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REINA
EN NUESTRAS CALLES
A
las seis menos cuarto de la tarde del sábado 18 de octubre tenían fijada
los Hermanos y Hermanas su hora de llegada. Fueron entrando por la puerta
principal de la iglesia, que se hallaba entreabierta, y colocándose en los
bancos, que permanecían puestos en esta ocasión por celebrarse a las siete
de la tarde la misa de comunidad.
La ilusión crecía por momentos en el interior del templo, y la expectación
en el exterior. La fachada, engalanada con colgaduras azules de ecos
inmaculistas, apenas dejaban traslucir la oración callada de los
participantes en el cortejo conforme iban llegando, postrándose ante la
imagen y ocupando su lugar.
Fue general la sorpresa de los asistentes al contemplar el clasicismo y
sabor antiguo de Nuestra Madre y Señora de Consolación en sus andas
procesionales, colocadas antes las gradas del presbiterio. El terno negro
bordado en oro que vestía la imagen, el primor del rostrillo, en el que había
colgado la devoción algunas alhajas, y del pañuelo de su mano. En la otra
el rosario y sobre sus sienes la corona de Reina.
El mismo primor, hasta el detalle, que desprendían las piezas de sus andas.
Sus treinta y dos candeleros de cera alta, coronados por dos con pinturas al
óleo de "nuestros padres" S. Francisco y Sta. Clara; sus jarras,
con cónicos adornos, y friso de blanca flor -símbolo de su pureza-, clavel
y capullos de rosa, aderezados con paniculata; sus faroles de vivas llamas.
Momentos para la contemplación y el detenimiento en los detalles, en los
ricos relicarios de su delantera -el central con una reliquia del patriarca
de los pobres, San Juan de Dios-, en la majestuosa peana que labrara Navas
Parejo, en la belleza serena que mostraba la Imagen salida de las gubias de
Dubé de Luque hace ya trece años... Y hay quien buscó el broche en forma
de salamanquesa por los pliegues de su manto.
Dadas a los Hermanos las pertinentes indicaciones por parte del Diputado
Mayor de Gobierno y del Hermano Mayor, se inició el acto a las seis y media
de la tarde, proclamando la oración mariana, adaptada a nuestra particular
advocación, que Juan Pablo II inserta en el final de su reciente encíclica
La Iglesia en Europa. Tras rezar el credo, se abrieron las puertas de
la iglesia y el cortejo inició su peregrinar.
Casi un centenar de Hermanos y Hermanas portando cirios blancos formaban los
tres tramos, separados por las correspondientes insignias: en primer lugar,
la Cruz de Guía acompañada por dos hachetas; seguidamente, el simpecado
-con la entrañable "Virgen de la Escalera" de nuestro convento en
la pintura que lo centra-, también con dos hachetas, y por último el
estandarte, escoltado por cuatro cirios apagados que portaban miembros de la
Junta de Gobierno de la Hermandad.
Abría la comitiva el acompasado sonido de la campana del muñidor, al que
acompañaban seis acólitos infantiles que fueron entregando a los presentes
durante el recorrido estampas-recordatorio de nuestro Rosario Vespertino.
Terminados los tramos de luz, se situaban los restantes acólitos infantiles
y la presidencia del cortejo, integrada por el Hermanos Mayor y otros
anteriores, Consiliarios y la Camarera de la Virgen. Tras ellos, y auxiliado
por el Promotor de Cultos, el encargado del rezo del Rosario, así como las
cuatro voces que ofrecieron sus cantos en honor de Nuestra Madre y Señora:
Isabel Egea (contralto), Purificación Cano (soprano), Héctor Eliel Márquez
(bajo) y Víctor Castellón (tenor).
En este punto se abría el cortejo litúrgico que precede al paso de la
Virgen. Cruz parroquial -la de nuestra Parroquia de Nuestra Señora de las
Angsutias-, alzada y con manguilla, pertiguero, acólitos ceriferarios y
turiferarios. Prioste y Capataz fueron delante de Ella. Bajo sus andas, más
de veinte portadores, en su mayoría costaleros, aunque también ocuparon
este lugar, a petición propia, distintos miembros de la Hermandad. Cerraba
el cortejo el preste revestido de capa, nuestro Hermano D. José Manuel Suárez,
Párroco de Purullena, acompañado de dos acólitos y, tras él, un grupo de
portadores, los devotos que quisieron y cuatro diputados de cierre portando
palermos.
