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CRÓNICA DE UNA SALIDA PROCESIONAL
LUNES SANTO, 5 DE ABRIL DE 1993

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n el presbiterio del altar del Convento del Ángel Custodio quedó instalado el paso de nuestro Sagrado Titular. Allí acudieron a visitarlo desde el Viernes de Dolores numerosos cofrades y devotos. El mismo Lunes Santo, dos horas antes de la salida procesional, recibió la visita cordial de los representantes de la Federación de Cofradías de Granada, encabezados por su Presidente D. José Antonio Pineda.
A las 8.30 en punto se abrieron las puertas del templo conventual, ofreciendo al espectador una muchedumbre de negros capirotes, que apenas dejaban entrever, al fondo, la silueta del Santo Crucifijo. De dos en dos, en riguroso silencio, perfectamente ordenados gracias a la labor del Diputado Mayor de Gobierno, los nazarenos fueron apareciendo bajo el dintel de la puerta.
Todo estuvo a la altura de las circunstancias y todo respondió con creces a las expectativas. Se cumplió perfectamente con la responsabilidad que corresponde a la cofradía más antigua de cuantas hoy participan en las estaciones de la Semana Santa de Granada y cuyo titular es también la imagen más antigua de las procesionadas durante esos días.
Una solemne, silenciosa y corta "chicotá" trasladó el paso desde el presbiterio hasta la inmediatez del cancel. La multitud apiñada frente a la puerta observaba el suave movimiento de un Cristo, cuya estampa se descompone, hundido en el calvario hasta la rodilla, para permitir el paso por el cancel y la puerta del templo.
Cuando la procesión asoma a la calle, la tarde, todavía viva, ha adoptado ya el tono plomizo que anuncia el anochecer. Y para ese anochecer el barrio ofreció la calle de San Antón, que de una forma definitiva se ha sumado este año a la geografía procesional de la Semana Santa de Granada.
Y para que nada faltase, las queridas monjas clarisas hicieron tañer la campana de su clausura, cooperando a crear el ambiente que en la calle precisa el paso del Santo Cristo. Dobles de muerte y luto en los hábitos y en los faldones, y luto en los corazones, que en ese momento, como en toda la estación penitencial, se emocionaron con un recuerdo, siempre vivo, el de Antonio, cuya medalla descansaba a los pies del Santo Cristo y quien seguro acompañó el cortejo, aunque no con su presencia física, como hubiéramos deseado.
En medio de un espectacular silencio -contenida la respiración- , sólo roto por los acordes de la capilla musical y por los bisbiseos de los asistentes llamando al silencio a los recién incorporados a la multitud, el paso, tras virar ante la puerta, se detuvo. Detrás de las celosías conventuales se adivinaban los rostros emocionados de las monjitas, mientras en las calles, en pleno silencio, la cruz argéntea que soporta a Cristo Jesús se alzaba lenta, casi imperceptiblemente, sobre el calvario de morados lirios.
Desde el templo, la venerada imagen del Cristo de San Agustín emprendió un itinerario medido, que conjugó perfectamente los preceptos de su Reglamento de Régimen Interno en cuanto a la brevedad y estación ante la Santa Iglesia Catedral Metropolitana con las disponibilidades espacio-temporales permitidas por el paso de las otras cuatro cofradías.
El itinerario se hizo al margen de la carrera oficial de la Semana Santa granadina. Aunque la Hermandad lo pretendió en un principio, no fue posible. Como el hijo pródigo, llamó a la puerta de la Federación de Cofradías y Hermandades de Semana Santa -que fue su casa en 1953- , pero allí, lejos del regocijo y la alegría de la parábola evangélica, su llamada fue ignorada.
Aquella que se dice "casa de todos" le cerró la puerta -pese a las notables excepciones de algunas cofradías que mostraron un alto espíritu de fraternidad- del itinerario oficial, que ya recorriera en sus dos salidas precedentes en la Semana Santa Granadina: la de 1929, bajo los auspicios de la siempre venerable Cofradía de Ntra. Sra. de la Soledad y Descendimiento del Señor, y la de 1953, con identidad propia.
Las actitudes respetuosas de las cofradías del Cristo del Trabajo y de Ntra. Sra. de los Dolores se plasmaron en su disposición, comunicada por escrito a la Hermandad, para no interceptar el paso de la cofradía y respetar su itinerario. Son estas actitudes las que muestran el pulso de la hermandad entre las cofradías granadinas.
