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Nuestro
Altar del Corpus de este año 2004 apareció presidido por la imagen de la
Inmaculada Concepción de María. Quizás pueda parecer extraño, pero no
lo es en absoluto. ¿Acaso no fue María el primer sagrario que albergó
el cuerpo de Jesús? ¿Acaso no es costumbre en el Corpus granadino
significar en los altares asuntos religiosos que en cada año se
conmemoran de manera especial?
Conviene
recordar que este año -concretamente el próximo 8 de diciembre- se
cumplirán ciento cincuenta años de la solemne proclamación dogmática
del misterio de la Inmaculada Concepción, una creencia que en España se
defendía, y con vehemencia, al menos doscientos cincuenta años antes de
la proclamación del dogma. Este sí que es un motivo de celebración. Las
mismas Cofradías y Hermandades de Granada, siguiendo las orientaciones de
la Real Federación, van a conmemorar de forma especial esta efemérides,
presentando en Devoto Besamanos a sus Titulares Marianas al menos el
citado día 8 de diciembre.
Por
esas casualidades de la vida -me lo recordaba el otro día un Hermano
Oficial- la Inmaculada Concepción que se venera en la iglesia de nuestro
convento-sede no presidirá ese día la ya acostumbrada función, cediendo
su lugar en los festejos a Nuestra Madre y Señora de la Consolación.
Justo es, por tanto, que haya presidido el Altar del Corpus y que miles de
granadinos le hayan rendido tributo público en nuestras calles. Los he
visto. Muchos se detenían sorprendidos, algunos se santiguaban o se
arrodillaban..., no faltaron oraciones para nuestra Madre concebida sin
mancha de pecado.
El
equipo de Priostía de nuestra Hermandad nos ha sorprendido este año, por
tanto, con un altar muy singular. Esbelto, medido, muy equilibrado en su
cera -32 luces sobre al altar y 8 más fuera de él: cuarenta como los días
transcurridos entre la divina maternidad de María y su Purificación en
el templo- y en su flor, ambas inmaculadamente blancas, todo ello recortándose
sobre colgaduras color burdeos.
El
altar, revestido con frontales del mismo color, con bellas randas de tul
bordadas en oro sobrepuestas, mostraba tres niveles. El superior lo
centraba la belleza contenida de la Inmaculada Concepción de escuela
granadina, con gesto de recogimiento en sus manos cruzadas sobre el pecho
y con rostros de melancólicos querubines a sus pies, en los que se
mostraba también la media luna a la que hace referencia la célebre visión
del Apocalipsis.
En
el nivel intermedio se situaba el bello Niño Jesús Rey, bendito fruto
del vientre de María, con su ajuar bordado, incluidos los zapatos,
sentado en regio sillón de estilo rococó. A sus lados reliquias de
santos franciscanos y las imágenes de pequeño formato de S. Francisco y
Sta. Clara, cercanas al arte de Pedro de Mena, que, sobre peanas,
flanqueaban, en un bello efecto, a la imagen de María. El fundador
portaba crucifijo; la fundadora, la custodia, con cuya única fuerza
detuvo el avance musulmán
sobre Asís. Conviene recordar que la orden franciscana fue abanderada de
la creencia de la Inmaculada Concepción de María, conectando en España
con la sensibilidad mariana popular. Se mostraba, por tanto, esta orden
seráfica alabando a María
en tan insondable misterio.
Centraba
el nivel inferior el manifestador, abierto, como corresponde cuando no se
porta en el viril la Sagrada Forma. Es costumbre ancestral en el Corpus de
Granada, porque la Forma Eucarística sólo se hace presente en la
custodia procesional, mientras que los altares callejeros sirvieron en
origen, sobre todo cuando la Hostia se portaba en las manos del prelado,
como estaciones o paradas, donde colocarla y venerarla, mientras se hacía
un alto en el peregrinar. Así, pues, se desciende desde María
Inmaculada, hasta su Hijo encarnado y de éste hasta su presencia real y
permanente entre nosotros en el misterio eucarístico.
Completaban
el adorno candeleros dorados, cuyos cirios se adornaban con símbolos
eucarísticos, uvas cuyos racimos se sostenían por lazos blancos y
celestes -en honor a la Inmaculada-, plateadas bandejas y ocho parejas de
angelillos de plata, encaramados a los distintos niveles del altar y al
fondo del mismo. Sobre éste dos de ellos portaban sendas cintas celestes
con el lema inmaculista del Sacromonte de Granada, uno de los lugares más
significativos de la veneración de ese misterio mariano: “A María no
tocó el pecado primero”. Bajo ellos otros dos mostraban atributos de su
realeza, el cetro de reina y la aureola de doce estrellas. A ambos lados
de la media luna otros dos ángeles portaban símbolos muy queridos para
Nuestra Hermandad, el barco de plata, que se relaciona con la advocación
de Consolación, y el Santo Rosario, en este caso de cuentas color
turquesa, compendio de los misterios de la vida de Jesús desde la óptica
de la Madre; nos evocaba asimismo la jornada vivida por la Hermandad el
pasado mes de octubre en torno al Rosario Vespertino en honor de nuestra
Madre y Señora por las calles del barrio. Ya en la mesa de altar la última
pareja de ángeles mostraba signos -estrella y rosa- de esa colección de
piropos a María que es la Letanía Lauretana: Rosa Mística, Estrella de
la Mañana.
Todo
el altar ha sido, en suma, una letanía en honor a la Madre de Dios. De
hecho, no sólo se significaba en él su Concepción Inmaculada, sino
también otros misterios de su vida, como la Encarnación, con la
presencia del Hijo, la Purificación, con el velo blanco calado pendiente
sobre sus hombros y espalda, o la Asunción al cielo, con los mencionados
signos de realeza y la corona real colocada sobre sus sienes.
Los
ciriales de la Hermandad flanqueaban el altar y a los pies del mismo,
sustituyendo en esta ocasión a la alfombra de serrín decorada de los años
anteriores, un tributo a la naturaleza en su esplendor primaveral: una
alfombra de gayombas recién cortadas.
Así
se alzaba el altar ante la cegada puerta de San Jerónimo de la Catedral
granadina. Una veintena larga de hermanos y hermanas, en su mayoría jóvenes
participaron en su montaje, traslado de las piezas, procedentes de nuestro
convento-sede y de la propia Hermandad, y custodia del altar, que comenzó
a levantarse a las siete de la tarde del miércoles 9 de junio y se
mantuvo hasta el paso de la procesión eucarística. Horas intensas de
trabajo, pero también de ilusiones compartidas. Otra forma genuina de
hacer vida de Hermandad y, sobre todo, de manifestar públicamente nuestra
inequívoca vocación sacramental, pues sin el amor a Jesús Sacramentado
sería imposible pensar en tal esfuerzo.
Es el tercer año consecutivo que la Hermandad
levanta el Altar del Corpus, habiendo merecido también en esta ocasión
la concesión del I Premio en el certamen que convoca el Excmo.
Ayuntamiento de Granada. Asimismo, ha merecido también el Premio que
otorga la asociación Granada Tradicional y que premia el mejor detalle observado
en los altares del Corpus, en este caso se trataba del Niño Jesús
sedente, cuya ternura tanto llamó la atención |