Se proclamaron todos los misterios del Santo Rosario -de gozo, luz, dolor y
gloria-, leyendo en cada uno un breve pasaje evangélico alusivo, rezando el
padrenuestro, avemarías y gloria, y terminando con una oración de súplica,
tomada del opúsculo escrito por Juan Pablo II sobre el Santo Rosario. Tras
cada misterio, los solistas interpretaron piezas clásicas, especialmente
renacentistas, de diverso carácter según los misterios. Al pasar ante
nuestra Casa de Hermandad se hizo un momentáneo silencio que marcaba la
mitad del rezo. Eran las siete y media de la tarde, como estaba previsto.
Ya en la calle San Antón tuvimos el gozo de escuchar el Caligaverunt,
que en tantas ocasiones ha acompañado la entrada de nuestro Stmo. Cristo ya
en la madrugada del Martes Santo. Fue entonces cuando el anochecer puso un
color especial al cielo granadino, el mejor palio para Nuestra Madre de la
Consolación. A la vez se agigantaba el resplandor de las llamas vacilantes
en los cirios.
El rezo discurrió, pues, pausadamente y sin interrupciones y las calles de
nuestro barrio -a ambos lados de la calle San Antón- se inundaron con el
fervor mariano de doscientas avemarías. Cientos de personas esperaban el
cortejo en cada calle y muchas se sumaban al rezo, continuando el itinerario
en las proximidades de las andas. Otros muchos se distinguían en los
balcones y tras las ventanas. Ella nos bendijo a todos y seguro que recogió
en sus delicadas manos el testimonio de peticiones y de acciones de gracias
para elevarlas al Padre.
Las insignias y los cirios se movían acompasadamente y, desde atrás, se
les veía tomar cada esquina con solemnidad, como en noche de Lunes Santo.
Detrás, salvo las oraciones de los hermanos y los cantos del coro, sólo el
ruido de la pértiga contra el pavimento y el metálico sonido del llamador
presagiaban la cercanía de la Madre Dolorosa. El paso avanzó
majestuosamente, con varios relevos entre los portadores asidos a sus ocho
mangos, precedido por la nube del incienso, símbolo de nuestra alabanza.
Ya ante la puerta del templo la Bendita Imagen, desde el presbiterio, y
acompañado por las monjas y todos los presentes, nuestro Hermano D. José
Gabriel Molina, Párroco de Pedro Martínez y Alamedilla, comenzó a
desgranar los piropos cantados de la Letanía Lauretana. Duró ésta el
tiempo necesario para la entrada de las andas, su variación en el centro de
la iglesia y su colocación en el presbiterio, de cara a los fieles. Dieron
entonces las ocho y media de la tarde.
Sólo entonces, acompañada de todos sus hijos e hijas, recibió María la
Felicitación Sabatina, no sin antes ofrecer una oración por la salud e
intenciones de S. S. el Papa. El canto de la Salve Regina culminó
una jornada, en la que todos los Hermanos y Hermanas del Cristo de San Agustín
nos sentimos orgullosos de acompañar a nuestra Titular Mariana por las
calles de barrio.
Vino luego el momento de abrir las puertas del templo, la concurrencia
incesante de fieles hasta las diez de la noche aproximadamente y, ya a
puerta cerrada, pero con una nutrida presencia de Hermanos, las tareas de
adecentar el altar para la función del domingo, los momentos íntimos -como
cuando sólo lucía en el templo a oscuras la cera de la candelería de la
Señora- y las confidencias que todo hijo tiene con su Madre.
Culminaron los cultos, ciertamente, con la multitudinaria función del
domingo 19 de octubre, que celebró nuestro Hermano D. Pedro Castón Boyer,
colofón a cinco días en torno a nuestra Madre, que recordaremos siempre
-hoy que está de nuevo en la penumbra de su capilla- como los cultos del año
en que su Consolación, por primera vez, reinó en nuestras calles, porque
en nuestro corazón hace ya años que viene reinando.
Miguel
Luis López-Guadalupe Muñoz
Hermano Mayor
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