Con su andar acompasado y preciso, majestuoso a la vez, el Cristo de San Agustín enfiló ese maravilloso marco de la calle de San Antón en busca del centro de la ciudad. El paso recio de los cofrades y el suave roce de las zapatillas marcaron una forma de estar que pronto fue comprendida por todos los presentes. A ellos se debe en gran medida el efecto causado por la procesión.
Entre el mar de la multitud, el cuerpo de nazarenos semejaba un esbelto bosque de agudos capirotes negros y romos cirios de tiniebla. El avance de la noche, ya en la calle de la Alhóndiga, desdibujaba los primeros y realzaba los segundos. La ofrenda de luz -cirio en alto apoyado en la cintura-, con llama oscilante y caprichosa, preludiaba la presencia del Santo Crucifijo.
Prisioneras de las filas de nazarenos, las insignias mostraban a su paso, con poco espacio y gran simbolismo, apuntes de la historia de la Hermandad y del Drama redentor que se rememora. En cabeza la Cruz y guía, símbolo del cristiano e indicadora del camino a seguir para alcanzar la salvación. Una cruz alta, abierta, proclamadora del carácter cristiano de nuestras manifestaciones.
Después el libro de Reglas, magnífica obra orlada en plata de ley del siglo XVIII; son nuestras normas, las orientaciones a seguir por los cofrades, con la aprobación archiepiscopal, en la iglesia y en la calle, en la sala de cabildos y en nuestros hogares. Acompañando a las insignias otras piezas de orfebrería, las varas, símbolo de autoridad a la vez que cayado de peregrinos en la tierra.
Ya próximo el paso iba el guión de la Hermandad, signo permanente de su presencia, bordado artísticamente en oro, plata y sedas, sobre terciopelo morado, por las Rvda. MM. Dominicas de Jaén.
En la plaza de la Trinidad, la multitud, concentrada para contemplar el paso de diversas cofradías, se agolpaba en las aceras. Pero es la Romanilla la que ofrece un ambiente inigualable. A ambos lados del paso del Cristo se elevan las esbeltas palmeras de sabor oriental. Sus tonos verdosos rasgan el negro velo de la noche granadina.
El cortejo se aproxima a la Catedral. La música solemne y lastimera de la capilla musical de la Hermandad, clava sus sones en la calle de San Jerónimo, rompiendo el silencio con piezas del siglo XVII, interpretadas por un oboe, un clarinete y un corno inglés, tocados por sendos maestros de la Banda Municipal de Sevilla. En el transcurso de la procesión repitieron hasta seis veces la pieza compuesta expresamente para la ocasión y dedicada al Santo Cristo de San Agustín.
La puerta del Perdón, obra maestra de Diego de Siloé realizada entre 1530 y 1537, coetánea en el tiempo de la imagen del Santo Cristo, fue el escenario escogido para realizar la Estación de Penitencia, alrededor de las 10,15 de la noche. La sencilla y silente estación no fue otra cosa que el mudo rezo del padrenuestro, la oración que Él nos enseñó, bajo el antifaz. Allí, ante las piedras centenarias, quedó la plegaria y la acción de gracias de los cofrades. Desde allí siguieron desgranando las oraciones del rosario, que en crecido número se veía en las manos de los nazarenos.
Y allí, algo más arriba en la calle Cárcel Baja, la Cofradía de Ntra. Sra. de los Dolores esperó el paso de nuestra Hermandad. Cariñosas muestras de cordialidad, aunque discordes con el espíritu de la procesión, se nos brindaron por sus hermanos, músicos y costaleros.
El pasaje de Diego de Siloé ofreció su añejo encanto al paso del Crucifijo, sobre el clásico empedrado granadino. Cruces de penitencia le seguían, recortando sus astas sobre el monte de lirios del calvario. A la memoria nos vienen estampas de pasados siglos, de las que nos han dejado constancia los documentos y cuya reconstrucción hace la imaginación.
Son recuerdos de tiempos difíciles, de procesiones de rogativa con el Crucifijo de San Agustín como protagonista. Los granadinos acudieron a Él en penosas circunstancias, como las sequías de 1587, 1635 y 1750, o las graves epidemias de 1679 y 1834. A raíz de la epidemia de peste de 1679, el Cabildo de la Ciudad estableció a perpetuidad un Voto de Acción de Gracias al Santo Cristo –que se renueva cada año-, considerándolo Protector de Granada. Por esta razón la Guardia Municipal de gala escoltó el paso de nuestro Titular.
