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Nunca hubo tanta gente invitada a la última Cena de Cristo como el
pasado día 15 de Junio, festividad del Corpus Christi en Granada.
Muchas son las divagaciones a lo largo de la historia al respecto de la
cuantía de asistentes a la última celebración del Señor, pero por
gracia de la sabiduría cofrade, los traslados del misterio de la Cena a
su altar de Corpus convirtieron esa postrera reunión del Maestro en una
verdadera fiesta colectiva, en una celebración por todo lo alto.
Así lo reflejaban las nerviosas caras de los hermanos congregados a las
7 de la mañana en la Plaza de Santo Domingo, con el cielo chispeando
incertidumbre (¡ay esas tormentas de verano!) y las expresiones
desbordadas de ilusión. Ilusión porque la idea de poder llevar el
misterio a presidir un altar para el Señor estuvo injustamente metida
en un cajón durante varios años; ilusión porque el trabajo previo de
montajes del paso, de organización del cortejo, de entrega de tarjetas
de sitio y de montaje del altar se hicieron con la mejor de las
sonrisas; ilusión porque el trabajo de ese mismo día se ofrecía tanto
al Señor, como a los hermanos de la Cofradía, como a todos esos
granadinos que no pueden disfrutar del misterio cada Domingo de Ramos;
ilusión también porque la tienen los niños, y como niños en un día
de estreno nos sentimos ese día.
Fue una jornada de nuevas percepciones, de sentimientos distintos a los
habituales y de mucha emoción. Qué extraño vestirse de costalero en
plena noche; qué hermoso recoger los relevos amaneciendo a los pies de
Fray Luis de Granada; que emoción levantar la Cena por vez primera al
cielo mientras las claras del día se colaban por el dintel de Santo
Domingo; que sorprendente ver claridad bajo los faldones del paso; que
arte ver las caritas de los ilustres costaleros del palio de la Victoria
esperando con tensa ilusión coger a su Cristo por vez primera en la
calle tras 15 años sacándolo sobre los pies; que bonito ver llegar
poco a poco a los cofrades de siempre al encuentro con el misterio por
la calle Pavaneras; que curioso contemplar tanto trípode y tanto brazo
elevado buscando la fotografía; que orgullo poder parar el misterio
ante el hermoso altar levantado en la Gran Vía; que inusual silencio
bajo el paso escuchando trinar los vencejos en la calle de la Cárcel;
que significativo ver a Cristo cercado de arpillera: sobre su cabeza en
los toldos, y bajo sus plantas apoyada en la madera; y qué gran momento
el vivido cuando asistimos al milagro de poder contemplar cómo un altar
carente de vida la iba tomando poco a poco mientras la gran mole blanca
se alojaba entre tanta tela roja, mucho más Cuerpo y Sangre del
Redentor que nunca.
Fue tan hermoso ver que nunca el altar estuvo solo, que fueron cientos
los granadinos que se quisieron inmortalizar junto a el, que muchísimas
personas de la Granada cofrade fueron a contemplarlo, y que el calor no
hizo mella en los cristianos para ver el impresionante momento en el que
la Custodia arriaba junto a la Institución de la Eucaristía.
Francamente pienso que se convirtió en el momento más importante para
mí como hermano de la Cena. Dios Vivo en el que creemos junto a nuestro
Cristo del Domingo de Ramos, ese semblante al que tanto le rezamos en la
capilla, en las estampas o en los recuerdos. Todo en uno, todo junto,
todo en armonía.
Después de eso, la historia es conocida ya para todos: sobre las 2.30
de la tarde se introducía el paso de misterio en la Santa Iglesia
Catedral para evitarle las horas de sol y de calor ante la expectación
popular. No era más que un adelanto de su gran regreso, de su vuelta a
casa. Algo después de las 8 de la tarde se ponía en la calle de nuevo
el cortejo de hermanos ante una abarrotada Plaza de las Pasiegas, donde
la Banda de Cornetas y Tambores del Santísimo Cristo de las Tres Caídas
recibía con la Marcha Real a la Eucaristía del Realejo, para acompañarlo
posteriormente con “Cristo del Amor”. Qué mejor marcha se le podía
dedicar a Cristo en el gran día del Amor de los Amores. El resto ya es
historia viva. Todos y cada uno de los que allí estuvimos estoy seguro
que lo recordaremos con tal riqueza de matices que cualquier palabra
quedaría corta para poder narrarlo.
Momentos como la salida de la Catedral, como el primer relevo de la
cuadrilla baja con música, como poder contemplar la bulla de cofrades
en la entoldada calle Mesones, como la emocionante levantá del misterio
con la igualá alta en Ángel Ganivet (calle por la que la última vez
que cruzó el paso lo hacía aligeradamente a ritmo de mudá en medio de
un impresionante aguacero), como el instante en el que la iluminación
festiva de la ciudad sorprendió a Cristo en la Plaza de Mariana Pineda,
como la impresionante y apretada subida de la calle San Matías o como
la entrega de ambas cuadrillas en la calle más costalera de Granada,
Jesús y María, quedarán en las retinas de todos los asistentes.
Aunque resulte reiterativo, no me queda más remedio que dar las gracias
a todos por vuestro apoyo a la Hermandad en ésta iniciativa tan
trabajosa, por vuestro acompañamiento continuo al paso de misterio en
sus traslados y en su altar, por vuestros gestos cariñosos, por
vuestras palabras de aliento y, sobre todo, por comprender que ese día,
el misterio de la Cena no es de sus hermanos… es de todos, y que no
salía a la calle por salir, sino que lo hacía con el buen y noble
fundamento de presidir su altar para el Señor, aportando lo mejor que
tenemos, nuestro propio misterio, para engrandecer más aún el día más
grande del año.
Ojalá Dios quiera que esta ilusión tan enorme se repita año tras año,
renovando así esa ilusión creada en los hermanos, crecida en los niños
y madurada en los adultos, y que se convierta en una costumbre acudir a
las Pasiegas a ver pasar a Dios Vivo en el viril caminar glorioso
delante de la Eucaristía de Granada. Sea todo por el Señor.
¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!. Sea por siempre
Bendito y Alabado. |