|
Este año 2005 el altar de Corpus de nuestra Hermandad
Sacramental del Stmo. Cristo de San Agustín se ha levantado, como en años
anteriores, en la calle Cárcel Baja, ante la cegada puerta de San Jerónimo
de la Catedral granadina.
Precisamente la propia estructura de la puerta nos ofrecía un escenario
ideal, realzado con la decoración de colgaduras, rojas con dibujos dorados
en el arco de medio punto –con el anagrama JHS en el centro-, y con las
cruces de Jerusalén y motivos vegetales a los lados, además de los
extensos cortinajes de terciopelo burdeos que jalonaban todo el conjunto.
Adelantado sobre este fondo, se presentaba la mesa de altar, también con
telas de color burdeos y randas de tul y oro. Tres motivos centraban el
altar de forma escalonada, siendo el central la custodia dorada,
manifestador abierto, como a la espera de la Sagrada Forma que viene a hacer
estación. Se encontraba nimbada por una mandorla de rocalla dorada con
decoración de espejos, y colocada sobre una nube tallada, recreando el
ambiente celestial con que suele representarse la Custodia en nuestra
pintura barroca. Todo ello se encontraba a nivel del altar.
En un nivel inferior, y sobre una mesa avanzada, vestida con primor, y una
coqueta peana dorada, lucía un precioso Niño Jesús, de escuela granadina,
revestido con las vestiduras episcopales, en este caso blancas bordadas en
oro, resaltando la mitra y la capa pluvial. Portaba la imagen el báculo en
una mano. Símbolo, en fin, de inocencia y de eclesialidad, sublimando, con
un indiscutible sabor popular, el ministerio episcopal en la figura del Niño
Pastor de sus ovejas, que son los fieles, todos los de Granada.
En el nivel superior, sobre elevada peana vestida de terciopelo, lucía la
imagen solemne de San Pedro. Imagen de vestir de tamaño natural, es de
escuela granadina, con gran expresividad en su rostro, y puede fecharse en
1836. El Apóstol se presentaba con una iconografía no muy común:
revestido con atributos papales en tonos rojos, como son la estola, la capa
pluvial o la tiara pontificia, además de alba, zapatos, guantes y, en las
manos, la cruz pontifical y las llaves del reino. A su espalda, sobre
elevada plataforma, un sillón representaba la cátedra de San Pedro.
En torno al misterio de la Eucaristía, se presentaba, por tanto, la
representación de la Iglesia, signo de nuestra identidad cristiana, y en
clara referencia al relevo en el Papado vivido hace sólo un par de meses.
Un homenaje, pues, al desaparecido Juan Pablo II y la expresión de nuestra
esperanza en Benedicto XVI. De la Iglesia universal, a la Iglesia local,
representada en Jesús Obispo, con la devoción eucarística como nexo, como
centro indiscutible de la vida cristiana. Una expresión, sin duda, de
comunión.
El adorno de cera y flor abundaba en esta idea central. Cirios rojos –símbolo
sacramental- adornados con racimos de uvas y con espigas, sujetos por cintas
con los colores –banco y amarillo- propios del Vaticano. Hasta treinta
luces –cirios y velas de color rojo- sobre candeleros, candelabros de
brazos y codales jalonaban el altar, incluyendo los dos faroles de acompañamiento
del Simpecado, de reciente estreno, que ofrecían su luz en esta ocasión al
Stmo. Sacramento. Otras seis velas de color blanco flanqueaban la custodia.
Los centros florales, algunos sobre jarras, presentaban asimismo flores de
color blanco y amarillo.
Una alfombra se extendía ante el altar y poblaban el suelo flores y pétalos
de color amarillo. Su mensaje eucarístico y eclesial fue muy apreciado por
quienes visitaron el altar desde primera hora de la mañana. Aunque el
momento culminante de esta jornada tuvo lugar cuando el esperado paso de la
custodia se detuvo ante nuestro altar, recibiendo Jesús Sacramentado la
oración y la alabanza de todos los presentes. Ya se encontraban junto altar
los hermanos participantes en la procesión, así como nuestro estandarte, símbolo
de la Hermanad entera. ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar!
|