A lo lejos, una campana se hace aldaba.
No habla. No llama. No llora. No canta. No reza. Golpea.
San Antón se hace noche de la noche mientras la luna sécase, con gasas rotas,
lágrimas de hielo, clavos de terciopelo que, en silencio, contemplo.
Oigo nanas de desconsuelo que, furtivas, danzan macabramente ante los adoquines
estrechos que unas sandalias besan, acarician, para evitar que se rompa el suelo.
Muerto.
Lo traen muerto.
Lo llevan muerto.
Muerto.
Muerto sobre un Gólgota en movimiento.
Y golpea la campana.
Y a la luna ya no le quedan más lágrimas de plata para limpiar sus tormentos.
Los lirios pequeños le están dando besos,
y los nazarenos, inquietos, se han hecho un sudario negro.
Silencio.
Que nadie hable.
Que se abran las puertas del convento.
Que Jesús, muerto, tiene sueño.
José Luis Pareja Rivas
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