Detrás del mismo, presidía el cortejo el Rvdo. P. Tarsicio Domingo, revestido con capa, acompañado de dos diáconos. Alumbraban al Santo Cristo seis ciriales altos en plata y carey portados por acólitos, atentos siempre a las indicaciones del pertiguero.
La Gran Vía, eje de la ciudad, pese a sus dimensiones poco adecuadas para las procesiones, permitía observar la hermandad completa, compacta, alineada. A cada paso, la campana del muñidor convocaba al pueblo creyente. Esta es la centenaria misión de las campanas: convocar a los fieles y exaltar las festividades. Con su metálico timbre, los sones alcanzan recónditos rincones, anunciando que la hermandad, hecha cofradía, se aproxima. Con su ritmo acompasado proclama la grandeza del misterio y el luto por la Muerte de Jesús.
Ha recuperado la Hermandad la estampa tradicional del muñidor, el anunciante y recadero de las antiguas hermandades. El cadencioso movimiento de sus brazos marca el ritmo procesional, que ya no necesita el pregón de pasados tiempos, como el proclamado, de trecho en trecho, por la antigua Hermandad de Jesús Nazareno y Santa Elena: "¡Esto se hace en remembranza de la Pasión de nuestro Redentor Jesucristo!".
En la calle Reyes Católicos la fresca brisa del río Darro envuelve el cortejo penitencial. El público se coloca en las aceras, lo que le permite admirar el paso. Las sierras y escofinas de Manuel Caballero han ejecutado la estructura hermosa del canasto, aún sin terminar. Los hachones son obra de talla de Juan Mayorga y de orfebrería de Manuel de los Ríos, en caoba y plata, como se rematará el canastillo, según el espléndido diseño de Antonio Dubé de Luque. Otros elementos ornamentales, gentilmente cedidos por diversas hermandades sevillanas y granadinas, completaban el paso.
Sobre él, majestuosa, la talla que Jacobo Florentino el Indaco realizara a comienzos de la década de 1520 para el convento de agustinos calzados de Granada. Un Crucificado de vestir con cabellera de pelo natural vestido con su tradicional tonelete, en este caso morado con fleco en oro. La oscura, a la vez que calidad, policromía destaca ante la frialdad de la plata, que convierte a la cruz en patíbulo de gloria, realizada en el siglo XVII y recientemente restaurada por Villarreal. También en plata de ley del seiscientos, el nimbo y la corona de espinas se ciñen a la cabeza del Cristo. Su patético semblante -tez morena y facciones desencajadas- sobrecogió a quienes se acercaron a mirarlo cara a cara.
Al frente, el magnífico manifestador en forma de pelícano, en plata, oro y piedras, de la comunidad de MM. Clarisas, dejando a un lado el "llamador". El capataz condujo espléndidamente a sus cuarenta hombres ataviados con faja y costal. Secos golpes de martillo y largas y equidistantes "chicotás" colocaron el paso en la Puerta Real.
A partir de allí la procesión se hace barrio. Por toda la longitud de la calle de San Antón la cera penitencial serpentea, la gente enmudece y el alumbrado público, por deferencia del Excmo. Ayuntamiento de la ciudad se apaga. Los sones de la capilla de música se suavizan ante la grandeza del misterio. Es el momento para la saeta. Una tras otra acompañaron el caminar de Jesús, hiriendo el aire y el corazón de los fieles.
La imagen está ya ante el convento. Una última variación la coloca ante la puerta y sin más preámbulos penetra en el recinto consagrado. Es el final de la Estación. El testimonio de fe, en forma de catequesis plástica, ha concluido. El Cristo de San Agustín camina ante las imágenes de Jesús de las Penas y de Nuestra Madre de Consolación, hasta ocupar su lugar de origen en el presbiterio. Los hermanos, tras la última oración, abandonan el recinto, aún en silencio, con el rostro cubierto, reajustándose en la cintura la negra cola. Todo quedará en silencio, mientras todos piensan ya en la salida procesional del próximo año.

Autor: M.L.M.
Título: "Crónica de una Salida Procesional".
Publicado en:
Hoja informativa de la Hermandad. Abril 1993
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Fotografías de Fernando López.