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Nuestra
Hermandad Sacramental del Stmo. Cristo de San Agustín ha cumplido su undécima
estación de penitencia, en este caso estación interior, en la Semana Santa
de Granada.
Lo ha hecho, como siempre, con un hervidero de hermanas y hermanos alrededor
de ese Cristo de San Agustín, que sobrecoge a tantos fieles y que nos ha
atraído a tantos hasta esta casa común que es la Hermandad. Aunque el paso
no saliera a la calle, recibió, desde luego, el calor de los granadinos.
Como cristianos, la Estación de Penitencia es sólo la preparación para el
misterio sublime de la redención del hombre, que culminará el próximo
Domingo de Resurrección. Como cofrades, sin embargo, la cita del Lunes
Santo es un acto central en la vida de Hermandad y en el curso cofrade.
Nuestra vocación de procesionar no se justifica porque sí. Lo hacemos, en
primer lugar, porque la faceta procesional es la netamente distintiva de las
Cofradías en el amplio abanico de los grupos cristianos de nuestra diócesis.
Lo hacemos, en segundo lugar, para dar público testimonio de nuestra fe y
manifestar nuestra comunión con la Iglesia, que es todo el pueblo de Dios;
por eso, una vez más hacemos profesión de fe, aunque no haya podido ser en
la Santa Iglesia Catedral, y pedimos, de manera especial en esta ocasión,
por la paz del mundo y la concordia entre todas las naciones. Lo hacemos,
por último, como acto de devoción y de fraternidad: devoción a nuestras
Sagradas Imágenes Titulares (esta vez pudimos orar ante el Sto. Crucifijo y
ante Nuestra Madre de la Consolación) y fraternidad, porque esa devoción
nos la exige con todos los miembros de nuestra Hermandad.
Clima de fraternidad es el que se vivió en el interior del templo, fruto de
una decisión dolorosa, pero necesaria, tomada de forma unánime por la
Junta de Gobierno. Todos los hermanos y hermanas la aceptaron con ese
respeto que siempre muestran hacia la Hermandad y ello nos conforta. Por
eso, lo agradezco aquí públicamente, lamentando a su vez el haber privado
a miles de granadinos, sobre todo los más alejados, de la contemplación de
nuestra Imagen Titular, de ese Evangelio de altísimas cualidades plásticas
que es nuestro Cristo de San Agustín. Hoy, Martes Santo, no es hora de
tristeza, sí de esperanza y de ilusión de cara al resto del curso y del año
próximo. Los cofrades, pueden estar seguros de ello, sí que hicieron
estación de penitencia, una peculiar estación en el interior del templo y
en compañía de nuestras monjas.
Ayer, ciertamente la Hermandad se hizo Cofradía y el cofrade se convirtió
durante unas horas en nazareno, en penitente, en acólito, en costalero...
Cada uno en su puesto aunque no pudiéramos pisar la calle; que esa fue la
voluntad de Dios. Diversidad de funciones y un mismo sentir: proclamar la
buena nueva de nuestra salvación, anunciar el "paso del Señor".
Este testimonio cofrade en nuestra estación interior es una semilla, cuyo
frutos sólo Dios conoce y algún día recogerá la Iglesia. Esta es la
esperanza de los cofrades. Cofrades que hemos puesto todo el afán y
actividad de la vida de Hermandad en ese calvario de iris de nuestro Santo
Cristo, que salpicaba una rosa blanca como signo de nuestra voluntad de paz.
En ese calvario estábamos todos, los presentes y los ausentes —a los que
animo una vez más para que no dejen pasar un nuevo Lunes Santo sin acompañar
al cuerpo de Hermanos, porque sin ellos dicho cuerpo estará incompleto—,
los grandes y pequeños, los hombres y mujeres de la Hermandad, también los
que ya se fueron a la Casa del Padre. Recuerdo en este momento a nuestro
querido Pepe Szmolka, por quien se ofreció la oración de la Hermandad en
el acto de traslado de nuestra Imagen Titular al paso procesional.
Que nuestro Padre Dios haga germinar la semilla que ha sembrado en nuestros
corazones en la Estación de Penitencia de este año. Que fortalezca nuestro
espíritu cristiano y nuestra vocación cofrade. Que fortifique nuestra
sensibilidad hacia los demás, empezando por los miembros de nuestra propia
Hermandad. Y que nos estimule en un compromiso cada día más amplio y más
profundo con la Hermandad y con la Iglesia.
Miguel
Luis López-Guadalupe Muñoz
Hermano Mayor
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