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CON ELLA Y POR ELLA,
QUE REINA EN NUESTROS CORAZONES
Con gran
asistencia de fieles, en su mayoría Hermanos y Hermanas, se han
desarrollado los cultos anuales en honor de Ntra. Madre y Señora de la
Consolación, que ha presidido el altar mayor durante los tres días en
que ha celebrado la Santa Misa nuestro Hermano-sacerdote D. Juan Luis García
Rodríguez, acompañado todas las tardes por nuestro Director Espiritual,
D. José María Rodríguez-Izquierdo Gavala.
El
predicador hizo hincapié en algunos aspectos esenciales de la vida
cristiana, que requieren un urgente reforzamiento en la actualidad.
Proponiendo a María como el modelo de discípula de Jesús, se detuvo el
primer día en la importancia de los sacramentos del Bautismo, la Eucaristía
y la Penitencia, en el que se manifiesta la amorosa grandeza del perdón
de Dios. El jueves centró su reflexión la actitud del cristiano (y
cofrade) ante el clima de relativismo y secularismo, invitando a ser
valientes y tener siempre presentes los dolores de la Virgen,
completamente cercana al sufrimiento de los hombres. Finalmente, e
invocando la protección de María para los sacerdotes y para el
surgimiento de nuevas vocaciones, glosó la misión sacerdotal, ese
milagro diario de consagrar el pan y el vino, y de perdonar los pecados,
pidiendo que en nuestras comunidades cristianas sea valorada la figura del
sacerdote. Una emotiva dedicatoria ha dejado Juan Luis en nuestro libro de
firmas, como recuerdo de estos días compartidos.
Los fieles
han seguido el Triduo con gran atención, contando las tres celebraciones
con la participación de diversos Hermanos, tanto en la proclamación de
la Palabra y elevación de preces, como en el servicio del altar.
Especialmente significativas han sido las plegarias de cada día, teniendo
muy presente a María y a Dolores, las madres, recientemente fallecidas,
de dos queridos cofrades, como son el Vestidor de la Virgen y el anterior
Hermano Mayor.
A primera
hora de la mañana del sábado, ya se encontraba la venerada Imagen de la
Virgen de la Consolación sobre el suelo del presbiterio; una colgadura
azul en la puerta de la iglesia señalaba lo extraordinario de la jornada.
Era la hora de su Besamanos. Pocos actos alcanzan un nivel de participación,
como éste. Una vez más nos sorprendieron –con escenas inolvidables-
los gestos y actitudes de personas que se acercaron con fe a besar la mano
de nuestra Señora; una vez más los devotos desbordaron el marco del
templo, agolpándose en la calle en las últimas horas de la tarde. Antes,
apenas pasadas las seis de la tarde, un grupo de niños protagonizó el
Besamanos infantil.
En estas
ocasiones la capilla infunde un misticismo especial, logrado con la
penumbra de la luz de cera encendida, en artísticos candelabros de bronce
y de cristal, con la cálida brisa de la calle confundida con el incienso,
con el rumor de marchas procesionales que sirve de contrapunto al bisbiseo
de oraciones y palabras cruzadas. Su figura maternal lo inundaba todo,
como entronizada bajo la bóveda de colgaduras, que delimitaban un espacio
etéreo, artificial, magnífico ejemplo de arquitectura efímera, domus
aurea, para cobijar una grandeza nacida de la humildad. Bajo ese simulado cielo diversos angelillos, portando atributos
como la nave de nuestra consolación, el rosario de María y una guirnalda
de flores, revoloteaban con imposibles piruetas de plateados reflejos.
En el
Besamanos nuestra Madre se nos presenta sagrada y humana, divina y a la
vez cercana. Esa es la grandeza de la piedad popular, capaz de ofrecernos
a la misma divinidad a la altura de los hombres. El diálogo fluye así
con toda sinceridad y contagia a los presentes en una atmósfera propicia
para la oración.
Culminaron
estos cultos con la Función Mariana del domingo 23 de octubre, que contó,
ahora sí, con los cantos de nuestras monjas, algo más recuperadas de sus
resfriados. El cortejo litúrgico atravesó la nave para comenzar la
Eucaristía pasadas las 12,30, en una iglesia rebosante de fieles. Función
entrañable, como lo es todo cuanto se dedica a nuestra Madre, sintiendo
cercana su presencia.
Nuestro
Director Espiritual nos invitó a vivir con intensidad la vida cofrade, a
detenernos en lo que de verdad importa, a seguir el ejemplo de María y,
recordando que nos hallábamos en la Jornada del DOMUND, a participar
activamente en la misión evangelizadora de la Iglesia. Sus palabras de ánimo,
a buen seguro, no caerán en saco roto. Como tampoco, las preces que
conjugaron las peticiones universales de la Iglesia, con otras
particulares, por el agua que necesitan nuestros campos, por las obras de
la nueva Casa de Hermandad, por la comunidad de religiosas y por nuestra
propia Hermandad.
Al terminar la misa, los presentes
protagonizaron, como colofón a estos cultos, un auténtico y
multitudinario Besamanos de Hermandad. Una especie de despedida o tal vez
un no querer dejarla sola. Los Hermanos y Hermanas esperan con ansiedad el
día en que veamos a Nuestra Madre y Señora como Reina de Consolación en
su paso de palio, pero es indudable que sus cultos anuales cada año van a
más y ello es porque ya reina en nuestros corazones.
Miguel
Luis López Guadalupe Muñoz
Hermano Mayor
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