GONZALEZ, F., op. cit., pp. 237-242.
19 DOMINGUEZ
ORTIZ, Antonio: El Antiguo Régimen: Los Reyes Católicos y los Austrias.
Madrid, 1981 (8. ed.), p. 409.
20Romance
verdadero donde se da cuenta de los varios efectos que causó la contagiosa
epidemia en la nobilísima ciudad de Granada, este año de 1679.
Granada, 1679 (B.U.G.). Algunas estrofas, aproximadamente un tercio del poema,
fueron publicadas ya en SANZ SAMPELAYO, Juan: Granada en el siglo XVIII.
Granada, 1980, pp. 247-250.
21 RABASCO VALDES, José M.: "Un caso de aplicación de los registros parroquiales:
Granada y la epidemia, 1640-1700", en Actas de las I Jornadas de
Metodología Aplicada de las Ciencias Históricas. Santiago de Compostela,
1975, vol. III, pp. 301 y 308.
22 KAMEN,
Henry: La España de Carlos II. Barcelona, 1981, p. 91.
23 Según
testimonio citado por SANZ SAMPELAYO, J., op. cit., p. 250.
24Diarios,
24 de abril de 1795, en Obras de Don Gaspar Melchor de Jovellanos. Vol.
III, ed. de M. Artola. Madrid, B.A.E. LXXXV, 1956, p. 256.
25 HENRIQUEZ
DE JORQUERA, Francisco: Anales de Granada. Ed. de A. Marín Ocete,
estudio preliminar de P. Gan Giménez e índices de L. Moreno Garzón. Granada,
1987, vol. I, p. 234.
26 En Granada
existía otra hermandad bajo la advocación del Cristo de Burgos, fundada en
1670, con sede en el templo parroquial de Ntra. Sra. de las Angustias. Se
componía de pastores y ganaderos de lana de los partidos de la Vega, Sierra,
Valle y Temple. Vid. más extensamente en LÓPEZ MUÑOZ, Juan Jesús,
LÓPEZ MUÑOZ, Miguel Luis, SZMOLKA CLARES, José y CASTÓN BOYER, Pedro: Granada
y el Cristo de San Agustín. Granada, 1994, pp. 71-72.
27Archivio Segreto Vaticano, S. Congr. Concilii, Relationes: Granaten. 370 A,
21 de octubre de 1685.
28Solemnes Funciones de Acción de Gracias que en la Iglesia de Religiosas
Franciscas Descalzas del Santo Angel Custodio de esta Ciudad de Granada dedican
al Santísimo Cristo de San Agustín su Ilustre y Real Hermandad y Asociación
de Señoras... Granada, 1865.
29MORALES HONDONERO, Juan de: Ceremonias que esta Ciudad de Granada ha de
observar y guardar en las ocasiones que se ofrezcan, así en su Sala Capitular
como en las Funciones públicas. Granada, 1752, p. 25.
30Según los balances de "Festividades de iglesia a que asiste y celebra
dicha M. N. C." de los años 1830 y 1831 (Archivo Histórico Municipal de
Granada, leg. 897, pza. 6).
31Archivo del Patronato de la Alhambra, leg. 34, L-33-17.
32LOPEZ MUÑOZ,
M.L.:Granada y el Cristo de San Agustín, Granada 1993;
pág. 72.
33Archivio Segreto Vaticano. S. Congr. Concilii, Relationes: Granaten. 370 A, 21
de octubre de 1685.
34LACHICA BENAVIDES, A de: Gazetilla curiosa o semanero granadino, noticioso y
útil para el bien común. Papel XVIII (6 de agosto de 1764), hojas 1v-2.
35Libro de Acuerdos de la Asociación de Señoras. A.H. CTO. S. AG., fol. 1.
36LA CHICA: Ob. cit.,papel XVIII (6 de agosto de 1764), hojas 1v-2.
37LOPEZ MUÑOZ, M.L.:"Las cofradías y hermandades de la ciudad de Granada en
el catastro de Ensenada". Revista del Centro de Estudios Históricos de
Granada y su Reino, 5 (1991), págs. 205-238, y "Las cofradías de la
ciudad de Granada en la segunda mitad del siglo XVIII" en VII Encuentros
de Historia y Arqueología, Cádiz, 1992, págs. 55-72.
38Libro de Acuerdos..., fol. 1
39MORALES
HONDONERO, J. de: Ceremonias que esta Ciudad de Granada ha de
observar y guardar en las ocasiones que se ofrezcan así en su Sala Capitular
como en las Funciones públicas. Granada, 1752, págs. 58-59.
40LA CHICA: Ob. cit., papel XVIII 86 de agosto de 1764), hojas 1v-2.
41MORALES HONDONERO: Ob. cit., págs. 58 y 59.
42HITOS, F.A.:Páginas Históricas de Nuestra Señora de las Angustias, patrona
de Granada. Burgos, 1929 (2 ed.), pág.
163.
43JOVELLANOS; M.G. de: Diarios, 24 de abril de 1795, en Obras de Don
Melchor Gaspar de Jovellanos, vol. III, ed. M. Artola. Madrid, B.A.E.,
LXXXV, 1956; págs. 256.
44Lopez Muñoz, M.L.: "Las cofradías de la ciudad de Granada...",
págs. 55-72.
45Vid. GALLEGO BURIN, A.: Granada en la Guerra de la Independencia.
Granada, 1923 y MARTINEZ RUIZ, A.: El reino de Granada en la Guerra de la
Independencia. Granada, 1977.
46LINARES PALMA, J.: "Una página de historia granadina. El Santo Cristo de
San Agustín, luz y fuente pura de la católica ciudad de Granada".
Granada, s.a. (texto mecanografiado).
47Libro de Actas..., fols. 7-8.
48Ibidem, fol. 11v.
49Ibidem, fol. 14.
50LINARES: Ob. cit., pág. 4.
51Ibidem.
52LOPEZ MUÑOZ, M.L.: Ob. cit., pág.
53Libro de Acuerdos..., fol. 1.
54Ibidem fol. 1.
55Ibidem, fols. 1v y 2.
56SALGUERO Y BAS, A.: "La Hermandad del Cristo de San Agustín", Gólgota.
Boletín de la Federación de Cofradías de Granada, n
2 (1990), p.173.
57Ibidem, pág. 173.
58Vid, por ejemplo, SANCHEZ-ARCE PEÑUELA, A.: Sermón que en la solemne
función celebrada por la Real Hermandad y por la Ilustre Asociación de
Señoras del Santísimo Cristo de San Agustín de Granada, con motivo de haberse
declarado S.M. la Reina Doña Isabel II protectora y hermana mayor perpetua de
dichas corporaciones. Granada, 1863.
59Manifiesto de las diversiones y desahogos públicos, con que la M.N. y M.L.
Ciudad de Granada solemnizó la augusta Proclamación de la Reina Doña Isabel
Segunda de Borbón en los días 3, 4 y 5 de febrero de 1834. Granada, 1834.
60SALGUERO: Ob. cit., pág. 174.
61Resumen de las Señoras que en 9 de Agosto de 1871 componen la Asociación de
las mismas a la M. Ilustre y Real Hermandad del Ssmo. Cristo de S. Agustín.
Libro de Actas..., fol. 42.
62Ibidem, fol. 47v.
63SZMOLKA CLARES, J.:
64Libro..., fol. 57.
65SALGUERO: Ob. cit., pág.
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